El fraude del bienestar animal

Vaca marrón en el prado. Bienestar animal - ¡Derechos Animales ya!

La mentira del bienestar animal

A diario nos encontramos con anuncios publicitarios que tratan de mostrarnos un supuesto bienestar animal en las granjas, ganaderías y otras explotaciones ganaderas. Si bien los humanos acostumbramos a criticar supuestos casos de sexismo o racismo en la publicidad, no somos tan conscientes de cuándo nos venden especismo, una mentira para que el consumidor siga financiando un negocio aberrante. En el caso de la explotación animal, esa mentira reconfortante se llama «bienestar animal». En los enlaces que aparecen a lo largo del artículo podrá ahondar en argumentos y casos específicos.

El «bienestar animal», como ocurrió igualmente en la época con el «bienestar negro» se presenta con dulces palabras, una sonrisa ante las cámaras, caricias y elementos rimbombantes (danza, música clásica, masajes en el lomo, etc.) que se practican «en favor» del ganado o de otros animales. La sociedad ha olvidado que, no hace mucho, bien entrado el siglo XIX, se vendía todavía la imagen tranquilizadora de que los negros esclavos en plantaciones de azúcar vivían incluso mejor que la mayoría de los blancos. Eso comentaban nuestros antepasados tan alegremente. A tenor de que los humanos no suelen aprender de la historia o tan siquiera llegan a conocerla, hoy demasiados consumidores creen una vaca «vive bien» porque un supuesto ganadero la acaricia en un anuncio o porque aparece «libre» en un prado verde y lozano, entre innumerables ejemplos similares. Es para echarse las manos a la cabeza y preguntarle a la sociedad: ¿te gustaría a ti ser un esclavo bien tratado? ¿Qué crees que pensaban los esclavos humanos cuando se vendía esta imagen de ellos mismos en los campos de algodón desde la época colonial?

Los animales con quienes compartimos el planeta están subyugados por nuestra especie. Este hecho se evidencia en que los usamos como simples medios para nuestros fines, y en que los criamos y asesinamos (fabricar y destruir) como cualquier objeto creado por el ser humano. Entonces, partiendo desde la premisa palpable de que son criados, manipulados (marcados, castrados, descornados, etc.) y asesinados, ¿cómo cabe esperar que entre estas acciones haya un «buen trato»? Es más, ¿cómo calza un trato ético con que finalmente terminen en el matadero? ¿Forma parte dicho destino final de una «ética humanitaria»?

Becerro recién nacido

La esclavitud humana frente a la de otros animales

Comparar la esclavitud humana y la esclavitud animal no es un capricho de los activistas veganos. El veganismo y los Derechos Animales están basados en los mismos argumentos racionales que forjaron los Derechos Humanos, a saber, que tanto un humano como otro animal valora su vida, defiende su integridad y no quiere ser privado de libertad. En ambos casos se produce que grupos humanos con poder determinan que únicamente los miembros de su grupo tienen derechos. Todos los humanos, por el simple hecho de contar con unas altas habilidades cognitivas, podemos aprovecharnos de los demás animales. Sin embargo, si no consideramos justo abusar de otros humanos más débiles (p. ej: niños) o con una deficiencia cognitiva, ¿por qué acaso va a estar bien aprovecharnos de de los animales?

La empatía que motiva y alienta a multitud de animalistas, debiera llevarlos a profundizar en las razones de por qué cometemos tales actos contra otros sujetos por pertenecer a una especie diferente. Cabe basarnos en nuestra propia sintiencia (sensibilidad) para ponernos en su situación y así comprender por qué merecen respeto en lugar de sólo «bienestar». El «bienestar animal» es un paradigma engañoso que pretende mejorar la productividad e imagen pública de la explotación animal. 

En consecuencia, nada puede cambiar si la sociedad continúa cerrando los ojos ante aquello que le disgusta o prefiere desconocer para calmar su conciencia ni mientras los animalistas, en su conjunto, no quieren informarse con el fin de respetar a todos los animales por igual y saber defenderlos con conocimiento de causa. Mientas esto suceda, la publicidad seguirá triunfando, dichos animales morirán entre cuatro paredes ensangrentadas y, para colmo, los consumidores valorarán un «estándar» de bienestar animal que no aceptarían para sus propias personas ni en la peor de sus pesadillas.

