No trates de cambiar el mundo cometiendo los mismos errores que condenas

Manifestación anarquista en México

Manifestación anarquista en México.

Las armas no llegan al corazón de los hombres

Este artículo va dirigido a quienes pretenden cambiar el paradigma socio-económico en que vivimos y sus horribles consecuencias mediante el uso de la violencia. Como activista vegano, yo lo enfocaré hacia las acciones efectuadas contra la explotación animal. No obstante, puede aplicarse asimismo a cualquier causa en pro de la justicia.

Nacemos y nos criamos en una sociedad en que las películas de acción y mafias nos muestran cuánto podemos lograr mediante una falta total de escrúpulos. Al mismo tiempo, los libros de historia narran y detallan atrocidades perpetradas por nuestra especie y el resultado de diversas maniobras militares. Imperios enteros se han forjado y caído a la sombra de una espada. Las armas, sin lugar a dudas, consiguen cambiar el mundo. Sin embargo, no llegan al corazón de quienes cometen injusticias.

Las acciones justas e injustas se distinguen según si cumplen o no los principios éticos; un acontecimiento atroz no va ligado necesariamente a la maldad de un individuo. Alguien puede vulnerar intereses ajenos sin tomar conciencia de cuanto hace. A ello se refería Martin Luther King cuando criticaba la indiferencia de la gente buena; éstas, sin saberlo, toleran aquello que no debieran por inercia, comodidad o para evitar remordimientos. Ser agente moral implica no sólo que podemos evaluar nuestros actos y modificarlos; sino también incentivar el cambio en otros. Una prueba didáctica de ello la hallamos en el minidocumental «El gran alcance de la razón».

Aquéllos que defienden la acción directa suelen incurrir en dos errores fundamentales:

  1. Consideran que una actividad irrazonable siempre deriva de la malicia propia.
  2. Creen que los demás no pueden cambiar de la misma forma que ellos cambiaron.

La falsedad del primer punto se evidencia con echar un vistazo a nuestros valores morales del siglo XXI frente a los encontrados hace dos milenios. Si el grueso de los humanos fueran malvados, poco o nada hubiéramos cambiado. En Occidente, al menos, nadie necesita exponer actualmente argumentos filosóficos complejos para explicar por qué la esclavitud o el asesinato están mal. Al igual que las actitudes violentas se transmiten de padres a hijos; las virtudes y razones de igualdad también triunfan de generación en generación.

En relación a la segunda consideración, juzgo contradictorio que alguien pretenda incentivar una profunda transformación social con una actuación muy diferente a la cual lo persuadió a él o a ella para apoyar una ideología concreta. No creo que nadie decida volverse anarquista, comunista, fascista o amante del rock por medio de la fuerza.

Posiblemente, estas circunstancias estén influidas por los efectos del grupo sobre la psicología humana. El establecimiento de un enemigo cosificado (sin rasgos comunes a los propios) y la liberación de adrenalina contribuyen a aceptar, sin más, una suerte de elitismo que persigue la destrucción del diferente y no su adaptación. En tal sentido recomiendo ver «La ola», una película alemana basada en un caso real. ¿Podría resurgir el holocausto nazi?

Las carencias de los activistas

Cita Nelson Mandela - Derribar y destruir es muy fácil

A todos estos motivos se le suma un hecho que observo con tristeza: hay muchos sujetos con una enorme voluntad para aportar su grano de arena; pero no muestran esa misma actitud a la hora de asumir los menesteres inapelables del activismo. No únicamente se requiere sacrificio y entrega; sino reflexión continua y capacidad de autocrítica.

Cuando uno descubre sus fallos personales de golpe y porrazo, tiende a querer acabar con dichos defectos en otras personas sin percatarse ni recordar los medios y las etapas que nosotros mismos hubimos necesitado. Si en el pasado alguien hubiera venido a nosotros con la intención de agredirnos porque estábamos comiendo una hamburguesa de vacuno o nos granjeara una pintada en el coche que pusiese «¡Asqueroso cazador» o «¡Puto taurino!», nuestra reacción no habría sido sopesar qué habíamos hecho mal al alimentarnos de una vaca o al pasar una tarde de ocio en un coto de caza o en la plaza del pueblo; sino en blindar nuestras ideas como coherentes y válidas ante la tamaña hipocresía y desafuero de quienes, aparentemente, se preocupan por tales víctimas.

Cada quien está plenamente seguro de sus ideales hasta que un mensaje argumentado, claro y directo nos hace ver aquello que jamás hubiésemos imaginado. Si somos conscientes de un daño y tratamos de evitar que los animales no humanos lo padezcan en sus propias carnes, estamos obligados a actuar con racionalidad. A menudo, los defensores de la acción directa apelan a que ésta resulta más efectiva y aseguran que así reprimen malos comportamientos. Los hechos demuestran que las estrategias no violentas son y han sido notablemente más efectivas.

El mundo sólo puede ser justo si tú lo eres

Cita Nelson Mandela - La educación es el arma más poderosa

Parece perogrullesco; mas conviene incidir en que nosotros también somos elementos de la propia sociedad cual pretendemos transformar. El concepto de la noviolencia se resume en la idea de que la defensa de un principio ético no legitima la vulneración del mismo. No debe confundirse con el desinterés, la apatía o la insensibilidad ante el padecimiento. Ésta es una acusación grave que los activistas educativos recibimos, por ejemplo, a través de grupos neobienestaristas.

Debemos respetar tanto los partidarios como causantes de una opresión porque todas las personas (humanas o no) tienen un valor intrínseco. El respeto al individuo no ha de mezclarse con la tolerancia hacia sus acciones; pues si un acto transgrede dicho valor intrínseco, nunca es justificable.

Mediante la educación y noviolencia nos centramos en los orígenes y particularidades que han condicionado la existencia de una injusticia más que en las propias consecuencias. Así, solucionamos los conflictos atacando las raíces que la sustentan.

La violencia se vuelve un camino sencillo para sus perpetradores: permite liberar tensiones y, en definitiva, nos hace sentir a gusto por causas biológicas. Se requiere una vasta fortaleza y suma determinación para no dejarnos llevar por la ira o los arrebatos. El pacifismo exige madurez y templanza.

Cabe destacar además que la violencia desemboca en resentimiento y venganza. A quienes se oponen al progreso moral, les favorece enormemente que sus adversarios sean agresivos para así excusar una reacción desproporcionada y acusarnos de ser «radicales», «extremistas» o algo similar. En cambio, una revolución no violenta los despoja de todo pretexto para recurrir a la brusquedad o ensañamiento. Y si alcanzan tales extremos, quedan en evidencia ante el resto de la sociedad.

Para terminar, no conviene caer en la misantropía. Cualquier cosa era imposible antes de que se hiciera posible. Por ende, si algo nos incentiva a ojear nuestra historia es para no repetir las mismas equivocaciones.

 

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