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La falacia del término medio contra el veganismo

¡Derechos Animales ya! - La falacia del término medio contra el veganismoLa falacia del término medio es un argumento falaz (inválido) muy recurrido en nuestros días para dar a entender que las ideas de un contendiente son malas porque están en un «extremo» respecto a las propias.

La falacia del término medio es una excusa para aprovercharse de los animales

Los activistas veganos explicamos a diario que no existe ningún argumento válido para justificar el especismo y la explotación animal. Cualquier régimen esclavista, como aquéllos que se benefician del mismo, requiere un conjunto de alegatos que sirvan para blindar el statu quo.

Por desgracia, no sólo las empresas ganaderas o análogas incurren en falsedades (datos y hechos falsos) y falacias (argumentos inválidos); sino que las falacias forman parte del modus operandi de las grandes organizaciones animalistas para fomentar que sus simpatizantes les donen dinero mientras traicionan a los animales.

Una de las falacias más típicas en el animalismo bienestarista es la falacia del término medio o falacia del punto medio. Ésta se basa en la afirmación de que las posturas «moderadas» o aparentemente conciliadoras son siempre mejores, positivas o preferibles.

En lo que respecta a los animales, no hay nada justo ni preferible que pedir que a una vaca o un cerdo lo degüellen tras anestesiarlo o en que los gaseen en lugar de electrificarlos. Ni tampoco en que graben cómo los matan, los descuarticen en mataderos móviles o pasen a estar encerrados en jaulas un poco más grandes hasta acabar en el mismo sitio. Del mismo modo, la dieta vegetariana es insuficiente para defender los Derechos Animales porque implica participar en la explotación animal.

Las posturas moderadas son una forma de perpetuar el statu quo, puesto que sirven tranquilizar la conciencia colectiva al hacer creer a la gente que exista algún «avance» o «paso a paso» mientras los animales siguen siendo criados y asesinados sistemáticamente, día tras día.

No puede haber ningún avance legal si nuestra mentalidad para con los animales no cambia. De hecho, hasta la fecha seguimos teniendo la misma mentalidad que en el Neolítico.

Ser veganos y defender los Derechos Animales nos exige aumentar nuestro raciocinio. Defender a las víctimas precisa medidas radicales (del latín radicalis; aquello que va a la raíz). La falacia del término medio cae por su propio peso; pues solamente las medidas que van a la raíz del un problema pueden aspirar a enmendarlo.

Por todo ello, los activistas ponemos un énfasis especial en el activismo educativo y estamos encantados de brindar una formación integral en Derechos Animales para trasladar cómo y por qué los animales merecen respeto y las implicaciones que ello conlleva.

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La falacia naturalista como argumento para excusar la explotación animal

Esquema de la falacia naturalista para excusar la explotación animalLa falacia naturalista consiste en la confusión entre el ser y el deber ser. Desde tiempos inmemoriales se ha empleado para excusar la explotación animal y el consumo de animales. Para profundizar en la ética kantiana y cómo refutó al relativismo de Hume respecto a la falacia naturalista, recomiendo estas diapositivas didácticas.

¿Qué es la falacia naturalista?

La falacia naturalista es una de las falacias dialécticas más usuales y omnipresentes para excusar la explotación animal. De un modo sencillo, esta falacia podría resumirse en «la confusión entre el ser y el deber ser». Ocurre cuando los seres humanos observamos qué ocurre en la naturaleza y lo usamos como argumento para excusar nuestras acciones. Se trata de una falacia —argumento inválido— doble. En primer lugar, que algo ocurra en la naturaleza no significa que sea bueno o malo. Y, en segundo lugar, que algo suceda en la naturaleza no significa que «deba» ocurrir ni que debamos imitarla.

La naturaleza es un ente abstracto conformado por la existencia y acciones continuas de millones de organismos amorales. Los seres humanos con plenas facultades, a diferencia de otros seres, sabemos distinguir el bien del mal y somos responsables de nuestros actos. Y, en segundo lugar, la falacia naturalista se convierte en un arma antojadiza cuando el ser humano sólo se basa en la naturaleza para tratar de justificar aquellas acciones que le conviene, como comer carne, explotar animales bajo el argumento de hacerlo con bienestar animal o subyugarlos de todas las formas posibles.

