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¿Nunca habrá un mundo vegano?

Evolución humana - Mundo veganoUn mundo vegano será aquel que ya no cometa y trate de revertir las injusticias que llevamos milenios infringiendo a los demás animales.

Queda mucho trabajo por hacer para lograr un mundo vegano

El veganismo, hoy por hoy, es un principio ético desconocido para más del 90% de la población humana y despreciado por ese poco porcentaje que lo conoce pero lo rechaza. Por mucho que nos esforcemos a diario en promoverlo como principio básico de los Derechos Animales, los humanos nos demuestran una y otra vez que mayoritariamente se hallan a años luz (distancia, claro) del nivel o escalón cultural necesario para aplicarlo.

Entender que los animales merecen respeto no cuesta, de hecho, hasta los niños bastante pequeños comprenden a la perfección que tengamos el deber de respetar a los demás animales porque ellos sienten y padecen como nosotros. Irónicamente, lo que es un juego de niños, para los adultos supone toda una odisea porque durante su crecimiento y maduración se han visto contaminado de prejuicios sociales y han visto mermada su empatía.

Los adultos llegan a ser más inocentes que los niños cuando creen ciegamente que exista un «bienestar animal» o que los animales estén para servirnos. Por tanto, cabe preguntarse: ¿podrá haber un mundo vegano en el futuro?

Nadie puede poner en duda que la tecnología ha progresado en las últimas décadas a una velocidad infinitamente mayor que en los siglos y milenios precedentes. Hoy, nuestra tecnología supera con creces el grado de pensamiento filosófico imprescindible para hacer un uso apropiado de la misma. No pensamos ahora igual que ayer. No se requiere viajar hasta el siglo XIX para comprobarlo; pues muchos se sonrojarían con actitudes comunes de hace apenas medio siglo.

Aun así, nuestra sociedad —la occidental— está saliendo con excesiva lentitud de un estancamiento que se remonta desde la Edad Media. Ahora ha llegado el momento y la ocasión de que la tecnología no sólo nos permite incrementar nuestra calidad de vida, sino la velocidad y entendimiento de la ética más esencial.

¿Habrá un mundo vegano?

Una visión pesimista

En años recientes ha habido un crecimiento exponencial en el número de individuos que se han hecho veganos y activistas comprometidos con la causa. Sin embargo, estos avances se aprecian insuficientes para frenar la barbarie.

A pesar de que salvamos vidas y evitamos que millones de nohumanos nazcan y terminen asesinados, la población humana sigue aumentando a un ritmo vertiginoso que ya causa directamente el exterminio de las restantes especies. Basta echarle un simple vistazo a las estadísticas para dilucidar que, en consecuencia, cada día existe una mayor demanda de explotación animal para suplir las necesidad autoimpuestas de la sociedad.

El consumo de carne y leche lleva décadas creciendo de forma casi exponencial, entretanto, las organizaciones animalistas continúan llenándose los bolsillos y celebrando «victorias» por el hecho de cambiar un animal explotado por otro o que su esclavitud se practique de un modo que en nada cambia su situación ni ayuda promover el respeto que merecen.

El ser humano, por su conveniencia, está empezando a aceptar desde hace algunos años la realidad de las catástrofes ecológicas, del cambio climático y de la extinción de especies. Pero todavía no ha entendido que tales sucesos son la consecuencia lógica y esperable de que nos consideremos superiores a todo lo existente y que veamos el planeta como un mero contenedor de recursos.

La ciencia, por su parte, desempeña una balanza extraña por la que unos investigadores socavan el prejuicio de supremacía humano mientras que otros luchan por aferrarse a éste en nombre del conocimiento objetivo.

El ser humano sigue resistiéndose a asumir la verdad porque le supone una auténtica tribulación anímica reconocer que no somos seres especiales; pues ya sabemos que otros animales presentan rasgos similares o más desarrollados que los nuestros en determinadas áreas.

Cita-de-Nitzschet-El-mundo-es-bello-pero-tiene-un-defecto-llamado-hombreLa llegada o no de un mundo vegano dependerá del esfuerzo intelectual e influencia de los activistas veganos de hoy.

Una visión semioptimista

Una vez expuesta nuestra triste actualidad, nos preguntamos: ¿Es verdad que la sociedad actual esté lejos de cambiar para convertirse en una sociedad vegana? ¿Es coherente basarse en el devenir de los años para concluir qué vaya a ocurrir o cuánto podamos progresar?

He utilizado adrede la ilustración que encabeza esta entrada —la creencia de que la evolución del ser humano fue lineal desde el primate hasta el hombre— para intentar volcar unas reflexiones sobre el funcionamiento real de la evolución biológica y social que necesitamos conocer si queremos alcanzar un mundo vegano.

Suele ser común que todos nosotros percibamos el proceso evolutivo como un fenómeno lineal. Esto sucede debido a que, psicológicamente, resulta bastante más intuitivo asemejar cambios complejos a lo largo del tiempo de una manera parecida a nuestro ciclo de vida, a como nosotros crecemos y nos desarrollamos.

Nos «encanta» buscar un significado finalista a cualquier suceso, quizás porque estamos adaptados para extraer conclusiones y sobrevivir en un ambiente en donde sí existen millones de variables que se relacionan con causa-efecto y otros tantos azarosos que nos desconciertan de sobremanera.

Relacionado con este sesgo cognitivo, junto con intereses antropocéntricos y comerciales, perdura y se extiende el mito jamás aceptado por la ciencia de que los humanos evolucionásemos gracias a la ingesta de carne. La conclusión es que, al igual que la evolución biológica no se dirige necesariamente hacia la complejidad e incluye elementos «aleatorios» —llamemos así a aquéllos no fácilmente calculables o cuantificables—, la evolución cultural no debe interpretarse tampoco como proceso en línea recta.

