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La inteligencia animal, Lloyd Morgan y el negacionismo científico


Lloyd Morgan - Inteligencia animal - Negacionismo científicoEl negacionismo científico respecto a la inteligencia animal sigue tomando su base en el Canon de Lloyd Morgan.

El Canon de Lloyd Morgan

La inteligencia animal es un asunto que nos fascina. Aunque, a menudo, no para bien. Las ciencias aplicadas hacia los animales se centran en estudiar aquello que quizás podamos explotar de ellos. Esta breve entrada pretende señalar algunas nociones básicas sobre el estudio de la inteligencia animal y ejercer una condena sobre los sesgos antropocéntricos. Para profundizar, recomiendo visitar los respectivos enlaces.

Los estudios de etología, salvo honrosas excepciones que busquen desentrañar un misterio al estilo naturalista decimonónico, sólo analizan el comportamiento animal en la medida en que sirva para satisfacer intereses humanos. Y, por supuesto, si de rebote se llega a la conclusión de que tal o cual especie muestra ciertas habilidades complejas o incluso superiores a las humanas en algunos ámbitos, se tratará de reducir su mérito apelando a la ley de la parsimonia o parquedad, a menudo llamada también «Canon de Lloyd Morgan»:

«En psicología animal es absolutamente preciso no interpretar en ningún caso una acción como si fuese el resultado del ejercicio de una facultad mental elevada, siempre que pueda ser considerada como la consecuencia del funcionamiento de una facultad situada más abajo en la escala psicológica».

Lo paradójico del asunto es que, incluso hoy, el Canon de Lloyd Morgan se presenta como un razonamiento que busca combatir el antropomorfismo, aun cuando dicha premisa, en nuestro contexto actual, funciona como base de un razonamiento antropocéntrico.

Chimpancé rascándose la cabeza - Inteligencia animal

Los científicos y la sociedad general empieza a aceptar al idea de que ciertos animales sean muy inteligentes y considera que deberían tener derechos por ello. Sin embargo, la mayoría de los animales continúan infravalorados por una razón de parentesco y la sociedad todavía no ha comprendido que el nivel de inteligencia no constituye un criterio para determinar el respeto que merecen los animales en sí mismos.

La inteligencia animal se desdeña

Los humanos somos infinitamente más condescendientes cuando nos autoestudiamos que cuando estudiamos la inteligencia animal. Y así ocurre a pesar de que, en la actualidad, conocemos con bastante profundidad que las diferencias cognitivas entre los humanos y otros animales no son tan abismales como siempre se ha estimado. En pleno siglo XXI, podría alcanzarse el súmmum de que si un elefante encerrado en un zoológico aprendiera a tocar el piano, algún etólogo diría que se trata de una «respuesta compleja mediada por un condicionamiento operante por el cual el animal quiere captar la atención de los humanos para que les echen cacahuetes».

Resulta incoherente que se efectúen tantos y tantos estudios cuando la hipótesis nula ya está sesgada y se buscará racionalizar cualquier resultado fuera de las premisas. Esto es lo que llamamos negacionismo científico. Si se estudiara a un ser humano con algún déficit cognitivo, ningún investigador tendría el valor de aducir, en un contexto dado, que un cetáceo o chimpancé fuese más inteligente ni cuestionaría el hecho de que el humano con dicho déficit poseyera derechos morales. Sin embargo, al margen de su inteligencia, les negamos sus derechos legales a todos los animales por la sencilla premisa de que no son humanos ni ningún estudio los hará cambiar de filogenia.

Y no hablamos únicamente de elefantes, chimpancés, cetáceos y otros animales de demostrado intelecto; sino de todos los animales en conjunto. A todos se los infravalora como consecuencia de la cosificación.

Cuervo visto de perfil - Cognición animal - Negacionismo científico

Los cuervos, entre otras aves, son unos animales muy inteligentes. A pesar del negacionismo científico, gracias a animales como éstos se ha desechado mitos sobre el cerebro tripartito y la creencia de que la cognición se encontrase en el neocórtex de los mamíferos. Asimismo, hay estudios en aves y otros animales que desmontan la creencia de que la inteligencia sea proporcional al tamaño del cerebro. Existe una correlación, no absoluta, respecto al índice o cociente de encefalización.

Cuando el prejuicio construye la ciencia

La inteligencia animal y sus particularidades nos asustan porque derruyen nuestras asunciones de superioridad. Conceptos como empatía se emplean también como arma del supremacismo humano. Este artículo de Oxford, del año 2012, afirma gratuita y contundemente que no había ninguna evidencia de que ningún animal aparte de los humanos mostrasen empatía. Madre mía. Estos investigadores no debieron ver un perro en su vida ni a 200 metros. Lo llamativo del asunto es que, apenas un mes antes de la publicación de dicho artículo, una cumbre de neurocientíficos, en la Universidad de Cambridge, avaló la existencia de la conciencia animal. ¿Será que el autor o autores no pudieron asistir? ¿No estaban actualizado? ¿O directamente son negacionistas científicos?