En cambio, a nadie se le ocurriría —o no públicamente— apelar a la naturaleza para excusar las violaciones, el infanticidio o la esclavitud humana apelando a que hay animales que violan a miembros de su especie, que los esclavizan y que matan a sus crías propias o a las de otros congéneres. Para tales casos, la naturaleza pasa de ser un ejemplo de virtud moral al que imitar —para situarnos en la cúspide de la «cadena alimentaria»— a algo hostil, aberrante e irracional del que debemos despegarnos en pos del progreso social. Curioso… ¿no?

Manifestaciones habituales de esta falacia

Partiendo desde su definición básica «la confusión entre el ser y el deber ser», la falacia naturalista se manifiesta cotidianamente de múltiples maneras y en contextos muy heterogéneos para excusar la explotación animal. A veces aparece como argumento unitario y, otras, como una falacia envuelta entre muchas otras.

La falacia naturalista sirve a los seres humanos como comodín para justificar todos nuestros prejuicios inculcados desde la niñez (especismo). En los siguientes puntos se resumen algunas de las excusas habituales amparadas o basadas en la falacia naturalista junto con algunas explicaciones de por qué carecen de siquiera un sentido lógico o —concretamente— científico.

¡Derechos Animales ya! - Cadena alimenticia con el ser humano en el centro - Falacia naturalista de que sea natural el consumo de animalesÉsta es la interpretación humana de la «cadena alimenticia» por apelación a la falacia naturalista. Básicamente es un reduccionismo de nuestro profundo antropocentrismo para justificar el consumo de animales.

La falacia naturalista para justificar el consumo de animales

La sociedad parece empecinada a creer que si algunos animales —una minoría sobre el conjunto total— depredan y comen a otros animales, entonces está bien que nosotros hagamos lo mismo. La mayor parte de los animales del mundo son consumidores primarios —herbívoros— por una razón de termodinámica: las plantas y otros organismos autótrofos generan energía y la mayor parte de la energía sólo puede aprovecharse si se toma directamente de tales organismos.

Un animal carnívoro sólo llega a aprovechar en torno al 10% —o menos— de la biomasa acumulada por el animal herbívoro porque éste invierte la mayor parte de su energía consumida en la homeostasis. Por ello, siempre los animales carnívoros son y serán una minoría frente al total; pues no disponen de energía para que sus poblaciones alcancen proporcionalmente el mismo acúmulo de biomasa, y se alimentan naturalmente de otros animales como parte de la selección natural; la cual, en términos ecológicos, tiende hacia la maximización del aprovechamiento de la energía.

La apelación a la omnivoría

Los humanos somos biológicamente omnívoros. Esto significa que podemos digerir un amplio espectro de biomoléculas con independencia de su origen; no que necesitemos ingerir forzadamente ningún producto de origen animal para estar sanos. No podemos, pues, excusar la explotación animal y el consumo de animales en que lo «necesitemos».

A su vez, la mayor parte de los animales del mundo no se comen a otros, o no como fuente primaria de biomasa. Por ende, nuestro empecinamiento en justificar el consumo de animales se debe a un intento de sentirnos especiales al vernos a nosotros mismos como los dueños y señores de la naturaleza. Un prejuicio que no se corresponde científicamente con la realidad. No poseemos adaptaciones morfológicas, anatómicas ni fisiológicas para el consumo de animales y, ante todo, no justo asesinar animales porque podemos entender que ellos sienten y padecen como nosotros y valoran sus vidas tanto como nosotros.

Pienso vegano para gatos de la marca 'Veggie animals' - Falacia naturalista de que los gatos deben comer carne - Ya no hay excusas para la explotación animalHoy en día existen piensos 100% vegetales con que alimentar a perros y gatos sin explotar a otros animales. La falacia naturalista lleva a creer que alimentar animales con piensos vegetales va «contra natura». No es justo —ni tiene sentido lógico alguno —asesinar a unos animales para alimentar a otros. El consumo de animales no pasa a estar justificado si buscamos alimentar a otros animales.

