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Entrevista a Aranzazu (ambientalista vegana)

¡Derechos-Animales-ya-Aranzazu-con-un-aranAranzazu, una joven ambientalista vegana y asesora nutricional que dio el paso hacia el veganismo al ponerse en la piel de los demás animales.

Aranzazu, la ambientalista vegana

E: Hola, Aranzazu. Gracias por aceptar mi entrevista. ¿Cómo conociste el veganismo?

A: Descubrí el veganismo en 2014, tras llevar a «dormir» a uno de mis gatos. Fue algo que me abrió los ojos hacia cómo los humanos decidimos y actuamos por los animales. Nos creemos con derecho a decidir lo que hacemos con ellos, sin cuestionarnos acerca de los deseos del animal porque creemos que no existe tal cosa en ellos.

Llevar a «dormir» a Muffin fue muy doloroso e impactante para mí. El veterinario nos dio la opción de salir y esperar fuera a que estuviera hecho, mi pareja salió pero yo me quede allí. Fue lo que me hizo ser consciente de lo que estaba haciendo, aunque lo llamemos «dormir», lo que estamos haciendo es pagar a alguien para que mate al animal en nuestro lugar. Todo este suceso fue lo que me llevo a hacerme preguntas e indagando en internet encontré el veganismo.

¡Derechos Animales ya! - Gato MuffinFotografía inserta en un adorno hecho por Aranzazu en honor a su difunto gato Muffin.

E: ¿Cómo fue tu transición?

A: A día de hoy creo que aun continuo en «transición». Y con «transición» me refiero a que todavía hay mucha información que desconozco. No hablo aquí de la transición alimentaria que muchos llevan a cabo debido a la gran confusión informativa que existe sobre lo que es el veganismo y hace creer a la gente que es una dieta, sino que me refiero a la confusión que va mas allá por culpa de ONGs bienestaristas y la sociedad especista en que vivimos en general.

A pesar de que me considero vegana desde 2014, no fue hasta el año pasado más o menos que supe lo que significa el veganismo: el deber ético de respetar el derecho de los demás animales a no ser considerados recursos y por tanto a no ser explotados. Hasta entonces creía que era un poco de todo; principalmente no comer animales, estar saludable y no hacerles daño en la medida de lo posible…

Aun así, nunca hablo de mi transición porque es algo que no quiero fomentar ni reforzar, prefiero tratar de informar directamente con los conceptos que me hubiese gustado saber desde el primer momento: veganismo abolicionista, ética, Derechos Animales.

E: ¿En qué formas de explotación participabas antes de hacerte vegana?

A: Era una no vegana a la que le gustaban los animales —fui criadora de gatos un tiempo— pero participaba en la explotación animal porque no me había cuestionado ciertas cosas. Estudié salud ambiental y educación ambiental, pero todo desde el especismo. Cuando me hice vegana me decepcioné mucho al darme cuenta de la farsa del cuidado del medio ambiente. Ya que solía ser voluntaria en ONGs ambientalistas de mi pueblo, también he sido monitora ambiental, pero en ninguno de esos momentos conocía a nadie vegano y, claro, nadie que cuestionara el especismo remotamente.

¡Derechos Animales ya! - Pez espinoso (Gasterosteus aculeatus)Éste es el pez espinoso, una especie a la que Aranzazu intentó proteger. Mientras el especismo siga vigente, los animales carecerán de protección legal.

E: ¿Cuáles cosas especistas viste durante tus estudios en nutrición, salud ambiental y educación ambiental?

A: En salud ambiental hay una asignatura que es la de control de plagas. Diría que esa es la asignatura donde el especismo es más evidente. Todas las formas de deshacerse de las «plagas» que nos enseñaban eran básicamente el exterminio.

E: ¿Estuviste en alguna ONG?

A: Las ONGs con las que me he relacionado en mi vida han sido tipo «Ecologistas en acción», donde más que preocuparse por el medio ambiente se preocupaban por temas políticos no relacionados con el medio ambiente. Así que lo acabé dejando. Leía a Greenpeace y firmaba peticiones online. Con la asociación medioambiental de mi pueblo participé en la recogida de firmas a pie de calle para salvar al pez espinoso del río de mi pueblo por ser una especie en peligro de extinción, pero no conseguimos nada…

He sido monitora ambiental, pero era más bien un grupo de voluntarios con diferentes tipos de dificultades a quienes llevábamos de excursión a hacer actividades relacionadas con la jardinería. Hace años que hago donaciones a protectoras de animales y soy voluntaria en el grupo CES de mi pueblo. Todos son especistas. Son como era yo antes.

