La domesticación, la selección artificial y sus efectos

La ciencia actual está muy condicionada por el especismo. A través de la domesticación y de la selección artificial hemos esclavizado a los animales. Los pocos animales salvajes que todavía quedan se libran, de refilón, de la endogamia impuesta por el ser humano sobre los animales domesticados.

El especismo científico

Un biólogo investigador, experto en el campo de la domesticación animal, trató de humillarme en Twitter —sin expresar ningún argumento, dejándome a merced de sus seguidores (o palmeros)— ante mi afirmación de que la domesticación podría definirse como «el proceso de endogamia forzada por el cual el ser humano ha seleccionado y manipulado a los demás animales para disponerlos como recursos para sus fines. Es la consecuencia de un fenómeno de cosificación».

Quizás recurrió a la ridiculización y al insulto fácil porque no sabía que yo también era biólogo. Este señor, como doctorado, posee un nivel de conocimientos y de especialización mayor en su área. Sin embargo, eso no lo vuelve inmute de incurrir en el efecto Dunning-Kruger, es decir, sus altos conocimientos no le impiden caer en la creencia irracional de que siempre llevará razón en su campo de estudio o de que tenga suficiente conocimientos para refutar o contraargumentar en otros campos —como en filosofía, antropología, historia o Derechos Animales—.

Los prejuicios morales, junto con los conflictos de intereses personales y colectivos, constituyen uno de los pilares del antropocentrismo. Y una interpretación sesgada de la naturaleza nos lleva a tratar de excusar la explotación animal apelando a la falacia naturalista. La ciencia, en tanto que está construida por seres humanos, no está libre de prejuicios especistas camuflados de objetividad.

Sin más preámbulos, en este artículo quisiera definir y reflexionar acerca de la domesticación desde un punto de vista biológico y filosófico, y ofrecer mis propios juicios sobre la selección artificial y, en sentido amplio, la manipulación humana de animales como fruto del antropocentrismo.

Los animales domesticados son los actuales descendientes de animales salvajes que fueron separados, confinados, manipulados y asesinados por el ser humano. Lejos de conformarnos con esclavizarlos a nivel de «individuo», los hemos esclavizado como «colectivo» o «raza» al condicionar sus caracteres por selección artificial para volverlos dóciles e, hipotéticamente, también menos inteligentes.

¿Qué es la domesticación?

Desde un punto de vista biológico, la domesticación es un proceso artificial —ejercido o condicionado por el ser humano, elemento antrópico— consistente en la selección de animales con unos rasgos biológicos determinados —o, en la actualidad, su inclusión genética— que ingenió nuestra especie desde los albores de la civilización para mejorar e incrementar los beneficios obtenidos por medio de la explotación animal. Desde antaño, tales ganancias se traducen en recursos y dinerobienes materiales y bienes abstractos—. Por ejemplo, seleccionar a aquellas vacas con las ubres más voluminosas y que segregaran más leche aumentaba la producción de dicha sustancia y, a mismo tiempo, el rendimiento económico del ganadero.

El mismo caso aconteció con infinidad de especies animales: cerdos más gordos al nacer y que engordasen más rápido, caballos más pesados o rápidos según a cuál fin se los vinculase, o toros que, supuestamente, fuesen más agresivos de lo esperado para un animal herbívoro con el fin de que los humanos —«la raza superior»— pudiera divertirse mediante la tauromaquia u otros festejos que son una recreación festiva de la dominación humana. Hoy, por fortuna o desgracia de los avances científicos en genética, la selección artificial llega al nivel de que se insertan genes alóctonos y perjudiciales para sus vidas con tal de incrementar la productividad.

La domesticación, por definición, implica la selección de caracteres beneficiosos para el ser humano, no para el animal de turno. La aparición de un fenotipo beneficioso para el ser humano requiere conseguir que los ejemplares sean de «raza pura», es decir, que sean homocigóticos para el carácter deseado. Un animal homocigótico o de «raza pura» para uno o más caracteres es aquél que presenta todos sus alelos —variantes posibles de un gen— iguales para uno o varios caracteres.

