El fraude del bienestar animal y de la carne ecológica

El bienestar animal y la carne ecológica son unos conceptos meramente publicitarios y un instrumento lucrativo de las organizaciones animalistas. Que esta vaca esté en un prado verde no significa ni que sea libre ni que sea feliz. No existe ningún bienestar en ser marcada, inseminada, separada de tus crías y terminar en el matadero. Todos los animales domesticados son esclavos, tanto en un sentido legal como biológico.

¿Qué es el bienestar animal?

En ciencias aplicadas, el bienestar animal se refiere al estudio empírico del bienestar objetivo (corporal) y subjetivo (mental) de los animales no-humanos esclavizados para intentar asegurar que sus condiciones materiales permiten el buen desarrollo de la explotación y la calidad del producto que se pretende conseguir. Es un área de estudio que se practica dentro de la veterinaria o la zootecnia.

En muchos lugares lo llaman, sin pudor, una «nueva ciencia». Eso es falso. En primer lugar, porque no tiene nada de nuevo aplicar la ciencia a la productividad de una industria; ya hablemos de objetos o seres cosificados. En segundo lugar, porque el fin de la veterinaria siempre ha sido velar por el bienestar animal para permitir o garantizar la explotación de los animales. Y, en tercer lugar, una ciencia pudiera definirse como un campo de estudio realizado mediante una metodología y unas técnicas que buscan recabar y estudiar datos objetivos.

El bienestar animal se vuelve una consideración completamente subjetiva e invaluable cuando se pretenden establecer relaciones entre variables fisiológicas y psicológicas para concluir que el bienestar del animal de turno es bueno o malo. ¿Están afirmando tales «expertos» que conocen una fórmula mágica para evaluar la felicidad animal frente a la esclavitud? ¿En qué se basan? ¿En los niveles de cortisol en sangre? ¿Les dice el cortisol en sangre qué siente la vaca cuando la separan de su cría? ¿Se pondrán a hacer estadísticos multivariantes para tratar de entender qué siente un cerdo en la línea del matadero? ¿Dirá un estudio de hormonas en sangre si la carne obtenida puede denominarse «carne ecológica» o no?

Resulta cuestionable la tendencia, tanto pasada como actual, de aplicar la ciencia a cualquier asunto sin mayor reparo ni pretensión que el lucro sin cuestionar primero la moralidad de nuestras acciones. Una ciencia sin ética va abocada a cometer la peor de las aberraciones.

La industria de la explotación animal y sus aliadas —las organizaciones animalistas— promueven la idea de que existe un paradigma ético en la esclavitud animal y que sea posible explotarlos con cariño, amor y compasión. Todos los animales, con independencia del tipo de crianza, reciben el mismo trato y obtienen el mismo final. Que su cadáver pueda ayudarse «carne ecológica» o no, es una estupidez.

La mentira del bienestar animal

A diario nos encontramos con anuncios publicitarios que tratan de mostrarnos un supuesto bienestar animal en las granjas, ganaderías y otras explotaciones ganaderas; muchos de los cuales reciben el apoyo, la colaboración y difusión explícitos de organizaciones animalistas (por ejemplo, PETA). Si bien los humanos acostumbramos a criticar supuestos casos de sexismo o racismo en la publicidad, no somos tan conscientes de cuándo nos venden especismo, una mentira para que el consumidor siga financiando un negocio aberrante. En el caso de la explotación animal, esa mentira reconfortante se llama «bienestar animal». No existe tal cosa como la «ganadería ecológica», la «carne ecológica» o ni tampoco los productos con «garantía del bienestar animal» conllevan ningún tipo de respeto a los animales. El bienestar animal es un fraude para tranquilizar conciencias. En los enlaces que aparecen a lo largo del artículo podrá ahondar en argumentos y casos específicos.

El «bienestar animal», como ocurrió igualmente —aunque con menos tecnología— hace siglos con el «bienestar negro», se presenta con dulces palabras, una sonrisa ante las cámaras, caricias y elementos rimbombantes (danza, música clásica, masajes en el lomo, etc.) que se practican «en favor» del ganado o de otros animales. La sociedad ha olvidado que, no hace mucho, bien entrado el siglo XIX, se vendía todavía la imagen tranquilizadora, mostrada en periódicos y folletines, de que los negros esclavos en plantaciones de azúcar vivían incluso mejor que la mayoría de los blancos. Eso comentaban nuestros antepasados tan alegremente. Para entonces, las organizaciones humanitarias asumían el mismo rol depravado que las actuales organizaciones animalistas: colaboraban para perpetuar el statu quo de la industria por motivos económicos. A tenor de que los humanos no suelen aprender de la historia o tan siquiera llegan a conocerla, hoy demasiados consumidores de «carnes ecológicas» creen una vaca «vive bien» porque un supuesto ganadero la acaricia en un anuncio o porque aparece «libre» en un prado verde y lozano, entre innumerables ejemplos similares. Es para echarse las manos a la cabeza y preguntarle a la sociedad: ¿te gustaría a ti ser un esclavo bien tratado? ¿Qué crees que pensaban los esclavos humanos cuando se vendía esta imagen de ellos mismos en los campos de algodón desde la época colonial?