Es complicado salir de la mentalidad especista cuando ellos mismos refuerzan esas ideas y no permiten cuestionamientos. En el CES he hablado varias veces sobre veganismo, pero no suelo insistir demasiado porque cuando no están de acuerdo te «invitan» a irte. No creo que sea por el veganismo en sí mismo, sino que si no haces las cosas como los «encargados» creen que debe hacerse, ya no eres tan bienvenido, seas especista o no.

¡Derechos Animales ya! - Gato Muffin de Aranzazu - Ambientalista veganaAranzazu, la ambientalista vegana, realiza trabajos manuales muy interesantes para promover el veganismo de forma creativa.

E: ¿Cómo se lo tomó tu familia?

A: A mi familia no le cogió por sorpresa que les dijese que era vegana. Aunque, hasta la fecha, nada de lo que les he explicado ha hecho que decidan dejar de explotar animales. No espero que mis padres cambien, creo que si podrían hacerlo, pero no tengo la misma expectativa sobre ellos como la tengo sobre mi hermana. No entiendo sinceramente que no se haga vegana. Cuando se trata de algunas amistades también espero más de ellos que de desconocidos. Conociéndolos, sabiendo que son personas inteligentes y respetuosas con otras causas no comprendo su ceguera especista cuando les explico el veganismo. Me frustra bastante y esa misma exigencia que tengo sobre ellos la tengo sobre mí misma al no ser capaz de hacerles entender que explotar a los demás animales no es justo.

E: ¿Cómo percibes actualmente el movimiento vegano?

A: Actualmente se me hace más duro el veganismo que en los primeros años de ser vegana. Antes estaba más centrada en mis propios cambios de hábitos que en la calidad de la información que recibía. Era vegana sin saber lo que significa el veganismo. Así que yo también promovía cosas y difundía información errónea pensando que así ayudaba a los animales.

Veo que esto mismo le pasa a la mayoría de la gente y lo malo es cerrarse y no hacer autocrítica. La falta de reflexión no es cosa únicamente de los no veganos. Creo que es importante tener una actitud de humildad con la que cuestionarnos nuestras ideas y formas de activismo y estar como en una especie de mejora continua permanente. Analizarnos, informarnos y educarnos continuamente. Estaría bien también que todos aprendiésemos a debatir y aportar información sin caer en cuestiones personales y también no perder el tiempo en discutir cuando no nos conduce a nada.

Canal de Youtube de Aranzazu, en el cual promueve el veganismo mediante explicaciones didácticas y breves.

E: He visto que difundes el veganismo a través de Youtube y que vendes accesorios relacionados con los animales, háblanos un poco de tu canal y de tu tienda.

Durante mis primeros años de vegana junté mi hobby de diseño y creación de accesorios de bisutería hechos a mano con el veganismo, elaborando pulseras, collares, pendientes y llaveros con pequeños mensajes veganos para que quien quiera pueda hacer y hacerse un bonito regalo con el que compartir y visibilizar el veganismo entre amigos, familia y demás personas de su alrededor.

Mas tarde, cuando empecé a aprender más sobre ética y Derechos Animales creé también un canal de Youtube (Vegan Aranzazu) donde poder hablar sobre educación vegana. También comparto recetas y hablo un poco sobre zero waste (vivir sin generar residuos) y así ayudar a que se sepa lo que el veganismo es realmente e invitar a la reflexión y profundizar en información que verdaderamente les suponga un cambio real a los demás animales.

Actualmente, cualquiera puede encontrar todo lo que hago y comparto (mi canal, mis redes sociales y mi tienda…) en mi pagina web Vegan Aranzazu. La verdad es que me complace muchísimo poder contribuir a la difusión del veganismo de una forma creativa y bonita. Espero con ello poder aportar mi granito de arena y que los derechos de los demás animales sean reconocidos lo antes posible en todo el mundo.

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Entrevista a Manuel Martin Polo (el abuelo vegano)

Manuel Martin Polo junto con su gato de raza esfinge - Abuelo vegano defensor de los animales

Manuel Martin Polo, el «abuelo vegano», es ahora un defensor de los Derechos Animales. En esta fotografía aparece junto con su gato.

