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La ingeniería de la explotación animal y los métodos para coaccionarlos

Elefante encadenado con cadena de acero (imagen de su pata) - Ingeniería de la explotación animalExiste una verdadera ingeniería de la explotación animal por la cual ejercemos nuestro dominio sobre ellos. Desde tiempos inmemoriales, los humanos hemos encauzado nuestra facultades para crear herramientas e instrumentos para coaccionar a los animales. En la fotografía aparece un elefante encadenado. Uno de los miles de casos diarios de animales no humanos privados de libertad.

La ingeniería de la explotación animal permite nuestro dominio sobre los animales

En este artículo se vierte una reflexión en cascada acerca de cómo los seres humanos dominamos física y psicológicamente a otros animales a razón de que los hemos cosificamos como simples objetos o recursos para nuestros fines, ignorando y anulando adrede sus intereses y voluntad. Si bien el estudio de nuestro dominio —ejemplificado en la crianza, el manejo y manipulación de animales—, recibe el nombre de zootecnia, esta entrada no se limita a técnicas veterinarias destinadas a la producción animal, sino que pretende brindar una perspectiva general sobre métodos de coacción animal empleados contra distintos animales y en diferentes contextos. Por ello, iré hilando conceptos y ejemplos hasta ofrecer una visión global y simplificada.

En antropología se conoce bastante bien cómo nos organizábamos en el pasado y qué elementos favorecieron nuestra extensión a base de migraciones y batallas, todo ello bastante relacionado con los beneficios que brindó la explotación animal y un dominio completo y absoluto de sus vidas. No obstante, en esta entrada no trataré ninguna de estas circunstancias o hipótesis acerca de cómo comenzó la explotación de los animales. Explicaré cómo «funciona» la ingeniería de la explotación animal y qué mecanismos usamos valiéndonos de nuestros conocimientos sobre su biología para subyugarlos. Pretendo desentrañar la ingeniería que está detrás de nuestro dominio o, al menos, aportar algo de luz acerca de distintas formas de dominación que existen y han existido a base de ensayo y error.

Desde tiempos remotos hasta la fecha actual, uno podría ponerse a enumerar las diferentes maneras en que los seres humanos explotamos a los animales. Sin embargo, la explotación animal en sí misma no es un ente complejo; sino que se basa en un solo fenómeno global: la «coacción». En sentido estricto, el término «coacción» se forma a partir de «acción» y el prefijo «co», el cual significa «junto» o «acompañado». Por tanto, la coacción animal puede definirse como aquellas acciones que realiza un animal bajo la mediación las acciones humanas. Así, el dominio que ejerce nuestra especie resulta posible gracias a una serie de acciones encaminadas a lograr determinadas acciones en los demás animales.

Los rediles, cercados, vallados y otras barreras son la forma más habitual de confinar y de ejercer nuestro dominio sobre los animales esclavizados como ganado.

Coacción animal basada en el movimiento

Toda la vida de un animal —incluidos nosotros— se resume en la realización voluntaria e involuntaria de acciones. Las acciones voluntarias podrían denominarse «exteriores» a nuestra razón y las involuntarias son, sobre todo, «interiores» u orgánicas, como el latido del corazón.

Pues bien, la explotación animal —el uso de los animales como recursos de nuestra especie— se consigue simplemente condicionando sus acciones en nuestro beneficio directo o potencial. Un beneficio «directo» sería aquel objeto o maniobra por el cual el animal realizase una acción que nos conviene y un beneficio «potencial» sería aquella acción del animal que permite que lo explotemos sin sacar rédito presente del mismo.

Normalmente solemos asociar «acciones» con movimientos; pero no tiene por qué ser así. Un movimiento es un tipo de acción; no una acción en sí misma. El hecho de que una cerda permanezca tumbada en una celda de gestación es una acción. Hablamos de una acción debida a que existe un ente llamado «jaula» que le impide moverse. En este caso tenemos la acción del animal («estar tumbado») y la coacción que «logra» esta acción: la «jaula».

Cerda con crías en una celda de gestaciónLa ingeniería de la explotación animal suelen estar muy presente en los animales esclavizados. Las jaulas son uno de los instrumentos de coacción animal más universalmente utilizados. En la fotografía aparece una cerda encerrada en una celda de gestación en compañía de sus crías. Cuando se muestra esta realidad, la mayoría de los enfoques son sensacionalistas y bienestaristas.

Dado que la mayor parte de la explotación animal tiene un fin alimentario para la especie humana, casi todas las coacciones humanas se estriban en privar de movimiento y de manipular su cuerpo para eludir acciones defensivas. Por ejemplo, la extirpación de los cuernos en bóvidos o del el pico de las gallinas, la desviación peneana, etc.

Igualmente, en muchas otras ocasiones se coarta de movimiento parcialmente para que el animal vaya hacia dónde se desea y cómo desea. Como, por ejemplo, el caso de las correas en perros. En este caso no tiene por qué ser una explotación, dependerá de la intención del humano. Si su intención es que el perro se dirija a un sitio para que cumpla un fin ajeno al individuo, será explotación. Si su objetivo es protegerlo frente a atropellos u otros percances dentro de un contexto justificado, entonces no será explotación. A menudo, la sociedad no tiene claros los conceptos de tenencia y explotación, y que, por supuesto, lo uno no justifica lo otro.

Nuestro dominio sobre los animales se manifiesta en cada etapa de su existencia. En la fotografía vemos a un becerro escapándose del matadero en mitad de una ciudad. Los humanos tras él corren para meterlo en el corral con los demás bovinos y asesinarlo.

