¿Es ética la crianza en cautividad de animales?

El lince ibérico es una de las especies animales de la Península Ibérica en peligro de extinción. Como se practica con muchas especies vulnerables, el lince ibérico está sometido a programas de crianza en cautividad en centros de recuperación de especies.

La moralidad de la crianza en cautividad de animales

Desde los albores de la civilización humana, nuestra especie se ha autoproclamado con legitimidad para señorear la Tierra, regir a los demás animales e incluso desplazarlos de sus hábitats y exterminarlos conforme nuestra población crecía y lo hacían nuestros intereses antropocéntricos. Hoy, millones de animales están en peligro de extinción y algunos grupos humanos —científicos y organizaciones ecologistas— participan directamente o indirectamente en la crianza en cautividad de animales con el fin de aumentar sus poblaciones previamente mermadas por las acciones humanas y de reintroducirlos en sus hábitats naturales.

Dado que la mayor parte de la humanidad percibe a los animales como objetos —razón por la cual se los ha llevado al borde de la extinción—, no es de extrañar que las medidas tomadas para la recuperación de una especie en peligro de extinción puedan incurrir en injusticias y aberraciones morales iguales o peores a aquéllas cometidas años antes que fueron causantes de que la especie animal en cuestión esté ahora al borde del abismo. Poniendo el dedo en la llaga, cabe analizar el fenómeno de la crianza en cautividad de animales y preguntarnos: ¿es ética?

La crianza en cautividad vulnera los intereses inalienables de los animales

Muchos humanos en la actualidad se oponen a los zoológicos porque implican el encierro de animales inocentes. No obstante, ven perfectamente bien que se los encierre en centros de recuperación de especies y se los someta a programas de crianza en cautividad.

La razón es simple: cuando la mayoría de los humanos rechaza los zoológicos no lo hace porque comprenda que los animales valoran su libertad y merecen vivir libres; sino que se oponen a aquellas formas de encierro que no brindan un «beneficio aceptable» (percepción bienestarista). Para algunos, el hecho de que sus hijos puedan contemplar a un gorila o a un león tras pantallas de metacrilato es un beneficio que justifica la esclavitud de tales animales; mientras que, para otros, sólo se justifica la crianza en cautividad cuando, supuestamente, va en beneficio de los afectados. Algo similar sucede cuando los consumidores justifican el consumo de explotación animal apelando que el sufrimiento de dichos animales queda justificado por el beneficio que les brinda a ellos mismos. En todos estos casos se evidencia una contradicción flagrante y una actitud negacionista.

Buite negro (Aegypius monachus) enjaulado en un centro de recuperación de especies.

Los centros de recuperación de especies

Para el caso de animales en peligro de extinción o aquéllos especialmente vulnerables en un contexto determinado, existen centros dedicados a su cuidado y atención. Un «centro de recuperación de especies» es, a menudo, un término bastante vago que puede aludir tanto a una reserva como un zoológico tradicional. Si entendemos que nos referimos a un centro destinado a la atención de animales vulnerables, cabe distinguir si tales animales llegan al centro por razones caprichosas o de fuerza mayor, si son privados de libertad temporal o permanentemente o si se los llega a reproducir artificialmente.

Si el animal llega a un centro porque ha recibido daños por causas humanas y necesita atención para salvar su vida o no comprometer su superveniencia, no es contrario a la ética que allí se lo retenga el tiempo necesario para asegurar que podrá sobrevivir. En este caso, si nosotros hemos sidos los causantes de sus males, tenemos el deber moral de hacer lo posible por salvarles la vida. En cambio, esta situación no es equivalente a la crianza de animales en cautividad y de terceros con el argumento de evitar su extinción. Mi argumentación para justificar esta postura se fundamenta en tres puntos que están íntimamente relacionados con la base argumental expuesta en este artículo del activista Luis Tovar titulado «¿Explotar a otros animales por su propio bien?».