Una entrevista a un abuelo vegano

E: Buenas, Manuel. Gracias por aceptar esta entrevista. Su caso es algo excepcional. La mayoría de los veganos somos jóvenes porque, por regla general, no llevamos demasiado tiempo. En cambio, usted se hizo vegano hace 20 años y ya entrado en la madurez. Podría decir que es todo un «abuelo vegano». ¿Le importaría que lo tutease?

M: En absoluto.

E: Cuéntanos un poco sobre ti.

M: Tengo ahora 65 años, me hice vegano con 45. Me crié en Titaguas, un pueblo de Valencia. Soy hijo de ganaderos y creo que mis experiencias desde la niñez pueden ayudar a que la gente conecte con los animales. Desde los 6 a los 12 años, más o menos, me encargaba de abrevar y apacentar a una decena de ovejas. Eran una propiedad comunal y los granjeros nos repartíamos el cuidado de ese rebaño. Tenía que pastorearlas y luego meterlas de nuevo en el establo. Más tarde, mi padre abrió una granja porcina y estuve trabajando con él hasta los 20 años. Entonces me fui al servicio militar y no volví a regresar al pueblo.

E: ¿Por qué decidiste no regresar?

M: Pues por lo que les hacíamos a los animales. Desde pequeño he sentido una fuerte empatía con ellos y las prácticas ganaderas me horrorizaban. Siempre noté en ellos una nobleza inconmensurable, incluso diría que me querían. Si alguno se escapaba o saltaba una valla, iba a buscarlo antes de que se diera cuenta mi padre. Él no era cruel, pero carecía de tacto y a veces se le iba la mano. Yo sufría un verdadero trauma. Era muy triste que aquéllos de nosotros que teníamos la oportunidad de pasar mucho tiempo con los animales y llegábamos a conocerlos bien, éramos los que después les causábamos dolor y muerte con nuestras propias manos.

Lechones echados unos con otros - Castración de animales

Lechones echados unos junto a otros en una granja porcina.

E: ¿Puedes explicarnos qué tenías que hacer y que veías en tu pueblo?

M: Verás. Hacíamos de todo. A los dos meses de nacer, yo sujetaba a los cerditos a media altura para que mi padre los castrara de un tajo con una cuchilla. Todavía recuerdo sus chillidos y la sangre. Entonces, mi padre los tiraba como un bulto y me mandaba a agarrar al siguiente. Teníamos 12 cerdas de vientre que parían todos los años y 150 cerdos de engorde, así que era una práctica muy recurrente. También recuerdo que todos los años veían corredores de animales para regatear y comprarnos cabras y corderos. Lo pasaba muy mal. Cuando cogían a uno, el resto parecía saber lo que pasaría, se resistían y se les caían lágrimas entre balidos. Los capturaban a la fuerza maniatándolos con cuerdas y los subían a un camión. Respecto al pueblo, todo el mundo tenía un cerdo para cebarlo hasta que alcanzase los 120 o 140 kilos. Todos los años se montaba una fiesta alrededor de la matanza. Siete u ocho personas sujetaban al cerdo y una lo degollaba. Aún así, algunos cerdos grandes sacaban tanta fuerza por el horror que conseguían huir media calle mientras se desangraban.

E: ¿Llegaste a decirle a alguien de tu familia lo que te parecían esas acciones?

M: A mí madre le decía que no podía hacerlo porque después me hartaba de llorar. Ella me respondía que era mi trabajo para traer el pan a casa. Yo no era el hermano mayor, pero ejercía como si lo fuera. La mitad de nuestros ingresos venían de la ganadería y la otra mitad de la agricultura. Y, además, en la familia, como en todas, me decían que necesitaba comer carne para crecer y estar sano. Criarlos y matarlos era, por tanto, algo normal y necesario.

Huerta ecológica de Manuel Martin Polo - El abuelo vegano

Huerta ecológica de Manuel Martin Polo.

E: ¿Hacías alguna labor agrícola también?