Los animales con quienes compartimos el planeta están subyugados por nuestra especie y sólo se diferencian de los seres humanos de antaño en que a ellos también los explotamos como alimento. El hecho de que los animales son nuestros esclavos se evidencia en que los usamos como simples medios para nuestros fines, y en que los criamos y asesinamos (fabricar y destruir) como cualquier objeto creado por el ser humano. Entonces, partiendo desde la premisa palpable de que son criados, manipulados (marcados, castrados, descornados, etc.) y asesinados, ¿cómo cabe esperar que entre estas acciones haya un «buen trato»? Es más, ¿cómo calza un trato ético con que finalmente terminen en el matadero? ¿Forma parte dicho destino final de una «ética humanitaria»? ¿Cómo es posible que las autodenominadas organizaciones animalistas defiendan y promuevan tales aberraciones?

Un anuncio penoso de Leche Pascual con el tema de su campaña «You are so beautiful». No aparecerá, por supuesto, la realidad de su día a día y ni tampoco las organizaciones animalistas mencionarán los múltiples ingenios humanos para coaccionar a los animales. Incluso los medios de comunicación generalistas se están apuntando al carro del sensacionalismo animalista para lucrarse.

La esclavitud humana frente a la de otros animales

Comparar la esclavitud humana y la esclavitud animal no es un capricho de los activistas veganos. El veganismo y los Derechos Animales están basados en los mismos argumentos racionales que forjaron los Derechos Humanos, a saber, que tanto un humano como otro animal valora su vida, defiende su integridad y no quiere ser privado de libertad. En ambos casos se produce que grupos humanos con poder determinan que únicamente los miembros de su grupo tienen derechos. Todos los humanos, por el simple hecho de contar con unas altas habilidades cognitivas, podemos aprovecharnos de los demás animales. Sin embargo, si no consideramos justo abusar de otros humanos más débiles (p. ej: niños) o con una deficiencia cognitiva, ¿por qué acaso va a estar bien aprovecharnos de de los animales?

La empatía, que motiva y alienta a multitud de animalistas, debiera llevarlos a profundizar en las razones de por qué cometemos tales actos contra otros sujetos por pertenecer a una especie diferente. Cabe basarnos en nuestra propia sintiencia (sensibilidad) para ponernos en su situación y así comprender por qué merecen respeto en lugar de sólo «bienestar». El «bienestar animal» es un paradigma engañoso que pretende mejorar la productividad e imagen pública de la explotación animal. Las organizaciones animalistas intentan asumir el rol de «agencia moral» de los animalistas y entran en complicidad con la industria para tratar de suavizar y manipular la opinión pública para que el consumidor medio mantenga su conciencia tranquila mientras no hace nada o creer salvar animales siendo antitaurinos.

En consecuencia, nada puede cambiar si la sociedad continúa cerrando los ojos ante aquello que le disgusta o prefiere desconocer para calmar su conciencia ni mientras los animalistas, en su conjunto, no quieren informarse con el fin de respetar a todos los animales por igual y saber defenderlos con conocimiento de causa. Mientas esto suceda, las argucias de las organizaciones animalistas seguirán acaparando socios y fieles fanáticos que creen haber descubierto a sus salvadores y la publicidad seguirá triunfando, dichos animales morirán entre cuatro paredes ensangrentadas y, para colmo, los consumidores continuarán valorando un «estándar» de bienestar animal que no aceptarían para sus propias personas ni en la peor de sus pesadillas.

Ternero recién nacido y marcado en la oreja. La mayoría de los machos terminará en el matadero a los pocos meses sin haber probado una gota de la leche de su madre. En la industria del huevo, otro ejemplo típico, los pollitos macho son triturados el mismo día en que eclosionan. Para las organizaciones animalistas, estos hechos no existen o forman parte del «bienestar animal». Los consumidores tratan de tranquilizar sus conciencias pensando que alguno de esto es «natural».