  1. Sólo tenemos la obligación moral de intervenir cuando nosotros, a nivel individual —deber moral— o colectivo —deber circunstancial— somos causantes de los daños sufridos por tales animales debido a que somos responsables morales de sus circunstancias.
  2. Intervenir supone, muchas veces, atentar contra su voluntad, autonomía y someterlos sin su consentimiento a ser dependientes de nosotros. No tenemos legitimidad para intervenir a menos que sea la única opción viable para salvarles la vida cuando nosotros hemos sidos responsable de su suerte.
  3. Toda forma de explotación animal es injusta. Incluso cuando, aparentemente, beneficia al animal. Así ocurre porque un centro de recuperación de especies sólo tiene en cuenta del interés de un animal en vivir o sobrevivir al mismo tiempo que les niega otros intereses inalienables como la libertad o la integridad física. Tenemos la obligación moral toda forma de explotación animal y otras violaciones morales que nosotros cometemos contra los demás animales. Cualquier recurso que dediquemos a otras cosas que no tenemos el deber de hacer se lo estamos quitando a lo que sí debemos hacer.

Conejos criados en cautividad. Muchos animales criados en cautividad tienen el único fin de ser el alimento de otros animales criados en cautividad y favorecer a especies en peligro de extinción. Al mismo tiempo, los humanos nos llenamos la boca diciendo que «preservamos la naturaleza». ¿Cuál naturaleza?

¿Salvar a unos a costa de otros?

Como biólogo, me inculcaron durante la carrera que podíamos desempeñar una labor muy «gratificante» y casi «altruista» al tratar de recuperar especies en peligro de extinción mediante crianza en cautividad. Resulta bastante comprensible que si los humanos hemos sido causantes del desplazamiento y del exterminio de ciertas especies, tenemos la obligación moral circunstancial, como colectivo, de refrenar y de paliar esta situación aun cuando la hayan causado otros humanos y no nosotros a nivel individual. La justificación para ello radica en que, si vivimos en sociedad y participamos en actividades sociales en una sociedad especista, si no actuamos y concienciamos a otros humanos, no lograremos minimizar y evitar que se sigan cometiendo tales daños.

Sin embargo, debido al especismo y nuestra visión cosificadora de la naturaleza, tanto en la ciencia como en la sociedad se evalúa este asunto de la crianza en cautividad a granel o a bulto sin considerar poco más que objetivos y resultados. Un fin no justifica los medios. Tanto los fines como los medios han de ser coherentes y ajustarse al principio de igualdad.

Cuando hoy se establecen medidas legislativas y proyectos para la recuperación de especies en peligro de extinción —en España el caso más popular es el del lince ibérico—, se considera a los propios individuos afectados y a terceros como simples piezas de un rompecabezas ecológico que debemos armar para que todo vuelva a fluir como lo hacía antes de que alterásemos el ecosistema. Los científicos y relacionados no tienen en cuenta, en ningún momento, si para recuperar una especie en peligro de extinción van a causar todavía más daño a otros animales igual de inocentes. Esto ocurre, sí o sí, cuando se pretende aumentar artificialmente la población de un animal carnívoro. Como expliqué en un artículo previo titulado «Asesinato de animales como alimento para otros animales», la sociedad humana no parece plantearse la moralidad de asesinar a unos animales con el pretexto de salvar a otros.

Distribución geográfica actual del lince ibérico tras décadas sometido a programas de crianza en cautividad.

El caso práctico de la crianza en cautividad del lince ibérico

En España, desde hace unas décadas, existe un ingente y costoso programa para recuperar el lince ibérico y evitar su extinción. El interés en esta especie, sobre tantas otras —como el quebrantahuesos— que no despiertan tanto furor social, no es initencionado.