M: Sí. Yo araba el campo con dos mulas. Eso lo llevaba mejor. Ahora comprendo que es una explotación igualmente, pero no me afectaba tanto porque no las hacía sufrir ni tampoco contábamos con otros medios para hacer las labores más que con nuestros aperos tradicionales de labranza. A las mulas les poníamos alforjas para el transporte de fardos y sacos de forraje. Para la cosecha del trigo, usábamos un carro…

E: Que tiraban las mulas.

M: Que tiraban las mulas, claro. Yo nunca les pegaba ni las trataba mal. Mi padre sí lo hacía en momentos de frustración. Los caminos del pueblo eran pedregosos y si había llovido, el carro se quedaba atrancado por el barro y el lodo. Y las mulas, por mucho que tirasen, pagaban el pato. Pese a todo, la mayoría de mis momentos con ellas fue bueno. Las llevaba a abrevar a mediodía, jugaban conmigo y trotaban con júbilo. Una vez, yendo montado sobre una y llevando a la otra del ramal, perdí el equilibrio y caí de lado. La mula sobre la que iba se detuvo al instante para evitar pisarme, y la de detrás se paró en seco también. Si hubiera avanzado, me habría aplastado con sus cascos. Presenciar eso me marcó de veras, pues me hizo ver la bondad y cómo los animales muestran empatía y entienden mucho más de lo que creemos.

E: ¿Qué pasó cuando regresaste del servicio militar?

M: Me mudé a Valencia capital y estuve una pequeña temporada trabajando en una fábrica de muebles. Para entonces, volvía al pueblo en contadas ocasiones para ayudar a mi padre. Años más tarde monté mi propia empresa de productos naturales que suministraba a herboristerías. Mi relación con el veganismo fue tardía. No tengo todavía muy claro cómo di el paso. Cuando tenía unos 40 años conocí a gente vegetariana en Valencia, hablaba con ellos a menudo y me hice vegetariano. Después, a los 45 años, me hice vegano al contar ya con más información. Jamás pensé en mi salud o en el medio ambiente, sólo me importaban los animales desde mi infancia. Yo viajaba mucho y la verdad es que tenía serias dificultades para encontrar productos veganos y solventar dudas sobre nutrición. Ahora existe internet, antes no era tan fácil y uno podía sentirse realmente solo.

Javi, alias el «Chatarras», rescatando a una oveja para el programa «A cara de perro» - Circo mediático del animalismo

Javi, alias el «Chatarras», haciéndose un ‘selfie’ con una oveja de la «granja de los horrores» de Titaguas para el programa «A cara de perro». A dicho programa bienestarista le dediqué un artículo titulado el circo mediático del animalismo.

E: ¿Haces activismo?

M: Lo intento. Me planteo a diario cómo llegar a la conciencia de la gente sin juzgar a nadie. Sé que la sociedad vive engañada como a mí me engañaron de niño. Es difícil. No tengo una gran habilidad con los dispositivos móviles ni con las redes sociales, pero me las apaño. Trato de explicar los males de la ganadería que ocultan los medios de comunicación y el blanqueo informativo que hacen por dinero, como un caso de hace poco en que hubo una «granja de los horrores». Se trataba de un señor de mi pueblo que cobraba subvenciones por criar ovejas y las tenía hacinadas y muertas entre sus heces. Antes, a las afueras de Valencia, veía campo y montes. Ahora sólo hay macrogranjas, unas 50 granjas para 500 habitantes, y carreteras por las que pasan camiones cargados con balas de paja y heno, y animales metidos dentro para llevarlos al matadero. De chico, veía a lombrices salir de la tierra. Ya no aparece ninguna debido a la contaminación por nitratos causada por los purines de los cerdos. Y los ecologistas sólo mencionan los purines, no a los propios cerdos que están encerrados y que, por ello, se acumulan sus purines. La sociedad humana nunca se ha planteado que esté mal esclavizar a los animales. Lejos de eso, cada vez se crean más campos de concentración para suplir las altas demandas de nuestra sociedad. Comer carne no es justo para ellos. La cantidad de carne que debemos comer es cero porque cero son los animales que deben ser nuestros esclavos. Hablar de «trato humanitario» o condenar el «maltrato animal» perpetúa la esclavitud. Eso sí, reconozco que mi activismo está limitado principalmente por mi escasez de conocimientos. Nunca terminé la escuela porque mi padre me sacó para trabajar el campo. Era lo normal de la época. Ahora, soy un abuelo vegano, me ocupo de cuidar a mi nieto y el tiempo lo tengo ocupado al completo en lecturas de veganismo y salud natural. Doy paseos por la montaña e incluso muchas veces participo en carreras por esta superficie, pues la montaña es una de mis grandes pasiones junto con mi huerto ecológico.