Explicado de una manera simple, la domesticación requiere buscar animales que muestren unos caracteres deseados y que, al mismo tiempo, estos caracteres sean la única manifestación génica posible de los parentales para evitar que la aleatoriedad de los cruzamientos —originada por recombinación génica— genere híbridos —animales con más de un alelo diferente para un mismo carácter— sin los caracteres deseados.

Es tal el grado de cosificación, que por boca de ecólogos, he llegado a oír que los animales esclavizados como «ganado» —el propio término despierta connotaciones negativas— constituyen «microhábitats» de la biodiversidad para moscas, tábanos, bacterias y endoparásitos. Yo, en esta fotografía, sólo veo la parte del cuerpo de un animal. Las funciones que pueda desempeñar un animal por su existencia en la naturaleza no deben reducir al animal a ser un mero elemento del paisaje.

Relación entre domesticación y endogamia

Cruzando animales que sean razas puras para los caracteres deseados, el ser humano se asegura de que su descendencia, en teoría —a menos que lo impidan la expresión de otros genes—, manifieste fenotípicamente dichos caracteres deseados. Debido a que la presencia de caracteres homocigóticos aumenta dentro de una población animal seleccionada por el ser humano como consecuencia de la domesticación; la domesticación conlleva, inherentemente, un incremento de la endogamia —del parecido genético— entre los animales seleccionados y reproducidos con el fin de mantener dichos caracteres.

El concepto de «endogamia», con ligeras variaciones según de la fuente tomada, aparece definida usualmente como «la acción y el efecto del cruzamiento o la reproducción entre individuos con un parentesco genético». En veterinaria abundan los artículos académicos sobre animales esclavizados como ganado en los que analizan sus tasas de endogamia. Por ejemplo, enlazo esta tesis doctoral sobre la tasa de endogamia en la ganadería vacuna mexicana para la raza «beefmaster», nótese que los humanos somos jocosos incluso a la hora de nombrar a nuestros esclavos. Que la domesticación conduce a la endogamia no es un misterio de la ciencia. Por este hecho, los veterinarios cómplices de la industria ganadera deben analizar de cuando en cuando la tasa de endogamia de su ganado esclavizado.

Verdades y mitos sobre la domesticación

La endogamia en animales —como en humanos— genera enfermedades por taras genéticas y los vuelve más susceptibles a otras. La selección artificial ha creado y crea animales deformes y enfermos. Esta razón, unida al hacinamiento o incluso a la introducción intencional de genes dañinos para su salud, hace que los animales esclavizados requieran una gran cantidad de medicamentos.

Por otra parte, existen muchos mitos sociales sobre los efectos de la domesticación. En algunas ocasiones, incluso aparecen divulgados sin pudor en libros académicos de filosofía, derecho o incluso de veterinaria. Se alega a menudo que las especies domesticadas por el ser humano carecen de la capacidad o fortaleza de sobrevivir en la naturaleza aun cuando existen especies asilvestradas de prácticamente de todas las especies domesticadas; las cuales reciben la etiqueta de «plaga» y acaban siendo asesinadas cuando molestan a las poblaciones humanas adyacentes.

A menudo se cree que la docilidad hacia el ser humano implica indefensión frente al medio natural. Que un animal se muestre dócil no significa que, en en condiciones naturales, no sepa sobrevivir o adopte estructuras sociales complejas aunque nunca las haya conocido. Los animales no somos una tabla rasa ni la domesticación es capaz de sobrescribir millones de años de evolución.

En estos casos se observa una dualidad entre ignorancia y racionalización. La sociedad general asume que no pueden vivir sin nosotros con la intención interiorizada de justificar el dominio que ejercemos sobre ellos o, al menos, su tenencia en nuestros hogares porque así nos beneficiamos. Por fortuna, la selección artificial es reversible si obra de nuevo la selección natural, bastan unas pocas generaciones de selección natural para que reviertan la mayor parte de las taras génicas debidas a la endogamia. Esto rompe el mito social —también común entre veganos— de que los animales domesticados siempre serán dependientes de los humanos para sobrevivir.