Ignorancia voluntaria y fe en el bienestar de los esclavos

Resulta desolador que la sociedad general no quiere saber adónde va el dinero que paga y prefiere creer que existe esa entelequia llamada «bienestar animal». No quiere saber si el dinero va destinado a separar familias, a inseminar forzosamente a hembras, a vender crías recién nacidas, a comprar o fabricar herramientas de tortura o asesinato, o a encerrar, electrocutar o descuartizar individuos que querían seguir viviendo y un largo etcétera. Más lamentable, si cabe, es que muchos de los autodenominados «animalistas» rechazan el «maltrato animal» mientras comen carne (¡y dicen que las plantas sienten!) y participan en otras formas de explotación de animal. Pensar que se puede respetar a un animal cuyo destino final es el matadero equivale a creer que, hace apenas dos siglos, los negros eran tan felices siendo esclavos o que la esclavitud era ética si contaban con el suficiente «bienestar».

En el caso de los demás animales, la mayoría de la gente considera que a ellos les valen las simples caricias cuando su vida se basa en ser un producto de consumo cuya fecha de caducidad está marcada en una oreja desde el nacimiento.

No existe una igualdad práctica entre humanos y otros animales porque no existe una asunción de igualdad moral, es decir, es imposible en la práctica que exista un trato igual de justo para un miembro ajeno a nuestra especie porque los humanos consideramos dogmáticamente que sólo los miembros de nuestra especie merecen consideración moral. Este fenómeno, tan bien descrito por múltiples autores, es el especismo, un prejuicio moral que lleva a la sociedad a pensar que los demás animales sean seres inferiores y que, por ende, no merecen el mismo respeto que aplicamos a otros seres humanos. La analogía con el racismo es evidente.

No a la esclavitud animal. Es hora de evolucionar - ¡Derechos Animales ya!Una revisión histórica sobre la esclavitud humana

Comencemos con la historia de la esclavitud humana: evidentemente, los esclavos no hubieran podido por sí mismos abolir su esclavitud si no hubiera habido otras personas que se solidarizaran con su causa. Es cierto que hubo revueltas violentas y acciones políticas; pero éstas no habrían tenido lugar ni efecto hasta nuestros días si un porcentaje de la población no afectada (blancos) no hubiera transformado, en algún un momento, su visión acerca de la moralidad de la esclavitud. Primero hubo movimientos de divulgación en la sociedad, y esta información caló en un pequeño grupo de gente, el suficiente para, por ejemplo, organizadas jornadas y boicots para la liberación de esclavos, unas liberaciones clandestinas en que participaba gente de raza blanca.

Antes de estos hechos y mientras tanto, también huía reformistas que abogaban por solamente mejorar las condiciones de los esclavos negros. Sin embargo, los reformistas no condenan la injusticia de la explotación y, por ello, no concienciaban a nadie sobre por qué era injusto tener esclavos o aprovecharnos a su costa. El cambio aconteció cuando se alcanzó un porcentaje poblacional tal que provocó las movilizaciones sociales que propiciaron la abolición de la esclavitud. Aunque hoy en día siga habiendo individuos racistas (y quizás siempre los haya), la sociedad general rechaza de pleno el racismo y la esclavitud, es decir, el prejuicio por el cual una raza se siente superior a otra y el fenómeno por el cual explotamos a otros sujetos por dicho prejuicio. Lo mismo hacemos los activistas veganos en la actualidad: buscamos crear una masa social que cuestione nuestro prejuicio de supremacía humana (antropocentrismo), el cual genera la creencia de que los demás animales sean inferiores a nosotros (especismo), hasta alcanzar el fin de la esclavitud animal. Según se estima, basta con que el 10 % de una sociedad asuma un principio ético para que éste se convierta en mayoritario. Cabe señalar que la liberación directa de animales, aunque legítima como el caso de los esclavos negros, es un asunto más complejo y delicado que en el de los humanos porque tales animales, muchas veces, carecen de hábitat o no pueden valerse por sí solos. Por ello, el boicot a las granjas de explotación animal, entre otros, es algo que rechazamos los activistas educativos porque no sirve para generar esa masa social consciente que se necesita.

