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¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicos

El fijismo ecologista y otras creencias anticientíficas

¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicosEl fijismo ecologista puede definirse como la creencia entre los ecologistas de que cada animal está o deber estar en un hábitat determinado y cumplir con un rol ecológico determinado. Esta creencia deriva en el exterminio de las mal llamadas «especies invasoras» y en la búsqueda constante de una utilidad para las especies en peligro de extinción.

El ecologismo especista incurre en un fijismo religioso

El fijismo era una interpretación religiosa sobre el origen de las especies que data desde antes de que Darwin propusiera la Teoría de la Evolución. De acuerdo con el fijismo (una creencia derivada del «creacionismo»), todas las especies existentes son inmutables y así debe ser por una fuerza suprema o divina.

La adaptación del fijismo a nuestros días se percibe en la creencia de que cada especie debe ocupar un hábitat específico y que no debe ocupar otro hábitat (o que una especie deber presentar unos rasgos específicos, o que debe alimentarse de esto y no de lo otro, etc.), es decir, se mantiene desde entonces la idea irracional de que el estado conocido de la naturaleza es el que ha tenido y el que debe tener. Se observa que esta creencia irracional y anticientífica está, en nuestros días, demasiado extendida entre individuos y colectivos ecologistas (proteccionistas). Y, por supuesto, conlleva serias repercusiones y perjuicios para los animales.

La responsabilidad humana y los dogmas ecologistas

El ecologismo, en su vertiente especista, considera dogmáticamente que los seres humanos debemos conservar la biodiversidad (número de especies) y la diversidad (distribución de las especies) según patrones observados en la naturaleza. Puede ser racional, desde el punto de vista científico, observar las características de las especies, su distribución y sus roles para entender cómo funciona el ecosistema y por qué nuestras acciones llegan a degradarlos. Hasta aquí, es ciencia. Sin embargo, basarnos en tales hechos para justificar la moralidad de nuestra acciones incurre en la falacia naturalista: la confusión entre el ser y el deber ser, entre lo existente y lo que debiera existir.

Por ejemplo, que en un lago haya una especie dominante de alga nos plantea un interesante estudio acerca de por qué ocurre así, no obstante, creer (sin más) que esa alga debe dominar para que el medio fluya adecuadamente y que tenemos la obligación de favorecer dicho contexto, o bien, por el contrario, que esa alga no debe dominar y que tenemos la obligación de exterminarla, nos dirige a esta falla del raciocinio que llamamos falacia naturalista.

El ecologismo se apoya en lo existente para tomar medidas más allá de la responsabilidad humana (principio de casualidad). Es decir, resulta frecuente que los ecologistas eviten cualquier alteración del medio que pudiera incluso considerarse «natural» (sin intervención humana), por ejemplo, la migración de aves, con el argumento de que todos los medios están alterados a nivel planetario y de que se requiere dicha manipulación para evitar un posible colapso.

Lo irónico del asunto es que si dicho colapso va a causar vidas animales, ellos se encargarán de que tales animales la palmen antes. No les importa esta contradicción porque tienen a los animales cosificados moralmente. El ecologismo especista percibe la naturaleza como un gran «tablero de ajedrez» en que el ser humano, como vicario en la Tierra, tiene que mover las piezas que la componen por el bien de todos.

De esta manera, la falacia naturalista, la cual pudiera deberse a sesgos cognitivos, lleva a un tipo de aplicación concreta que, por las razones históricas mencionadas, se denomina «fijismo». Aunque en primera instancia pudiera parecer coherente el planteamiento fijista («cada animal en su lugar» o «cada animal como debe ser»), no lo es en absoluto.

¿Acaso los humanos hemos dudado en expandirnos y colonizar casi todas las tierras de nuestro planeta? ¿Si nosotros migramos y transformamos el medio está bien («es natural») pero no lo está si lo hacen otras especies? ¿Acaso este criterio no entra en contradicción la Teoría de la Evolución? Se vuelve evidente que aplican una doble vara de medir y que el fijismo nace realmente de su antropocentrismo especista. El ecologismo recoge una creencia antigua en su empeño de devolver la Tierra a un estado hermoso anterior a la aparición del ser humano.

Ampelis americano - Especie invasora para el fijismo ecologistaAmpelis americano. Diversas especies introducidas aparecen catalogadas como «especies invasoras», un eufemismo para referirnos a aquellas especies que están en un lugar no autóctono por nuestra culpa, que perjudican a nuestros intereses y que queremos exterminar.