Control activo, control pasivo e indefensión aprendida

A partir de este caso señalado pueden distinguirse dos tipos de control según la forma en que coaccionen a los animales. Un control «pasivo» será aquél que limite acciones pero no las condicione. Por ejemplo, una correa evita que el perro salga corriendo pero no lo fuerza necesariamente a detenerse. Por su parte, un control «activo» será aquél que condiciona las acciones del animal. Puesto que para modular acciones se requiere reprimir las no deseas, éste incluye implícitamente el sentido «pasivo». Por ejemplo, una rienda no sólo impide que un équido deambule a donde desee; sino que también sirve para especificar hacia dónde debe marchar. A menudo, la línea divisoria entre ambas categorías resulta bastante difusa.

Muchos conocerán, tal vez, el ejemplo de que un elefante atado a cualquier superficie móvil permanecerá quieto aunque pudiese vencer fácilmente sus ataduras. Este fenómeno se denomina, a rasgos simples, «indefensión aprendida» y para ser víctimas de este fenómeno psicológico no se requiere ser un elefante —entendido como cualquier animal supuestamente menos racional que nosotros—; sino basta con que otros individuos hayan vulnerado nuestros intereses hasta el punto de que perdamos conciencia sobre los nuestros y de nuestras posibilidades. Se trata de una autonegación de nuestra propia conciencia.

La ingeniería de la explotación animal no sólo es algo practicado o amparado por la industria; sino que muchos animalistas coaccionan a los animales como lo haría cualquier explotador. En la imagen tenemos una guía animalista para acostumbrar perros al bozal. Resulta llamativo, cuando menos, que los propios animalistas y organizaciones promuevan la utilización de elementos de control mediante técnicas de coacción y soborno hasta causar en el animal el efecto de indefensión aprendida. Acciones como la castración sistemática de animales son otro ejemplo flagrante de coacción animal.

Coacción animal basada en los sentidos

Hay casos en que los seres humanos no solamente privan a los animales de movimiento y de estructuras anatómicas que permiten ciertas acciones; sino que además manipulan sus órganos de los sentidos con el objetivo de regular con mayor precisión las acciones de tales animales. Es decir, los dejamos moverse sólo de la forma y con el propósito que se espera de ellos.

La limitación de los sentidos incluye una serie de acciones muy comunes tanto cualitativa como cuantitavamente —variedad y cantidad— en unas pocas especies con quienes compartimos un mayor «pasado histórico» como consecuencia de una simple coincidencia físico-temporal-utilitaria entre su existencia y la nuestra. En otras entradas se ahonda más respecto a cómo la cultura condiciona nuestros prejuicios hacia los animales no humanos y sus formas de explotación apropiadas. No hay una razón estrictamente biológica de por qué valoramos como normal —desde un punto de vista sociológico— comer cerdo y no comer perro; o por qué, irónicamente, hay gente que defiende montar en caballos y no en rinocerontes. La explotación animal y sus métodos de coacción animal es cultural. Así como lo son las heterogéneas corrientes que afrontan estos temas.

Rinocerontes negros (Diceros bicornis) caminando por una ladera - La ingeniería de la explotación animal dejará de afectarlos cuando sean libres - La coacción animal es injustaLos humanos denominan «plaga» a cualquier animal libre que les molesta. El objetivo final del antropocentrismo es extinguir o esclavizar a todos los animales del planeta. Sólo los pocos animales que quedan libres en la naturaleza consiguen librarse de la ingeniería de la explotación animal. Así deberían estar todos los animales no humanos: libres de nuestro dominio y de nuestra subyugación.

Entre las formas de coacción animal basadas en el condicionamiento de las acciones se encuentran el adiestramiento en circos, espectáculos en acuarios y un larguísimo etcétera. Tanto en antigüedad como disparidad de usos se hallan los animales considerados especístamente como «bestia de carga», aquéllos que explotamos para la carga o arrastre de humanos o mercancías. Cuando están en sus parcelas, cuadras o establos permanecen privados de movimiento como el resto del «ganado»; mientras que cuando los seres humanos pretendemos acciones deseadas y concretas por su parte, entonces, eliminamos parcialmente su coacción física y adicionados una «adulteración» de sus sentidos para encaminarlas en nuestro beneficio.

Los animales, en un sentido muy simplón y general, somos puramente visuales. Bien es cierto en que muchos otros son ciegos por evolución particular de los grupos o que siquiera han desarrollado evolutivamente estructuras para captar fotones. No obstante, pero en la mayoría de los animales, la visión es el órgano preferente o está muy desarrollado. Por ende, muchas acciones humanas se centran en limitar, restringir o incluso anular la visión para conseguir que el animal haga o no haga algo. En este sentido siempre me ha llamado la atención la explotación ecuestre y de équidos en general a tenor de que los humanos han ido desarrollando una enormísima heterogeneidad de métodos y herramientas para conducir sus acciones en un sentido y no en otro tanto a base de anularlos tanto física como psicológicamente. Ciertos modos de dominio en tales individuos, y de otros muchos animales si estuviesen en su situación —incluidos los humanos—, se consiguen mediante la limitación sensitiva.

Siguiendo el razonamiento expuesto, quiero incidir en que nuestra sociedad se percata con facilidad de cuándo existe una limitación del movimiento y de lo injusto moralmente que puede ser (pj: una cárcel o la mera imagen de una cadena). Por el contrario, a la sociedad general le cuesta un mundo analizar o empatizar con los efectos de instrumentos de restricción sensitiva o inclusive peor: consideran que tales víctimas no-humanas son tontas o que se «confunden» y obedecen cuando bien podrían no hacerlo.

Para mucha gente, un bozal es un claro ejemplo de control y no cuestionan que un perro se resigne a llevarlo; pero el empleo de anteojeras en caballos lo interpretan como un motivo absurdo por el cual el animal se deje manejar. Las anteojeras tienen el fin de reducir y enfocar la visión del animal hacia delante para tener al esclavo lo más controlado posible y facilitar su manejo. Si al humano de turno le importara realmente el «bienestar animal», ni siquiera se plantearía el hecho de comprarlos, venderlos, y domarlos para montarlos o engancharlos por recreo o deporte de competición.