Manuel Martin Polo vestido con la equipación del club deportivo «Unión deportiva vegetariana» - El abuelo vegano

Manuel Martin Polo vestido con la equipación del club deportivo «Unión deportiva vegetariana».

E: Tengo entendido que eres un gran aficionado al atletismo, ¿quieres contarnos algo sobre eso?

M: Claro, me encanta. Por ahí ronda el mito de que un vegano no puede ser deportista y mucho menos de alto rendimiento sin tomar proteínas de origen animal. Por lo que me he documentado y he comprobado yo mismo, es una reverenda estupidez. Corro con un club deportivo que se llama «Unión deportiva vegetariana». Cada uno de los corredores participa en las pruebas populares que desee. A mí me sirve para ir mostrando la enseña del club por donde voy y así desafiar este mito. Además, así puedo conocer a gente vegetariana interesante y hablarle del veganismo. Soy el más mayor en participar. En mi pueblo lo saben y más de una vez he oído comentarios al respecto.

E: ¿Puedes hablarnos de ese gato que vemos en la imagen?

M: Es el único animal que tengo, un gato de raza esfinge al que alimento de forma vegana. Lo llamativo es que por hacerlo recibo un aluvión críticas en internet provenientes de supuestos veganos, a pesar de que los veterinarios aprueban la dieta vegana en perros y gatos. Yo les respondo con que si alguna vez han visto a un gato cazar un atún o una ternera, dos de los animales más presentes en la comida vendida para gatos. Aunque alguien crea ser vegano por no comer animales ni vestirlos, no es vegano si sigue discriminando entre especies y ve a uno como alimento para otros. Es una forma de especismo de preferencias muy arraigada. Hay activistas que engloban esta actitud irracional en lo que denominan «el segundo adoctrinamiento». Por suerte, empieza a haber estudios académicos serios en torno a esta discriminación.

E: ¿Tu mujer e hijos también son veganos?

M: Por desgracia, no. Mi mujer tiene una dieta 100% vegetal pero lo hace por su salud y el medio ambiente. No ha hecho todavía la conexión sobre por qué los animales merecen respeto. Cuando vienen invitados no veganos, como mis hijos, ella les sirve comida especista. Yo no hago excepciones, venga quien venga. Aunque me haya dado el paso al veganismo en una etapa bastante tardía, tengo el propósito de convencer al 80% de mis conocidos. Basta con que los veganos actuales sepamos llevarle el veganismo a un par de decenas de personas para cambiar el mundo. Hay que hacerlo.

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Entrevista a Irene Aparicio Estrada (examazona de salto ecuestre)

Irene Aparicio Estrada junto con un jabalí en un albergue para animales en Escocia - Examazona de salto ecuestre y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada, examazona de salto ecuestre y deportista hípica, junto con un jabalí en un albergue de animales rescatados en Escocia.

De amazona de salto ecuestre a vegana, Irene nos habla de una realidad velada

E: Gracias, Irene, por aceptar mi propuesta de entrevistarte. A menudo se incurre en la falsa creencia de que los veganos somos todos «urbanitas». Y dentro del movimiento animalista se piensa a menudo que los explotadores taurinos, cazadores o ecuestres sean malas personas sin corazón. Habría que acabar con ese mito.

I: Totalmente de acuerdo, yo de urbanita tengo poco.

E: Cuéntanos un poco sobre ti.

I:  Yo vivo en Asturias, tierra de ganadería. Por lo general, en el norte la cultura de la carne está más arraigada. Quizás se halle relacionado con las condiciones climáticas, pero en Asturias es muy corriente ir a un restaurante y que no haya ni un solo plato que no contenga productos de origen animal. Por otro lado, se dice que Asturias es rural, lo que parece que lleva consigo la explotación animal por bandera. Cuanto más rural se considera un sitio, menos lugar hay para la reflexión. Quizás porque en nuestras costumbres norteñas está más arraigado el consumo de carne. Ésa es mi sensación.

E: ¿Tus padres se dedican a la ganadería?

