La falacia naturalista como argumento para excusar la explotación animal

La falacia naturalista consiste en la confusión entre el ser y el deber ser. Desde tiempos inmemoriales se ha empleado para excusar la explotación animal y el consumo de animales. Para profundizar en la ética kantiana y cómo refutó al relativismo de Hume respecto a la falacia naturalista, recomiendo estas diapositivas didácticas.

¿Qué es la falacia naturalista?

La falacia naturalista es una de las falacias dialécticas más usuales y omnipresentes para excusar la explotación animal. De un modo sencillo, esta falacia podría resumirse en «la confusión entre el ser y el deber ser». Ocurre cuando los seres humanos observamos qué ocurre en la naturaleza y lo usamos como argumento para excusar nuestras acciones. Se trata de una falacia —argumento inválido— doble. En primer lugar, que algo ocurra en la naturaleza no significa que sea bueno o malo. La naturaleza es un ente abstracto conformado por la existencia y acciones continuas de millones de organismos amorales. Los seres humanos con plenas facultades, a diferencia de otros seres, sabemos distinguir el bien del mal y somos responsables de nuestros actos. Y, en segundo lugar, la falacia naturalista se convierte en un arma antojadiza cuando el ser humano sólo se basa en la naturaleza para tratar de justificar aquellas acciones que le conviene, como comer carne, explotar animales bajo el argumento de hacerlo con bienestar animal o subyugarlos de todas las formas posibles.

En cambio, a nadie se le ocurriría —o no públicamente— apelar a la naturaleza para excusar las violaciones, el infanticidio o la esclavitud humana apelando a que hay animales que violan a miembros de su especie, que los esclavizan y que matan a sus crías propias o a las de otros congéneres. Para tales casos, la naturaleza pasa de ser un ejemplo de virtud moral al que imitar —para situarnos en la cúspide de la «cadena alimentaria»— a algo hostil, aberrante e irracional del que debemos despegarnos en pos del progreso social. Curioso… ¿no?

Manifestaciones habituales de la falacia naturalista

Partiendo de su definición básica «la confusión entre el ser y el deber ser». La falacia naturalista se manifiesta cotidianamente de múltiples maneras y en contextos muy heterogéneos para excusar la explotación animal. A veces aparece como argumento unitario y, otras, como una falacia envuelta entre muchas otras. Básicamente, nos sirve a los seres humanos como comodín para justificar todos nuestros prejuicios inculcados desde la niñez (especismo). En los siguientes puntos se resumen algunas de las excusas habituales amparadas o basadas en la falacia naturalista junto con algunas explicaciones de por qué carecen de siquiera un sentido lógico o —concretamente— científico.

Ésta es la interpretación humana de la «cadena alimenticia» por apelación a la falacia naturalista. Básicamente es un reduccionismo de nuestro profundo antropocentrismo para justificar el consumo de animales.

La falacia naturalista para justificar el consumo de animales

La sociedad parece empecinada a creer que si algunos animales —una minoría sobre el conjunto total— depredan y comen a otros animales, entonces está bien que nosotros hagamos lo mismo. La mayor parte de los animales del mundo son consumidores primarios —herbívoros— por una razón de termodinámica: las plantas y otros organismos autótrofos generan energía y la mayor parte de la energía sólo puede aprovecharse si se toma directamente de tales organismos. Un animal carnívoro sólo llega a aprovechar en torno al 10% —o menos— de la biomasa acumulada por el animal herbívoro porque éste invierte la mayor parte de su energía consumida en la homeostasis. Por ello, siempre los animales carnívoros son y serán una minoría frente al total; pues no disponen de energía para que sus poblaciones alcancen proporcionalmente el mismo acúmulo de biomasa, y se alimentan naturalmente de otros animales como parte de la selección natural; la cual, en términos ecológicos, tiende hacia la maximización del aprovechamiento de la energía.

Los humanos somos biológicamente omnívoros. Esto significa que podemos digerir un amplio espectro de biomoléculas con independencia de su origen; no que necesitemos ingerir forzadamente ningún producto de origen animal para estar sanos. No podemos, pues, excusar la explotación animal y el consumo de animales en que lo «necesitemos». A su vez, la mayor parte de los animales del mundo no se comen a otros, o no como fuente primaria de biomasa. Por ende, nuestro empecinamiento en justificar el consumo de animales se debe a un intento de sentirnos especiales al vernos a nosotros mismos como los dueños y señores de la naturaleza. Un prejuicio que no se corresponde científicamente con la realidad. No poseemos adaptaciones morfológicas, anatómicas ni fisiológicas para el consumo de animales y, ante todo, no justo asesinar animales porque podemos entender que ellos sienten y padecen como nosotros y valoran sus vidas tanto como nosotros.

Hoy en día existen piensos 100% vegetales con que alimentar a perros y gatos sin explotar a otros animales. La falacia naturalista lleva a creer que alimentar animales con piensos vegetales va «contra natura». No es justo —ni tiene sentido lógico alguno —asesinar a unos animales para alimentar a otros.

La falacia naturalista para justificar los piensos cárnicos

Una versión especialmente sangrante de la falacia naturalista la encontramos entre animalistas y supuestos veganos. Acontece cuando el individuo de turno rechaza que los humanos comamos carne a la par que excusa el asesinato de unos animales para alimentar a otros apelando a que ésa es «su naturaleza». Curiosamente, muchos animalistas insisten en que, aunque sea sano, deben darles piensos cárnicos a sus perros y gatos porque es lo «natural». Y me pregunto yo: ¿Acaso es natural que convivan con humanos? ¿Es natural que estén castrados o esterilizados? ¿Es natural que se alimenten de animales que nunca cazarían en la naturaleza? ¿Es natural que sean sacrificados cuando les conviene a su propietario?