El dogma fijista en cuanto a animales salvajes y domesticados

Por un lado tenemos a los animales salvajes (exterminados por el ser humano) y, por otro, a los animales domesticados (esclavizados por el ser humano). El ecologismo y su fijismo adoptan ligeras diferencias ideológicas según de la función esperada para los animales.

Para animales salvajes

Respecto a los animales salvajes, múltiples grupos ecologistas rechazan cualquier transformación del medio ambiente aun cuando pudiera entenderse como «natural» (no debida a acciones antrópicas); pues interpretan que toda desviación de lo conocido es perjudicial, mala o «antinatural». Por ejemplo, si se da el caso de dos especies de aves que cada vez hibridan con mayor frecuencia debido a que han modificado sus ciclos anuales o rutas de migración. Muchos ecologistas buscarán métodos de evitar dicha «mezcla génica» con el argumento de «respetar los fenotipos endémicos».

A veces, tales acciones ecologistas vienen respaldas por un incentivo monetario en la «conservación» de especies autóctonas, con lo que el dogma fijista se mezcla con un sesgo xenófobo. Y no hablamos únicamente de medidas pacíficas para lograr dicho objetivo cuestionable; sino también del asesinato sistemático de cualquier especie (catalogadas como «invasoras») en nombre del ecologismo si éstas atentan al «modelo de perfección ecologista» o convienen diezmarlas por razones meramente económicas (p. ej. turismo, ganadería, etc.).

Las especies alóctonas no se «cargan» la naturaleza; la migración de especies, así como la formación y extinción son procesos naturales que llevan ocurriendo millones de años. La razón de por qué los animales alóctonos pueden afectar gravemente al medio se debe al hecho de que nosotros, al alterar y condicionar su movilidad geográfica, generamos una alteración infinitamente superior a la que, en teoría, habría habido en condiciones normales sin intervención humana.

Cuando, a menudo, se aduce que las especies «invasoras» son un «peligro para el ecosistema», olvidan que la «naturaleza» corresponde a todos los elementos bióticos y abióticos. En estos casos, tales alegatos catastrofistas son eufemismos y calumnias para señalar que perjudican a las actividades humanas como la ganadería, la agricultura, el turismo o los propios asentamientos humanos.

De manera que, como nos perjudican a nosotros (el ecosistema es sólo una excusa), pues entonces nos arrogamos el dignificante papel de «salvadores de la naturaleza» dándoles muerte a unos animales cuyos «daños» causados son infinitamente inferiores a los nuestros mientras permanecemos continuamente propagándonos por la Tierra como una plaga.

Ningún animal es una «plaga», nosotros lo somos y hemos sobrepoblado todos los ecosistemas con especies domesticadas (esclavizadas) que influyen infinitamente más al medio ambiente que cualquier especie salvaje alóctona. Somos la plaga terrícola que acusa y asesina a otros animales cual chivos expiatorios. Obviar este hecho denota un sesgo y una ignorancia terribles. Hay quienes, ante esta situación, promueven «sacrificios humanitarios» como si hubiera una manera justa de asesinar a un animal inocente de nuestra pésima gestión ambiental.

Pero, claro, el ecologismo institucional es un negocio y parte de su fijismo está movido por el dinero. Por ello, no oiremos a GreenPeace (entre otras organizaciones ecologistas) decirles a sus socios que dejen de comer carne; sino que prefieren «marear la perdiz» mediante protestas de cariz xenófobo a las masacres y a la explotación animal acontecidas en países extranjeros, junto con propuestas estúpidas (como la nueva ocurrencia de rechazar las cañitas del plástico) en lugar de enfocarse en el principal foco de contaminación (la ganadería).

Los ecologistas muestran una hipocresía tremenda al querer salvar animales salvajes (sólo si se hallan en hábitat que les «corresponde») al mismo tiempo que fomentan la tala de bosques y la destrucción del medio para dejarle espacio al «ganado». Total, sus socios y donantes van a seguir a pies juntillas cualquier cosa que suelten. El negocio es el negocio y la pela es la pela. La coherencia, si eso, para otro día.

Si nos despojamos de prejuicios intereses egoístas, la respuesta está clara. Basta con que evitemos la introducción de especies alóctonas, de intervenir en la naturaleza con complejos de dioses y que dejemos en paz a los ya introducidos, en consonancia con el principio de igualdad.

Rebaño de ovejas - Animales domesticadosEl fijismo ecologista, como fruto del propio especismo de los ecologistas, considera que todo animal autóctono de una región debe integrarse con la ganadería o el turismo de una zona para lograr su conservación.