La ingeniería de la explotación animal puede sorprender por las infinitas formas en que se presenta. En la fotografía figura un caballo explotado para carreras de trote que lleva unas «anteojeras suecas», un modelo que permite a su explotador decidir cuándo debe ver hacia los lados y cuándo no durante la carrera. Al mismo tiempo, lleva una sobrerrienda unida a un filete especial que le tira del paladar superior para que mantenga la cabeza más levantada de lo normal y no pueda salir al galope.

Los instrumentos de coacción animal basados en los sentidos ejercen asimismo una «manipulación emocional»; pues el animal puede experimentar miedo, terror, desasosiego, nerviosismo, incertidumbre y todo tipo de sensaciones desagradables debido a la privación sensorial. Impedir que éstos u otros animales vean, oigan o huelan facilita su manejo al reducir sus potenciales respuestas conductuales durante su explotación, de manera que el animal se limite a cumplir el cometido que le hemos endilgado y nada más. Por ejemplo, en caballos se ha estudiado el comportamiento anticipatorio en aquéllos explotados para el salto bajo diferentes niveles de privación ocular. Y, en múltiples ganados se emplea la privación de la vista o el olfato para controlar o estudiar su celo, la excitación sexual y la cubrición.

Por observación, podríamos decir que nuestro dominio sobre sus sentidos producen en las víctimas un sentimiento de debilidad. Y, en concreto, este hecho favorece el interés humano de convertirse en su alfa, en el líder de una manada inexistente. La privación sensitiva permite un control que va más allá del físico, un control psicológico de las emociones. Basta que un humano medio intente correr con los ojos cerrados para percatarnos de que no nos sentimos igual de seguros.

Así pues, esta analogía sirve para evidenciar que un animal no es más estúpido por dejarse conducir si le tapan los ojos que un humano si estuviese en esa misma tesitura. Y no, este planteamiento no incurre en una antromorfización (una falacia demasiado habitual en este sector); sino que se trata de una argumenación amparada en el vasto número de variables comportamentales que compartimos, como mínimo, a nivel de mamíferos. Desterremos de una vez la condenada exclusividad humana.

¡Derechos Animales ya! - Cerdos explotados como sujetos de pruebas para hacer tatuajes - Dominio de los animalesConforme avanzan nuestros conocimientos científicos y técnicos, surgen nuestras formas de ingeniería destinadas a satisfacer las nuevas y crecientes necesidades de la sociedad humana. En la fotografía se observan a unos pocos cerdos, descanso después de ser sujetos de pruebas para tatuadores y tintas que se comercializarán.

Efectos y perjuicios de la ingeniería de la explotación animal sobre las propias víctimas

Como conclusión final, los métodos y herramientas empleadas para coaccionar animales altera completamente la fisiología y psicología de las víctimas más allá de que sus comportamientos nos parezcan habituales o no según nuestros propios conocimientos y sesgos acerca de su etología. Nos hemos acostumbrado desde hace milenios a dominar a los animales, a manipular sus cuerpos, a ignorar sus deseos y a desterrar sus personalidades en nuestro beneficio. A ello debe sumarse la selección artificial el papel de la endogamia forzada (domesticación) como procedimiento aberrante que ha logrado fijar ciertas consecuciones de nuestros ancestros y diversas mutaciones dañinas para los propios individuos.

Cuanto hacemos contra los animales se debe a nuestra capacidad e influencia para coaccionarlos, y cuanto especulamos sobre ellos se debe a nuestra vanagloria antropocéntrica de sentirnos mejores y superiores al lograr que sean nuestros esclavos. Considerar estos puntos tratados ha de ser fundamental tanto para defender la abolición de toda forma de explotación animal como para alzar la voz contra el fenómeno de la cosificación animal, tanto moral como científica, y el desprecio con que juzgamos sus acciones a la par que obviamos que nuestra inteligencia y uso de la lógica funciona gracias a que la suya también lo hace y se ve obligada a responder en consecuencia. No puede ni podrá haber justicia para las víctimas mientras los explotemos. Por ende, adoptar el veganismo y promover los Derechos Animales es un principio ético y un deber moral.

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Reseña: Investigación sobre la visión lateral de los caballos

Abstracto de la investigación lateral de los caballos

Título del artículo científico: Lateral vision in horses: A behavioral investigation

(Traducción al español: Visión lateral en caballos: Una investigación conductual).

Autores: Evelyn B. Hanggi, Jerry F. Ingersoll (Equine Research Foundation, P.O. Box 1900, Aptos, CA 95001, USA).

Historial de publicación: Recibido el 10 de enero de 2012, recibido tras revisión el 11 de mayo de 2012 y aceptado el 28 de mayo de 2012.

Palabras clave: Lateral vision, Horse, Equine, Stimulus discriminatio, Field of view, Peripheral

 

Reseña sobre la visión lateral de los caballos

Hasta la fecha, distintos investigadores han estudiado la capacidad de los equinos para ver en color, su percepción de la profundidad, su transferencia interocular y visión escotópica. Desde entonces han ido cosechándose datos significativos, tales como que cuentan con una visión monocular media de entre 190-195º (un rango enorme, propiciado evolutivamente por ser una especie presa) y una binocular de entre 55-65º (moderada). Con respecto a la agudeza frontal, éstos obtuvieron una puntuación de 20/30 en la escala Snellen (no tan buena como la de los humanos pero superior a perros y gatos).

En el presente estudio, los autores se centraron en el alcance de la visión lateral de los caballos a la hora de discriminar objetos desde un punto de vista comportamental. Para realizar el experimento seleccionaron tres ejemplares de 15 años cada uno que vivían en la Equine Research Foundation (ERF), California. Al aire libre construyeron una especie de corral totalmente cerrado en forma de media luna. A lo largo del perímetro situaron unas posiciones denominadas A (90º), B (114º), C (138º) y D (162º) en relación a donde se encontraba el animal; tanto por la izquierda como por la derecha de la semicircunferencia.