Cuando en ciencia se habla de la extraordinaria inteligencia humana, lo que estamos haciendo es utilizarlo como argumento para justificar nuestro prejuicio supremacista. Esgrimimos la inteligencia cual bandera identitaria. Debido a nuestro especismo nos importa realmente un bledo de cuánto sean capaces otros animales o cuál sea su nivel cognitivo, simplemente los discriminamos, desdeñamos y los consideremos inferiores porque no son humanos.

Mientras la ciencia sea especista, no podremos hablar de que sea enteramente objetiva a la hora de estudiar a los animales no humanos y la inteligencia animal. Para que alcancemos el progreso científico se precisa una ciencia ejercida por científicos que desechen sus prejuicios contra los no-humanos. El negacionismo científico sigue siendo un lastre en la actualidad. Por ello, el activismo vegano no solamente actúa para devolverles la justicia fundamental a los animales, sino que, además, contribuye al avance de la ciencia mediante la eliminación de prejuicios.

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El especismo en la ciencia y en las publicaciones académicas

Fragmento especista de Eye of the Crocodile - Publicación académicaEjemplo de especismo en la ciencia o, mejor dicho, en la comunidad científica. El texto corresponde a un fragmento de la parte final del libro «Eye of the Crocodile», el cual trata sobre las relaciones entre «humanos y animales».

Un mero ejemplo del especismo en la ciencia

Cada dos por tres consulto bibliografía con fines académicos y para averiguar qué nuevo se conoce sobre los animales para defender sus derechos. Conviene aprovecharlo para enseñar un ejemplo de cómo los prejuicios especistas todavía campan a sus anchas en la ciencia, y usarlo a su vez para exponer una serie de consideraciones genéricas sobre los argumentos vertidos en las investigaciones del campo de las relaciones humano-animal. Nótese, de antemano, que esta dicotomía inicial centra el asunto en nosotros y reduce todas las especies animales como si no hubiera diferencias entre ellas.

Este campo se conoce a menudo con su nombre en inglés animal studies. En la ciencia, el especismo —como consecuencia del antropocentrismo— todavía campa a sus anchas. Éste puede plasmarse de muchas maneras. Una de las manifestaciones más comunes en nuestros días, ante el germen del debate académico en torno a la figura moral de los animales, es incurrir en peticiones de principio o argumentos que no se derivan de las premisas para justificar la explotación animal.

En documentos variopintos (revistas, artículos, libros de divulgación, etc.) suele acontecer un fenómeno llamativo: el investigador de turno plasma unos razonamientos que no se desligan de las premisas, deforma los argumentos sobre un fenómeno y se lanza a emitir peticiones de principio.

La ciencia debería limitarse a estudiar a los animales sin vulnerar sus intereses inalienables. No son objetos ni elementos del paisaje; son sujetos.

El especismo en la ciencia se reviste de argumentación racional

En este artículo citado, nos encontramos con que la autora se inventa los principios de la termodinámica ecológica para afirmar que, como la práctica del veganismo no tiene por qué ser necesariamente más ecológica en todos los casos —aunque lo sea teóricamente y el especismo nos haya llevado a exterminar a millones de animales sobre la Tierra—, y los humanos también pertenecemos a la red trófica, entonces, dice que no está mal comer animales.

La falacia naturalista

Por supuesto, no hace mención alguna sobre la innecesidad de comer animales ni sobre el hecho contradictorio de que por qué asesinar a un animal no-humano y no asesinar a humanos cuando ambos desean vivir. El estudio promueve el consumo de carne al señalar que los animales también discriminan de manera grupal, así pues, siguiendo su razonamiento basado en la falacia naturalista, entonces estaría bien ser racistas y esclavizar humanos. Observamos el especismo científico en todo su esplendor.

El ensayo de marras tiene parrafadas enteras a cuales más estúpidas que las anteriores. No está refutando estudios científicos ni argumentos éticos; sino su propia invención o interpretación sobre los mismos. Se saca de la manga que los veganos «negamos la cadena alimentaria» y arroja falacias ad naturalis en lugar de entender que la naturaleza no sirve como argumento para legitimar nuestros actos. Al igual que en la naturaleza un animal es comida para otro, también una hembra puede ser sólo un agujero de cópula para el macho de turno y no por ello a nadie se le ocurriría justificar las violaciones entre humanos. Las leyes se inventaron porque la naturaleza no era, precisamente, un arquetipo de ética ni justicia.

El texto es un compendio típico —y sangrante por estar en una editorial prestigiosa— de falacias típicas para justificar el bienestarismo. Básicamente dice que es «natural» explotar a los animales porque los animales se explotan entre ellos y que sólo debemos cuestionar el trato que les damos. Del carácter natural de la acción no se desprende que debamos evitar sufrimiento alguno y precisamente es ahí donde se nota el dogma bienestarista y una cosificación flagrante; pues si uno argumenta ad naturalis debiera justificar todas las acciones que acontecen en la naturaleza —incluso la más perversa de las violencias— en lugar de reducirla al caso de la explotación cárnica y decir que «basta con darles una buena vida».