Para animales domesticados

El ecologismo especista y su fijismo incurren en una doble moral con respecto a la mera existencia del ganado esclavizado. Los animales criados por el ser humano se encuentran fuera de su hábitat (a menudo son alóctonos), presentan una población muy superior a su estado salvaje y, por ambas razones, ejercen una fuerte presión sobre los ecosistemas aledaños debido a que los criamos por el beneficio de aprovecharnos de ellos, lo cual no tiene una justificación ética ni ecológica.

Sin embargo, el grueso de los individuos y colectivos ecologistas no se pronuncian contra la explotación animal ni los daños causados a los animales domesticados por la selección artificial, ni siquiera apelando a razones utilitarias como que «perjudican al medio ambiente». Su fijismo sólo los mueve cuando hablamos de animales salvajes que se hallan, por fortuna, «ligeramente» libres de la dominación humana. Como parte del antropocentrismo, el ser humano detesta inconscientemente la mera existencia de animales libres porque son variables que quedan lejos de nuestro control.

El fijismo ecologista, por su influencia antropocéntrica, no percibe a los animales como individuos únicos e irrepetibles; sino cual simples contenedores de genes que deben permanecer inalterados, inmaculados y «perfectos». Este hecho o, mejor dicho, una aplicación de esta creencia, se vuelve especialmente presente en el caso de los animales domesticados. Cuando se refieren a la zootecnia y explotaciones ganaderas, cambian un poco el discurso para justificar o procurar una serie de rasgos biológicos seleccionados que los mantengan en ese estado de «perfección».

En muchas ocasiones se habla de «razas puras» de una manera eufemística y anticientífica. En biología, el concepto de «raza pura» u homocigótico sólo se aplica en referencia al organismo que posee todos sus alelos iguales para un mismo carácter. Dicho concepto se contrapone al de «híbrido» o heterocigótico, el cual presenta diferentes alelos para un mismo carácter. Que un animal sea «raza pura» no significa que presente unos rasgos más adaptativos ni se relaciona con una mejor fisionomía o belleza.

En cambio, el ser humano confunde el sentido biológico con su conveniencia utilitaria al creer que determinados rasgos conforman una «raza pura», aun cuando no cumpla la definición genética del fenómeno. Así ocurre, quizás, por un sesgo relacionado con el fenómeno decimonónico del darwinismo social o ciertas interpretaciones raciales muy anteriores al desarrollo moderno de la biología. Puede ahondar en estos conceptos en el artículo: La domesticación, la selección artificial y sus efectos.

Sea como fuere, hay individuos y colectivos ecologistas que están convencidos de que determinadas razas animales, criadas y manipuladas por el hombre, constituyen un acervo genético que merece «conservación» por su importancia cultural o económica. De esta forma, para ellos, algunos animales domesticados debieran ser «conservados» como los animales salvajes según intereses humanos. En ambos casos, se observa una interpretación anticientífica de la naturaleza que cobra vigencia en nuestros días ante la problemática de las especies en peligro de extinción.

Claro que debemos salvar a los animales, pero no por sus rasgos naturales o seleccionados, sino porque son individuos que sienten y padecen como nosotros. Cuando uno trata de explicar esto, muchos ecologistas saltan con sus prejuicios camuflados de elucubraciones científicas. A menudo alegan falsedades como que las plantas sienten o que «no todo el mundo puede ser vegano», algo así como afirmar que «no todo el mundo puede cumplir la ley» o que «está bien asesinar porque siempre habrá asesinos».

Algo queda claro: mientras el ecologismo actual sea especista y esté influenciado por el dogma fijista, solamente serán actores y cómplices del mismo sistema que lleva a los animales a la extinción y que contamina el planeta.

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La biomasa y el exterminio de los animales salvajes

Biomasa de animales terrestres - ¡Derechos Animales ya!

El estudio de la biomasa revela una extinción global

Desde que el ser humano empezó a manipular el medio ambiente por fines utilitarios, ha ido desarrollándose un grave desequilibrio natural que se refleja en la biomasa. Ésta se refiere a la razón cuantitativa de compuestos orgánicos que componen a los seres vivos. A partir del Neolítico, tras el inicio de la ganadería (esclavitud animal), ha llegado a nuestros días una tendencia caracterizada por la crianza de unos animales por los beneficios obtenidos y el exterminio perpetrado contra muchos otros por su aparente falta de utilidad.