 

Experimento en media luna para estudiar la visión lateral de los caballosFigura esquemática del modelo empleado

 

El estímulo consistía en un conjunto de raquetas de plástico o gomaespuma junto con bolas de caucho naranjas y amarillas. Dos asistentes, ocultos tras el vallado, se encargaban de colocar estos objetos a una altura alta y baja sin hacer ruido. Explicaron que, a modo de control, también había algunos cordones blancos de algodón sin nada colgado y, asimismo, el personal colaborador rotaba para no operar siempre con el mismo ejemplar.

En el texto se detalla muy acertadamente una diferencia fundamental de este procedimiento en comparación con los usados en el pasado. Antes, los caballos tocaban el estímulo con su hocico si lo reconocían; en este experimento, sin embargo, se los enseñó previamente a presionar una de las dos paletas en respuesta a la localización lateral de un objeto. Si el caballo empujaba la paleta correspondiente al lado donde aparecía el estímulo, oía un ‘good‘ (bien) y se le obsequiaba 15 g de una mezcla entre maíz, avena y cebada; por el contrario, si erraba se le profería un ‘no’ y no se le daba ningún premio. Tanto si acertaba como si no, después se hacía recular al animal y se emplazaba nuevamente su morro sobre el dispositivo. En definitiva, el diseño resultó una mezcla entre sencillez e innovación.

Los resultados llamaron bastante la atención: los tres caballos fueron capaces de distinguir entre las raquetas y las pelotas en las posiciones A, B y C; mas no en la D. Es decir, en este último punto podían reconocer que había algo ahí pero no llegaban a diferenciar entre objetos. Todo ello quedó indicado por medio de una serie de gráficas y tablas con estadísticas.

Finalmente, en la discusión presentaron numerosas reflexiones para futuros estudios y para quienes explotan a estos animales. A continuación, destacaré tres fragmentos esenciales:

 

Fragmento discusión de la investigación lateral de los caballos 1

Fragmento 1: «Estas restricciones causan problemas de percepción que pueden interferir en la adecuada identificación de los objetos en el entorno y conllevar un incremento del estrés debido a conflictos con la naturaleza del caballo. Los equinos entrenados apropiadamente a los que se les permite llevar sus cabezas en una posición natural y son capaces de ver sus alrededores están a menudo más a gusto durante las interacciones humano-caballo».

Fragmento discusión de la investigación lateral de los caballos 2

Fragmento 2: «Esto contradice el antiguo pero vivo mito de que un caballo no puede reconocer algo que pase detrás de él sin reaccionar negativamente en consecuencia».

Fragmento discusión de la investigación lateral de los caballos 3

Fragmento 3: «Malentendidos y malconcepciones acerca de la naturaleza del caballo implican frecuentemente malcuidado y malgestión de este animal».

 

A raíz de estos apartados, puede inferirse que los autores están en contra de ciertos métodos antiquísimos utilizados para prevenir accidentes (anteojeras y riendas cortas), consideran imprescindible la desaparición de viejos mitos instaurados entre la gente allegada a estos animales y son, por tanto, partidarios del desarrollo de nuevas formas de entrenamiento, manejo y cuidado de los caballos a fin de evitarles malestar y sufrimiento.

Argumentos a favor de las bridas abiertas en Farming With Horses

A rasgos generales, me ha parecido un artículo muy interesante que dirige sutilmente una crítica hacia la gestión actual de los équidos. Resulta ser uno de los pocos que se ha enfocado claramente en la etología equina y no en asuntos veterinarios sufragados por inversiones millonarias.

No obstante, la única manera de comportarnos con verdadera justicia hacia ellos consiste en respetarlos como sujetos y no someterlos a nuestros caprichos.

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Argumentos a favor de las bridas abiertas en Farming With Horses

Explotación de caballos en arados

Críticas a las anteojeras por Steven Bowers y Marlen Steward.

 

Recientemente conocí el libro «Farming With Horses», escrito por Steven Bowers y Marlen Steward. Ambos autores son unos hombres estadounidenses que se dedican a la doma de caballos destinados al tiro y, en general, a la agricultura por medio de tracción animal. Poseen una gran experiencia en la gestión de caballos y gozan de cierto reconocimiento en el sector. Esta entrada, lejos de guardar fines publicitarios o aspirar a reseñar la obra, tiene el propósito de destacar aquellos escasos puntos en los cuales coincido éticamente con un documento cuyo objetivo no se basa en otro que difundir y propugnar acciones especistas tales como el empleo de caballos en arados, carruajes y diversos deportes para beneficio económico o recreativo del hombre.

En cualquier caso, me alegra que de entre toda una vasta cantidad de información anecdótica y llena de batallitas me haya topado con unos pasajes muy llamativos que sirven para demostrar que hasta quienes son más cerriles y tradicionales en asuntos vinculados al manejo de équidos pueden cambiar su visión de la realidad. ¿A qué materia estoy refiriéndome? Pues al nada conveniente empleo de anteojeras en caballos enganchados, un tema ya tratado con anterioridad en este blog: Explotación hacia los caballos: Anteojeras I y Explotación hacia los caballos: Anteojeras II.

 

Nota del traductor: Me he tomado la libertad de traducir el texto sin ningún tipo de relación con los autores o la editorial. Solamente presento unos fragmentos resumidos con una literalidad moderada. Es decir, si bien he procurado conservar el orden, me he visto obligado a reformular muchas oraciones y a omitir algunas anécdotas superfluas. Supongo que haciendo esto infringo los trillados derechos de autor; sin embargo, no me queda otra opción para allegar la argumentación de estos dos individuos a las personas de habla hispana no bilingües.

 


 

Ver el paisaje entero. Un argumento a favor de las bridas abiertas.