La falacia del falso mutualismo

Esto incurre en un alegato de un falso mutualismo. Pues no puede haber mutualismo cuando una especie rige la alimentación y reproducción de otra. Comete, por tanto, la petición de principio de que basta con un buen trato y de que un buen trato sea equivalente a «respeto». No puede haber respeto cuando nuestras acciones vulneran los intereses inalienables de un sujeto. Podríamos cambiar la palabra «animal» por «mujer» y estos investigadores notarían su profundo especismo.

El colofón posmoderno del especismo científico, hijo del típico relativismo moral que pulula en nuestros días, viene al afirmar que los veganos somos elitistas y etnocéntricos al no considerar que otros no pueden ser veganos por su cultura o subsistencia. Algo así como si a alguien se le ocurriera justificar la ablación o lapidación femenina alegando que es normal en determinados países, que es parte de su cultura milenaria o que estaría bien que ciertas culturas comieran humanos si les faltasen recursos económicos. Esta falacia ad misericordiam es, por desgracia, bastante común cuando se busca justificar la explotación animal cometida por colectivos minoritarios u oprimidos.

La falacia de la falsa dicotomía

Llegados a este punto, y pesar de estas falacias tan patentes, la autora se atreve a proponer cuál debería ser el enfoque vegano para con los animales; uno bienestarista, reducetariano y complaciente con la esclavitud animal.

En el párrafo citado, la autora acusa al veganismo de caer en una falsa dicotomía postulando que no todo uso de los animales es malo. Yo matizaría que todo uso no es malo cuando no equivale a explotación (el significado que parece darle). Por ejemplo, pedirle a un perro que se acerque puede ser un «uso» de ese sujeto; pero no conlleva la vulneración de su vida, libertad o integridad.

Toda explotación, en cambio, es injusta en sí misma porque implica usar a un sujeto como medio para un fin ajeno. Es muy cómodo (e hipócrita) asumir que un humano forma parte de la «cadena alimentaria» (usa alternativamente el concepto antiguo con el más reciente de «red trófica») para justificar una forma de explotación sistemática mientras acusa a quienes no la cometen de ser elitistas por rechazarla. Menudo cinismo.

Pinturas rupestres - Especismo en la ciencia - Animales cazadosNuestra percepción hacia los animales no ha cambiado desde el Paleolítico y ello se evidencia en el especismo todavía presente en la ciencia porque la comunidad científica es tan especista como la propia sociedad general. Negamos la inteligencia animal, nos creemos dueños de sus vidas y estamos exterminándolos.

La ciencia no podrá avanzar si no nos despojamos de prejuicios

En fin… Busco señalar que existen muchos «investigadores» que se dedican a intentar tapar con citas continuas unos argumentos que no se sostienen y que necesitan fabular sobre la ciencia y las posturas éticas para procurar racionalizar sus prejuicios.

La omnipresencia del especismo en la ciencia me motiva por un lado a seguir profundizando en el campo de la investigación, y me desalienta por otro al ver un panorama de mediocridad revestido de profundidad filosófica. La mayor parte de los académicos que hoy se dedican a los animal studies no suelen contar con una enorme formación de ciencia (al provenir en su mayoría del terreno la filosofía u otras letras) ni a menudo conocen a figuras eminentes en los Derechos Animales como el difunto Tom Regan o el prestigioso Gary L. Francione.

Artículo referenciado

Plumwood, Val. Eye of the Crocodile, edited by Lorraine Shannon, ANU Press, 2012. ProQuest Ebook Central.
https://ebookcentral.proquest.com/lib/uses/detail.action?docID=4595550.

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¡Derechos Animales ya! - Laboratorio de investigación

El antropocentrismo en la ciencia, ¿un mal inevitable?

¡Derechos Animales ya! - Laboratorio de investigación

La ciencia es objetiva; pero los humanos no lo somos. El antropocentrismo en la ciencia se vuelve patente con casi cada artículo académico o divulgativo que cae en nuestras manos.

Los científicos todavía están cargados de mitos antropocéntricos

Las publicaciones académicas están atestadas de antropocentrismo. En noviembre de 2018, la revista «Investigación y ciencia», traducción para el habla hispana de Scientific American, publicaba una monografía especial titulada «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?» referida a aquellas características que supuestamente nos convierten en seres únicos.

En una revista de divulgación científica se esperaría, ante todo, un tono objetivo y la exposición de datos y evidencias. Lejos de ello, esta gran sección dedicada a nuestra especie es una especie de manifiesto que parte desde unas investigaciones para justificar una serie de inferencias, epítetos y adjetivos, cuando menos, subjetivos.