La falacia naturalista para justificar los piensos cárnicos

Una versión especialmente sangrante de la falacia naturalista la encontramos entre animalistas y supuestos veganos. Acontece cuando el individuo de turno rechaza que los humanos comamos carne a la par que excusa el asesinato de unos animales para alimentar a otros apelando a que ésa es «su naturaleza». Curiosamente, muchos animalistas insisten en que, aunque sea sano, deben darles piensos cárnicos a sus perros y gatos porque es lo «natural». Y me pregunto yo: ¿Acaso es natural que convivan con humanos? ¿Es natural que estén castrados o esterilizados? ¿Es natural que se alimenten de animales que nunca cazarían en la naturaleza? ¿Es natural que sean sacrificados cuando les conviene a su propietario?

La discriminación entre animales

Los perros son omnívoros como los seres humanos, ocurre que su espectro es algo más estrecho y presentan intolerancia a determinadas sustancias comunes en la dieta humana, como el chocolate. Y los gatos, aunque carnívoros, pueden vivir perfectamente con piensos suplementados con taurina. Los piensos veganos están avalados científicamente. Ni perros ni gatos necesitan comer carne forzadamente ni se justifica de ninguna manera que asesinemos a unos animales en beneficio de otros. Esto es simple y llano especismo de preferencias.

¡Derechos Animales ya! - Campos de concentración animal - Vista aérea de ganado vacuno esclavizado - Falacia naturalista de que sea natural criar animales y excusar la explotación animalSegún la falacia naturalista es algo «natural» que miles de millones de animales sean criados, hacinados, hormonados y asesinados sistemáticamente mediante uso de maquinaria industrial para alimentar a una sobrepoblación humana que hace tiempo sobrepasó la capacidad de carga (K) del medio. El antropocentrismo extermina a los animales salvajes y esclaviza a los domesticados.

La falacia naturalista para justificar la esclavitud animal

La sociedad general ha olvidado que uno de los grandes argumentos usados en la época colonial para tratar de excusar la esclavitud humana. Se decía entonces que los negros eran descendientes del segundo hijo de Noé y que habían sido maldecidos por Dios a la esclavitud eterna por el crimen cometido contra su padre. Cada cultura y religión ha esgrimido diferentes argumentos para excusar la esclavitud humana. Sin embargo, los humanos no hemos sido tan, tan creativos respecto a la esclavitud animal.

Como se explica largo y tendido en los artículos: «La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana» y en «La domesticación, la selección artificial y sus efectos», los seres humanos nos hemos dado cuenta desde antaño de que somos teóricamente más inteligentes que otros animales y que podemos dominarlos gracias a nuestro ingenio.

En consecuencia, hemos llegado a la conclusión falaz de que «el poder genera el derecho» —definición del fascismo desde el punto de vista ético— de una manera muy similar a cómo los imperios de la Antigüedad, como Grecia o Roma, excusaban la esclavitud de pueblos conquistados o de soldados vencidos en la batalla.

La apelación ad baculum

Que seamos supuestamente más inteligentes o poderosos que otros animales no nos otorga ningún derecho sobre sus vidas. Está igual de mal explotar o encerrar animales que hacerlo contra seres humanos. Justo al igual que el mayor poder, inteligencia y madurez de un adulto frente a un infante no le concede ningún derecho sobre éste. Debiera suceder justo lo contrario: los seres humanos debemos comprender que los animales tienen, científicamente, la conciencia de niños pequeños y que merecen derechos reconocidos para poder recibir protección ante las aberraciones que cometemos contra ellos.

El ser humano sufre de un grave complejo narcisista. Necesita estar buscando constantemente rasgos y detalles que nos diferencien de los demás animales para tratar de darle sentido a nuestra insignificante existencia.

La falacia naturalista para justificar la «excepcionalidad humana»

Cuando el ser humano observa —sesgadamente— la naturaleza y cree percatarse de que nuestras acciones, ingenios y construcciones son más complejos, elaborados y eficientes que los de otros animales, la falacia naturalista se utiliza entonces como argumento de que el ser humano representa el mayor exponente o el máximo grado de desarrollo de aquello cuanto existe en la naturaleza. De esta manera, concluye que todo cuanto ocurra en la naturaleza debe estar presente en nosotros o responde al plan de una divinidad que nos eligió como vicarios para señorear la Tierra a nuestro antojo.

¡Derechos Animales ya! - Zorro descansando sobre un tocónLos bienestaristas más extremos, autodenominados «sensocentristas» emplean la falacia naturalista para excusar la explotación animal de una forma menos común: explotarlos y esclavizarlos por su propio bien. Esta postura vulnera los propios intereses de los animales.

