La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana

Una discriminación moral es aquélla que nos lleva a pensar que la vida de un individuo tiene un mayor valor que la vida de otro. Y, en consecuencia, las discriminaciones morales son responsables de las mayores aberraciones causadas por la humanidad. La idea de «esclavo natural», un concepto estudiado en filosofía, se ha visto claramente influenciada por el especismo y los animales son las principales víctimas de dicha creencia.

¿Qué es una discriminación moral?

Una discriminación moral se define como la diferenciación categórica entre individuos atendiendo al valor que alguien (el discriminante) considera que tiene otro como individuo. La forma de discriminación moral más antigua y arraigada en la historia de la humanidad es el especismo —un término ya reconocido por la RAE— [Ryder, Richard (2010)]: la creencia irracional (prejuicio), proveniente del antropocentrismo, de que los demás animales con quienes compartimos el planeta sólo poseen un valor instrumental para el ser humano, es decir, que sus vidas sólo valen en función del rédito que podamos extraer de ellas.

Evolución de las discriminaciones morales

Desde el Paleolítico hasta nuestros días, ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Creamos nuestra identidad comparándonos con el otro y nos arrogamos características únicas al tiempo que olvidamos que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, se derivan de caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural [J. Bouchard, Thomas (2004)]. Nuestra actual relación con los demás animales está basada en pautas y costumbres que hemos heredado desde tiempo remotos y que continuamos por inercia social. A pesar de que la cultura y el contexto han cambiado profundamente, nuestra actitud para con ellos apenas ha evolucionado desde entonces. Desde la infancia nos inculcan que los animales son «seres inferiores» que existen como meros recursos para nuestro beneficio. En las fábulas y textos infantiles es un tema recurrente que los animales discutan sobre quién brinda el mejor servicio al ser humano, lo cual forma parte del adoctrinamiento especista y de la cosificación más flagrante. Esta adoctrinación moldea nuestra visión del mundo y ha tenido consecuencias palpables en el devenir de la historia.

Una discriminación moral se transmite por inculcación cultural de generación en generación. Desde pequeños nos enseñan que los animales existen en la Tierra para servirnos y que, además, ellos están contentos de ser nuestros esclavos. Al mismo tiempo, también nos hacen creer que sea necesario ingerir productos de origen animal y que podamos violentar sus cuerpos a base de criarlos y manipularlos artificialmente. De esta manera se vence totalmente nuestra reticencia empática frente a la esclavitud de terceros. 

Factores biológicos de la discriminación moral

Sin embargo, no ha de caerse en el error de creer que el prejuicio especista sólo tenga un origen cultural. ¿Se fundamenta —que no se justifica— biológicamente nuestra necesidad de cosificar a terceros y usarlos como simples medios para nuestros fines? Sí, la biología tiene mucho que decir en este punto. Juzgar por las apariencias es altamente adaptativo y contribuye a la supervivencia del individuo al intuir de antemano cómo enfrentar o eludir un peligro. En estudios de psicología se ha comprobado que los humanos, sin ser conscientes, juzgamos a los demás por variables estéticas y marcamos preferencias entre individuos sin un criterio racional [Caruso, E. Epley; N. Bazerman, M. H. (2009)].

Y, además, si esos rasgos nos permiten separar al «yo» del «otro» de una manera que no nos afecte emocionalmente y nuestro grupo acepte una diferenciación entre el valor de ese sujeto con respecto al nuestro, surge entonces la cosificación (negación de la voluntad del sujeto) y ésta lleva a la explotación (uso como recurso). La explotación de un sujeto puede conducir a que miembros del grupo hegemónico —entendido como aquél que cuenta con poder— se sensibilicen con los sujetos cosificados. Así pues, una respuesta lógica del grupo será buscar medios y razones que nieguen la voluntad del sujeto cosificado hasta el punto de que sean incuestionables. Este fenómeno —la búsqueda de una diferenciación grupal—, unido a una carencia de conocimientos para explicar aquello que las sociedades pasadas —y presentes— no conocían, sería, junto con otras variables, el origen de las creencias religiosas y de los tabúes sociales; a veces tomando a los animales como modelos idealizados de brutalidad, irracionalidad y perversión con que justificar nuestra supremacía.