Debido a nuestro antropocentrismo, heredado a lo largo de generaciones, la humanidad no piensa que los demás animales tengan siquiera derecho a habitar este planeta y vivir sus propias vidas libremente. Ejercemos contra ellos una discriminación sistemática basada en la especie y creemos dogmáticamente que sus vidas no tengan el mismo valor que las nuestras. Conforme nuestra población crece, construye y se erige sobre sus cadáveres, están cada vez más cercados y comprimidos por la expansión del animal bípedo.

Así ocurre hasta el punto de que ya alrededor del 90% de la biomasa de animales terrestres —a excepción de los insectos— y el 96% de la biomasa de vertebrados pertenece exclusivamente a humanos y animales domesticados. ¿Por qué sucede? Pues porque desde entonces estamos utilizando como recursos el espacio, la desaparición y la propia muerte de unos animales para hacer nuestra vida más fácil, apacible y darles de comer a nuestros esclavos no-humanos.

En pleno siglo XXI existe la creencia de que haya millones de animales no humanos en libertad. Los documentales de la BBC o National Geographic, entre otros, sacan la belleza que todavía queda en la naturaleza a pesar de la destrucción humana. Sin embargo, los animales que aún sobreviven pueden considerarse los últimos supervivientes o víctimas ante el previsible final muy próximo de sus poblaciones y especies en aquellos hábitats en donde moraban antes de que el ser humano bajase de los árboles.

La ciencia ya vaticina que nuestras acciones van a causar la sexta gran extinción planetaria, un cataclismo para la biota tan grave como la que hubo en el periodo Pérmico. Es decir, se calcula que los humanos causaremos la muerte masiva del 97% de todas las especies existentes. Las evidencias respecto a la biomasa revelan una devastación a todos los niveles y estratos con independencia del ecosistema.

Una cifra muy simbólica es el caso de los leones (Panthera leo), quienes han pasado de una población superior al millón hace aproximadamente 2000 años a una de tan sólo 20.000 ejemplares mientras escribo estas líneas. Todos los animales, desde los grandes a los pequeños, han sufrido una hecatombe similar o incluso con cifras más horrorosas.

¡Derechos Animales ya! - Ilustración de vertidos de plásticos y tóxicos al mar - Exterminio de animales debido a la contaminación

El estudio de la biomasa viene a confirmar el  exterminio de la vida y los daños evidentes causados por las acciones humanas. No sólo la contaminación mata a los animales sino, ante todo, el hecho de que a diario los criemos, hacinemos, cacemos y asesinemos para engullir sus cadáveres por placer e indiferencias. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales.

¿Cabe alguna esperanza frente al exterminio?

La desproporción encontrada en la biomasa demuestra que estamos aniquilando sistemáticamente a los animales silvestres por falta de ética hacia ellos. Sin embargo, entretanto, los colectivos ecologistas (proteccionistas) se limitan a esgrimir el mismo antropocentrismo que los condena. Hablan de «conservación» y plantean argumentos utilitaristas para tratar de salvarlos: una ingenuidad que alcanza el grado de cinismo cuando muchos participan en el mismo crimen que condenan.

Cometen así el mismo error que las organizaciones animalistas cuando lanzan sus críticas contra el mal llamado «maltrato animal» o promueven sin pudor el fraude del «bienestar animal». Si de verdad queremos detener esta mera consecuencia de la explotación animal, primero deberemos obligatoriamente aceptar la injusticia que supone la crianza de unos y el exterminio de otros.

Un problema intrínseco a nuestra sociedad actual, por su configuración y planteamiento sobre el terreno, radica en que nuestra mera existencia impide, reduce o condiciona la vida de otros animales. A diferencia de quienes aún viven en tribus, somos el único animal que, por su modo de vida, altera con mayor alcance la superficie, área o volumen de espacio que requieren otros animales para vivir o moverse con libertad. Y, cuando no, la única especie que somete y esclaviza genéticamente a otros animales.

Para solucionar el extermino global que estamos causando —incompatible con la vida plena y libre de otros animales— debemos plantear un modelo semejante al de las sociedades tribales pero con las tecnologías y necesidades del mundo desarrollado.

Por ejemplo, a título personal se me ocurre reducir la duplicidad de carreteras, que todas cuenten con medios alternativos para el desplazamiento de animales salvajes a lo largo de sus hábitats, que se permita la vida de animales silvestres en parques con la debida precaución y, en definitiva, que las ciudades no sean recintos cerrados y estancos en expansión que permitan a los demás animales sortear infraestructuras, superarlas y vivir «entremedio» de la sociedad humana sin que les suponga un menoscabo para sus intereses en forma de muerte, agresión o esclavitud.