La falacia naturalista para justificar el intervencionismo en la naturaleza

Una versión característica de bienestaristas y neobienestaristas (sensocentristas), y cada vez más común, es la de apelar a la falacia naturalista para esgrimir que la naturaleza es «mala» y «cruel» en sentido absoluto para concluir que los humanos tengamos el supuesto deber de intervenir en la naturaleza para «ayudar a los animales». Expresado de esta forma, muchos se preguntarán: ¿y qué tiene de malo ayudar a los animales?

El problema reside en que su visión de lo que significa «ayudar a los animales» es muy diferente de lo que significa dicha expresión para el resto de los mortales. Para un bienestarista o sensocentrista, «ayudar a los animales» no se limita a atender o salvar la vida de cualquier animal al que hayamos lastimado sin querer o accidentalmente; sino que ellos se refieren al control absoluto de sus vidas, a privarlos de libertad y a encerrarlos en zoológicos o análogos bajo el argumento de que «así sufren menos que siendo libres».

De esta forma, la falacia naturalista converge con la falacia paternalista y tales humanos llegan a la aberrante conclusión de que los humanos tengamos legitimidad para decidir sobre la vida de otros animales y de privarlos de libertad «por su bien».

Los individuos que esgrimen la falacia naturalista en este sentido se vuelve especialmente problemáticos; pues, a diferencia de otros humanos comunes y corrientes, quienes tratan de justificar el encierro y manipulación de animales por su bien han transformado su antropocentrismo tradicional y supremacista —el punto anterior— a una suerte de antropocentrismo animalista y armonioso con que satisfacer sus propias obsesiones personales.

Conclusión

La falacia naturalista es un argumento falaz demasiado común y extendido, tanto entre humanos corrientes y molientes como entre humanos supuestamente sensibilizados con las injusticias que padecen los animales. En todos los casos, dicha falacia es una herramienta con que excusar la explotación animal y autolegitimar el consumo de animales según cómo lo hayan normalizado nuestras creencias prejuiciosas más arraigadas.

Un vegano es quien respeta a todos los animales por igual porque todos valoran sus vidas aunque nadie más lo haga. No importa que alguien se considere vegano si discrimina entre animales o participa en su explotación de alguna forma.

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Falacias lingüísticas contra el veganismo, un caso práctico

Invierte tu tiempo en formarte como activista - Falacias lingüísticas

Las falacias lingüísticas son una de las armas preferidas de quienes no tienen argumentos con que refutar el veganismo o las bases de los Derechos Animales.

Cuando se esgrime una supuesta enseñanza para atacar

En artículos anteriores se han tocado levemente aspectos sobre el lenguaje y su relación con la mentalidad ética del pueblo. No obstante, hay artículos en otros blogs que plasman con mayor acierto los diferentes alegatos sin sentido esgrimidos por animalistas.

En los debates sobre el modo de ejercer activismo, antes o después, aparecen falacias lingüísticas con que evadir la discusión. Por ejemplo, resulta habitual que nos respondan a los activistas que está mal decir que los animales sean «personas» (porque no son humanos) y que nos contesten que no podemos decir que matar animales sea un «asesinato» (porque no son humanos).

Una de sus formas más comunes es la denominada «falacia de la hipocresía»: una afirmación por la cual si el debatiente comete un error en algún campo o incurre en una aparente contradicción, entonces sus todos argumentos carecen de sentido. Se trata de una falacia (argumento inválido) porque se confunde sistemáticamente la validez de la teoría (racional o no) con la validez de la práctica (moral o no).

De esta guisa, hoy mismo han venido a señalarme que, por haber escrito la expresión de origen taurino «cambiando de tercio» en una publicación de hace meses, incurra en la hipocresía de despreciar a los antitaurinos mientras cometo un comportamiento tan especista como el de quienes participan en la explotación animal. Asimismo, esta persona señaló que quien use expresiones especistas carece legitimidad para condenar cualquier forma de especismo. Un sinsentido, vaya.