El texto comienza con la advertencia previa de que los científicos muestran reticencias a la hora de apoyar abiertamente el antropocentrismo para así adelantarse y contrarrestar posibles críticas ante una evidente petición de principio. Ésta la comete al afirmar, ya desde el titular, que somos una especie extraordinaria, tomando datos o hechos como nuestra extensión geográfica o gran capacidad de comunicación (desarrollo del lenguaje).

Es indiscutible que los humanos poseemos unas facultades muy desarrolladas y que muchas de nuestras circunstancias son realmente únicas; no por su clase, sino por su grado alcanzado. Sin embargo, el quid de la cuestión viene cuando, por asociación conceptual, asume que el ser humano es extraordinario por el cúmulo de diferencias frente a otros animales —sin considerar que cada especie animal es igualmente desemejante tanto hacia nosotros como hacia otros— para justificar el uso del término «extraordinario» con la no ingenua intención de aprovechar las connotaciones positivas que abrazan dicho concepto.

Revista investigación y ciencia - Número monográfico que representa el especismo en la ciencia - Antropocentrismo en la ciencia

 La monografía titulada «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?», publicada por la revista «Investigación y ciencia», es un ejemplo relevador del antropocentrismo en la ciencia.

Cuando la subjetividad se esconde bajo la etiqueta de objetividad

Si bien el texto persigue supuestamente la objetividad científica —como lo hace la propia ciencia a quien representa—, incurre en un claro componente emocional y evidencia un sustrato prejuicioso cuando se vale de datos y hechos científicos determinados, sobre las diferencias entre humanos y otros animales, para justificar la emisión de juicios de valor sobre los resultados cosechados.

No es lo mismo argumentar que los humanos somos una especie muy peculiar a afirmar que, debido a ello, seamos entonces una especie «maravillosa» y con legitimidad para hacer cuanto queremos con la naturaleza y los animales que comparten el planeta con nosotros.

Y menos aún vale cuando los criterios considerados parecen sesgados; pues ya en las primeras líneas de la monografía «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?» podemos leer una importancia arrogada a la distribución geográfica (entonces las palomas o los delfines estarían a nuestra altura), la cuantía poblacional (entonces los animales domesticados estarían a nuestra altura) o nuestra capacidad de alterar el medio (como si destruir los ecosistemas o causar el cambio climático se trocara en algo virtuoso porque permite evidenciar las elevadas posibilidades humanas).

El artículo, según avanza, se observa que éste no trata tanto de analizar qué nos diferencia; sino cómo tales diferencias permitirían inferir conclusiones morales y justificar la superioridad humana frente al resto de las especies. Y, en resumen, todo el contenido de dicha monografía se limita a autoensalzarnos.

¡Derechos Animales ya! - Revistas de historia de la IndiaSon innumerables las publicaciones de toda índole que glorifican y veneran la supremacía humana frente al resto de las especies.

El antropocentrismo en la ciencia se debe a que somos esclavos de los prejuicios

Desde la Antigüedad hasta nuestros días ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Nos arrogamos características únicas mientras parecemos olvidar que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, son caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural.

Pareciera que los humanos tenemos una obsesión instintiva con diferenciarnos del resto para así darle sentido a nuestra existencia, como si nuestro valor como individuo o civilización residiera en cuánto somos capaces de crear o de destruir.

Ser antropocéntrico significa sufrir un sesgo endogrupal basado en la condición de «ser humano» que nos lleva a buscar la existencia de una «otredad» para darle sentido a nuestro «ego». Por ejemplo, las supersticiones podrían considerarse como un consuelo o intento fallido de lógica que se establece cuando nuestro cerebro intenta trazar puntos en la realidad y forjar premoniciones que nos permitan encontrar respuestas a nuestras dudas metafísicas o solventar aquellas tribulaciones más profundas de nuestro ser.

Hoy, por estudios etológicos, se sabe que las supersticiones no son exclusivas de los humanos; sino un producto de la evolución compartido con otras especies. Al mismo tiempo que la ciencia, con la genética a la cabeza, confirma el fiel parecido entre grupos animales aparentemente alejados, otros muchos investigadores sienten la necesidad de seguir hilando más fino para continuar agarrándose a un clavo ardiente con que engrandecerse frente a la otredad.

Todavía se sigue partiendo desde la premisa antropocéntrica de que la inteligencia animal y cualquier comportamiento de éstos siempre debe analizarse como la suma de componentes simples.

¡Derechos Animales ya! - Hombre saturado por ecuaciones matemáticasNo cabe negar que los humanos seamos una especie con una elevada cognición media. Sin embargo, esto no conlleva ni justifica que minusvaloremos la inteligencia de otros animales ni que, por ello, los discriminemos. De hecho, nuestra especie no discrimina —injustamente— por un criterio de inteligencia; sino por un criterio de especie. Apelar al intelecto sólo es una excusa que obvia un prejuicio previo.