Durante la mayor parte de nuestra historia ha habido colectivos humanos que han esclavizado a otros sujetos aprovechándose de su poder para someterlos y que luego han racionalizado sus prejuicios bajo la idea de «esclavo natural». Esto es verdad tanto para la esclavitud negra como para la esclavitud animal.

¿Cuándo se produce una discriminación moral?

La discriminación moral acontece cuando el grupo dominante se aprovecha de individuos más débiles ajenos al grupo y supedita los intereses de éstos a los suyos propios. Tal supeditación conlleva para los miembros alóctonos una consecuencia teórica (cosificación) y otra práctica (explotación). Se los utiliza como recursos y dicho paradigma se mantiene gracias a la conveniencia socio-cultural y el sesgo de la confirmación, es decir, persiste porque los miembros del grupo dominante lo encuentran beneficioso y les resulta cómodo creer ciegamente en los motivos que les enseñaron sus antepasados para hacer cuanto hacen e intuir dónde se situarían los límites.

En todos los casos de discriminación moral se produce el mismo fenómeno fundamental: el grupo dominante toma variables biológicas diferenciadoras para justificar, en sí mismas (petitio principii), su opresión sobre otros individuos más débiles:

  • El sexista considera que las diferencias entre hombres y mujeres legitiman la supremacía de un sexo frente al otro.
  • El racista considera que las diferencias entre blancos y negros legitiman la supremacía de una raza frente a la otra.
  • El especista considera que las diferencias entre humanos y no-humanos legitiman la supremacía de una especie frente a otras.

La esclavitud se basa no sólo en la idea de que los poderosos tienen legitimidad para para sojuzgar a los débiles; sino en que, además, los débiles poseen rasgos que supuestamente evidencian su inferioridad. La idea de «esclavo natural» ha tomado desde su origen la alteridad del ser humano con otros animales.

La idea de «esclavo natural» se ha visto claramente influenciada por el especismo

Debido a la carestía de una base racional, los miembros del grupo dominante justifican la supremacía mediante falacias (ad consequentiam, ad antiquitatem, etc.). En civilizaciones antiguas, como la Antigua Grecia, filósofos de la envergadura de Aristóteles justificaban la esclavitud apelando al concepto de «esclavo natural», la creencia de que había humanos que nacían para ser esclavos según sus atributos naturales. Esta idea, entre otras culturas, la recogerían posteriormente pensadores del islamismo chií —los «Hermanos de la Pureza»— para justificar la invasión y sometimiento de los pueblos persas durante la edad dorada del califato abasí.

Llama la atención que, desde la concepción de «esclavo natural» hasta la posterior esclavitud negra en la época colonial, la percepción de alteridad siempre se ha basado en el contraste idealizado entre los atributos humanos y los atributos animales. Concebían que los humanos merecedores ser libres eran blancos y apolíneos; frente a aquéllos que merecerían ser siervos: los indios, negros y salvajes. Podría afirmarse que la identidad forjada por colectivos humanos para distinguirse frente a otros ha tomado a los no-humanos a lo largo de la historia como patrón antitético de alteridad: «menos valor tienen aquellos seres humanos que se parezcan más a los animales porque los animales son los sujetos con menos valor de todos».

Asimismo, la vulnerabilidad —física o psicológica— es una característica esencial para el establecimiento y perpetuación de una discriminación. Los miembros de un grupo se percatan de que pueden hacer algo y convierten el «poder» en «deber». Partiendo desde la idea de «esclavo natural», efectivamente, en épocas pasadas estaba mal visto no sacar rédito o compadecerse de seres humanos de otra etnia (exogrupos). Si alguien en posición de poder no emplea tal poder, la sociedad lo percibe como «tonto» o «raro». Pareciera, por momentos, contravenir las leyes no escritas de la cordura. Si alguien puede tener esclavos, ¿va a pagarles un salario? ¿Para qué otorgarles concesiones sin motivo ni utilidad? En otra entrada señalé también por qué un comportamiento utilitario puede estar favorecido por la biología.