Estas apelaciones adolecen de una serie de fallas argumentales. En esta entrada, en concreto, rebatiré profusamente por qué el uso hipotético de palabras o expresiones de origen especista no sirve para desmentir la incorrección ética del movimiento antitaurino. El bienestarismo no pasa a ser algo correcto porque un activista se equivoque al tratar de argumentarlo. Tales activistas, si se consideran veganos, debieran educar en el veganismo mediante activismo educativo de concienciación.

Refutación a falacias lingüísticas

En primer lugar, nadie tiene por qué conocer el origen de una expresión para usarla. Si alguien considera que está mal utilizar una serie de términos por razones éticas, ha de explicarlo con argumentos; no con agresividad ni para tratar de fundamentar una falacia subsiguiente. A menudo afirman que decir algo «transmite sufrimiento a las víctimas o a quienes las rodean». Una palabra no transmite «sufrimiento», ésa es una inferencia mental del mensaje. Uno es responsable de sus acciones, pero no de las reacciones sentimentales que causen sus acciones.

Si bien cabe una argumentación al respecto para valorar la importancia de que los hablantes modulemos nuestro lenguaje en respuesta a un cambio de perspectiva, nunca debe procederse por medio de una generalización semejante ni la justificación consecuencialista con corte empático de que «está mal decir X porque causa sufrimiento», lo cual es una petición de principio además.

En segundo lugar, si alguien entra en el terreno pantanoso de refutar a terceros según el uso de las palabras, otro podría decir responder, por ejemplo, con que ni se le ocurra decir «Adiós». Ésta se trata de una expresión religiosa originaria del cristianismo; religión culpable de la matanza indiscriminada y la represión sexual contra colectivos minoritarios. Mejor no lo diré muy alto, pues puede que a algún posmoderno le estalle la cabeza.

Igualmente, existen miles de expresiones de origen militar que reflejan xenofobia, fascismo, absolutismo u otras acciones que no veríamos correctas en la actualidad. Sin embargo, posiblemente usen éstas de forma cotidiana y nadie les dé la menor importancia. ¿Y esta hipocresía? ¿Seguro que la persona deseaba esgrimir una falacia lingüística?

En tercer lugar, hay que distinguir entre los valores denotativos y los connotativos. Las palabras y expresiones han variado constantemente de matices a lo largo de la historia. Por tanto, para ser coherente con esta premisa, debiera desecharse cualquier término que pudiera ser en el presente o pasado el reflejo de una mentalidad racista, sexista, etc.

Asimismo, también debemos diferenciar matices entre las expresiones que reflejan un comportamiento injusto contra los demás animales de aquéllas que provienen de uno. Decir «matar a dos pájaros de un tiro» es una expresión que enmarca una acción, la cual, aunque figurada, transmite objetivamente una cosificación de dichos animales. En cambio, otras expresiones como la aquí mencionada son el reflejo de acciones especistas; pero no proponen efectuarlas ni cosifican en presente a ninguna víctima no-humana.

Así, la expresión «mucha mierda», propia del sector escénico, se refiere a cuando los nobles llegaban en carruaje al teatro. Por ello, mucha mierda (de los caballos explotados) era una manera jocosa de desear un público abundante. ¿Quien use una expresión de origen especista está deslegitimado a hacerlo a causa de su origen? Volveríamos entonces al segundo punto de esta argumentación.

En cuarto lugar, no suelen señalarse estos detalles por un interés genuino en corregir a la otra persona; sino para desacreditar al otro debatientes, justificar ataques personales y presentar calumnias. Las falacias lingüísticas suelen ser un ataque ad hominem sutil Criticar el movimiento antitaurino, o cualquier otro, a causa de su bienestarismo flagrante, no implica ningún tipo de desprecio hacia dichos activistas. Que vengan a repetirlo ad nauseam no otorga ninguna validez a semejante argumento.

En quinto lugar, todos contamos con legitimidad argumentativa para argumentar sobre cuanto concierne en el tema. Ni los toros (ni a otras víctimas) les importa que alguien use una determinada palabra o expresión (hecho contrario a la apelación de que «una expresión determinada provoca sufrimiento»); pero sí les concierne que se luchen por sus derechos. La lucha antitaurina sólo persigue el fin de una práctica; no el reconocimiento de sus intereses inalienables como la vida, la libertad y la integridad.