Aún nos queda por desmontar demasiados mitos antropocéntricos

Que si el cerebro tripartido y la función del neocórtex, que si los instintos, que si el sistema límbico, que si el efecto de amígdala, que si la imaginación, que si la planificación del futuro, etc., la ciencia está continuamente desechando y creando nuevas hipótesis para justificar el antropocentrismo por la sencilla razón de que los científicos también son humanos y están condicionados por un ambiente que desde pequeños nos inculcan que los demás animales existen para servirnos y que está bien cosificarlos para explotarlos con un fin concreto o para ejercer una violencia ritualizada.

Y todo ello sin entrar, como en otros artículos, de cómo se pretende continuar justificando la experimentación con animales y el abismal autoengaño científico cuando se habla de «bioética» o de «bienestar animal», en éstos y otros campos, al la par que se cometen aberraciones en nombre de la ciencia o del medio ambiente.

El antropocentrismo en la ciencia no es tan peligroso por sí mismo, se vuelve peligroso cuando se camufla de verdad absoluta, objetiva e inamovible. Así sucedió a comienzos del siglo XX con el darwinismo social; el cual se empleó para justificar el racismo y nazismo mediante la creencia en la superioridad de la raza aria.

De la misma manera, camuflar el antropocentrismo bajo el gran y respetado manto de la ciencia presenta una vasta influencia social en tiempos modernos, como la tuvo antiguamente bajo el amparo de la religión por medio del mito de la Creación. Una ciencia invadida de antropocentrismo lleva inevitablemente a una percepción especista hacia los demás animales y la asunción de que los animales sólo son seres inferiores que existen para servirnos.

Tenemos la obligación científica —y ética— de paliar y enmendar nuestros sesgos naturales para alcanzar una verdadera objetividad. La lógica nos dice que los demás animales con quienes compartimos el planeta también merecen respeto. Si logramos eso, luego verdaderamente podremos estimarnos como únicos.

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Balanza de veganismo frente a especismo

La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana

Balanza de veganismo frente a especismoUna discriminación moral es aquélla que nos lleva a pensar que la vida de un individuo tiene un mayor valor que la vida de otro. Y, en consecuencia, las discriminaciones morales son responsables de las mayores aberraciones causadas por la humanidad. La idea de «esclavo natural», un concepto estudiado en filosofía, se ha visto claramente influenciada por el especismo. Los animales son, actualmente, las principales víctimas de la discriminación moral.

¿Qué es una discriminación moral?

Una discriminación moral se define como la diferenciación categórica entre individuos atendiendo al valor que alguien (el discriminante) considera que tiene otro como individuo. La forma de discriminación moral más antigua y arraigada en la historia de la humanidad es el especismo —un término ya reconocido por la RAE— [Ryder, Richard (2010)]: la creencia irracional (prejuicio), proveniente del antropocentrismo, de que los demás animales con quienes compartimos el planeta sólo poseen un valor instrumental para el ser humano, es decir, que sus vidas sólo valen en función del rédito que podamos extraer de ellas.

Evolución de las discriminaciones morales

Desde el Paleolítico hasta nuestros días, ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Creamos nuestra identidad comparándonos con el otro y nos arrogamos características únicas al tiempo que olvidamos que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, se derivan de caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural [J. Bouchard, Thomas (2004)]. Nuestra actual relación con los demás animales está basada en pautas y costumbres que hemos heredado desde tiempo remotos y que continuamos por inercia social.

A pesar de que la cultura y el contexto han cambiado profundamente, nuestra actitud para con ellos apenas ha evolucionado desde entonces. Desde la infancia nos inculcan que los animales son «seres inferiores» que existen como meros recursos para nuestro beneficio.

En las fábulas y textos infantiles es un tema recurrente que los animales discutan sobre quién brinda el mejor servicio al ser humano, lo cual forma parte del adoctrinamiento especista y de la cosificación más flagrante. Incluso el sistema educativo actual alienta o exigue que los padres coaccionen o manipulen a sus hijos para que coman animales y perciban como correcta su utilización.

Esta adoctrinación moldea nuestra visión del mundo y ha tenido consecuencias palpables en el devenir de la historia.

¡Derechos Animales ya! - Adoctrinamiento especista - Plumón de oca con animales felices - Esclavo natural animalUna discriminación moral se transmite por inculcación cultural de generación en generación. Desde pequeños nos enseñan que los animales existen en la Tierra para servirnos y que, además, ellos están contentos de ser nuestros esclavos. Ello anula nuestra empatía infantil. Al mismo tiempo, también nos hacen creer que sea necesario ingerir productos de origen animal y que podamos violentar sus cuerpos a base de criarlos y manipularlos artificialmente. De esta manera se vence totalmente nuestra reticencia empática frente a la esclavitud de terceros. 

