La esclavitud animal existe y es tan injusta como la esclavitud humana

La esclavitud animal existe. Miles de millones de animales son criados, manipulados y privados de libertad por nuestro egoísmo y beneficio.

Hemos esclavizado a otras especies según nuestros intereses

A la humanidad no le cuesta en nuestros días reconocer que llevamos miles de años esclavizando a otros seres humanos y que hacerlo es injusto. Sin embargo, sí muestra reticencias al asumir que la esclavitud animal es tan antigua e injusta como la esclavitud humana. De hecho, no es casual que tendamos a especificar «esclavitud humana» cuando nos referimos a nuestra especie; pues nuestra propia razón sabe que los animales son esclavos al cotejar la definición del término con la realidad en que viven.

La esclavitud animal puede afectar a todas las especies pero, principalmente, están sujetos a esclavitud los animales domesticados. En contraposición a un animal «salvaje» o «silvestre», un animal «doméstico» (propio del hogar o relacionado con éste. Por ejemplo, una granja) suele definirse como aquél que depende del ser humano para su cuidado y sustento. Dicha definición, sencilla de entender y típica en la materia, no deja de ser engañosa y artificial: una visión antropocéntrica de la realidad en sí misma que hemos ido heredando de generación en generación.

A lo largo de la historia, los seres humanos hemos sabido reconocer aquellas especies que nos resultaban especialmente útiles para cumplir con éxito algunas labores o para obtener ciertos bienes. Así pues, por ejemplo, domesticamos a los caballos a fin de aprovechar su fuerza; a las restantes reses, para procurarnos alimento; a los perros, para la defensa y caza, y un largo etcétera.

Si bien, tales acciones nos supuso una mejora, tanto en nuestra capacidad productiva como de sustento —aumentó nuestra capacidad de carga K, concepto ecológico—, no en vano conllevó un detrimento para las demás especies. Mientras que, por una parte, hemos ido mermando el número de individuos pertenecientes a multitud de especies; por otra, hemos incrementado desorbitadamente el número de miembros concernientes a otras especies y las hemos desplazado del que era su hábitat natural.

La esclavitud animal es el fenómeno por el cual privamos de libertad a los animales para explotarnos en nuestro beneficio por el simple hecho de que no son humanos.

¿Existe mutualismo en la esclavitud animal?

Llegados a este punto, no serán pocos aquellos quienes podrían decir: «Las especies domesticadas se han beneficiado de los humanos» y afirman que nuestra relación es un mutualismo (simbiosis positiva). Este mantra se repite hasta la saciedad en ecología como parte de la autoconfirmación del docente de turno para tranquilizar su conciencia, junto con la falacias sobre el bienestar animal y la reducción al absurdo de que a lo mejor las plantas sienten. En algún sentido muy específico y marginal pudieran tienen razón, pero… ¿llamamos «beneficiarse» al mero hecho de haberse incrementado su población a escala mundial? ¿A qué precio? ¿Acaso no ha acontecido por razones meramente utilitarias?

Cabe recordar que todo cuanto hemos hecho no ha sido más que seguir nuestro propio antropocentrismo, en ningún momento hemos pretendido el bienestar de las especies domesticadas. Si nuestras poblaciones han estado creciendo en paralelo se debe a que nosotros los criamos según nuestra población, es decir, su población se trata de una variable dependiente como dependientes los hemos vuelto al convertirlos en nuestros esclavos. La población de estos animales se ha incrementado en el tiempo tanto como nuestros malos tratos y abusos hacia ellos.

El argumento del crecimiento poblacional no guarda relación alguna con que un vínculo sea mutualista, lo mismo acontece en relaciones parasitistas (nuestro caso) y, además, debemos acordarnos de que la población negra aumentó durante la esclavitud por intervención de los blancos. ¿La esclavitud negra fue un mutualismo? ¿Quién lo diría?

El confinamiento es una de las consecuencias más comunes de la esclavitud animal. Dado que los animales están cosificados moralmente, se los trata como meras mercancías.

La esclavitud animal en la actualidad

Los animales no humanos dejaron hace tiempo de ser libres para verse obligados a convivir con el hombre, a obedecer estrictamente sus reglas y a padecer sus antojos y egocentrismos. Esto lo han comentado (y criticado) históricamente pensadores y filósofos de todas las culturas. Exponer una lista aquí incurriría inevitablemente en un reduccionismo. El concepto del especismo (así como el racismo el sexismo) no nació con el surgir de la civilización: lleva acompañándonos desde que tenemos uso de razón.

La esclavitud animal es legal en todas las naciones del mundo. Para las legislaciones del mundo moderno, los animales salvajes y domesticados son propiedades (bienes muebles semovientes; simples objetos con pelos, garras, escamas, alas, o lo que fuere): pertenecen a uno o más propietarios humanos, los cuales gozan de derechos prácticamente exclusivos para hacer con éstos cuanto estimen oportuno. En general, el control injustificado e inmerecido que hacen las personas sobre los animales domésticos podría resumirse en tres: cobijo, desempeño y reproducción.

Cobijo

Un animal domesticado no es libre de vivir o habitar donde desearía o donde sería propicio según sus características. Está condenado a morar de por vida justo donde el ser humano de turno considere pertinente: un piso de 30 m cuadrados, unas cuadras, una jaula, una finca en condiciones deplorables…

Desempeño

A un animal domesticado no solamente se lo priva de ir hacia donde quisiera y de vagar libremente como lo harían éste o sus antepasados en su hábitat natural. La cosa resulta incluso peor. Pues, dependiendo del animal en cuestión, puede asimismo verse forzado a desempeñar cometidos en las cuales el hombre es el único beneficiado: negocio y entretención (carreras, zoos, equitación, circos) o violencias ritualizadas que también constituyen negocio y entretención (toreo, fiestas como la Rapa das bestas, etc.).