Por tanto, como animales sociales, no sólo cabe señalar en los humanos el sorprendente rasgo genético que desencadena la indiferencia o abuso hacia los diferentes; sino que también cabría estudiar cuáles genes o factores ambientales fomentan la percepción social existente entre la pragmaticidad y la adecuación grupal: entre cómo la simple demostración de un poder incrementa la relación jerárquica de ese miembro opresor ante sus iguales. Una actitud utilitarista —la práctica del utilitarismo— suele convenir tanto para los propósitos personales del individuo —sus necesidades y placeres— como para ganar «respeto» dentro del grupo.

Aplicado al caso de los animales no humanos, la idea de «esclavo natural» se traslada a la creencia de que los animales sean inferiores a nosotros por «naturaleza» y que merezcan una ética distinta por no ser humanos.

En esta ilustración de la esclavitud negra en Cuba, cualquiera puede comprender la injusticia y el horror que padecían tales víctimas humanas. Hoy, también debemos comprender que los animales explotados por tales amos eran  —y son en la actualidad— igualmente esclavos. Lo mismo cabe recordar de la ilustración anterior en que unos esclavos (negros) aran el campo con otros esclavos (animales).

Nuestros actos están modulados por una balanza mental

Muy a menudo, cuando los humanos señalamos la naturaleza —todo aquello no regido por nuestra especie—hablamos de la «ley del más fuerte». En el medio natural —y en el antrópico— solamente existen las leyes físicas. Aquellas «leyes» que el ser humano dice observar en la naturaleza —como la de «esclavo natural»— son abstracciones humanas que responden a la necesidad de encontrar una explicación o justificación a nuestros propios sesgos cognitivos. Que un guepardo cace un ñu no es mayor «ley» que la desgraciada muerte de un bebé a causa de una infección.

Sin entrar en un contexto específico, la única diferencia entre apelar a la naturaleza para justificar, por ejemplo, la caza de animales frente a apelar a la naturaleza para justificar una negligencia parental reside en que el fenómeno de la depredación resulta útil socialmente para justificar opresiones análogas intra- o interespecíficas —sobre todo si se asocia a la velocidad, el sigilo y otros atributos deseables o valiosos desde el punto de vista humano—; mientras que nadie ve nada emulable en los actos puramente químicos de unas bacterias. En realidad, nos miramos a nosotros mismos y buscamos aquello en que podamos basarnos para otorgarnos la legitimidad hacerlo.

Todas y cada una nuestras pautas nacen de un cálculo interno entre qué nos conviene o no hacer en cada instante. En tal sentido, podríamos decir que todos llevamos un componente innato para justificar acciones según sus resultados. Yo mismo cuando practico activismo pretendo conseguir algo: cambiar la mentalidad de los demás, liberar tensión, sentirme autorrealizado, etc. No hay nada de malo en perseguir un beneficio —algo que, como explico, es intrínseco a nuestro ser— mientras tales «ganancias» no sean el detrimento de terceros. La clave está en entender la biología y emplear la lógica para lograr que nuestras acciones satisfagan necesidades y apetitos personales sin perjudicar a nadie.

Los símbolos de poder sustentan la idea de una jerarquía. Excusamos nuestro dominio sobre los débiles apelando a argumentos sesgados y racionalizaciones de nuestras ideas preconcebidas ante un claro conflicto de intereses. Un conflicto de intereses de origen antropocentrismo puede llevar a cometer auténticas masacres contra otros animales.

Un análisis del poder y el simbolismo en la discriminación moral

Una vez señalado el componente histórico, biológico y social, no debemos olvidar el factor psicológico estudiado en experimentos como los de Milgramla cárcel de Stanford. Ambos experimentos son, hasta la fecha, sumamente relevantes para interpretar el comportamiento humano y, por extensión, componentes genéticos heredados. Ambos estudios sugieren que la existencia de una figura de autoridad y que la cohesión grupal respecto a fin mutuo producen una reducción del sentido de agencia (capacidad de juzgar las acciones propias).

En el experimento de Milgram —la relación superior-inferior—, quizás el sujeto obedece por temor a una reprimenda. Esta hipótesis podría resultar absurda dentro del contexto —el doctor no tiene ningún control real sobre el sujeto opresor—; pero no es nada absurda si se estima que nuestra consideración psicológica de una figura de autoridad viene marcada más por las apariencias y que por la experiencia de sucesos pasados.