Como ya se ha explicado largo y tendido en otros artículos, si mañana se aboliese la tauromaquia, los toros seguirían yendo al matadero. Por ende, a pesar de los aparentes deslices expresivos, siempre se poseerá una legitimidad moral, e inclusivo un deber, en criticar acciones bienestaristas que no salvarán tales víctimas.

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¡Derechos Animales ya! - Nadie tiene la verdad absoluta

El alegato nihilista o cómo negar una verdad sin pensar

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Un alegato nihilista es aquél que niega la existencia de una verdad o de la validez de un principio ético. Llevado al terreno del veganismo y los Derechos Animales, sería la negación irracional de por qué los animales merecen respeto.

La verdad no está en el sujeto; sino en sus argumentos

En este artículo sucinto voy a profundizar en un pensamiento irracional extendido dentro del ámbito animalista, el cual impide la autocrítica y fomenta la falsa creencia de que hacer cualquier cosa en beneficio de los animales no humanos está «bien». Lo llamaré «el alegato nihilista» debido a un ensayo excelente escrito por el filósofo Aurelio Arteta. Para ahondar recomiendo una sección del blog de Igor Sanz dedicada a las falacias animalistas.

En una entrada antigua traté de señalar que se enseña un concepto erróneo de «tolerancia», por el cual la sociedad interpreta que «tolerar» significa no entrometerse de ninguna forma en las acciones ajenas y seguir nuestro camino con absoluta indiferencia.

Dado que, según el pensamiento de estos sujetos, las acciones deben respetarse mientras no afectan a nuestras personas, esto desemboca en la consideración de que toda opinión (un tipo de acción) debe respetarse en sí misma aunque carezca del más mínimo fundamento.

De esta forma, se eleva la opinión personal al grado de argumento por el simple hecho de estar respaldado en la libertad de expresión. Debe entenderse que uno es libre de expresar lo que quiera. Lo que se condena en este artículo es la creencia de la libertad personal o de opinión implique llevar razón o la justificación de las acciones emprendidas.

A diario, los activistas oímos expresiones de la talla de «nadie tiene la verdad absoluta» (y otras análogas) cuando criticamos acciones bienestaristas o discutimos acerca de las medidas tomadas por ciertas organizaciones. Quienes sueltan estos alegatos justifican una suerte de relativismo moral que, además de no demostrar su principio (petitio principii), se contradice a sí mismo. Si nadie tiene razón, entonces ellos también se equivocan al enunciar dicha frase.

Este tipo de expresiones comunes y aparentemente conciliadoras esconden una confusión categorial entre la persona y el argumento. Realmente nadie tiene la verdad absoluta; pues la verdad no se halla en los individuos (falacia ad verecumdiam); sino en los argumentos y pruebas aportados para sostener dicha razón.

Por tanto, una intervención que contenga tal enunciado no es más que una fórmula social bien vista para afirmar que los argumentos propios merecen respeto por proceder de uno mismo y que los no-propios carecen de interés.

¡Derechos Animales ya! - Ejemplo de incapacidad crítica

Esta diapositiva respecto a debates orientados para niños es un ejemplo de cómo el sistema fomenta el alegato nihilista, la indiferencia y la incapacidad crítica. Según parece, no importa pensar; con hacer el paripé de que todos estamos de acuerdo con todo, ya somos ciudadanos responsables…

El alegato nihilista y el argumento de que nadie tiene la verdad absoluta

Curiosamente, el alegato nihilista suele venir acompañado de menciones ad hominem con las cuales pretenden ningunear razones contrarias mediante la emisión de juicios de valor sobre las intenciones de éstos, es decir, resulta habitual que acusen a cualquier contrincante de «ego», «moralista» o de que «sólo le importa llevar razón» a la par que invierten todas sus energías en escurrir el bulto.

Como colofón, si quien emite un alegato nihilista está acompañado de amigos o familiares (ya sea en físico o a través de Internet), surge un auténtico concierto de falacias animalistas que, irónicamente, no hace sino plasmar la irracionalidad que los separa de quienes sí tienen la razón porque son capaces de demostrarlo mediante una argumentación apropiada.

Que seamos libres de expresarnos no otorga validez a nuestras palabras ni nos brinda legitimidad para defenderlas. Basarnos en meras intuiciones para negar los argumentos ajenos sin tan siquiera habernos tomado la molestia de analizarlos incurre en una terrible deshonestidad, una deshonestidad intelectual que existe porque jamás se ha desarrollado la honestidad que se requiere para afrontar un debate.