Hoy por hoy es imposible tanto a nivel moral como legal evitar el exterminio o proteger los intereses inalienables de los animales. Lo que observamos respecto a la biomasa son consecuencias esperables e irresolubles mientras la mentalidad humana siga siendo especista. Se requiere un cambio de paradigma absoluto y difícilmente llegará a lograrse antes de que los daños sean totalmente irreparables.

Lo peor no está en que una u otra especie se extinga (argumento ecologista); sino en que explotemos a tales individuos y éstos desaparezcan de la faz de Tierra sin haber recibido el respeto que merecían por parte de nuestros congéneres. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales. Ése es el significado del veganismo.

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La atrocidad de los descartes pesqueros

Descartes pesqueros para la captura de gambas - Animales pescados

En esta fotografía se muestra uno de los procesos de descartes pesqueros durante la captura de gambas. Se asesinan más animales «indeseados» que «deseados». A los animales salvajes se los extermina y a los domesticados se los hacina

¿Qué son los descartes pesqueros?

Así se engloba, dentro de la explotación pesquera, al acto de arrojar o desechar aquellas especies que no eran el objetivo o blanco de la pesca, desde otros peces a mamíferos o reptiles marinos y cualquier animal susceptible de convertirse en una víctima circunstancial. Prácticamente, cualquier animal capturado en una red puede terminar desechado si tal especie, su tamaño o estado no permiten su venta en la lonja y los comercios por razones legislativas o de rentabilidad.

Los descartes pesqueros son el pan de cada día en las faenas pesqueras y se deben a menudo al desigual interés social por los animales capturados en diferentes países y los cambios en el valor bruto por tonelada. Suelen arrojarse de vuelta al mar los cuerpos sin vida de animales que podrían vender. Sin embargo, lo hacen para dejar sitio a otras capturas más lucrativas. Cada año varían las tendencias del mercado, así pues, la atención delos pescadores se dirige según los gustos y apetitos de los consumidores, una masa desinformada e indiferente con la explotación animal.

Esta acción, una consecuencia derivada de la cosificación absoluta de tales sujetos, se estima como una de las más perjudiciales, evitables e «innecesarias» (toda utilización de los no-humanos lo es) de la explotación pesquera. Causa una mortalidad difícil de cuantificar; pues las empresas tratan de ocultarlo para sortear multas en ciertas legislaciones.

Resulta prácticamente imposible calcular a cuántos animales liquidan en altar mar para, una vez asfixiados y con sus branquias colapsadas, volver otra vez en el océano minutos más tarde. Entre las cifras más espeluznantes se hallan los 100 millones de tiburones y rayas y 300.000 cetáceos que terminan anualmente por la borda.

De hecho, para capturar diferentes especies de gambas (marisquerías) pueden llegar a descartarse el 80% de las restantes capturas. El origen de estos hechos va más allá de las técnicas empleadas: es la sobrepesca (o «sobreasesinato») por culpa de una elevada presión sobre determinadas poblaciones. Existen estudios de la FAO al respecto.

Ilustración pesca de arrastre - Atrocidad de los descartes pesqueros - Captura de animalesIlustración de la pesca de arrastre. Estamos convirtiendo los océanos en desiertos debido al uso de multitud de herramientas para capturar y coaccionar a los animales.

Los descartes pesqueros son una consecuencia del especismo

Hasta este punto, en este artículo se han señalado algunos datos y reflexiones generalistas y superficiales que pudieran haber aparecido en cualquier otro rincón de internet. En montones de blogs, medios de comunicación y páginas de divulgación científica se explican estas acciones aberrantes y «dañinas para el medio ambiente». Sin embargo, en pocos medios serios —por no decir ninguno— se plantea o condena la moralidad de estas acciones apelando al hecho básico y evidente de que el ser humano está asesinando vidas animales por simple placer, lucro e inconsciencia.

Entre montones de «voces expertas» y ecologistas de chaqueta, nadie parece darse cuenta de que los descartes pesqueros ocurren porque consideramos que los animales son simples recursos desechables para nuestros fines, debido a que nos estimamos superiores a ellos. Y que, por ende, otros humanos harán con esos «objetos o cosas capturadas que se mueven» lo que mejor les convenga en cada momento.