Estuve hablando por teléfono con mi sobrino y le mencioné que ahora estaba conduciendo a la mayoría de nuestros caballos con bridas abiertas y enseñándole a la gente los beneficios de hacerlo de esa manera. Inmediatamente, se puso a echar chispas: «¿Estás loco? Ése es un buen modo de provocar que la gente se haga daño. ¿No eras tú uno de los pasaba muchísimo tiempo ilustrando los beneficios de las anteojeras y cómo colocarlas?».

Podía ver que él no iba a aceptar mi nueva forma de hacer las cosas sin discutir. Su actitud la comparten muchos de quienes nunca han considerado usar bridas abiertas. Si desea que lo miren con completa desconfianza y suspicacia, basta con acercarse virtualmente a cualquier espectáculo de enganches en Estados Unidos manejando un caballo sin anteojeras. La mayoría de los espectadores querría expulsarlo de allí con gran apremio antes de que su caballo se desbocase y destrozara algo.

 

Los carreteros sí usan bridas abiertas

Después de darle a mi sobrino un momento para calmarse, comencé a explicarle mis razones para el gran cambio de «con anteojeras» a «sin anteojeras». Pareció confortarlo el contarle que yo no soy el único en la Tierra que emplea bridas abiertas. En muchos países extranjeros resulta más común ver caballos enganchados sin anteojeras que con ellas. Incluso así ocurre en situaciones altamente complejas con calles atestadas y un tráfico espantoso.

 

Los caballos que no llevan anteojeras exhiben un alto rendimiento

Luego le di a mi sobrino una perspectiva histórica. Hacia los comienzos del siglo XX, antes de la introducción de equipos motorizados contraincendios, se utilizaban caballos para impeler los vehículos imprescindibles para combatir un fuego. Entonces, a todos esos animales se los dirigía sin anteojeras y aun así se mantenían bajo control. Imagine la vergüenza para el cuerpo de bomberos si sus bestias de carga pasaran de largo en cuanto viesen el humo emergiendo por las ventanas. En ninguna imagen antigua he visto jamás un caballo perteneciente a un equipo contra incendios que llevara anteojeras, sólo pueden encontrarse hoy en recreaciones modernas.

Los caballos de artillería que empujaban cañones durante la Primera Guerra Mundial son otro ejemplo de cómo  logran desempeñar estos animales una labor extremadamente exigente (una que excede de sobra cuanto se les exige en la actualidad durante las faenas cotidianas) sin la necesidad de que algo les obstruya el campo de visión. Aquellos equinos estaban entrenados tanto para ser montados en cualquier momento y lugar como para ocupar el emplazamiento que fuese en un carruaje. A veces, para precisar la localización exacta de los cañones enemigos, se los hacía avanzar hasta delimitar la llamada «línea de la muerte» y conseguían su objetivo incluso con los bombardeos a plena vista.

 

¿Cuál es el beneficio de ver?

También expuse un argumento filosófico a favor de las bridas abiertas. No importa cómo las estimes, acortar parte o toda la capacidad que tiene un caballo para estudiar el entorno es una técnica de refreno. No se trata de una técnica relacional, como el uso del bocado dentro de la boca del animal, porque las anteojeras están o no están: no se utilizan para guiar o detener a los animales según algo les cubran los ojos o no. Cuando un carruaje se apresta para salir, las anteojeras se emplazan cuidadosamente con la finalidad de que permanezcan ahí bien puestas durante toda la conducción, no importa cómo esté comportándose el caballo. Así pues, las anteojeras no dependen del comportamiento; lo cual las convierte en un dispositivo de control no relacional.

Dado que los caballos son animales especialmente relacionales, pienso que es mejor un seguir entrenamiento adecuado para demostrarles que uno mismo es igualmente tan «relacional» como ellos.

Metiéndonos un poco más en profundidad, debido a que las anteojeras son unos elementos de contención que no se usan de manera relacional; únicamente sirven para comunicarles psicológicamente al animal que no se confían en él cuando éste dispone de pleno uso de sus facultades: consiste en una sutil pero poderosa forma de decirle al caballo que sólo queremos utilizar su cuerpo sin usar su mente. En otras palabras, las anteojeras le dicen al caballo que usted no se fía ni lo más mínimo de cómo usará su cerebro si pudiera ver enteramente qué estamos haciendo con él.

Una de mis citas favoritas sobre esta materia es: «Si introduces un elemento de desconfianza en una relación, se acaba la comunicación». Una parte importante del lenguaje de la «confianza» está en «ser abierto».

Para muchísima gente, tener a sus caballos haciendo lo que deben sin haber ningún tipo de respeto mutuo llega a ser aparentemente deseable. Uno de los motivos más básicos para que un caballo salga huyendo es el miedo. Muchos carreteros valoran el efecto «restamiedo» de las anteojeras porque son lo único que conocen e incapaces de aplicar otras fórmulas.

La clave está en entrenar mediante tácticas que se basen en el respeto y no en el miedo como factor estimulante; aunque, para ello, se precisa una mentalidad diferente.

 

Las anteojeras y la imaginación.

Mi sobrino parecía entender ahora mi perspectiva, así que añadí mi razón preferida de todos los tiempos para no ponerles anteojeras: incrementar la calma. Si le quitas al animal la capacidad de ver cuanto esté a su alrededor, estás multiplicando las posibilidades de que imagine cosas que realmente no están ahí. A menudo he oído historias de algunos cocheros sobre que sus caballos no se asustan ante perros ladradores cuando éstos se les acercan desde lejos; pero que, tan pronto como las anteojeras ocultan el perro en un lado de la acera, emprenden una enloquecida escapada.

Imaginación, desconfianza e incapacidad de ver pueden causar un pánico repentino en estos animales.