La perpetuación de la esclavitud animal requiere el control reproductivo de los miembros esclavizados para que sigan generando nuevos esclavos con características más útiles para sus explotadores.

Reproducción

Un animal esclavizado no cuenta con libertad para reproducirse según sus apetitos; pues recordemos que son los seres humanos quienes lo mantienen. Debido al lucro y las ventajas, o bien  las «molestias» y a los gastos que implicaría la descendencia, se dan dos situaciones antagónicas:

Caso 1: «Conviene» que se reproduzca

Selección artificial tradicional o neoselección artificial gracias a las técnicas en ADN. Los dueños eligen, deciden o pactan qué macho se apareará con cuál hembra (directa o indirectamente). Dada nuestra marcada visión antropocentrista, siempre se busca uno o más caracteres fenotípicos y acostumbramos a hablar de cruce, raza pura, mejora de la raza y montones de tonterías variopintas a manos de gente sin un escaso atisbo de conocimiento sobre biología. Mediante este procedimiento se produce primeramente una selección direccional en busca del fenotipo deseado y después una estabilizadora para conservarlo. En resumidas cuentas: la especie no mejora, la raza no mejora, únicamente se ha favorecido la presencia de ciertas características entre la población al tomarse éstos como beneficiosos (belleza, producción, velocidad, peso, etc.). De hecho, el mantenimiento de una selección estabilizadora sólo acarrea a la larga una erosión de la variabilidad cromosómica y un empobrecimiento génico de la especie, lo cual aumenta los riesgos de enfermedades asociadas a la endogamia y de extinción.

Caso 2: No «conviene» que se reproduzca

Castración. El animal esclavizado se halla en una tesitura o desempeña una faena dada para la cual comportaría una contrariedad y un serio engorro que aumentase el número de individuos, o bien, que buscase pareja e intentara aparearse. Atención aparte merece el sacrificio de estos animales cuando ya no ejercen ninguna función productiva: perro abandonado, caballo viejo, etc. Este fenómeno podríamos dividirlo igualmente en dos vertientes: «castración especista» y «castración como mal menor».

Castración especista (lo habitual)

Simplemente se opta por la castración porque si el animal siguiese entero causaría inconvenientes e incordios para los individuos que lo cuidan. Se trata de una acción egoísta cuyo absoluto beneficiario es el ser humano. Aquí entraríamos en casos como: perros «sin raza»; caballos destinados a paseo, enganche o policía montada, etc. Muy a menudo se intentan justificar susodichas actuaciones con que así «se le evita estrés» y «sufrimiento» al animal; pues, si de verdad importasen tanto la tensión y el malestar del animal, mejor que estuviese en libertad (ya difícil en nuestros días) o, al menos, no compelido a realizar tales oficios hasta el fin de sus vidas.

Castración por carecer de otra salida (minoritario)

Se reconoce que no tenemos legitimidad moral alguna para atentar contra los órganos de otro individuo (mutilación) y que sí se le provoca un daño al animal al privarlo de unos constituyentes de vital importancia para sus organismos. En el caso de los machos, del pleno funcionamiento de unas glándulas que, a veces, parece olvidársele a la gente que participa en más funciones que en la simple reproductora. Pese a ello, se escoge la castración porque, de otro modo, sería inviable su subsistencia; ya sea por la compañía de otros o por el gasto económico que originaría (¡cuán triste que todo derive del dinero!). Ésta es la circunstancia de, por ejemplo, las perreras, organizaciones que recogen animales abandonados y albergues para animales en general.

Los animales merecen libertad tanto como los seres humanos, negársela incurre en la máxima expresión del antropocentrismo.

Conclusión

Es tal el extremo al que hemos llegado con la esclavitud animal, que poco puede hacerse ya en pleno siglo XXI para encontrarle una solución efectiva a la existencia de estos animales sin la omnipresencia y dominio estricto del ser humano. Me apena mucho que nuestra naturaleza ombliguista nos impulsase a esclavizar a otras especies animales —aún hoy continúa intentándose con especies de interés peletero— y llevarlas al límite de «conmigo» o «muerte». En nuestra mano queda luchar para paliar y remediar esta situación transformando nuestra percepción hacia los restantes animales y promoviendo el respeto que merecen. El principio ético que defiende el respeto hacia los animales y su libertad es el veganismo.

3 Comentarios

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    Pablo Publicado 23/09/2016 18:44

    Estoy 100% de acuerdo. Conozco a muchos supuestos animalistas antiespecistas que tienen mascotas y lo justifican con «esque lo cuido y es feliz conmigo», un argumento no valido para la esclavitud en el siglo XIX y tampoco para esto.

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      Michel Publicado 04/10/2019 00:40

      Los 8 Gatos que comparten conmigo en la casa, de no ser así, ya hubiesen muerto en la callle. Que te parece mejor?

    • ¡Derechos Animales ya! Publicado 04/10/2019 10:46

      Pues que cuides de esos ocho gatos y no explotes a otros animales. Te recomiendo empezar por este artículo sobre el principio de igualdad: El principio de igualdad hacia los animales

      Un saludo.

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