La historia del negocio animalista

Frecuentemente las organizaciones neobienestaristas —ya que ninguna actualmente se atreve a asumir públicamente su bienestarismo— abogan por el «bienestar animal» y argumentan que las regulaciones son un medio para conseguir la abolición de la explotación animal. Otros más escépticos y, por ende, bienestaristas implícitos, se resignan a que nunca llegará el día de la abolición de la explotación de animales no humanos, y por ello, justifican las regulaciones alegando que el «bienestar animal» ayuda a los animales y que es lo mejor y mayor que podemos conseguir por ellos. Ahora bien, ¿hay alguna evidencia histórica que nos señale que regular la explotación de individuos trae como consecuencia la abolición?

Las primeras leyes de bienestar animal datan de 1824 en Inglaterra. En aquella época, se constituyeron asociaciones de bienestar animal que recibían donativos de gente «compasiva» y «sensibilizada» que se dedicaban a detectar formas de «maltrato animal» y denunciarlo. Fueron bastante vehementes, por ejemplo, con la tracción animal y el maltrato a los caballos. Sin embargo, no condenaban el propio hecho de que se los montase o se los obligase a arrastrar cargas. Hasta hoy, la explotación ecuestre y de otros animales sigue siendo vigente. ¿Se requieren más pruebas para demostrar que los animales seguirán sufriendo injusticias mientras la sociedad participe en su explotación? Si no se promueve un cambio de conciencia, las regulaciones habidas o por haber no solucionarán nada para los animales.

¿Cuál ha sido desde 1824 la aportación más importante del bienestar animal?, ¿jaulas más grandes?, ¿sin jaulas?, ¿asesinatos «humanitarios»? Si dichas organizaciones animalistas hubieran promovido el abolicionismo, como en el caso de la esclavitud negra, ya habría en el mundo un porcentaje mucho mayor de veganos conscientes del problema de la cosificación de los animales no humanos, conscientes de su estatus de propiedad, ante la ley y ante la sociedad, y que estaríamos luchando codo a codo para educar a más y más personas humanas. Así no ha sucedido porque las organizaciones animalistas obtienen mucho más dinero pactando con la industria y porque, si desaparecieran las injusticias que padecen los animales, se les acababa el chiringuito. Sólo cuando los seres humanos queramos entender y reconocer el valor de la vida en los demás animales, entonces habrá algún tipo de justicia práctica. El desconocimiento, la fe y la credulidad no son buenas conductas que permitan el progreso social en ningún sentido.

Dado que la práctica depende primero de la ética y ésta depende a su vez de los razonamientos lógicos, no cabe tampoco ese desprecio generalizado entre muchos presuntos activistas hacia la teoría vegana o sus puntos más controvertidos por prejuicios especistas. Tal desprecio les nace a raíz de que quieren ejercer acciones para salvar vidas sin asumir primero la necesidad de formarse. Los animales esclavizados están desprotegidos por partida doble: quedan a merced de la industria y de activistas que quieren acabar con la injusticia sin siquiera entender conceptos básicos ni conocer el origen de la explotación animal.

El bienestar animal es la crónica de una muerte anunciada

La industria de la explotación animal tiene miedo. Ha de entenderse que nos endosan su publicidad especista y bienestarista porque palpan un gran temor ante el avance del veganismo y ven peligrar sus intereses egoístas. El veganismo es imparable, les guste o no. Ya ha llegado a la calle y está penetrando también en el debate académico. El miedo al cambio es una realidad a todos los niveles, ya esté el individuo sujeto a un conflicto de intereses más o menos acusado. Sin embargo, la razón siempre termina imponiéndose y lo hará por nuestras obras. Decenas de miles de familias vivían de la trata de esclavos negros en el siglo XIX. También temían como los que más el cese de la esclavitud negra, pero, por fortuna, la ética está por encima de los intereses de quienes «viven del ganado». Únicamente les quedará cambiar su modelo de negocio a uno que no implique explotar animales o desaparecer. El veganismo es imparable. Y esto no lo decimos «cuatro fanáticos», sino las mentes más brillantes de nuestro tiempo.

Declaración de Cambridge - ¡Derechos Animales ya!

 

 

1 Comentario

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    Eru Ramírez Publicado 24/08/2018 00:20

    Hermoso de principio a fin. Un abrazo desde Argentina.

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