Como iba diciendo, la clave radica en un entrenamiento cuidadoso en el cual logremos desensibilizarlo ante la carga que lleve. Algo que caracteriza a los caballos entrenados en bridas abiertas es la tranquilidad y suavidad con la que actúan. Se les nota así que ha aumentado su comprensión mental. En cambio, aquellos caballos entrenados con anteojeras suelen desbocarse si de repente ven cuanto llevan detrás. Éstas deberían ser razones suficientes para que todo cochero se replanteara su forma de entrenar. Depositar en unos trozos de baqueta la esperanza de que no sucederá una catástrofe no lo veo como un acto prudente ni apetecible.

Si pese a este razonamiento sigue sin tener interés en desterrar las anteojeras, sepa igualmente que algún día puede toparse con otro cochero cuya manera de ejercer sea distinta. Al contrario de la reacción inicial de mi sobrino, ponerles unas bridas abiertas no es algo que nadie haga por un episodio de locura. Quienes así proceden se sienten más seguros. Como le dije a sobrino: en vez de mantener una actitud «ciega» sería mejor que abriera los ojos para contemplar otra cara del mundo.

 


 

Por desgracia, la mayor parte del libro sólo me produce náuseas, sobre todo, cuando realiza referencias puntuales a arreos «de control» durísimos utilizados en entrenamientos o durante las competiciones; sin apreciarse ningún matiz crítico. Es más, ellos mismos deberían aplicar su propio análisis y consideraciones para estar en contra de algunos artilugios, tales como los engalladores y las sobrerriendas, basándose en que son asimismo instrumentos no relacionales (además de increíblemente crueles).

Pese a todo, es de agradecer que individuos tan involucrados en este mundillo tengan capacidad de autocrítica y así lo expongan; aunque resulte insuficiente.

 

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Anteojeras: historia, uso y efectos en la explotación ecuestre

Caballo raza española con anteojeras enganchado a carruajeCoche de caballos en el centro de Sevilla. Las anteojeras son unas guarniciones empleadas para reducir el campo de visión de los équidos.

Introducción

Las anteojeras son una de las guarniciones más comunes y omnipresentes tanto en animales de tiro —y análogos— como en aquéllos destinados a las carreras de caballos. Constan de unas piezas de vaqueta (o cuero sintético) que, colocadas junto a los ojos del animal, reducen su campo de visión e impiden que éste vea por los lados.

Siempre me ha despertado un gran interés conocer cómo nuestra especie aplica su intelecto para violentar y dominar a terceros. Esta entrada es una monografía con la finalidad de ahondar en estos arreos para así arrojar algunas reflexiones sobre aquellos instrumentos creados por los seres humanos para explotar y coaccionar a los animales.

El prejuicio moral del especismo nos lleva a considerar a los demás animales como simples instrumentos o recursos a nuestro servicio. Y, a la par que los tratamos cual objetos, creamos y desarrollamos otros para lograr someterlos a nuestra voluntad en detrimento de la suya propia. En el caso de los caballos, ésta es la causa de la explotación ecuestre en sus infinitas formas. Algunas formas de explotación, al estar basados en ritos de poder, son especialmente violentas.

Anteojera de caballo de bronce - Las anteojeras sirven para reducir el campo de visión de los équidosFotografía de unas anteojeras de caballo esculpidas en bronce encontradas en el tempo de Apolo Dafnéforo.

Historia de las anteojeras

Como ocurre con cualquier invento humano, resulta difícil concretar cuándo surgieron. Si bien, las excavaciones arqueológicas han hallado que su utilización se remonta al imperio Asirio. También aparecen en distintos puntos del Imperio Griego en época arcaica, en concreto, en el área correspondiente a las antiguas provincias de Eubea, Mileto, Rodas y Samos.

El origen de las anteojeras, desde el prisma utilitario, posiblemente se relacione con la creencia popular de que un caballo se asusta al ver las ruedas de los carros o de que al reducir su campo de visión se evitaban más los desbocamientos cuando otro lo adelantaba. En este sentido, cabe destacar la consolidación de ciertas leyendas rurales y mitos sobre la naturaleza del caballo aún muy asentados a través de argumentos ad antiquitatem: «esto es así porque siempre se ha hecho así o se ha pensando así». Por ejemplo, la cultura árabe de los siglos XI y X daba por sentado que un semental conocía el sexo del futuro potro según si desmontaba a la yegua por el lado izquierdo o derecho de sus grupas.

Si las anteojeras se han mantenido hasta la actualidad quizás se haya debido —aparte de la obvia cosificación moral de los animales— a que ofrecen algunas ventajas aparentes para el ser humano desde el punto de vista del tiempo y el esfuerzo dedicados a la doma. Por ventura o desgracia, detrás de cada mito suele haber algo de verdad.

La utilización de las anteojeras se extendió y empezó a cobrar interés en aquella literatura relacionada con la doma y manejo de caballos —sobre todo en Reino Unido y sus colonias— a partir de la Revolución Industrial. Las menciones y enseñanzas respecto a estas guarniciones alcanzaron su cénit en el siglo XIX, cuando comenzó a haber ardientes debates en torno a su eficacia y al bienestar animal.

Fueron muchos los manuales de aquellos años que versaban a favor o en contra de cegar parcialmente a los caballos y a otros équidos mientras se los obligaba a trabajar en las calles de una populosa ciudad. Este clima social incluso llegó a obras célebres como el libro juvenil titulado «Azabache», de la escritora Anna Sewell. El uso y extensión de las anteojeras es irregular a lo largo del mundo. En la actualidad, en muchos países y regiones rurales no se emplean o raramente aparecen.

Esquema del ángulo de visión de un caballo con y sin anteojeras puestasEsquema del ángulo de visión de un caballo según si lleva o no anteojeras puestas. Nótese que el campo de visión se ve muy reducido.

¿Por qué se usan las anteojeras?