Los perros son omnívoros como los seres humanos, ocurre que su espectro es algo más estrecho y presentan intolerancia a determinadas sustancias comunes en la dieta humana, como el chocolate. Y los gatos, aunque carnívoros, pueden vivir perfectamente con piensos suplementados con taurina. Los piensos veganos están avalados científicamente. Ni perros ni gatos necesitan comer carne forzadamente ni se justifica de ninguna manera que asesinemos a unos animales en beneficio de otros. Esto es simple y llano especismo de preferencias.

Según la falacia naturalista es algo «natural» que miles de millones de animales sean criados, hacinados, hormonados y asesinados sistemáticamente mediante uso de maquinaria industrial para alimentar a una sobrepoblación humana que hace tiempo sobrepasó la capacidad de carga (K) del medio. El antropocentrismo extermina a los animales salvajes y esclaviza a los domesticados.

La falacia naturalista para justificar la esclavitud animal

La sociedad general ha olvidado que uno de los grandes argumentos usados en la época colonial para tratar de excusar la esclavitud humana. Se decía entonces que los negros eran descendientes del segundo hijo de Noé y que habían sido maldecidos por Dios a la esclavitud eterna por el crimen cometido contra su padre. Cada cultura y religión ha esgrimido diferentes argumentos para excusar la esclavitud humana. Sin embargo, los humanos no hemos sido tan, tan creativos respecto a la esclavitud animal. Como se explica largo y tendido en el artículo: «La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana», los seres humanos nos hemos dado cuenta desde antaño de que somos teóricamente más inteligentes que otros animales y que podemos dominarlos gracias a nuestro ingenio. En consecuencia, hemos llegado a la conclusión falaz de que «el poder genera el derecho» —definición del fascismo desde el punto de vista ético— de una manera muy similar a cómo los imperios de la Antigüedad, como Grecia o Roma, excusaban la esclavitud de pueblos conquistados o de soldados vencidos en la batalla.

Que seamos supuestamente más inteligentes o poderosos que otros animales no nos otorga ningún derecho sobre sus vidas. Está igual de mal explotar o encerrar animales que hacerlo contra seres humanos. Justo al igual que el mayor poder, inteligencia y madurez de un adulto frente a un infante no le concede ningún derecho sobre éste. Debiera suceder justo lo contrario: los seres humanos debemos comprender que los animales tienen, científicamente, la conciencia de niños pequeños y que merecen derechos reconocidos para poder recibir protección ante las aberraciones que cometemos contra ellos.

El ser humano sufre de un grave complejo narcisista. Necesita estar buscando constantemente rasgos y detalles que nos diferencien de los demás animales para tratar de darle sentido a nuestra insignificante existencia.

La falacia naturalista para justificar la «excepcionalidad humana»

Cuando el ser humano observa —sesgadamente— la naturaleza y cree percatarse de que nuestras acciones, ingenios y construcciones son más complejos, elaborados y eficientes que los de otros animales, la falacia naturalista se utiliza entonces como argumento de que el ser humano representa el mayor exponente o el máximo grado de desarrollo de aquello cuanto existe en la naturaleza. De esta manera, concluye que todo cuanto ocurra en la naturaleza debe estar presente en nosotros o responde al plan de una divinidad que nos eligió como vicarios para señorear la Tierra a nuestro antojo.

Los bienestaristas más extremos, autodenominados «sensocentristas» emplean la falacia naturalista para excusar la explotación animal de una forma menos común: explotarlos y esclavizarlos por su propio bien.

La falacia naturalista para justificar el intervencionismo en la naturaleza

Una versión característica de bienestaristas y neobienestaristas (sensocentristas), y cada vez más común, es la de apelar a la falacia naturalista para esgrimir que la naturaleza es «mala» y «cruel» en sentido absoluto para concluir que los humanos tengamos el supuesto deber de intervenir en la naturaleza para «ayudar a los animales». Expresado de esta forma, muchos se preguntarán: ¿y qué tiene de malo ayudar a los animales? El problema reside en que su visión de lo que significa «ayudar a los animales» es muy diferente de lo que significa dicha expresión para el resto de los mortales. Para un bienestarista o sensocentrista, «ayudar a los animales» no se limita a atender o salvar la vida de cualquier animal al que hayamos lastimado sin querer o accidentalmente; sino que ellos se refieren al control absoluto de sus vidas, a privarlos de libertad y a encerrarlos en zoológicos o análogos bajo el argumento de que «así sufren menos que siendo libres». De esta forma, la falacia naturalista converge con la falacia paternalista y tales humanos llegan a la aberrante conclusión de que los humanos tengamos legitimidad para decidir sobre la vida de otros animales y de privarlos de libertad «por su bien».

Los individuos que esgrimen la falacia naturalista en este sentido se vuelve especialmente problemáticos; pues, a diferencia de otros humanos comunes y corrientes, quienes tratan de justificar el encierro y manipulación de animales por su bien han transformado su antropocentrismo tradicional y supremacista —el punto anterior— a una suerte de antropocentrismo animalista y armonioso con que satisfacer sus propias obsesiones personales.

Conclusión sobre la falacia naturalista

La falacia naturalista es un argumento falaz demasiado común y extendido, tanto entre humanos corrientes y molientes como entre humanos supuestamente sensibilizados con las injusticias que padecen los animales. En todos los casos, dicha falacia es una herramienta con que excusar la explotación animal y autolegitimar el consumo de animales según cómo lo hayan normalizado nuestras creencias prejuiciosas más arraigadas.

Un vegano es quien respeta a todos los animales por igual porque todos valoran sus vidas aunque nadie más lo haga. No importa que alguien se considere vegano si discrimina entre animales o participa en su explotación de alguna forma.

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