Factores biológicos de la discriminación moral

Sin embargo, no ha de caerse en el error de creer que el prejuicio especista sólo tenga un origen cultural. ¿Se fundamenta —que no se justifica— biológicamente nuestra necesidad de cosificar a terceros y usarlos como simples medios para nuestros fines? Sí, la biología tiene mucho que decir en este punto.

Juzgar por las apariencias es altamente adaptativo y contribuye a la supervivencia del individuo al intuir de antemano cómo enfrentar o eludir un peligro. En estudios de psicología se ha comprobado que los humanos, sin ser conscientes, juzgamos a los demás por variables estéticas y marcamos preferencias entre individuos sin un criterio racional [Caruso, E. Epley; N. Bazerman, M. H. (2009)].

Y, además, si esos rasgos nos permiten separar al «yo» del «otro» de una manera que no nos afecte emocionalmente y nuestro grupo acepte una diferenciación entre el valor de ese sujeto con respecto al nuestro, surge entonces la cosificación (negación de la voluntad del sujeto) y ésta lleva a la explotación (uso como recurso).

La explotación de un sujeto puede conducir a que miembros del grupo hegemónico —entendido como aquél que cuenta con poder— se sensibilicen con los sujetos cosificados. Así pues, una respuesta lógica del grupo será buscar medios y razones que nieguen la voluntad del sujeto cosificado hasta el punto de que sean incuestionables.

Este fenómeno —la búsqueda de una diferenciación grupal—, unido a una carencia de conocimientos para explicar aquello que las sociedades pasadas —y presentes— no conocían, sería, junto con otras variables, el origen de las creencias religiosas y de los tabúes sociales; a veces tomando a los animales como modelos idealizados de brutalidad, irracionalidad y perversión con que justificar nuestra supremacía.

¡Derechos Animales ya! - Anuncio en un periódico de La Habana, en 1839 - Esclavo naturalDurante la mayor parte de nuestra historia ha habido colectivos humanos que han esclavizado a otros sujetos aprovechándose de su poder para someterlos y que luego han racionalizado sus prejuicios bajo la idea de «esclavo natural». Esto es verdad tanto para la esclavitud negra como para la esclavitud animal.

¿Cuándo se produce una discriminación moral?

La discriminación moral acontece cuando el grupo dominante se aprovecha de individuos más débiles ajenos al grupo y supedita los intereses de éstos a los suyos propios. Tal supeditación conlleva para los miembros alóctonos una consecuencia teórica (cosificación) y otra práctica (explotación).

A estos miembros alóctonos se los utiliza como recursos y dicho paradigma se mantiene gracias a la conveniencia socio-cultural y el sesgo de la confirmación, es decir, persiste porque los miembros del grupo dominante lo encuentran beneficioso y les resulta cómodo creer ciegamente en los motivos que les enseñaron sus antepasados para hacer cuanto hacen e intuir dónde se situarían los límites.

En todos los casos de discriminación moral se produce el mismo fenómeno fundamental: el grupo dominante toma variables biológicas diferenciadoras para justificar, en sí mismas (petitio principii), su opresión sobre otros individuos más débiles:

  • El sexista considera que las diferencias entre hombres y mujeres legitiman la supremacía de un sexo frente al otro.
  • El racista considera que las diferencias entre blancos y negros legitiman la supremacía de una raza frente a la otra.
  • El especista considera que las diferencias entre humanos y no-humanos legitiman la supremacía de una especie frente a otras.

¡Derechos animales ya! - Esclavos negros arando en campo junto a sus amos - Esclavo naturalLa esclavitud se basa no sólo en la idea de que los poderosos tienen legitimidad para para sojuzgar a los débiles; sino en que, además, los débiles poseen rasgos que supuestamente evidencian su inferioridad. La idea de «esclavo natural» ha tomado desde su origen la alteridad del ser humano con otros animales.

La idea de «esclavo natural» se ha visto claramente influenciada por el especismo

Debido a la carestía de una base racional, los miembros del grupo dominante justifican la supremacía mediante falacias (ad consequentiam, ad antiquitatem, etc.). En civilizaciones antiguas, como la Antigua Grecia, filósofos de la envergadura de Aristóteles justificaban la esclavitud apelando al concepto de «esclavo natural», la creencia de que había humanos que nacían para ser esclavos según sus atributos naturales. Esta idea, entre otras culturas, la recogerían posteriormente pensadores del islamismo chií —los «Hermanos de la Pureza»— para justificar la invasión y sometimiento de los pueblos persas durante la edad dorada del califato abasí.

Llama la atención que, desde la concepción de «esclavo natural» hasta la posterior esclavitud negra en la época colonial, la percepción de alteridad siempre se ha basado en el contraste idealizado entre los atributos humanos y los atributos animales. Concebían que los humanos merecedores ser libres eran blancos y apolíneos; frente a aquéllos que merecerían ser siervos: los indios, negros y salvajes.