Para recalcarlo una vez más, la libertad de expresión significa que tenemos un derecho fundamental para expresar nuestros juicios, a tenor de que poseemos asimismo un interés inalienable en comunicarnos y relacionarnos en sociedad. Esta facultad, en sentido biológico y legal, nos otorga la oportunidad de transmitir cuanto deseemos; mas no respalda nuestros deseos o prejuicios. Lo mejor que puede hacer alguien ofendido ante la crítica es contraargumentar o aceptar la razón del contrario.

Nadie muere por aceptar que estaba equivocado, todos lo estamos la mayor parte del tiempo. Rectificar es de sabios y afirmarlo se basa en la premisa de que para modificar nuestros pensamientos y conductas se requiere forzosamente realizar un análisis de nuestros argumentos y los del otro.

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Los animales merecen respeto, no necesariamente amor ni compasión

Los animales merecen respeto, no sólo los humanos

Los animales merecen respeto. El respeto va mucho más allá que la compasión.

¿Qué significa respetar a los animales?

Respeto (del latín respectus) significa «miramiento», «atención» o «consideración» hacia algo o alguien. Etimológicamente se refiere a la veneración o el acatamiento que se tiene a alguien. El respeto, en un sentido ético, es el reconocimiento y aceptación moral de que cada individuo posee un valor inherente o intrínseco (en sí mismo), con independencia del valor instrumental que pudiera poseer para terceros. En otras palabras: el respeto moral es el reconocimiento del valor inherente de los individuos.

¿Por qué los animales merecen respeto?

Los defensores de los Derechos Animales argumentamos que cada ser sintiente posee un valor inherente porque, científicamente, todo ser dotado de la capacidad de sentir cuenta con emociones y deseos propios. Cada uno es un individuo único y consciente de sí mismo, al que le importa su propia libertad e integridad. El respeto se refiere exclusivamente al reconocimiento del valor inherente o intrínseco del individuo; no a sus acciones o creencias. Todos actos e ideas son cuestionables y tenemos la obligación, como animales bastante racionales, de ponerlas a la luz de un juicio crítico. A pesar de que lo reiteremos día sí y día también, nunca resulta suficiente.

A veces, erróneamente, se dice que a tal o cual animal (pj: un toro bravo) hay que tenerle «respeto» con el significado manifiesto de mantener la prudencia ante un posible ataque. Tener precaución a la hora de manejar animales o estar cerca de ellos no equivale a respetarlos. Si acaso, lo único que se está respetando ahí es la integridad de uno mismo.

¡Derechos Animales ya! - Por qué respetamos a unos animales pero explotamos a otrosLa compasión hacia los animales no equivale a respetarlos

A menudo, en lugar de promover el respeto que merecen los animales, muchos activistas y organizaciones animalistas usan y promueven otros términos vacíos, irrelevantes, sensacionalistas o meramente inútiles. Entre ellos, quizás el más común es el de «maltrato animal». Otro bastante usual es, sin lugar a dudas, la compasión.

Como explica maravillosamente el activista Luis Tovar en este artículo, la compasión hace referencia simplemente al hecho de sentir pena o tristeza a causa de lo que a otros les ocurre cuando padecen algún sufrimiento. Se trata de una emoción. Aunque no seamos conscientes, queremos que ese alguien deje de sufrir porque contemplar su sufrimiento nos hace sufrir a nosotros. Muchísima gente dice encontrarse fatal tras ver vídeos de «crueldad animal» o  de mataderos pero no se imagina realmente en el lugar de las víctimas. Si lo hicieran, tales espectadores tendrían que verse abocados a querer dejar de participar en la explotación animal. Por desgracia, no ocurre así. La mayoría de quienes se consideran «sensibilizados con el sufrimiento animal» adoptan la postura bienestarista, es decir, la creencia irracional de que está bien hacer daño a los animales si causa el justo para obtener un beneficio. Esta perspectiva, mayoritaria hoy en la sociedad general, tiene como referente actual a filósofos como Peter Singer y su utilitarismo aberrante. La compasión es un fenómeno puramente emotivo del que se lucran por activa y por pasiva las grandes organizaciones animalistas. La compasión, en sí misma, no es un razonamiento sino un proceso emocional. Por tanto, debido a su carácter subjetivo —tanto porque nace en el propio sujeto como porque se limita al propio sujeto— no sirve para entender por qué los animales merecen respeto ni tampoco paras defender sus intereses.