Hasta la fecha están relativamente bien estudiados aquellos rasgos más característicos en las especies domesticadas y en sus respectivas razas como fruto de la selección artificial. Un ejemplo llamativo de carácter obtenido como consecuencia de la domesticación —y propagado mediante endogamia— reside en la mancha blanca que exhiben los bovinos e incluso en équidos. Se estima que ciertos genes cuya expresión modulan la agresividad también intervienen en la secreción de melanina, al menos, en estas especies. En consecuencia, la selección de aquellos ejemplares —individuos— más dóciles ha causado que éstos también exhiban una mancha blanca sobre sus frentes.

Mi argumentación para definir la domesticación

Mi definición de la domesticación —expuesta al comienzo de este artículo— es una simple inferencia secuencial de proposiciones: Si la domesticación (A) aumenta la presencia de caracteres homocigóticos (B) porque se basa en la selección de parentales con caracteres homocigóticos, y la presencia de caracteres homocigóticos (B) incrementa la tasa de endogamia (C) porque se requiere mantener cruzamientos entre animales con caracteres homocigócitos —con parentesco génico— para la continuidad del fenotipo deseado, ergo, la domesticación (A) conlleva un aumento de la tasa de endogamia (C) dentro la población dada.

Si la domesticación, por ende, es un proceso que conduce inevitablemente a la endogamia, y la endogamia no se produce voluntariamente en los animales esclavizados —porque ellos, los parentales, no eligen la pareja por selección natural—, es legítimo entonces añadir el adjetivo o epíteto «endogamia forzada» para indicar así que la domesticación es un proceso de endogamia forzada.

De hecho, me atrevo a afirmar sin reparos que la domesticación es un proceso triplemente forzado:

  1. Forzado porque nosotros imponemos nuestra voluntad e intereses sobre la voluntad e intereses de los animales domesticados.
  2. Forzado porque la reproducción artificial —base de la domesticación—, conlleva el uso inherente de la violencia para sujetar, atar, controlar, inmovilizar, separar o dirigir a los animales sementales y a las hembras destinadas a la procreación, ya sea para una cópula natural o una recogida de semen y posterior inseminación artificial.
  3. Forzado porque los animales parentales no eligen a sus parejas ni ningún otro elemento que altera y modula el desarrollo de sus vidas.

En conclusión, por mucho que este biólogo sea experto en el campo de la domesticación, ha optado por intentar una refutación sin argumentos porque posiblemente no tiene argumentos con que refutar mi manera de definir la domesticación y mi mención a que causa endogamia. Quizás le haya sorprendido mi uso intencional de los términos en rechazo al especismo y la vehemencia con que me expreso —eso me comentaron cuando presenté mi TFM—, pero este rasgo —originado en mi caso por una selección natural sin muchos de los filtros naturales— no constituye una incorrección científica.

Lo más grave del comportamiento de muchos «expertos» reside en que su arrogancia convierte su talento potencial en manifestaciones de irracionalidad. En ausencia de contar con los argumentos de este biólogo, considero que lo expuesto hasta el momento en este artículo es coherente y científicamente correcto.

Como ocurre en las plantaciones agrícolas, los animales domesticados deben soportar el hacinamiento por una simple razón de máximo aprovechamiento del espacio. A los humanos nos nos importan sus intereses inalienables y que, a diferencia de las plantas, necesiten moverse. Cuando muchos animalistas dicen luchar para mejorar las condiciones de su crianza y explotación, lo que buscan es calmar su propio sufrimiento causado al ver a tales víctimas como un alter ego. Poco importa si se les deja más espacio —algo que ocurre si el ganadero logra por ello una revalorización del producto—, el asunto fundamental radica en que son nuestros esclavos y no debieran serlo.

¿Una visión filosófica sobre la dominación humana?

Hasta ahora, este artículo ha intentado ahondar en el concepto de domesticación desde un punto de vista biológico. Sin embargo, la propia ciencia se asienta sobre la filosofía para establecer la lógica de sus axiomas. ¿Por qué no verter asimismo algunas reflexiones filosóficas sobre el fenómeno de la domesticación?

