La ingeniería de la explotación animal y los métodos para coaccionarlos

Existe una verdadera ingeniería de la explotación animal por la cual ejercemos nuestro dominio sobre ellos. Desde tiempos inmemoriales, los humanos hemos encauzado nuestra facultades para crear herramientas e instrumentos para coaccionar a los animales. En la fotografía aparece un elefante encadenado. Uno de los miles de casos diarios de animales no humanos privados de libertad.

La ingeniería de la explotación animal permite nuestro dominio sobre los animales

En este artículo se vierte una reflexión en cascada acerca de cómo los seres humanos dominamos física y psicológicamente a otros animales a razón de que los hemos cosificamos como simples objetos o recursos para nuestros fines, ignorando y anulando adrede sus intereses y voluntad. Si bien el estudio de nuestro dominio —ejemplificado en la crianza, el manejo y manipulación de animales—, recibe el nombre de zootecnia, esta entrada no se limita a técnicas veterinarias destinadas a la producción animal, sino que pretende brindar una perspectiva general sobre métodos de coacción animal empleados contra distintos animales y en diferentes contextos. Por ello, iré hilando conceptos y ejemplos hasta ofrecer una visión global y simplificada.

En antropología se conoce bastante bien cómo nos organizábamos en el pasado y qué elementos favorecieron nuestra extensión a base de migraciones y batallas, todo ello bastante relacionado con los beneficios que brindó la explotación animal y un dominio completo y absoluto de sus vidas. No obstante, en esta entrada no trataré ninguna de estas circunstancias o hipótesis acerca de cómo comenzó la explotación de los animales. Explicaré cómo «funciona» la ingeniería de la explotación animal y qué mecanismos usamos valiéndonos de nuestros conocimientos sobre su biología para subyugarlos. Pretendo desentrañar la ingeniería que está detrás de nuestro dominio o, al menos, aportar algo de luz acerca de distintas formas de dominación que existen y han existido a base de ensayo y error.

Desde tiempos remotos hasta la fecha actual, uno podría ponerse a enumerar las diferentes maneras en que los seres humanos explotamos a los animales. Sin embargo, la explotación animal en sí misma no es un ente complejo; sino que se basa en un solo fenómeno global: la «coacción». En sentido estricto, el término «coacción» se forma a partir de «acción» y el prefijo «co», el cual significa «junto» o «acompañado». Por tanto, la coacción animal puede definirse como aquellas acciones que realiza un animal bajo la mediación las acciones humanas. Así, el dominio que ejerce nuestra especie resulta posible gracias a una serie de acciones encaminadas a lograr determinadas acciones en los demás animales.

Coacción animal basada en el movimiento

Toda la vida de un animal (incluidos nosotros) se resume en la realización voluntaria e involuntaria de acciones. Las acciones voluntarias podrían denominarse «exteriores» a nuestra razón y las involuntarias son, sobre todo, «interiores» u orgánicas, como el latido del corazón.

Pues bien, la explotación animal (el uso de los animales como recursos de nuestra especie) se consigue simplemente condicionando sus acciones en nuestro beneficio directo o potencial. Un beneficio «directo» sería aquel objeto o maniobra por el cual el animal realizase una acción que nos conviene y un beneficio «potencial» sería aquella acción del animal que permite que lo explotemos sin sacar rédito presente del mismo.

Normalmente solemos asociar «acciones» con movimientos; pero no tiene por qué ser así. Un movimiento es un tipo de acción; no una acción en sí misma. El hecho de que una cerda permanezca tumbada en una celda de gestación es una acción. Hablamos de una acción debida a que existe un ente llamado «jaula» que le impide moverse. En este caso tenemos la acción del animal («estar tumbado») y la coacción que «logra» esta acción: la «jaula».

La ingeniería de la explotación animal suelen estar muy presente en los animales esclavizados. Las jaulas son uno de los instrumentos de coacción animal más universalmente utilizados. En la fotografía aparece una cerda encerrada en una celda de gestación en compañía de sus crías. Cuando se muestra esta realidad, la mayoría de los enfoques son sensacionalistas y bienestaristas.

Dado que la mayor parte de la explotación animal tiene un fin alimentario para la especie humana, casi todas las coacciones humanas se estriban en privar de movimiento y de manipular su cuerpo para eludir acciones defensivas. Por ejemplo, la extirpación de los cuernos en bóvidos o del el pico de las gallinas, la desviación peneana, etc. Igualmente, en muchas otras ocasiones se coarta de movimiento parcialmente para que el animal vaya hacia dónde se desea y cómo desea. Como, por ejemplo, el caso de las correas en perros. En este caso no tiene por qué ser una explotación, dependerá de la intención del humano. Si su intención es que el perro se dirija a un sitio para que cumpla un fin ajeno al individuo, será explotación. Si su objetivo es protegerlo frente a atropellos u otros percances dentro de un contexto justificado, entonces no será explotación. A menudo, la sociedad no tiene claros los conceptos de tenencia y explotación, y que, por supuesto, lo uno no justifica lo otro.