La empatía, por el contrario, se define como la capacidad de imaginarnos o de ponernos en el lugar del otro. Aunque se trata de algo imaginado e igualmente subjetivo, la empatía no se limita al propio sujeto. Permite percibir el sufrimiento del individuo sufriente como algo que éste padece con independencia de que nosotros suframos más o menos al conocer su sufrimiento. La empatía es, a fin de cuentas, una forma de imaginación que nos permite comprender las emociones de los demás animales y actuar en consecuencia. Debemos desarrollar la empatía, pero dirigida hacia el reconocimiento de las razones de por qué los animales merecen respeto, no basta con sentir compasión por el sufrimiento que padecen y conformarse con pedir un «bienestar animal» o donarles dinero a las fraudulentas organizaciones animalistas.

¡Derechos Animales ya! - La palabra respeto incluye a los demás animales

La falacia del respeto

Continuando con el«respeto», este sustantivo brilla por su sonoridad y belleza en la lengua española como por su significado tan profundo. Sin embargo, no todos de quienes utilizan este término llegan a comprender su alcance y trasfondo, y llegan a cometer la llamada «falacia del respeto». Esto se evidencia cuando exclaman «Yo respeto tu forma de comer, «respeto tu opinión», «te respeto lo que comas», «respeto tu causa», «respeto que quieras…», etc., dejando siempre a los animales —las víctimas de sus faltas de respeto— fuera de la ecuación.

Muchos humanos se refieren al «respeto» en un único sentido. Un número copioso de gente, a tenor de los ejemplos diarios, parece creer que se trata un concepto «unilateral» para zanjar un debate antes de siquiera empezarlo. Consideran que sólo los humanos merecemos respeto o que éste solamente cuenta cuando puede ser recíproco. El tema de la reciprocidad y el contractualismo (entre otros alegatos habituales) lo han tratado diversos autores contemporáneos.

De este modo, esgrimen el «respeto» como una petición de principio (una falacia dialéctica) con la cual dan por sentado que no tienen ninguna obligación hacia otros animales porque no son humanos o dicen que no tienen por qué respetar los derechos de los animales porque, supuestamente, no cumplen obligaciones en sociedad. La mayor parte de la sociedad presenta una mentalidad bienestarista como consecuencia de un prejuicio de supremacía —el antropocentrismo—, lo cual desemboca en especismo. Resulta fácil encontrar individuos que acepten el deber de tener compasión hacia las víctimas; pero no las respetan. Los demás animales necesitan respeto; no lástima ni ninguno de sus derivados antropocéntricos. Nosotros no estamos concediéndoles o regalándoles nada. El hecho de dejarlos vivir en paz no es un «obsequio» por nuestra parte; sino un deber moral. Faltaría más, vaya.

Asimismo, cabe recordar que su carácter recíproco no implica ningún perjuicio para los humanos. Aunque para mí resulta descabellado, muy frecuentemente aparecen quienes nos acusan de «discriminar» a los humanos por ponernos a la misma altura que el resto de los animales. El respeto no es algo que unos deban perder para otros ganar. Todos podemos, aquí y ahora, aplicarlo a cualquier sujeto. Por tanto, estimo que arremeten con esa estupidez debido a que se sienten ofendidos por haberlos bajado de su pedestal psicológico inculcado desde la niñez. Por fortuna, todos los que hoy somos veganos podemos dar fe de que los prejuicios pueden superarse mediante la razón. En esta misma web figuran varias entrevistas interesantísimas.

Para ser justos debemos respetar a todos los individuos con independencia de su especie. Ello conlleva, obviamente, rechazar su uso como recurso (medio) para un fin. Los prejuicios, las actitudes y las prácticas basadas en la violencia no merecen respeto. Las personas y sus derechos sí merecen respeto. El especismo y la explotación animal no merecen respeto, pues suponen violar los derechos de las personas nohumanas. Si eliminamos el especismo de nuestras mentes, podremos entender que el respeto implica necesariamente no utilizar a los demás animales para nuestros fines. El respeto implica veganismo.

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