Podría comenzar argumentando que la palabra «domesticación» es, en sí, un eufemismo para referirnos a la simple y llana esclavitud, es decir, al estado y proceso por el cual un sujeto queda subyugado a la voluntad de otro. Los animales domesticados son esclavos del ser humano en el sentido estricto del término. Y el concepto de «endogamia forzada» no significaría otra cosa que la selección artificial —control reproductivo— sobre una población sometida a la domesticación.

Cualquier lector podría señalar que la domesticación no es un proceso que ocurra exclusivamente en animales. Y es cierto. No obstante, sólo podemos juzgar —y condenar— moralmente la domesticación ejercida sobre los animales porque únicamente los seres vivos que conformamos dicho clado podemos ser personas a raíz de la posesión de células nerviosas.

Aquellos seres que poseemos células nerviosas llegamos a desarrollar interesesnecesidades conscientes— y conciencia. Las bacterias o las plantas —tan recurrentes cuando hacemos activismo— no poseen intereses ni conciencia. Por tanto, la domesticación es un fenómeno injusto y aberrante: injusto porque quebranta la justicia al hacerles a otros aquello que no quisiéramos para nosotros y aberrante porque el ingenio humano aplicado a ésta conduce a causarles todo tipo de miserias, desgracias, sufrimiento y muerte.

Hipótesis propias sobre la domesticación, la selección artificial y sus efectos

Desde que apenas iniciaba mi formación en el veganismo y los Derechos Animales, se me ocurrieron algunas hipótesis que relacionaban mis estudios en biología con los grandes interrogantes e inquietudes que despierta el conocer que toda nuestra vida nos han mentido al decirnos que está bien explotar a los animales o que necesitamos hacerlo por nuestra salud. A continuación se presentan algunas ellas en lo tocante a la domesticación, la endogamia y sus efectos o consecuencias:

No nos gusta considerarnos iguales a aquellos que hemos esclavizados y esclavizamos a los animales en un pasado por no considerarlos iguales a nosotros en un sentido moral.

Relación entre domesticación y esclavitud humana

Conforme leía sobre Derechos Animales y el abolicionismo de la esclavitud negra en obras excelentes como «La cabaña del tío Tom» —ahora desdeñada en las universidades de ‘humanidades’ y por los movimientos identitarios de izquierda porque la escribió una autora blanca—, desarrollé la hipótesis de que la domesticación fue uno de los detonantes o auspiciadores de otras prácticas amparadas en prejuicios análogos y formas de discriminaciones morales entre humanos. Aunque en un principio creí que era el único, otros autores ya habían postulado hipótesis y varias pruebas contundentes en sociología y antropología que relacionan el prejuicio moral del especismo con otros prejuicios morales que desembocan en el racismo o en el sexismo.

En referencia al feminismo, la autora Anna Charlton señalaba en su libro «Las mujeres y los animales»:

Se ha mantenido que la subyugación y la domesticación de los animales proporcionó el prototipo para la subyugación de grupos de humanos, ya sea mediante la esclavitud, el sexismo o el prejuicio basado en la raza, la pertenencia a un grupo étnico o la orientación sexual. En la esfera de la discriminación en contra de las mujeres, el reconocimiento de la reciprocidad de la identificación entre las mujeres y los animales ha sido clara.

Y, en referencia al racismo, según explica el autor Charles Patterson, en su recomendadísima obra «Eternal Treblinka» —tendría que citar toda la obra—, el holocausto nazi consistió esencialmente en aplicar a otros humanos aquellos métodos de matanza industrial que empezaban a utilizarse para asesinar masivamente a animales no humanos, a raíz de las crecientes demandas poblacionales que se dispararon en Occidente desde comienzos del siglo XX.

En Eternal Treblinka se argumenta que el supremacismo humano se impuso como ideología dominante desde que los humanos bajamos de los árboles y que, acorde establecíamos una racionalización de la supremacía humana para justificar la explotación animal que ya cometíamos —como previos animales menos racionales—, este argumento endogrupal nos permitió excusar y tranquilizar nuestras propias conciencias al esclavizar también a otros humanos apelando a que sus rasgos se parecían más al de los animales que al nuestro grupo.