Nuestro dominio sobre los animales se manifiesta en cada etapa de su existencia. En la fotografía vemos a un becerro escapándose del matadero en mitad de una ciudad. Los humanos tras él corren para meterlo en el corral con los demás bovinos y asesinarlo.

Control activo, control pasivo e indefensión aprendida

A partir de este caso señalado pueden distinguirse dos tipos de control según la forma en que coaccionen a los animales. Un control «pasivo» será aquél que limite acciones pero no las condicione. Por ejemplo, una correa evita que el perro salga corriendo pero no lo fuerza necesariamente a detenerse. Por su parte, un control «activo» será aquél que condiciona las acciones del animal. Puesto que para modular acciones se requiere reprimir las no deseas, éste incluye implícitamente el sentido «pasivo». Por ejemplo, una rienda no sólo impide que un équido deambule a donde desee; sino que también sirve para especificar hacia dónde debe marchar. A menudo, la línea divisoria entre ambas categorías resulta bastante difusa.

Muchos conocerán, tal vez, el ejemplo de que un elefante atado a cualquier superficie móvil permanecerá quieto aunque pudiese vencer fácilmente sus ataduras. Este fenómeno se denomina, a rasgos simples, «indefensión aprendida» y para ser víctimas de este fenómeno psicológico no se requiere ser un elefante —entendido como cualquier animal supuestamente menos racional que nosotros—; sino basta con que otros individuos hayan vulnerado nuestros intereses hasta el punto de que perdamos conciencia sobre los nuestros y de nuestras posibilidades. Se trata de una autonegación de nuestra propia conciencia.

La ingeniería de la explotación animal no sólo es algo practicado o amparado por la industria; sino que muchos animalistas coaccionan a los animales como lo haría cualquier explotador. En la imagen tenemos una guía animalista para acostumbrar perros al bozal. Resulta llamativo, cuando menos, que los propios animalistas y organizaciones promuevan la utilización de elementos de control mediante técnicas de coacción y soborno hasta causar en el animal el efecto de indefensión aprendida. Acciones como la castración sistemática de animales son otro ejemplo flagrante de coacción animal.

Coacción animal basada en los sentidos

Hay casos en que los seres humanos no solamente privan a los animales de movimiento y de estructuras anatómicas que permiten ciertas acciones; sino que además manipulan sus órganos de los sentidos con el objetivo de regular con mayor precisión las acciones de tales animales. Es decir, los dejamos moverse sólo de la forma y con el propósito que se espera de ellos.

La limitación de los sentidos incluye una serie de acciones muy comunes tanto cualitativa como cuantitavamente —variedad y cantidad— en unas pocas especies con quienes compartimos un mayor «pasado histórico» como consecuencia de una simple coincidencia físico-temporal-utilitaria entre su existencia y la nuestra. En otras entradas se ahonda más respecto a cómo la cultura condiciona nuestros prejuicios hacia los animales no humanos y sus formas de explotación apropiadas. No hay una razón estrictamente biológica de por qué valoramos como normal —desde un punto de vista sociológico— comer cerdo y no comer perro; o por qué, irónicamente, hay gente que defiende montar en caballos y no en rinocerontes. La explotación animal y sus métodos de coacción animal es cultural. Así como lo son las heterogéneas corrientes que afrontan estos temas.

Los humanos denominan «plaga» a cualquier animal libre que les molesta. El objetivo final del antropocentrismo es extinguir o esclavizar a todos los animales del planeta. Sólo los pocos animales que quedan libres en la naturaleza consiguen librarse de la ingeniería de la explotación animal. Así deberían estar todos los animales no humanos: libres de nuestro dominio y de nuestra subyugación.

Entre las formas de coacción animal basadas en el condicionamiento de las acciones se encuentran el adiestramiento en circos, espectáculos en acuarios y un larguísimo etcétera. Tanto en antigüedad como disparidad de usos se hallan los animales considerados especístamente como «bestia de carga», aquéllos que explotamos para la carga o arrastre de humanos o mercancías. Cuando están en sus parcelas, cuadras o establos permanecen privados de movimiento como el resto del «ganado»; mientras que cuando los seres humanos pretendemos acciones deseadas y concretas por su parte, entonces, eliminamos parcialmente su coacción física y adicionados una «adulteración» de sus sentidos para encaminarlas en nuestro beneficio.

Los animales, en un sentido muy simplón y general, somos puramente visuales. Bien es cierto en que muchos otros son ciegos por evolución particular de los grupos o que siquiera han desarrollado evolutivamente estructuras para captar fotones. No obstante, pero en la mayoría de los animales, la visión es el órgano preferente o está muy desarrollado. Por ende, muchas acciones humanas se centran en limitar, restringir o incluso anular la visión para conseguir que el animal haga o no haga algo. En este sentido siempre me ha llamado la atención la explotación ecuestre y de équidos en general a tenor de que los humanos han ido desarrollando una enormísima heterogeneidad de métodos y herramientas para conducir sus acciones en un sentido y no en otro tanto a base de anularlos tanto física como psicológicamente. Ciertos modos de dominio en tales individuos, y de otros muchos animales si estuviesen en su situación —incluidos los humanos—, se consiguen mediante la limitación sensitiva.