Como se observa en las banderas de ciertos países, los humanos tendemos a aplicar nuestros sentimientos grupalistas —regionalistas y nacionalistas— en torno a símbolos que sean característicos, exclusivos y definitorios de nuestra tierra. Si a este fenómeno sociológico le sumamos el hecho de que vemos a los animales como simples objetos y elementos del paisaje, no es de extrañar que los lugareños de un lugar guarden especial interés en «preservar su símbolo», lo que aplicado a un organismo vivo se traduce en evitar su extinción y creernos que ya tiene el futuro resuelto mientras atentamos contra su hábitat y contra todo el planeta en su conjunto. Y si la preservación del símbolo llena centenares de estómagos con proyectos investigadores y una turba de trabajadores subcontratados, el grupo se satisface el doble. Vaya que sí.

El lince ibérico, precariamente repartido en pequeñas poblaciones a lo largo del sur peninsular, requiere una serie de recursos para sobrevivir que, actualmente, vuelven prácticamente inviable su supervivencia sin intervención humana. Al grupo esto le da igual mientras el dinero siga fluyendo, pero a sus víctimas no tanto. La crianza en cautividad del lince ibérico conlleva, al mismo tiempo, la crianza en cautividad del conejo —la presa por excelencia del lince— para así alimentarlos y que así su población crezca. Si bien, a diferencia de en condiciones naturales, aquí no existe una curva de Lotka–Volterra; sino, en términos ecológicos, una inyección artificial de biomasa en consumidores primarios (conejos) para que dicha biomasa pase a los consumidores secundarios (linces) y así crezca su población artificialmente sin quedar supeditada a la capacidad de carga (K) del medio.

Evolución de la población de lince ibérico en la Península Ibérica desde comienzos del siglo XX.

Conclusiones sobre la crianza en cautividad

Los linces, conejos y otros animales afectados, como ya se ha expresado, son esclavos y cautivos del ser humano. Su libertad es nula o relativa según el momento y las circunstancias. El lince se beneficia tímidamente del ser humano debido a la crianza en cautividad de conejos, al mismo tiempo que él mismo es cautivo de su propia crianza en cautividad y dependencia del ser humano para vivir en libertad. A menudo, la crianza en cautividad, lejos de practicarse por un equivocado convencimiento ético, se ejerce por simples intereses económicos y asociados a la simbología etnocéntrica de un país o región. Los animales criados en cautividad se encuentran en la irónica tesitura de que un aumento de su población no garantiza su pervivencia a largo plazo a tenor de la presión humana sobre el medio. Es decir, de nada les sirve recuperar el «esplendor de antaño» si sólo podrán vivir recluidos porque ya les hemos arrebatado su hábitat.

Utilizar a un animal como recurso para un fin —explotación animalsiempre es injusto con independencia del fin. Incluso si dicho fin es supuestamente beneficioso para sí. En este artículo sólo se han tenido en cuenta los casos de animales que son criados en cautividad con el argumento de «recuperarlos». Lo mismo se aplica cuando los animales predadores y presas son criados en cautividad para su «mantenimiento» con fines comerciales (zoológicos, acuarios, etc.). Que la población de una especie animal aumente no es beneficioso siquiera para el individuo; pues al animal de turno le importa un bledo —ni lo comprende— que su especie vaya a extinguirse en varias décadas. Las especies son un concepto abstracto para permitir el estudio de sus relaciones filogenéticas mediante la cladística. Al lince ibérico, como a los seres humanos, puede importarles sus congéneres por una razón sentimental, pero a ninguno de nosotros nos quita el sueño si dentro de miles o millones de años no existimos sobre este planeta.

Las especies ni sienten ni padecen. Sólo existimos los individuos con independencia de que nuestros genes se aproximen más o menos a los genes de terceros. De esto parecen olvidarse muchos biólogos expertos científicos a raíz de un prejuicio fijista casi religioso. Lo que desean los animales es que sus intereses inalienables sean respetados. Solamente los centros de recuperación de especies pueden ser éticos mientras vayan destinados a la recuperación de animales heridos y afectados por causas humanas y no impliquen perjuicio alguno para los intereses de otros animales.

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