I: No. Mis padres no son ganaderos, pero tienen una casa en el monte, en el pueblo de Villaviciosa, desde que nací. Mi padre tiene algunos animales para consumo propio. No nací en un ambiente ganadero, pero prácticamente todo asturiano es como si lo fuera. Él ha tenido desde cabras, ovejas, gallinas y palomas hasta avestruces, caballos, patos, ocas, y siempre los ha tenido por capricho y, por supuesto, los ha visto como un recurso. Esto te lo digo así ahora, porque para mí, mi padre era un verdadero amante de los animales, para mí eso era querer a los animales. Actualmente tiene siete u ocho gallinas para alimentarse de sus huevos y un par de gallos.

Irene Aparicio Estrada junto con su caballo Tango en el año 2013.

Irene Aparicio Estrada junto con su caballo Tango en el año 2013.

E: ¿Cómo te convertiste en amazona de salto ecuestre?

I: El tema de la hípica surgió porque, cuando yo tenía 3 años, mi padre compró nuestra primera yegua. Venía de una escuela hípica. Al parecer, la habían domado antes de la edad recomendada. Eso le había causado un problema de espalda. Parecía que la tenía combada o algo así. A mi padre le dijeron que seguramente sufría dolencias que se le pasarían. Tenía muchas esterotipias, sobre todo cuando le echaban de comer. Se ponía agresiva a la hora de la comida porque siempre había tenido que pelear por comer al estar junto a caballos más dominantes que ella. Era como una especie de trauma que tenía. Al echarle heno se volvía loca y no dejaba que otros caballos se acercaran por si se lo quitaban. Él me enseñó a montar en mi casa y con esta misma yegua llegué a competir 10 años más tarde. Sobrevino porque mi padre tenía un amigo, cuyo hijo montaba y competía, por lo que me apuntó a clases de hípica con unos 12 o 13 años. Para entonces, él quería apuntarme a clases extraescolares para que fuese una buena estudiante y no me dejara llevar por la «mala vida». De hecho, también estuve en kárate y en gimnasia rítmica. En la familia nos iba bien y llegamos a tener incluso 6 caballos. De ahí en adelante seguí y llegué hasta a competir a nivel nacional, por lo que te puedes imaginar la de cosas que podría contar.

E: ¿Cuáles fueron tus experiencias cuando comenzaste en la hípica?

I: Ya desde pequeña, mi padre había enseñado bastante bien a montar mientras íbamos de rutas con amigos. Así que, cuando empecé en la hípica, hubo cosas que me impresionaron y otras que, por la edad y el contexto, me hicieron ver como normales. Muchos caballos del centro en el que me entrené, y lo mismo cabe decir de otros centros, sufrían un vicio conocido como «tragar aire», entre otras esterotipias y resabios. Lo peor era que los instructores no hacían ni lo más mínimo por ayudarlos. Lo percibían como algo completamente natural. Sabían explicarme por qué sucedía, pero no se le prestaba mucha atención al problema.

Irene Aparicio Estrada durante la competición de la Liga Norte del año 2010 con su yegua Nika For Ever - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante la competición de la Liga Norte de salto ecuestre del año 2010 con su yegua Nika For Ever.

E: ¿Te enseñaban que la hípica era un «binomio», algo mutuo?

I: Sí, pero la hípica no es algo mutuo. Sólo importa que obedezcan. Para someterlos se hacían un montón de cosas que aborrecía. En primer lugar, si el caballo se resistía a ser montado durante la doma, lo normal es darle cuerda hasta «matarlo de cansancio». Así, un día y otro, hasta que pudiéramos subirnos al caballo sin que hiciese por tirarnos. Más tarde, cuando llegaba la hora de entrenarlos para el salto ecuestre, una «técnica» de entrenamiento consistía en meterse en las cuadras y permanecer un rato pegándoles en las patas para que asociaran los golpes con los palos y así siempre los evitasen. Y, cuando llegaba la hora de competir, otra «técnica» usada incluso en alta competición consistía en meterles chinchetas dentro de los protectores de las patas para que se las clavasen si rozaban un palo. De esta manera, el caballo asociaba que no debía nunca rozar uno de los palos que forman las barreras de salto. Ni siquiera llegaban a considerar que aquellas prácticas fuesen «maltrato». Cualquier daño que causáramos en nuestro beneficio era excusable. He estado en dos centros hípicos, uno en Gijón y otro en Oviedo, y esto lo he vivido en persona.