Podría afirmarse que la identidad forjada por colectivos humanos para distinguirse frente a otros ha tomado a los no-humanos a lo largo de la historia como patrón antitético de alteridad: «menos valor tienen aquellos seres humanos que se parezcan más a los animales porque los animales son los sujetos con menos valor de todos».

Asimismo, la vulnerabilidad —física o psicológica— es una característica esencial para el establecimiento y perpetuación de una discriminación. Los miembros de un grupo se percatan de que pueden hacer algo y convierten el «poder» en «deber». Partiendo desde la idea de «esclavo natural», efectivamente, en épocas pasadas estaba mal visto no sacar rédito o compadecerse de seres humanos de otra etnia (exogrupos).

Si alguien en posición de poder no emplea tal poder, la sociedad lo percibe como «tonto» o «raro». Pareciera, por momentos, contravenir las leyes no escritas de la cordura. Si alguien puede tener esclavos, ¿va a pagarles un salario? ¿Para qué otorgarles concesiones sin motivo ni utilidad? En otra entrada señalé también por qué un comportamiento utilitario puede estar favorecido por la biología.

Por tanto, como animales sociales, no sólo cabe señalar en los humanos el sorprendente rasgo genético que desencadena la indiferencia o abuso hacia los débiles y los diferentes; sino que también cabría estudiar cuáles genes o factores ambientales fomentan la percepción social existente entre la pragmaticidad y la adecuación grupal: entre cómo la simple demostración de un poder incrementa la relación jerárquica de ese miembro opresor ante sus iguales.

Una actitud utilitarista —la práctica del utilitarismo— suele convenir tanto para los propósitos personales del individuo —sus necesidades y placeres— como para ganar «respeto» dentro del grupo.

Aplicado al caso de los animales no humanos, la idea de «esclavo natural» se traslada a la creencia de que los animales sean inferiores a nosotros por «naturaleza» y que merezcan una ética distinta por no ser humanos.

En esta ilustración de la esclavitud negra en Cuba, cualquiera puede comprender la injusticia y el horror que padecían tales víctimas humanas. Hoy, también debemos comprender que los animales explotados por tales amos eran  —y son en la actualidad— igualmente esclavos. Lo mismo cabe recordar de la ilustración anterior en que unos esclavos (negros) aran el campo con otros esclavos (animales).

Nuestros actos están modulados por una balanza mental

Muy a menudo, cuando los humanos señalamos la naturaleza —todo aquello no regido por nuestra especie—hablamos de la «ley del más fuerte». En el medio natural —y en el antrópico— solamente existen las leyes físicas. Aquellas «leyes» que el ser humano dice observar en la naturaleza —como la de «esclavo natural»— son abstracciones humanas que responden a la necesidad de encontrar una explicación o justificación a nuestros propios sesgos cognitivos. Que un guepardo cace un ñu no es mayor «ley» que la desgraciada muerte de un bebé a causa de una infección.

Sin entrar en un contexto específico, la única diferencia entre apelar a la naturaleza para justificar, por ejemplo, la caza de animales frente a apelar a la naturaleza para justificar una negligencia parental reside en que el fenómeno de la depredación resulta útil socialmente para justificar opresiones análogas intra- o interespecíficas —sobre todo si se asocia a la velocidad, el sigilo y otros atributos deseables o valiosos desde el punto de vista humano—; mientras que nadie ve nada emulable en los actos puramente químicos de unas bacterias. En realidad, nos miramos a nosotros mismos y buscamos aquello en que podamos basarnos para otorgarnos la legitimidad hacerlo.

Todas y cada una nuestras pautas nacen de un cálculo interno entre qué nos conviene o no hacer en cada instante. En tal sentido, podríamos decir que todos llevamos un componente innato para justificar acciones según sus resultados. Yo mismo cuando practico activismo pretendo conseguir algo: cambiar la mentalidad de los demás, liberar tensión, sentirme autorrealizado, etc.

No hay nada de malo en perseguir un beneficio —algo que, como explico, es intrínseco a nuestro ser— mientras tales «ganancias» no sean el detrimento de terceros. La clave está en entender la biología y emplear la lógica para lograr que nuestras acciones satisfagan necesidades y apetitos personales sin perjudicar a nadie.

Médico con bata blanca - Discriminación moral basada en el poderLos símbolos de poder sustentan la idea de una jerarquía. Excusamos nuestro dominio sobre los débiles apelando a argumentos sesgados y racionalizaciones de nuestras ideas preconcebidas ante un claro conflicto de intereses. Un conflicto de intereses de origen antropocentrismo puede llevar a cometer auténticas masacres contra otros animales.

Un análisis del poder y el simbolismo en la discriminación moral

Una vez señalado el componente histórico, biológico y social, no debemos olvidar el factor psicológico estudiado en experimentos como los de Milgramla cárcel de Stanford. Ambos experimentos son, hasta la fecha, sumamente relevantes para interpretar el comportamiento humano y, por extensión, componentes genéticos heredados. Ambos estudios sugieren que la existencia de una figura de autoridad y que la cohesión grupal respecto a fin mutuo producen una reducción del sentido de agencia (capacidad de juzgar las acciones propias).