Son relativamente pocos los estudios que se realizan de etología equina. Los caballos y otros équidos suelen despertar mayor interés en campos como la veterinaria y en asuntos relacionados con la hípica. A modo de introducción, recomiendo leer una reseña sobre un interesante artículo científico sobre la visión lateral de los caballos. También, en este mismo blog, hay publicado análisis de un fragmento extraído del libro «Farming With Horses». En éste, ambos autores —explotadores de animales— explican los motivos que encontraron para rechazar el uso de estos aparejos durante la explotación en arados o carruajes.

Atendiendo a los hechos empíricos, cuando los interesados desean forzar a un caballo para que tire de un carruaje o un arado, se observa que un número moderado de éstos se resiste menos —se vuelve más «manejable»— si su campo de visión se torna más estrecho. Pues ello les causa una disminución de la orientación espacial e incrementa la dependencia hacia su manejador. Este fenómeno se relaciona, a su vez, con la coincidencia histórica de que normalmente se destinaba al tiro a aquellos caballos más cerriles y menos obedientes para dejarse montar.

A pesar de la manipulación humana, muchos équidos se muestran molestos desde primera hora al sentir limitado su campo de visión. Algo que conocen muy bien sus propios domadores. Algunos, de hecho, invitan a ponérselas después de los entrenamientos y dejarlos sueltos en el picadero para que se «acostumbren». La brida con anteojeras o bridón suele reservarse para cuando la doma de enganche ya está bastante avanzada; antes o al mismo tiempo que los ejercicios de rueda.

Más que acostumbramiento, el animal se resigna a cualquier cosa que se le haga porque carece de opción al respecto. ¿Acaso puede elegir? «Ahora ves y ahora no ves según me convenga», ése es el mensaje no-verbal que le transmite el ser humano. Que el caballo empiece a responder a la rienda y a la voz sin ver a su domador significa que obedece a pesar de las imposiciones. De esta manera, el caballo se doblega y se deja dirigir al estar imposibilitado para responder por sí mismo a estímulos visuales.

Eliminar el libre albedrío —indefensión aprendida implica que el humano está consiguiendo justo lo que quiere para el tipo de explotación al que destina o destinará al animal, no lo que sería mejor para el equino. Aun sí, la explotación ecuestre persigue a menudo una visión romántica de la explotación animal, nunca mejor dicho.

En definitiva, la aplicación de las anteojeras constituyen un método de coacción que consigue someterlos mediante la restricción visual.

Carruaje de caballo turísticoEn países occidentales, el uso de las anteojeras es generalizado para asegurar el control y el dominio sobre los caballos durante su explotación.

Argumentos y prácticas especistas respecto a la coacción visual

Si la explotación animal, en sí misma, se mantiene hasta nuestros días por un prejuicio antropocéntrico, también hemos de destacar los fines utilitarios con que el ser humano trata de justificar la coacción visual que ejerce sobre los caballos y otros équidos.

Dado que los équidos son animales de presa, algunos se angustian al principio ante el propio carro al cual van enlazados y frente a ruidos que nunca habían oído hasta entonces. Obviamente, no ha de resultarles muy agradable estar rodeados y ceñidos con correas por todas partes.

Aunque a menudo se emplea el concepto biológico de «insensibilización», los caballos y otros animales sólo se insensibilizan frente a las condiciones usadas por sus explotadores. Ni las anteojeras ni otros métodos de restricción los insensibiliza ante cuanto pudiera aparecer en el medio. Éstas insensibilizan al caballo respecto a su sumisión al ser humano, no les hace comprender el entorno.

De esta manera, las anteojeras dificultan en algún grado que el animal se entretenga por donde vaya —argumento antropocéntrico— al no poder ver un objeto de su interés, lo cual, favorece los intereses humanos. Se utilizan o incluso son requeridas en numerosos espectáculos de enganches porque una amplia cantidad de gente allegada a dicho mundillo estima que así estos animales se aprecian más gallardos y airosos o reviven épocas pasadas.

Ya en el siglo XIX había autores que esgrimían el argumento de que se abusaba de estos aparejos porque solían venir dentro del «paquete» de guarniciones destinadas para caballos de tiro. Por ello, muchos explotadores novatos asumieron y asumen que hay que usarlas sin plantearse siquiera el porqué o si existe alguna alternativa.

Aparte de por los motivos ya aducidos, ciertos «profesionales» prefieren evitar que el caballo se adelante a las órdenes o al toque del látigo y encuentran en éstas herramientas una forma fácil de lograrlo. En este sentido, se incurre un cinismo estandarizado al obligar a estos animales a participar en carreras de obstáculos o pruebas de eslalon con anteojeras puestas, aun cuando eso merma sus capacidades físicas de cara a los resultados cosechados. Es decir, todo sea por dominarlos y por asegurar que obedecerán incluso en circunstancias novedosas u hostiles para ellos.

Con más frecuencia de la esperada, también se da el caso de que algunos domadores primero los adiestran sin ellas y más tarde se las instalan por eso de que el animal esté acostumbrado a todo por si luego lo venden. Y existe asimismo la creencia de los caballos explotados para el tiro deben ser montados con anteojeras para que no se asusten.

En definitiva, hay dos tendencias fundamentales por las cuales la gente del sector suele defender la utilización de anteojeras:

  1. «Supuesta» necesidad de que el animal no se distraiga y se dirija hacia donde uno desea.
  2. «Supuesta» necesidad para evitar accidentes por desbocamientos o reacciones indeseadas ante el tráfico o la utilización del látigo.

Respecto a la gente que es ajena a la explotación ecuestre, ésta se sitúa en dos extremos: o considera la aplicación de las anteojeras como una forma de «maltrato animal» —un término bienestarista—, o directamente, ni se lo plantea. El desconocimiento, la indiferencia y la carencia de una perspectiva ética son las tres armas más opresoras para cualquier animal que se desenvuelva en un entorno entre humanos.

Caballos enganchados con anteojeras puestasLas anteojeras, como herramientas pensadas para la coacción, minimiza el contacto visual de estos animales y los mantiene más «centrados» en satisfacer los intereses humanos.