E: ¿Cómo afrontabas estas acciones que veías y te enseñaban a realizar?

I: Llegué a enfadarme con mi profesor cuando lo vi pegándole a mi yegua a mis espaldas. Su excusa, y la de todos, fue que así es como se les enseña y que así se doma a todos los caballos. «¿Qué crees que hacen los equitadores?», me preguntaba retóricamente. Si quería ganar, tenía que hacerlo y punto. Mi profesor recurría a eso en ciertas ocasiones, sobre todo cuando la competición era importante. El bienestar animal no existe ni en la hípica ni en ninguna forma de explotación animal. Es un cuento para tranquilizar conciencias. Los caballos son objetos. Y digo que son objetos porque se los trataba (y trata) como objetos en todos los sentidos. Por ejemplo, mi yegua se encontraba en régimen de pupilaje y se alojaba en el centro hípico. Yo iba a entrenar cuatro días a la semana, más por sacarla de la cuadra que por necesidad mía. Si, por el contrario, un dueño se desentendía de su caballo, éste se quedaba todo el tiempo en la cuadra. Y lo peor no era eso. Como los caballos son legalmente propiedades, si un propietario deja de pagar la cuota de pupilaje, el caballo es embargado. Y mientras dura el proceso de embargo, que puede ir desde dos meses hasta lo que quiera el tribunal, el centro no puede ni tocarlo siquiera. Normalmente, el centro sigue alimentándolo y abrevándolo, pero imagínate el sufrimiento y las enfermedades que se les provoca.

E: ¿Viste que explotaran yeguas embarazadas o algo respecto a la crianza de caballos?

I: Pues mira, casos de yeguas embarazadas obligadas a competir o entrenar no vi nada, o no lo recuerdo. Pero respecto a las compraventas, aquellos caballos que pasaban de mano en mano acababan usados por niños recién iniciados en la equitación o como caballos para terapias («hipoterapia»), sobre todo, si eran bastante mayores, tenían un carácter noble y tranquilo, y no eran muy altos. Vamos, ni jubilarse tienen permitido. Luego están las famosas paradas, donde propietarios con caballos, famosos por sus resultados en las pruebas o por sus «genes», los llevaban a tal sitio y venían todos los clientes con sus yeguas para que el semental o los sementales de turno las cubriesen. Muchas veces era el propio ejército el que hacía esas paradas con sus sementales. En la hípica, los caballos son mercancías.

Irene Aparicio Estrada durante entrenamientos de salto ecuestre - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre.

E: Aún así seguiste…

I: Te inculcan que todo esto es normal y que, después de todo, «amábamos a los animales» por tratar con ellos, a diferencia de mucha gente que no ve de cerca a un caballo en su vida. Darles de comer por nuestra conveniencia, entrenarlos por nuestra conveniencia y por forzarlos por nuestra conveniencia era una forma de «amor». Al principio me parecía como un juego y cuando me forzaban a hacer ciertos ejercicios, creía que yo misma era una cobarde o una exagerada por preocuparme por el animal. Saltar 0,5 m no es casi nada, pero cuando subí de categoría a 1,1 y 1,2 m, empecé a sentirlo como algo abusivo. Recuerdo que, una vez entrenando, mi profesor se calentó y elevó el salto a 1,3 m, una altura que suponía un gran desgaste para el caballo y que a mí me ponía en riesgo. Sinceramente no sé cómo llegué hasta ahí, porque recuerdo que cuando la hípica se convirtió en un deporte para mí, no me sentía a gusto. A medida que mi nivel de competición iba subiendo, me iba asustando más, sentía de alguna manera que eso me quedaba muy grande y me daba mucho apuro que el caballo hiciera esos esfuerzos. Como te digo, yo pensaba que lo que me pasaba es que no era lo suficientemente valiente, porque todo el mundo lo hacía y yo era la única que tenía miedo, sentía que estaba sometiendo a un animal a algo que realmente no quería hacer, ni él, ni yo. Para prepararme mentalmente, iba con mi padre a ver las competiciones de salto de Las Mestas. Lo pasaba fatal, de veras, al ver que les ponían una burrada de altura para saltar. Dejó incluso de gustarme a ir.

E: E incluso para no gustarte eras buena en salto ecuestre, ¿verdad?