En el experimento de Milgram —la relación superior-inferior—, quizás el sujeto obedece por temor a una reprimenda. Esta hipótesis podría resultar absurda dentro del contexto —el doctor no tiene ningún control real sobre el sujeto opresor—; pero no es nada absurda si se estima que nuestra consideración psicológica de una figura de autoridad viene marcada más por las apariencias que por la experiencia de sucesos pasados.

A modo de ejemplo, los comportamientos agonísticos en animales por la reproducción —u otro recurso importante— se basan en la ritualización de movimientos. Durante la berrea estacional, un ciervo se fija en la envergadura del otro macho y el tamaño de sus cuernas antes de retarlo por una hembra. Apenas importa si conoce o no el alcance de su fuerza, a veces ni lo intenta siquiera.

Los humanos no tenemos cornamenta; pero sí seguimos el mismo patrón y asociamos determinados símbolos con la fuerza. La bata blanca en los médicos, el esmoquín o los pasos militares son maneras humanas de simbolizar el poder y una herramienta para dominar a otros.

Como animales que somos, este fenómeno deriva de la selección natural; pues hay una presión selectiva entre la capacidad de reconocer y aplicar símbolos y un incremento del éxito. Esto explica que los humanos hayamos asumido de que esclavizar a otros humanos y animales está bien y que la idea de «esclavo natural» sea correcta porque nos lo han transmitido figuras de poder a lo largo de la historia. ¿El jefe de un clan? ¿Un emperador? ¿Un afanado filósofo o literato? ¿El Papa? Y las figuras de poder no tienen por qué ser individuos, también pueden ser objetos. ¿La Bíblia? ¿El Corán?

En el experimento de la cárcel Stanford —relación igual-igual—, se palpa un notable sesgo psicológico basado en la cantidad de individuos del colectivo que realizan esa misma acción (ad populum). Aquí, la legitimidad psicológica de la acción no reside en acatar un símbolo de poder —un símbolo incentiva la acción—; sino en que el grupo extrae el símbolo a través de la propia acción —la acción genera el símbolo—.

En sociedad, la mayor parte del tiempo no estamos recibiendo órdenes o, al menos, no en cuanto a acciones que afecten a animales no humanos. Por ende, cabría afirmar que actuamos principalmente según nuestros propios símbolos de poder.

Tanto la percepción social como la explicación de por qué tendemos a seguir a los demás (aprovechar el poder) deriva de un simbolismo innato y propiciado por el entorno en el cual extraemos nuestros símbolos de poder imitando al resto.

Lisa Simpson - Discriminación moral - Comer carneSi la idea de «esclavo natural» es incoherente e injusta porque nadie ha nacido ni debe ser esclavo de otro, esta proposición sigue siendo verdadera para el resto de los animales. Ningún animal existe para servirnos ni sus rasgos nos indican servidumbre frente a los nuestros. Esta creencia ha causado tanto su esclavitud como su exterminio.

Podemos superar una discriminación moral

Lo que marca la diferencia cuando vivimos en sociedad es que todos no hacemos lo mismo. Casi todos nuestros comportamientos diarios son la suma entre imitación y aprendizaje. Podemos aprender porque contamos con raciocinio y éste, a su vez, nos invita a sopesar nuestros propios actos. Si uno mismo se da cuenta de que comete acciones injustas, el hecho de modificar su conducta causa un efecto tanto en el propio sujeto como en los demás.

Si razonamos que toda forma de discriminación moral es inaceptable —porque no tiene sentido creer que haya individuos con la categoría de «esclavo natural»— y actuamos en consecuencia, no solamente estaremos obrando bien; sino que obraremos en contra del simbolismo colectivo.

En referencia a los Derechos Animales, cuanta más gente rechace la explotación animal, menor será la inercia social y el apantallamiento moral que causa en los miembros del grupo dominante. Cabe incidir, además, en que ninguna supuesta necesidad humana justifica la explotación animal como tampoco valdría para justificar la esclavitud humana.

Para llegar a vencer la barrera de la discriminación moral, debemos ser veganos y formarnos en el veganismo. Esto es lo mínimo que debemos hacer por los animales si realmente nos importan sus vidas. Y, tras hacerlo, se precisa adoptar un activismo educacional abolicionista y no antropocéntrico.

Si el enfoque activista se centra erróneamente en el trato que reciben durante su explotación y condiciones de esclavitud, la sociedad buscará —ya lo hace— amparar sus actos en el beneficio humano, la importancia socio-cultural y otras ideas utilitaristas de quienes supuestamente los defienden. Dado que tenemos una tendencia biológica hacia la búsqueda del provecho, huelga señalar el resultado.

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