Ignorancia voluntaria y fe en el bienestar de los esclavos

Como ya se ha explicado, el bienestar animal es un concepto subjetivo y vacío, un aforismo comercial, un reclamo para incautos, crédulos y gente que se necesita encontrar un sentido a sus acciones ególatras y su mentalidad especista cuando participa, trabaja o paga para que un animal sea criado, hacinado, manipulado y asesinado sin sentirse culpable por ello. Por muy educado y asertivo que uno intente ser, basta con explicar esto mismo en público y siempre saltan vegetarianosu otros hipocritarianos— y veterinarios que se ponen prepotentes y violentos cuando, además, se critica a los zoológicos porque ellos trabajan o quieren especializarse en ellos. A todos ellos les sale su vena irracional y especista por un claro conflicto de intereses.

Resulta desolador que la sociedad general no quiere saber adónde va el dinero que paga y prefiere creer que existe esa entelequia llamada «bienestar animal». No quiere saber si el dinero va destinado a separar familias, a inseminar forzosamente a hembras, a vender crías recién nacidas, a comprar o fabricar herramientas de tortura o asesinato, o a encerrar, electrocutar o descuartizar individuos que querían seguir viviendo y un largo etcétera. Más lamentable, si cabe, es que muchos de los autodenominados «animalistas» rechazan el «maltrato animal» mientras comen carne (¡y dicen que las plantas sienten!) y participan en otras formas de explotación de animal. Pensar que se puede respetar a un animal cuyo destino final es el matadero equivale a creer que, hace apenas dos siglos, los negros eran tan felices siendo esclavos o que la esclavitud era ética si contaban con el suficiente «bienestar».

En el caso de los demás animales, la mayoría de la gente considera que a ellos les valen las simples caricias cuando su vida se basa en ser un producto de consumo cuya fecha de caducidad está marcada en una oreja desde el nacimiento. Las organizaciones animalistas, ni cortas ni perezosas, se limitan a reforzar este prejuicio para sacar tajada.

No existe una igualdad práctica entre humanos y otros animales porque no existe una asunción de igualdad moral, es decir, es imposible en la práctica que exista un trato igual de justo para un miembro ajeno a nuestra especie porque los humanos consideramos dogmáticamente que sólo los miembros de nuestra especie merecen consideración moral. Este fenómeno, tan bien descrito por múltiples autores, es el especismo, un prejuicio moral que lleva a la sociedad a pensar que los demás animales sean seres inferiores y que, por ende, no merecen el mismo respeto que aplicamos a otros seres humanos. La analogía con el racismo es evidente.

Mucha gente se indigna ante estas «comparaciones odiosas» cuando condenamos el concepto de «bienestar animal» y de «carne ecológica» pero ninguno de tales individuos es capaz de argumentar por qué, según ellos, la esclavitud animal sea excusable. Pensar que existe una ética para nosotros y otra diferente para ellos ha causado las mayores aberraciones de la humanidad. Y, por supuesto, las organizaciones animalistas jamás publicarían un cartel semejante. No sólo porque consideran igualmente que los animales son seres inferiores, sino porque hacer sentir culpable a la gente no da dinero.

Una revisión histórica sobre la esclavitud humana

Comencemos con la historia de la esclavitud humana: evidentemente, los esclavos no hubieran podido por sí mismos abolir su esclavitud si no hubiera habido otras personas que se solidarizaran con su causa. Es cierto que hubo revueltas violentas y acciones políticas; pero éstas no habrían tenido lugar ni efecto hasta nuestros días si un porcentaje de la población no afectada (blancos) no hubiera transformado, en algún un momento, su visión acerca de la moralidad de la esclavitud. Primero, hubo movimientos de divulgación en la sociedad, y esta información caló en un pequeño grupo de gente, el suficiente para, por ejemplo, organizadas jornadas y boicots para la liberación de esclavos, unas liberaciones clandestinas en que participaba gente de raza blanca.

Antes de estos hechos y mientras tanto, también había reformistas que abogaban por solamente mejorar las condiciones de los esclavos negros. Sin embargo, los reformistas no condenaban la injusticia de la explotación y, por ello, no concienciaban a nadie sobre por qué era injusto tener esclavos o aprovecharnos a su costa. El cambio aconteció cuando se alcanzó un porcentaje poblacional tal que provocó las movilizaciones sociales que propiciaron la abolición de la esclavitud. Aunque hoy en día siga habiendo individuos racistas (y quizás siempre los haya), la sociedad general rechaza de pleno el racismo y la esclavitud, es decir, el prejuicio por el cual una raza se siente superior a otra y el fenómeno por el cual explotamos a otros sujetos por dicho prejuicio.