En filosofía se denomina «historicismo» a la tendencia irracional por la cual creemos que el transcurso del tiempo implica, o debería implicar, un progreso en todos los sentidos (incluido el moral). Sin embargo, el paso del tiempo no conlleva en sí mismo ninguna mejora o camino al perfeccionamiento.

Las ideas son ahistóricas y pueden prevalecer en cualquier época si acontecen las circunstancias que detonan dichos pensamientos. Y éstos logran fijarse en la sociedad si, igualmente, acaecen los eventos que lo posibilitan.

Podemos razonar qué tipo de sociedad futura o subsiguiente será más o menos probable según lo que conocemos. La naturaleza —incluida nuestra conducta— sigue determinados patrones medianamente predecibles. Aún con ello, tan errada es la creencia de que jamás habrá un mundo vegano —para lo cual concluyen cruzarse de brazos o donar a la primera organización estafadora de turno— como considerar que la evolución biológica tenderá a volvernos más inteligentes o a hacer de la naturaleza algo más «maravilloso».

No podemos alterar la evolución biológica (poblaciones) en tanto que, a nivel de individuo, no alcanzamos a controlar todas las variables en juego. El lado positivo está en que cada uno de nosotros es una variable en sí misma que puede marcar la diferencia.

Una visión optimista

El veganismo está en auge y extendiéndose exponencialmente a lo largo y ancho de la población humana. Posiblemente nunca haya habido en la historia un mayor número de humanos que defiendan los Derechos Animales, al igual que nunca antes ha habido tantos humanos que defendieran los propios Derechos Humanos.

Que la sociedad haya avanzado enormemente en términos éticos durante este último siglo, junto con los avances tecnológicos ya mencionados, posibilita que el veganismo continúe creciendo a un ritmo muy superior al de movimientos sociales precedentes: la abolición de la esclavitud negra, la adquisición del voto femenino, el establecimiento de los derechos del menor,  el reconocimiento legal de la homosexualidad, etc. ¿Por qué no habría ahora de pasar lo mismo y lograr un mundo vegano?

Aunque suene meramente personal y anecdótico, en los poco más de cinco años que llevo como activista —en el momento en que escribo esta entrada—, unas doscientas personas humanas me han escrito para saber más sobre veganismo o agradecerme directamente por haber dado el paso. ¡Y espero que esto sea apenas el comienzo!

Si uno se pone a echar cuentas, basta con que cada uno de nosotros logre convencer a una decena de humanos para lograr una transformación radical de la sociedad en muy poco tiempo. Para ello, como suelo insistir, se requiere tener los conceptos claros y adquirir unos hábitos mínimamente adecuados para soportar el estrés, la tensión y el sufrimiento derivado del activismo y de la propia condición de ser vegano en una sociedad especista.

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Los activistas veganos nos enfocamos en los animales no humanos porque son seres con intereses inalienables que debemos respetar por los mismos motivos que establecemos en los Derechos Humanos para nuestra especie. Sin embargo, la situación que padecen tales víctimas no se deben a que sean «animales»; sino sencillamente a que no son humanos. Tanto una hormiga como un jaramago suelen recibir el mismo trato en nuestra sociedad.

A quienes se consideran ecologistas les menciono a menudo que velar por el medio ambiente sin reconocer moralmente a aquellos sujetos que lo integran no llega ni llegará a la raíz del problema; pues con tal utilitarismo seguiremos juzgando nuestras acciones como estrictamente individuales. Casi nadie reconoce a los no-humanos como personas (individuos con un valor intrínseco).

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Frente a este duro ecosistema, son numerosos los grupos que nos atosigan con sus mentalidades utilitarias. Diversas organizaciones hablan de eficacia y reducen la cuestión a un conjunto de cifras que acaban sesgando la realidad hasta hacerla digerible por ciertos individuos con mayor interés en ceder su responsabilidad moral que por hacer algo al respecto. Me refiero, concretamente, al activismo institucionalizado que se lucra en nombre del animalismo.

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El principio de Hanlon

La gente no es tonta ni malvada. Como dicta el principio de Hanlon «nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez». Si un activista incurre en la misantropía está tergiversando psicológicamente por qué el otro participa en la explotación animal. Si no somos capaces de reconocer el origen de una conducta, ¿cómo llegaremos a enmendarla?

La no explotación humana también causó —y causa— una pérdida potencial de ganancias y, a pesar de ello, el mundo occidental rechaza mayoritariamente la discriminación entre seres humanos. Entonces, ¿por qué acaso no vamos a conseguir igualmente una evolución radical del paradigma en el caso de los no-humanos?

Asumir el antropocentrismo como un mal inevitable y no hacer nada al respecto conlleva negar absolutamente las transformaciones ocurridas en el último siglo respecto a nuestra especie. Si la sociedad actúa por estupidez —atendiendo al principio de Hanlon— y no por la maldad, entonces cualquier problema de índole social es potencialmente solventable.

Dado que la lógica detrás es análoga, lo único necesario radica en el tiempo y empeño que dediquemos a defender los intereses inalienables de todos los implicados. No bastan con promover el «bienestar animal», o posicionarse en contra de las jaulas o de los espectáculos especialmente cruentos.

¿Qué debemos sacar en claro? Pues que los humanos sienten desprecio por la vida de los animales a causa del antropocentrismo y que el antropocentrismo, como cualquier otro prejuicio, puede combatirse mediante activismo educativo.

La transformación social será posible si realizamos un activismo en condiciones y hablamos con educación, respeto, tacto y nos esforzamos en comprender por qué la otra persona propugna acciones contrarias a los intereses de terceros con el fin de estimular su empatía.

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