Para acabar con esta aberración no basta con «endurecer las leyes», sino que habría que proteger legalmente a los animales. La protección legal de los animales sólo puede ocurrir y ser efectiva si primero los humanos dejamos de participar en la explotación animal y empezamos a respetarlos como individuos. Mientras las «voces expertas» pongan el grito en el cielo por lo que algunos humanos hacen con los animales a la par que ellos mismos los consideran meros elementos del «medio ambiente», nada cambiará.

La hipocresía ecologista, como siempre

Las grandes organizaciones ecologistas afirman luchar por formas efectivas contra los descartes y otros atentados hacia los ecosistemas, originados por el especismo, a la par que proponen medidas absolutamente inefectivas y obvian adrede que la responsabilidad estriba en el consumidor. Al igual que sus contrapartes animalistas, sólo pretenden lucrarse mediante la proposición de pequeños cambios que favorecen a las empresas (pesquerías en este caso) y a la tranquilidad ética de sus donantes. Otras veces se limitan a condenar acciones emprendidas por otros colectivos para usar el sentimiento nacionalista a su favor.

No explican nada sobre aspectos éticos ajenos al estandarte utilitarista y promueven «reservas naturales» en donde ningún animal no humano puede estar protegido porque, precisamente, ni sus propios «defensores» asumen una ética de respeto e igualdad. ¿Cómo puede acaso enmendarse la destrucción masiva de los hábitats marinos si ni siquiera quienes aparentemente se preocupan actúan con un modo coherente para conseguir subsanarlos?

Mientras exista la pesca y cualquier otra forma de explotación animal habrá víctimas directas e indirectas. El problema no trata de una viabilidad instrumental; sino de una comprensión de valores y de ética. Considerar que una regulación puede impedir una injusticia incurre en una mayor ceguera lógica que el propio hecho de fomentar el asesinato gratuito de otros animales que sienten y padecen como nosotros.

Los descartes pesqueros son una atrocidad; mas no por incurrir en un «desaprovecho»; sino por la propia acción de utilizar a otros individuos como recursos o herramientas para nuestros fines. No necesitamos explotar animales de ninguna forma para poder vivir. A menudo, incluso desde los sectores ecologistas, se ensalza el valor económico y nutricional de los cadáveres de peces esgrimiendo que constituyen unos «alimentos fundamentales» para la obtención ácidos grasos esenciales del tipo omega-3 y omega-6.

Debido a esta falsedad, cualquiera podría sospechar que actúan como las relaciones públicas de las compañías al reiterar los mitos publicitarios de éstas. Llamativo, cuando menos, que se propongan cambiar el mundo a mejor mediante mentiras. Quizás lo único que quieran cambiar a mejor sean sus cuentas bancarias.

Iniciativa Ni un pez por la borda con figuras del mundo gastronómico

Cocineros especistas comprometidos con sólo cocinar animales que se hayan capturado con otros que igualmente vayan a acabar en la cazuela.

Postureo y enfoques reduccionistas

Ante esta injusticia, como ya se ha mencionado, muchos alzan la voz. Sin embargo, sus perspectivas del asunto no se enfocan en que matamos por placer y adoctrinamiento cultural; sino en que cometer estos actos supone un «desaprovecho» alimentario. Así lo hacen desde sectores gastronómicos con ciertas figuras a la cabeza que logran protagonismo por no hacer básicamente nada o, peor, por matar pudiendo evitarlo y lucrarse encima con ello.

Que así lo defiendan quienes aún no han llegado a comprender por qué los demás animales merecen respeto podría considerarse esperable; en cambio, carece de sentido que desde sectores animalistas crean solucionar un problema de asunción moral con campañas monotemáticas; las cuales, nunca sirven para transmitir los alcances de la explotación animal ni defender sus derechos. Para colmo, suelen incurrir en un especismo flagrante cuando enfocan el tema de los descartes y la pesca en sí sólo sobre aquellos animales por quienes los humanos sentimos una cierta propensión.

Como ejemplo flagrante está el apoyo de técnicas pesqueras que prevengan la captura de delfines y ballenas, y el etiquetado en latas de conserva con la indicación de que los pescadores de turno sólo han pretendido asesinar sistemáticamente a atunes, caballas u otros peces, no a estos lindos e inteligentísimos mamíferos. Considera aberrante cazar y comer delfines y ballenas, a la par que promueven sin reparos mentiras como las carnes ecológicas y etiquetas de bienestar animal.

La solución de toda explotación animal es la misma: dejar de verlos como recursos, empezar a respetarlos como nuestros iguales y difundir el veganismo como principio ético básico que debe regir el comportamiento humano.

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