Lo mismo hacemos los activistas veganos en la actualidad: buscamos crear una masa social que cuestione nuestro prejuicio de supremacía humana (antropocentrismo), el cual genera la creencia de que los demás animales sean inferiores a nosotros (especismo), hasta alcanzar el fin de la esclavitud animal. Según se estima por estudios estadísticos, basta con que el 10 % de una sociedad asuma un principio ético para que éste se convierta en mayoritario. Cabe señalar que la liberación directa de animales, aunque legítima como el caso de los esclavos negros, es un asunto más complejo y delicado que en el de los humanos porque tales animales, muchas veces, carecen de hábitat o no pueden valerse por sí solos. Por ello, el boicot a las granjas de explotación animal, entre otros, es algo que rechazamos generalmente los activistas educativos porque no sirve para generar esa masa social consciente que se necesita.

Las grandes organizaciones animalistas son aliadas de la industria o sus «agentes de relaciones públicas» para alentar cambios en el consumo que las enriquezcan a ambos sin cambiar en absoluto la situación de los animales esclavizados. No dudan en crear sus propios sellos con que señalar que el animal de turno tuvo una muerte hipotéticamente menos dolorosa que la media de sus congéneres.

La historia del negocio animalista y su relación con el fraude del bienestar animal

Al igual que durante los largos siglos de la esclavitud negra, las organizaciones animalistas y las empresas de la actualidad afirman seguir unos «estrictos protocolos» de «bienestar animal» basados en «compasión» y «respeto» hacia los animales «para consumo humano», lo cual, cualquiera con estudios en zootecnia sabe que no son sino directrices y regulaciones pertinentes que permiten incrementar la producción animal y los ingresos de venta, ya fuere directa o indirectamente, por un incremento de la productividad, un incremento del valor del producto o de la demanda por parte de consumidores que están dispuestos a pagar más por una pegatina sobre un envoltorio de plástico que les diga que los tejidos descuartizados de ese animal («carne ecológica») están en una bandeja con film porque lo mataron a cosquillas o fue el propio animal el que voluntariamente decidió poner fin a su vida, se subió al camión y avanzó en la línea del matadero sin necesidad de que les dieran con una porra eléctrica en las grupas y nalgas para hacerlo avanzar…

Frecuentemente las organizaciones animalistas de corte neobienestarista —ya que ninguna actualmente se atreve a asumir públicamente su bienestarismo— abogan por el «bienestar animal» y argumentan que las regulaciones son un medio para conseguir la abolición de la explotación animal. Otros más escépticos y, por ende, bienestaristas implícitos, se resignan a que nunca llegará el día de la abolición de la explotación de animales no humanos, y por ello, justifican las regulaciones alegando que el «bienestar animal» ayuda a los animales y que es lo mejor y mayor que podemos conseguir por ellos. Ahora bien, ¿hay alguna evidencia histórica que nos señale que regular la explotación de individuos trae como consecuencia la abolición?

Las primeras leyes de bienestar animal datan de 1824 en Inglaterra. En aquella época, se constituyeron asociaciones de bienestar animal que recibían donativos de gente «compasiva» y «sensibilizada» que se dedicaban a detectar formas de «maltrato animal» y denunciarlo. Fueron bastante vehementes, por ejemplo, con la tracción animal y el maltrato a los caballos que entonces se explotaban cotidianamente en las calles de las grandes ciudades. Sin embargo, no condenaban el propio hecho de que se los montase o se los obligase a arrastrar cargas. Hasta hoy, la explotación ecuestre y de otros animales sigue siendo vigente. ¿Se requieren más pruebas para demostrar que los animales seguirán sufriendo injusticias mientras la sociedad participe en su explotación? Si no se promueve un cambio de conciencia, las regulaciones habidas o por haber no solucionarán nada para los animales.

¿Cuál ha sido desde 1824 la aportación más importante del bienestar animal?, ¿jaulas más grandes?, ¿sin jaulas?, ¿asesinatos «humanitarios» para obtener «carne ecológica»? Si dichas organizaciones animalistas hubieran promovido el abolicionismo, como en el caso de la esclavitud negra, ya habría en el mundo un porcentaje mucho mayor de veganos conscientes del problema de la cosificación de los animales no humanos, conscientes de su estatus de propiedad, ante la ley y ante la sociedad, y que estaríamos luchando codo con codo para educar a más y más personas humanas. Así no ha sucedido porque las organizaciones animalistas obtienen mucho más dinero pactando con la industria y porque, si desaparecieran las injusticias que padecen los animales, se les acabaría el chiringuito. Sólo cuando los seres humanos queramos entender y reconocer el valor de la vida en los demás animales, entonces habrá algún tipo de justicia práctica. El desconocimiento, la fe y la credulidad no son buenas conductas que permitan el progreso social en ningún sentido.