¿Las anteojeras perjudican a los caballos?

El uso de anteojeras no beneficia al animal en absoluto ni le reduce el estrés; pues no suprimen el agente causante de éste; sino su capacidad de analizarlo. Que el caballo sea incapaz de ver conlleva asimismo que tampoco pueda asimilar qué es ese ente voluminoso que está obligado a arrastrar, ni lo que hay detrás de los ruidos vinculados al campo o a la carretera y habituarse a los causantes de éstos sin sobresaltos.

La naturaleza de los caballos no debiera medirse o modularse según nuestras necesidades. Todos los animales merecen respeto y ser libres. Lejos de ello, aquel espléndido animal del cual sus dueños estaban orgullosos de haber domado en un par de semanas es precisamente un equino que siempre estará estresado, angustiado y temeroso de cuanto lo rodea a causa de tanta celeridad. Aunque la perturbación inductora del pánico haya pasado, el animal no puede verlo ni calmarse; justo como lo haría en su medio natural. Los caballos y las personas humanas compartimos el hecho de que la vista se presenta como el sentido más desarrollado y necesario para la supervivencia.

Por muy miedoso que desde el nacimiento parezca ser un equino, todos y cada uno de ellos tienen la capacidad suficiente de aprender. Y todos ellos, a su pesar, pueden a realizar un cometido en mitad de la ciudad sin asustarse de un automóvil, una bicicleta, una motosierra o cuando al cochero le da por rociarles encima un aerosol antimoscas; ya les venga desde detrás, de frente o por los flancos.

Puesto que los animales no somos autómatas ni meras máquinas, podemos aclimatarnos a cualquier situación. Huelga mencionar cuán eficaz y evidente se muestra esta realidad cuando se les efectúan aquellos entrenamientos especiales propios de las fuerzas del orden (policía, ejército etc.). Se da la paradoja de quienes más afirman conocer a los caballos acostumbran a menospreciar sus facultades como consecuencia directa de la cosificación que padecen. Los explotadores no acostumbran a ponerse en el pellejo de los animales a los que explotan —so pena de considerarlo una humanización— ni se imaginan que el recelo de los caballos es muy lógico frente a una atmósfera cimentada y desforestada, y sobre todo, demasiado ruidosa (recordemos su enorme capacidad auditiva).

Para cualquier explotador resulta muchísimo más sencillo colocarle unas anteojeras y dominarlo mediante una ceguera impuesta cada vez que salga de las cuadras que ir paseándolo por las avenidas y enseñarlo a que no debe tenerles miedo a los seres humanos ni a sus objetos asociados. Sin embargo, no seré yo, por supuesto, quien vaya a proponerles a sus explotadores nuevos métodos para explotar a los caballos o a otros animales. No existe ningún modo justo ni ético de regir sus vidas.

Los humanos somos unos claros animales de costumbres y, en general, bastante testarudos en cuanto a mantener éstas se refiere. A pesar de cuantas razones, evidencias o explicaciones científicas se ofrezcan sobre el hecho de que debemos dejar de participar en toda forma de explotación animal y, por tanto, de utilizar cualquier herramienta de control o tortura, una alta cantidad de humanos seguirá teniendo con otros animales la misma visión y el mismo trato que conoció por su padre, abuelos y de la comunidad allegada.

Sería ideal que los humanos tuviésemos una mente más abierta para recapacitar y pensar en la justicia y la dignidad de los animales en vez de en nuestro propio ombligo. ¿Por qué explotamos a animales no humanos para nuestro disfrute, recreación u obtención de bienes monetarios? ¿Qué derecho tenemos, como seres humanos, a decidir si un caballo puede ver o no? ¿Acaso no desean contemplar el entorno igual de bien que cuando van montados? ¿Es ético que nos autootorguemos la potestad para hacer con ellos cuanto se nos antoje, a menudo bajo la excusa pseudoaltruista de procurarles tranquilidad?

Caballo con anteojeras muy ceñidasToda situación de poder comporta abusos. Por ello, no es de extrañar que algunos explotadores de caballos y otros équidos ciñan al mínimo de su campo de visión.

Resumen de cómo las anteojeras afectan y coaccionan a los équidos

  • Incrementan el estrés del animal al oír algo que les provoca temor y no ser capaces de localizarlos con la mirada. El equino no logra inmunizarse frente a un determinado ambiente o una misma situación. Sólo oculta el problema, no lo soluciona.
  • Reducen notablemente la coordinación del animal en comparación con su visión normal. Le imposibilitan calcular las distancias entre el bordillo y la carretera, y se ve forzado a girar sin ver la trayectoria, lo cual puede traducirse en forma de accidente —heridas o muerte— ante un mal manejo por parte del cochero. Por la noche, el animal marcha prácticamente ciego.
  • Algunos caballos, mulos, etc., se ponen bizcos por su necesidad de curiosear el entorno y solamente poder hacerlo por el rabillo del ojo. Estas piezas pueden llegar a tapar más del 90% de la visión; pues los équidos no presentan los ojos en posición frontal (como los humanos) sino lateral, por lo que el efecto se agrava mucho más de lo que los humanos suelen imaginarse.
  • Pueden causan irritación del globo ocular, ya sea por su mal posicionamiento, alergias al material o porque el polvo de las calzadas les acabe directamente en los ojos.
  • Los priva de su aptitud innata para captar estímulos complejos provenientes del medio e interacturar con sus semejantes. Si además se hallan involucrados en una yunta, cegarlos con estas piezas no hace sino dificultarles la coordinación que alcanzarían al verse mutuamente. En una cuarta de caballos o mulas, los que van detrás no llegan a ver prácticamente nada.
  • Hacen que sus continuas travesías sean una constante monotonía y no puedan disfrutar, siquiera mínimamente, de aquellos parques y otros lugares amenos y placenteros por los cuales circulan. Los équidos son esclavos que apenas si pueden encontrar paz en algún momento.
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