I: En el año 2007 gané el campeonato de Asturias en la categoría ponis D y al año siguiente gané la medalla de bronce a nivel regional. Competí en la Liga Norte y quedé en quinta posición en la clasificación general. Entretanto, gané varias competiciones locales y participé en la liga nacional de España. Entonces, me retiré de un día para otro con 20 años.Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre.

E: ¿Qué pasó?

I: Sufrí una caída bastante grave. Mis padres se asustaron y me dijeron, literalmente, que no compensaba exponerme a las exigencias del deporte profesional ni tampoco económicamente. Para entonces ya montaba a otra yegua. Y ésta quedó, igualmente, en segundo plano. Respecto a mi primera yegua, mis padres se la «donaron» a un señor que la cuidaría. Ya no tengo contacto con ella, pero sé dónde está y que, al menos, está bien.

E: ¿Y cómo te hiciste vegana?

I: Me habría gustado decir que dejé la hípica por hacerme vegana, pero, como oyes, no fue así. Como ves, el animal siempre dio igual. Me hice vegana hace un año aproximadamente. Mi relación con el veganismo vino porque conocí a un amigo que era vegetariano, y a raíz de hablar con él, me di cuenta de que, si yo siempre había querido a mis animales, ¿cómo podía estar comiéndomelos al mismo tiempo? Entonces di el paso y me hice vegetariana. Luego, a medida que fui concienciándome e informándome, además de ver documentales estremecedores como Earthlings o Hope, di el paso definitivo hacia el veganismo en un mes. Ahora estoy muy contenta de poner mi grano de arena como activista al desarrollar un proyecto fotográfico para reivindicar los Derechos Animales.

E: ¡Vaya! Eso sí que es tener iniciativa. Háblanos de ese proyecto.

I: Se trata de un proyecto fotoperiodístico que he gestado en Escocia, donde trato de mostrar la realidad de muchos individuos no-humanos invisibilizados. Tengo fotografías que visibilizan la explotación animal en todas sus formas y otras para luchar contra el especismo. Mi idea es llevar el proyecto a institutos, exposiciones e impartir charlas al respecto. También voy a cubrir historias de humanos que, a diferencia de mí, tienen una relación especial con un animal diferente de los que solemos ver con un humano. Por ejemplo, está la historia de una chica y una oveja que son inseparables para que la gente vea que podemos romper esa barrera especista y respetar a todos los animales por igual, no solo a los perros y gatos… o a caballos, aquellas pocas veces en que la sociedad se acuerda de ellos.

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Estas fotografías pertenecen al proyecto fotoperiodístico de Irene Aparicio Estrada (Irene Ziel). Se muestran en esta publicación con permiso de la autora. Para información y contacto, visite la página del proyecto.

E: Desde luego, todos nos sorprendemos cuando echamos la mirada hacia atrás. ¿Cómo se lo tomaron tu familia y amigos?

I: Mis padres llevan bien lo de mi alimentación, pero les molesta que les diga que dejen de explotar a los animales y que no compren más. Mi hermana me critica que yo ahora condene aquello que yo misma he estado haciendo durante años. Yo le respondo que todos cambiamos y que los animales necesitan que empecemos a verlos como personas en lugar de como simples objetos. Mis amigos, por su parte, lo «flipan» como mi familia, pero no me he sentido rechazada por ellos. A una chica que conozco, muy sentimental y expresiva, traté de explicarle esto mismo, pero no quiere entenderlo. La sociedad muestra una gran aversión al cambio. Sienten mucho miedo interior.

E: Nadie podría negar que eres muy valiente al contar tus experiencias. Y, además, lo haces con tu nombre y apellidos.

I: Digo sin pudor que ya no volvería a montar a caballo. Y hoy no tendría tampoco ningún reparo en enfrentar la realidad ni de tratar de dialogar con quienes participan en la explotación ecuestre o me enseñaron esas terribles prácticas. Creo que hay mucha gente sensible como yo, pero que simplemente no han hecho la conexión porque les da miedo enjuiciar sus actos. Los animales necesitan que seamos valientes. Y la valentía no está en saltar dos metros a lomos de un caballo, sino en asumir nuestros errores y luchar por enmendarlos. La perseverancia es lo último que espero perder.

Referencias

Ocio caballo

El Comercio

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