Dado que la práctica depende primero de la ética y ésta depende a su vez de los razonamientos lógicos, no cabe tampoco ese desprecio generalizado entre muchos presuntos activistas hacia la teoría vegana o sus puntos más controvertidos por prejuicios especistas. Tal desprecio les nace a raíz de que quieren ejercer acciones para salvar vidas sin asumir primero la necesidad de formarse. Los animales esclavizados están desprotegidos por partida doble: quedan a merced de la industria y de activistas que quieren acabar con la injusticia sin siquiera entender conceptos básicos ni conocer el origen de la explotación animal. Los animales no necesitan «héroes», sino a gente con las ideas claras.

La «ganadería ecológica» es tanto igual de injusta para los animales como menos viable para el medio ambiente. Cabe recordar que la ganadería intensiva surgió para solventar una crisis de productividad a mediados del siglo XX. La carne ecológica no existe, como tampoco un «asesinato justo».

La mentira de la carne ecológica

La última gran maniobra de la industria, dirigida a quienes nos les importan los animales sino si su consumo puede suponer un gran impacto en el medio ambiente, es la propaganda de la  mal llamada «carne ecológica». No existe tal cosa por dos razones. En primer lugar, todo animal criado por el ser humano, incluso cuando el ganadero evita el uso de antibióticos, hormonas y otras sustancias comunes, todos están obligados por ley, o por un sentido de la rentabilidad, a alimentarlos con todo tipo de sustancias que llegan a ser perjudiciales para los consumidores y más, si sabe, cuando se infiltran en las tierras a partir de sus deposiciones. Y, en segundo lugar y más importante, conviene recordar que la FAO hizo hace poco un estudio titulado «La larga sombra del ganado» sobre el impacto de la ganadería y en éste expuso:

En total, a la producción ganadera se destina el 70 por ciento de la superficie agrícola y el 30 por ciento de la superficie terrestre del planeta.

La ganadería intensiva es la culpable directa de más de la mitad de los gases de efecto invernadero, eutrofización de aguas y ocupación de tierras fértiles. Y, para colmo, frente a la publicidad de la «carne ecológica», muestra que la ganadería extensiva y tradicional supone una ocupación todavía mayor de tierras que, dada la población humana, es absolutamente inviable. Así pues, el fraude es nuevamente doble: ni la ganadería puede ser justa para los animales ni ésta puede ser ecológica, en tanto que siempre conlleva una impacto entre 10 y 100 veces mayor por hectárea que el consumo directo de plantas (organismos productores). Dejemos de alimentar esa antítesis, hermana del «bienestar animal», que han decidido llamar «carne ecológica» por ponerle algún nombre.

Como trata de representar este cartel activista, el bienestar animal equivale a permitirles elegir a los esclavos el tipo de reja, alambrada o vallas que los mantengan confinados y cautivos.

El bienestar animal y la carne ecológica es la crónica de una muerte anunciada

La industria de la explotación animal tiene miedo. Ha de entenderse que nos endosan su publicidad especista y bienestarista porque palpan un gran temor ante el avance del veganismo y ven peligrar sus intereses egoístas. El veganismo es imparable, les guste o no. Algunas empresas ya está optando por adaptarte ante un cambio inevitable, pero las que no tienen pensado hacerlo darán todavía mucha guerra. Ya ha llegado a la calle y está penetrando también en el debate académico. El miedo al cambio es una realidad a todos los niveles, ya esté el individuo sujeto a un conflicto de intereses más o menos acusado. Millones de humanos participan en la explotación animal por prejuicio, ignorancia o intereses personales. En ningún caso se justifica el uso de otro concepto erróneo y popular en nuestros días, empleado para condenar el consumo de carne o de quienes promueven la carne ecológica: el carnismo.

A pesar de nuestro pasado, la razón siempre termina imponiéndose y lo hará por nuestras obras. Decenas de miles de familias vivían de la trata de esclavos negros en el siglo XIX. También temían como los que más el cese de la esclavitud negra, pero, por fortuna, la ética está por encima de los intereses de quienes «viven del ganado». Únicamente les quedará cambiar su modelo de negocio a uno que no implique explotar animales o desaparecer. El veganismo ha llegado para combatir una injusticia histórica. Y esto no lo decimos (argumentamos) «cuatro fanáticos», sino algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo.

1 Comentario

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    Eru Ramírez Publicado 24/08/2018 00:20

    Hermoso de principio a fin. Un abrazo desde Argentina.

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