Explotación hacia los caballos: Ferias y romerías

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Fotografía de caballos explotados durante romería de la virgen de los remedios

Las ferias y romerías son un vivo ejemplo de cómo y cuándo el disfrute humano se convierte en tortura animal ante la indiferencia y desdén del pueblo. Sitúo a los caballos como protagonistas; pero son diversas las especies involucradas en tales festejos. Yo valoro la suma importancia de preservar una cultura siempre y cuando dicha no atente injustificadamente contra el derecho de terceros, en este caso, a aquellos animales obligados a aguantar los anhelos transitorios de un grupo de Homo sapiens.

 

Partamos desde el principio

Tanto una feria como una romería comparten el fundamento elemental de que un mogollón de gente se agrupa en torno a un lugar más o menos amplio para celebrar alguna ceremonia religiosa o, simplemente, con el fin de beber y departir durante una fecha y tiempo determinados tradicionalmente. Para llegar al mencionado emplazamiento, se recurre en pleno siglo XXI a las mismas fuentes impulsoras de antaño: las «bestias de carga» (tildadas injustamente), para así hacer alarde de tradición. En cualquier caso y, aunque emplear animales con una finalidad lúdica, recreativa y festiva constituye claramente una acción especista; pues la explotación incumple por sí sola el principio de igualdad, mi reivindicación en esta entrada se dirige aquéllos que sólo valoran el cómo y no el qué (bienestaristas).

 

¿Dónde está la tortura?

Que una recua de bueyes hale una carreta o una caravana con cocina, aseos, televisor, camas con las colchas regaladas por la suegra, tres potos la mar de crecidos y cinco cuadros con el rostro de Joselito puede resultar harto agradable para los ocupantes; pero, sin lugar a dudas, no lo es tanto para un par de cabezas cornudas que deben estar horas y horas bajo el peso de horcates, resistiendo estoicamente un arreón, una picada o un tirón del narigón; ya vayan sobre plano o en cuesta. Son animales naturalmente lentos y paticortos, ¡qué va a hacerle los pobres! Mejor ni hablemos de cuando, por la causa que sea, sucede la mala suerte de que el vehículo se queda trancado en mitad de un camino enfangado: bien conocida la habilidad innata de muchos a la hora de escoger la ruta por seguir. Entonces, a más de un dueño le entra entre ceja y ceja que no hay nada más efectivo para potenciar la desmesurada fuerza de susodichas bestias (las cornudas) que atarles sogas al cuello y tirar para delante. No sé si el remolque acabe saliendo sin recurrir al todoterreno; mas, desde luego, la integridad de tales animales no logra permanecer intacta.

Si pasamos ahora a nuestros amigos équidos, el panorama no es precisamente más halagüeño. Resulta que la inventiva popular siempre ha destacado (por ejemplo, en Andalucía) por su sobresaliencia. Así, cierto día les dio por añadirle a la ya amplia gama de aparejos inútiles para carruajes unos benditos cascabeles a lo largo y ancho de esas bridas ciegas y las lomeras con el propósito de hacerlos parecer más lustroso e ir atrayendo atenciones y, de camino, que esos aburridos y silenciosos animales esbozasen una sonrisilla. Sinceramente, no he tenido el «placer» (todavía) de llevar en el cogote un mechón de flores y sonajeros que se pasen mañana y tarde golpeándome la frente y las mejillas; no obstante, a priori puedo asegurar que no ha de ser demasiado placentero ni cómodo para el animal, por no decir fastidioso, el ir cegado a la par que soportar el continuo runrún a cada paso y junto a los oídos. ¡Como si no tuvieran ya suficiente con la algarabía procedente del gentío! ¿Acaso no saben que a ellos también puede dolerles la cabeza como a los humanos? Basta observarlos horas posteriores, cabizbajos y con las cervicales tiesas para evitar lo máximo el ruido. Huelga comentar que los animales se fijan, antes o después, en el origen autónomo del sonido y tratan de minimizarlo. Otros, por su parte, intentan librarse a la desesperada de esas bridas pomposas mediante bruscas sacudidas laterales, verticales y oblicuas. ¿Qué pueden hacer si no tienen manos con dedos oponibles? Bendita raza humana y sus ágiles  acciones.

 

¿Alguien aludió a la bebida?

¿Qué sería de una fiesta sin el alcohol? Yo realmente lo desconozco por ser abstemio, en cualquier caso, no existe inconveniente alguno para que se den tragos moderados durante las festividades. El problemón viene cuando los animales pueden sufrir el mismo destino que los turismos. Si bebes, no conduzcas; o, aplicado a estos cuadrúpedos, si bebes, no cojas las riendas. Bien conocida es la virtud de los caballos en saber volver a sus cuadras y dejar al amo en el porche de su casa; sin embargo, considero poco conveniente llegar a tales extremos. Si no les importa en absoluto el bienestar del animal (hay quienes rompen espuelas), que piensen al menos en su propia seguridad. Luego sobrevienen los accidentes, con razón, y la familia se echa las manos a la cabeza.

 

Agua, agua, ¿y el agua?

Cuando el niño o el bebé piden agua, con palabras o golpeando el biberón contra lo más próximo, el buen padre o la buena madre acuden en seguida para satisfacer la carencia. Por desgracia, un recurso tan básico se ve a menudo postergado ante las prisas y el desenfreno de la masa y, en consecuencia, todos los años perecen bajo el inexorable calor del sol decenas de «acémilas» víctimas de la dejadez humana: caballos, bueyes y relacionados que, la mayoría de las veces, están totalmente impedidos de movimiento. Permitir que un animal no humano muera de sed resulta tan mezquino, en comparación, como consentirlo con una criaturita bípeda.

Con todo ello, el trato es éticamente irrelevante. La única manera de ser justos con éstos y otros animales consiste en rechazar toda forma de explotación animal.

 

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