A modo de ejemplo, los comportamientos agonísticos en animales por la reproducción —u otro recurso importante— se basan en la ritualización de movimientos. Durante la berrea estacional, un ciervo se fija en la envergadura del otro macho y el tamaño de sus cuernas antes de retarlo por una hembra. Apenas importa si conoce o no el alcance de su fuerza, a veces ni lo intenta siquiera. Los humanos no tenemos cornamenta; pero sí seguimos el mismo patrón y asociamos determinados símbolos con la fuerza. La bata blanca en los médicos, el esmoquín o los pasos militares son maneras humanas de simbolizar el poder y una herramienta para dominar a otros.

Como animales que somos, este fenómeno deriva de la selección natural; pues hay una presión selectiva entre la capacidad de reconocer y aplicar símbolos y un incremento del éxito. Esto explica que los humanos hayamos asumido de que esclavizar a otros humanos y animales está bien y que la idea de «esclavo natural» sea correcta porque nos lo han transmitido figuras de poder a lo largo de la historia. ¿El jefe de un clan? ¿Un emperador? ¿Un afanado filósofo o literato? ¿El Papa? Y las figuras de poder no tienen por qué ser individuos, también pueden ser objetos. ¿La Bíblia? ¿El Corán?

En el experimento de la cárcel Stanford —relación igual-igual—, se palpa un notable sesgo psicológico basado en la cantidad de individuos del colectivo que realizan esa misma acción (ad populum). Aquí, la legitimidad psicológica de la acción no reside en acatar un símbolo de poder —un símbolo incentiva la acción—; sino en que el grupo extrae el símbolo a través de la propia acción —la acción genera el símbolo—.

En sociedad, la mayor parte del tiempo no estamos recibiendo órdenes o, al menos, no en cuanto a acciones que afecten a animales no humanos. Por ende, cabría afirmar que actuamos principalmente según nuestros propios símbolos de poder. Tanto la percepción social como la explicación de por qué tendemos a seguir a los demás (aprovechar el poder) deriva de un simbolismo innato y propiciado por el entorno en el cual extraemos nuestros símbolos de poder imitando al resto.

Si la idea de «esclavo natural» es incoherente e injusta porque nadie ha nacido ni debe ser esclavo de otro, esta proposición sigue siendo verdadera para el resto de los animales. Ningún animal existe para servirnos ni sus rasgos nos indican servidumbre frente a los nuestros. Esta creencia ha causado tanto su esclavitud como su exterminio.

Podemos superar una discriminación moral

Lo que marca la diferencia cuando vivimos en sociedad es que todos no hacemos lo mismo. Casi todos nuestros comportamientos diarios son la suma entre imitación y aprendizaje. Podemos aprender porque contamos con raciocinio y éste, a su vez, nos invita a sopesar nuestros propios actos. Si uno mismo se da cuenta de que comete acciones injustas, el hecho de modificar su conducta causa un efecto tanto en el propio sujeto como en los demás.

Si razonamos que toda forma de discriminación moral es inaceptable —porque no tiene sentido creer que haya individuos con la categoría de «esclavo natural»— y actuamos en consecuencia, no solamente estaremos obrando bien; sino que obraremos en contra del simbolismo colectivo. En referencia a los Derechos Animales, cuanta más gente rechace la explotación animal, menor será la inercia social y el apantallamiento moral que causa en los miembros del grupo dominante. Cabe incidir, además, en que ninguna supuesta necesidad humana justifica la explotación animal como tampoco valdría para justificar la esclavitud humana.

Para llegar a vencer dicha barrera, ser veganos y formarnos en el veganismo es lo mínimo que debemos hacer por los animales si realmente nos importan sus vidas. Y, tras hacerlo, se precisa adoptar un activismo educacional abolicionista. Si el enfoque se centra erróneamente en el trato que reciben durante su explotación y condiciones de esclavitud, la sociedad buscará —ya lo hace— amparar sus actos en las ideas utilitaristas de quienes supuestamente los defienden. Dado que tenemos una tendencia biológica hacia la búsqueda del provecho, huelga señalar el resultado.

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