Explotación hacia los caballos: Concursos de enganches

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Carrera de enganches en obstáculos (Saumur 2013)

Una modalidad en la explotación equina en enganches es la superación de pruebas y carreras con obstáculos (Saumur, 2013).

Introducción a los enganches y aspectos histórico-éticos

Dentro de la explotación hípica existen diversas prácticas basadas en el manejo de los caballos y la elegancia que el público aprecia durante la ejecución. Los enganches consisten en uno o más equinos dispuestos en limonera, tronco, cuarta y otras formaciones. En un origen, la tracción animal mediante cuadrúpedos solípedos nace como solución antropocéntrica a las bajas capacidades innatas del ser humano para desplazarse por el medio y transportar cargas según nuestras necesidades.

A partir de la expansión cultural del tiro a través de los siglos, han ido apareciendo múltiples variantes de acuerdo con las tradiciones, utilidades y ocurrencias de nuestra especie. Entre éstas, surgieron espectáculos de enganches enfocados en la exhibición de ejemplares y sus respectivos carruajes enganchados, y otros más centrados en el control de los caballos ante obstáculos físicos artificiales y limitaciones impuestas.

A lo largo del mundo hay millones de aficionados a estas prácticas debido a la transmisión generacional y la falta de autocrítica respecto a cómo comprometemos los intereses de tales sujetos explotados. No han de entenderse estas palabras como un juicio dirigido contra un colectivo. A aquéllos que les encanta todo lo relacionado con los caballos no obran peor ni más injustamente que quienes participan en otras formas de explotación animal. Hace años, yo mismo encontraba interesantes e incluso ingeniosas dichas prácticas. Cuando uno empieza a concienciarse de las consecuencias e implicaciones de tales actos, inmediatamente se trastoca  toda su percepción.

¿Resulta ético montar a caballo?

Los équidos y otros animales no humanos merecen que nosotros, agentes morales, respetemos su integridad y libertad. La explotación animal de cualquier tipo contraviene el derecho de un individuo a no ser el medio para un fin ajeno. Los aspectos éticos no dependen de quiénes sean las víctimas ni de sus circunstancias, por ende, en este artículo quisiera incidir sobre los efectos que produce la explotación en enganches más allá de los planteamientos morales y plasmar el pensamiento en primera persona de quienes participan en esta suerte de opresión especista.

Carreras de obstáculos con enganches

En las carreras de obstáculos con engaches los caballos deben pasar por fosas de agua

Los humanos no nos ponemos en la piel de lo incómodo y difícil de atravesar un pasaje estrecho entre salpicones mientras se está enganchado a un carro y sin poder ver.

Estos «deportes» implican no sólo un enormísimo esfuerzo físico en los caballos; sino que los expone a numerosos percances por culpa directa de cómo se han ingeniado y se desarrollan tales competiciones. Durante estas pruebas se ven sometidos a curvas cerradas, baches con gravilla y pozas de agua que han de superar mediante la más estricta obediencia a las riendas. Al igual que acontece con las exhibiciones de enganches, el sometimiento frente al cochero no es una opción; pues ya les guste más o menos el consecuente toque del látigo, llevan puestas anteojeras que les cubre casi la totalidad del campo de visión y les impide observar el entorno y maniobrar con autosuficiencia.

https://derechosanimalesya.org/explotacion-hacia-los-caballos-anteojeras-i/

En algunos casos, como en el de las carreras de trotones, a tales elementos de restricción se les añaden engalladores y trabas entre las patas para imposibilitarles el galope y asegurar su sumisión completa. El acatamiento de los caballos implicados podría considerarse la única salida que llegan a comprender frente a las limitaciones de sus movimientos y sentidos.

Explotación hacia los caballos: Engalladores y sobrerriendas I

Ante tal panorama descrito, resulta esperable que a veces se produzcan accidentes. De hecho, pienso que se producen menos de cuantos podrían ocurrir a tenor del mayúsculo estoicismo y la destacable templanza de los equinos. A los cocheros, no en vano, se les elogia la conducción de los caballos; mientras que dichos animales únicamente suelen recibir halagos por su constante subordinación. Se les achaca los desbocamientos como si éstas fuesen una jugarreta sucia y no como lo que son: la reivindicación no verbal de una necesidad fundamental, la verdadera expresión de su ser.

Enganche en carrera de obstáculo metido en una poza de agua

Basta un poco de lógica y empatía para entender que ningún caballo desea sufrir estas experiencias. Dejemos de practicarlas.

Exhibiciones de enganches

Desfile de coches de caballos por el centro Concentración en la Plaza Nueva y proclamación de Sevilla como Capital Mundial del Enganche

Desfile de coches de caballos por la plaza de España (Sevilla).