A lo largo de sus páginas, Eternal Treblinka lanza un intenso repaso sobre algunos momentos decisivos que han moldeado la civilización humana hasta llegar a la domesticación de los animales y otras formas de violencias institucionalizadas que resultan de la racionalización de discriminaciones morales. Entre el holocausto nazi y el holocausto animal sólo existe una diferencia de especie, una diferencia de especie que convierte a muchos defensores de los Derechos Humanos en negacionistas de un holocausto mayor en cifras y más presente.

A partir de estos autores y de compañeros tan bien formados y eruditos, como Luis Tovar o Igor Sanz, me he sentido a hombros de gigantes. Gracias a ellos y junto con una formación complementaria en literatura, he ido desarrollando una serie de hipótesis entre los prejuicios morales y el fenómeno de la alteridad, la estética en el arte, el concepto de lo sublime y las características del monstruo literario como reflejo de la división categórica entre el «yo», el «grupo» y el «no-grupo» en el contexto de los condicionantes biológicos y culturales de la explotación animal. Puede leer sobre este tema en mi artículo: «La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana».

Quizás, si los humanos tuviésemos una esperanza de vida más baja que la de la mayoría de los animales, la domesticación se habría visto limitada por nuestra propia percepción del espacio-tiempo. Poco importa lo bien que podamos tratarlos, su condición y final son siempre los mismos.

Relación entre la esperanza de vida de explotador y explotado

Otro lector podría argumentar que la esclavitud humana no ha conllevado una selección artificial de los individuos esclavizados; pero opino que esto no ha ocurrido por varias razones ajenas al propio fenómeno de la esclavitud. Un punto importante para estudiar la domesticación biológica radica en que los humanos contamos con una larga esperanza de vida en comparación con otros animales.

Por ello, cabe tener en cuenta que el ser humano puede influir y sobrevivir a varias —o incluso decenas de— generaciones de ratas, conejos, perros, caballos y de otros animales; pero no contamos con esta percepción de «omnipresencia temporal» respecto a las vidas de otros humanos. Así pues, por ejemplo, haber seleccionado a los negros más fuertes durante la época colonial habría sido una tarea ardua y sin resultados visibles. Por fortuna, ningún imperio esclavista ha durado lo suficiente como para que una hipotética domesticación humana hubiera llegado a acontecer.

La relación entre la esperanza de vida entre explotador y explotado nos lleva a pensar que si, por el contrario, los humanos tuviéramos una esperanza de vida menor al de otros animales, nuestra limitación espacio-temporal hubiera mermado o anulado el propio surgimiento de la domesticación. Basta con señalar que no existe ningún animal domesticado cuya esperanza de vida sea mayor que la de un ser humano. Si bien, no debemos desdeñar que la esperanza de vida de los animales domesticados quizás haya sufrido una merma considerable respecto a sus contrapartes salvajes como fruto directo o indirecto de la selección artificial.

¿Hubiéramos reproducido o dejado reproducirse a algún animal que, por alguna mutación, fuese más inteligente que el resto? La inteligencia otorga poder. Los humanos somos más poderosos que los animales raíz de nuestra cognición. Nunca permitiríamos que ningún otro animal nos igualase y lo impediríamos mediante selección artificial si así ocurriere. Ésta es una de las razones por las cuales el ser humano, por antropocentrismo, se negaría a reconocerles derechos a las inteligencias artificiales.

Relación entre domesticación e inteligencia

Un aspecto que me inquieta, y quizás sea muy difícil de llegar a demostrar científicamente, es si la domesticación ha causado un decremento en la inteligencia de los animales domesticados. Como he argumentado antes, la domesticación consiste en la selección artificial de caracteres en beneficio humano.

Cuando los rasgos se seleccionan mediante selección natural, la inteligencia, como cualquier otro fenotipo, depende de una serie de genes con sus diferentes «jerarquías» y «expresiones epigenéticas» —cambio en la expresión génica modulada por el medio ambiente—. Si se producen algunas mutaciones que afectan a la expresión global de la inteligencia, —ya sea porque alteran la estructura del encéfalo o posibilitan otras modificaciones anatómicas, morfológicas o fisiológicas que causan una «reconfiguración cerebral— y, a su vez, estas mutaciones llegan a fijarse en la población —al situar el éxito reproductor por encima de la media en la población considerada—, una población animal podría ver aumentada su inteligencia a lo largo del tiempo. Para afirmar esto, apenas me he limitado a indicar cómo ha podido desarrollarse algo que ya sabemos que nos ha sucedido a nosotros.