Siguiendo el razonamiento expuesto, quiero incidir en que nuestra sociedad se percata con facilidad de cuándo existe una limitación del movimiento y de lo injusto moralmente que puede ser (pj: una cárcel o la mera imagen de una cadena). Por el contrario, a la sociedad general le cuesta un mundo analizar o empatizar con los efectos de instrumentos de restricción sensitiva o inclusive peor: consideran que tales víctimas no-humanas son tontas o que se «confunden» y obedecen cuando bien podrían no hacerlo. Para mucha gente, un bozal es un claro ejemplo de control y no cuestionan que un perro se resigne a llevarlo; pero el empleo de anteojeras en caballos lo interpretan como un motivo absurdo por el cual el animal se deje manejar. Las anteojeras tienen el fin de reducir y enfocar la visión del animal hacia delante para tener al esclavo lo más controlado posible y facilitar su manejo. Si al humano de turno le importara realmente el «bienestar animal», ni siquiera se plantearía el hecho de comprarlos, venderlos, y domarlos para montarlos o engancharlos por recreo o deporte de competición.

La ingeniería de la explotación animal puede sorprender por las infinitas formas en que se presenta. En la fotografía figura un caballo explotado para carreras de trote que lleva unas «anteojeras suecas», un modelo que permite a su explotador decidir cuándo debe ver hacia los lados y cuándo no durante la carrera. Al mismo tiempo, lleva una sobrerrienda unida a un filete especial que le tira del paladar superior para que mantenga la cabeza más levantada de lo normal y no pueda salir al galope.

Los instrumentos de coacción animal basados en los sentidos ejercen asimismo una «manipulación emocional»; pues el animal puede experimentar miedo, terror, desasosiego, nerviosismo, incertidumbre y todo tipo de sensaciones desagradables debido a la privación sensorial. Impedir que éstos u otros animales vean, oigan o huelan facilita su manejo al reducir sus potenciales respuestas conductuales durante su explotación, de manera que el animal se limite a cumplir el cometido que le hemos endilgado y nada más. Por ejemplo, en caballos se ha estudiado el comportamiento anticipatorio en aquéllos explotados para el salto bajo diferentes niveles de privación ocular. Y, en múltiples ganados se emplea la privación de la vista o el olfato para controlar o estudiar su celo, la excitación sexual y la cubrición.

Por observación, podríamos decir que nuestro dominio sobre sus sentidos producen en las víctimas un sentimiento de debilidad. Y, en concreto, este hecho favorece el interés humano de convertirse en su alfa, en el líder de una manada inexistente. La privación sensitiva permite un control que va más allá del físico, un control psicológico de las emociones. Basta que un humano medio intente correr con los ojos cerrados para percatarnos de que no nos sentimos igual de seguros. Así pues, esta analogía sirve para evidenciar que un animal no es más estúpido por dejarse conducir si le tapan los ojos que un humano si estuviese en esa misma tesitura. Y no, este planteamiento no incurre en una antromorfización (una falacia demasiado habitual en este sector); sino que se trata de una argumenación amparada en el vasto número de variables comportamentales que compartimos, como mínimo, a nivel de mamíferos. Desterremos de una vez la condenada exclusividad humana.

Conforme avanzan nuestros conocimientos científicos y técnicos, surgen nuestras formas de ingeniería destinadas a satisfacer las nuevas y crecientes necesidades de la sociedad humana. En la fotografía se observan a unos pocos cerdos, descanso después de ser sujetos de pruebas para tatuadores y tintas que se comercializarán.

Efectos y perjuicios de la ingeniería de la explotación animal sobre las propias víctimas

Como conclusión final, los métodos y herramientas empleadas para coaccionar animales altera completamente la fisiología y psicología de las víctimas más allá de que sus comportamientos nos parezcan habituales o no según nuestros propios conocimientos y sesgos acerca de su etología. Nos hemos acostumbrado desde hace milenios a dominar a los animales, a manipular sus cuerpos, a ignorar sus deseos y a desterrar sus personalidades en nuestro beneficio. A ello debe sumarse la selección artificial el papel de la endogamia forzada (domesticación) como procedimiento aberrante que ha logrado fijar ciertas consecuciones de nuestros ancestros y diversas mutaciones dañinas para los propios individuos.

Cuanto hacemos contra los animales se debe a nuestra capacidad e influencia para coaccionarlos, y cuanto especulamos sobre ellos se debe a nuestra vanagloria antropocéntrica de sentirnos mejores y superiores al lograr que sean nuestros esclavos. Considerar estos puntos tratados ha de ser fundamental tanto para defender la abolición de toda forma de explotación animal como para alzar la voz contra el fenómeno de la cosificación animal, tanto moral como científica, y el desprecio con que juzgamos sus acciones a la par que obviamos que nuestra inteligencia y uso de la lógica funciona gracias a que la suya también lo hace y se ve obligada a responder en consecuencia. No puede ni podrá haber justicia para las víctimas mientras los explotemos. Por ende, adoptar el veganismo y promover los Derechos Animales es un principio ético y un deber moral.

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