Los enganches empezaron a cobrar un protagonismo ajeno a su función primaria desde el siglo XVII y vieron su apego durante la época victoriana. En aquel periodo se produjo una gran diversificación de los modelos de carruajes existentes y se fijaron la mayor parte de los atalajes (bridas, collerones, petrales, etc.) que se emplean actualmente. Pasear con un coche lujoso y unos tocados refinados era símbolo de alta alcurnia y un arquetipo que emular para el pueblo.

Para entonces se extendieron muchos mitos acerca de la etología equina y asentaron muchas costumbres y hábitos dañinos con una simple finalidad de apariencia. Entre ellos caben destacar la utilización de anteojeras porque, según creían, los caballos se asustaban por sus propios carruajes y el uso de engalladores para obligarlos a marchar con el cuello en alto porque así parecían más bravos y gallardos. Ambos aparejos son herramientas de control que, como se indica en los enlaces superiores, los perjudican directa e indirectamente. A finales del siglo XIX, la autora inglesa Anna Sewell hizo eco de este fenómeno en una novela y contribuyó así a concienciar sobre los abusos cometidos. Es bienestarista; pero presenta una visión muy adelantada para su momento histórico.

«Azabache», de Anna Sewell

Hay explotadores que exponen el desconocimiento generalizado en comportamiento equino por parte de quienes los doman y entrenan:

Argumentos a favor de las bridas abiertas en Farming With Horses

Dado que las exhibiciones de carruajes se popularizaron como una actividad envidiable de la clase adinerada, los concursos que efectúan hasta la fecha intentan recrear ese ambiente solemne de la antigua Inglaterra y Francia.

Un concurso de exhibición como ejemplo de la mentalidad vigente

Hace ya un tiempo mientras navegaba por internet me topé con un reportaje larguísimo en el cual se comentaba todo el concurso de enganches que había tenido lugar en Jerez de la Frontera, Cádiz (España) en mayo del 2014. En éste conversan un periodista y una mujer experimentada en la exhibición.

Durante los primeros minutos, la señorita hace una mención sobre la herencia cultural de los enganches como parte del pasado histórico de nuestro país y afirma que resulta muy importante transmitírselo a los niños para que no se pierda la tradición. De esta forma, irónicamente, la propia comentarista del espectáculo incide en el factor cultural responsable de que ella considere a los caballos (entre otros animales no humanos) como simples objetos al servicio de nuestra especie. Sin conciencia de la implicación de sus propuestas, fomenta que continúe una forma de explotación porque la inercia de tal acción se ha fosilizado tras la bella excusa del rasgo cultural.

Más tarde, resalta las diferencias entre los vehículos y la belleza de los «ejemplares». Todas sus continuas apreciaciones se encaminan a elogiar las habilidades de los cocheros (a quienes conoce con nombres y apellidos) y a exaltar la belleza de esos esclavos que están allí para proporcionar la tracción. En diversos momentos se refiere a ellos como «colecciones» de quién o cuál sujeto humano.

Las alabanzas reflejan un amiguismo que contrasta con el sentido empático más primitivo. Estimo bastante grave este sesgo por un motivo añadido al de la cosificación moral: pueden observarse en directo que algunos caballos no obedecen como se espera, que se repropian (verbo que, curiosamente, significa volver a apropiarse de sus propias acciones…) y procuran zafarse del tiento de las riendas a costa de pelear con sus collerones o petrales. Dejando a un lado la subjetividad de tales interpretaciones, esos equinos evidencian que prefieren realizar otras acciones mientras la comentarista no hace sino tildar dichos actos espontáneos como impulsos que deben ser corregidos. Menciona el látigo como una forma de «ayuda» al mismo tiempo que olvida las «ayudas» ya incorporadas por defecto: las propias bridas con anteojeras y, dos casos que he visto, con engalladores. Ningunea sus intereses a pesar de que le exhiben voluntad independiente justo delante de sus narices. Para esta experta en las artes ecuestres no existen personas entre esas crines; sólo objetos de raza, con dueño excelentísimo ganadero y otras cualidades otorgadas por nuestra mentalidad antropocéntrica.

De rebote alcancé a oír una incongruencia absoluta: comparó el buen temple y paso de algunos esclavos cuadrúpedos con el brío de un toro en la plaza. Expresó, con total naturalidad, que un torero alarga la corrida porque siente pena por «estar obligado» a matar un toro que le muestra semejante bravura. Es decir, para ella es una pena que debamos matar a un toro bravo; pero la tradición así lo establece y eso va a misa. Me asusta que un individuo apague su propia conciencia con tanta frialdad. Siempre he pensado que el gran avance de las religiones se debe a que los humanos nos volvemos más felices cuando podemos ceder a un ente nuestro sentido de agencia.

Éste es uno de los miles de ejemplos disponibles con que expresar y plasmar qué hacemos mal y cuáles costumbres necesitan una profunda revisión para adaptarse a los tiempos y, ante todo, devolverles la justicia que les hemos arrebatado a los équidos y otros animales.


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