En cambio, en los animales sujetos a la selección artificial, el fenotipo está modulado por los intereses humanos y nuestra especie genera una «presión selectiva» —un filtro, hablando coloquialmente— contraria a aquellos fenotipos que se enfrentan a los intereses humanos. Si consideramos que una mayor inteligencia se expresa en forma de un animal con mayores capacidades para evadir al ser humano y resistirse ante su manipulación y violencia, entonces podríamos aducir que la inteligencia animal se convierte un rasgo seleccionado negativamente bajo selección artificial.

Los propios centros que se dedican a la crianza de animales para la investigación en laboratorios saben que resulta más fácil «operar» con ejemplares más «dóciles». Ocurre que quizás no se han planteado o no quieren plantearse que algunas de aquellas formas de lo que ellos llaman «agresividad» —una simple defensa propia ante la privación de libertad y un atentado sistemático contra su integridad física y mental—, esté tal vez, en algunos casos, motivada por una mayor cognición en lugar de ser el mero resultado de unas respuestas instintivas.

Si deducimos a partir de estas hipótesis, podemos concluir que, desde los albores de la domesticación, aquellos animales con fenotipos más inteligentes irían apareciendo en menor grado hasta quedar relegados, muy posiblemente, a tener alelos recesivos. El antropocentrismo, pues, no causa únicamente el exterminio de cualquier animal salvaje, sino que atenta directamente contra cualquier rasgo que beneficie a los esclavos frente a su dominador y ello se traduce en que los humanos operamos contra una posible evolución positiva de la inteligencia animal por parte de la selección natural.

Los animales domesticados son esclavos: carecen de libertad y no respetamos su integridad ni sus vidas. Al igual que los esclavos humanos en la historia, están recluidos, encerrados y marcados —etiquetados con un código de barras— como un producto fabricado en serie. A pesar de los males que les causamos con la domesticación, cada uno de ellos sigue siendo un individuo único que muestra personalidad y deseos de libertad.

Conclusiones

La domesticación, mediante la selección artificial, ha reducido a los animales no sólo a la condición de esclavos, sino que los ha convertido en esclavos dóciles y con taras genéticas que pueden llevarlos a sufrir una vida miserable antes de ser asesinados en nombre del consumo o de la ciencia.

Los avances en la veterinaria, la etología y otras ciencias aplicadas demuestran que los animales son algo más de que lo perciben nuestros ojos por culpa del especismo. Hoy, la ciencia va despojándose tímidamente de prejuicios hacia los demás animales de la misma manera en que hace apenas unas décadas tuvo que despojarse masivamente de los prejuicios racistas y sexistas. Aunque me ilusionaría poder aportar como investigador a las ciencias biológicas, si me dedicara al campo de la zoología o de la etología encontraría obstáculos serios a causa de la incompresión y los prejuicios. De hecho, si apenas he escrito artículos sobre investigación científica es porque me siento como un aspirante a intelectual renegado de una ciencia gravemente influenciada por el especismo.

El mensaje vegano y a favor de los Derechos Animales está logrando penetrar en las distintas capas sociales. Pero, entretanto, los intereses particulares y colectivos referidos a la explotación animal luchan a diario por contrarrestar un progreso social inevitable mediante falacias, tergiversaciones, manipulación de la opinión pública y el lucro a través de socios, donaciones y promesas en lo tocante al «bienestar animal» para que el consumidor siga consumiendo con la conciencia tranquila. O bien, proponiendo medidas aberrantes que se basan en la propia cosificación de las víctimas, entre ellas, las castraciones sistemáticas e incluso el sacrificio —asesinato— de animales sanos.

En cada uno de nosotros queda tratar de comportarnos con justicia y ser lo más justos posible con los demás animales con quienes compartimos este planeta.

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