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Peter Singer y la perversión del activismo animalista

Cita Gary Francione sobre neobienestaristas - Peter Singer y la perversión del activismo animalista

El activismo animalista actual se rige por la doctrina utilitarista de Peter Singer (bienestarismo), apodado muy erróneamente como «padre» de los Derechos Animales por su obra «Liberación animal».

El activismo animalista actual es un negocio que condena a los animales

El activismo animalista vende victorias cada día hasta el punto de hacernos pensar que todas las injusticias que asolan a los animales terminarán mañana mismo. Sin embargo, desde del Paleolítico hasta hoy no ha habido ningún avance o progreso en materia de Derechos Animales.

A partir de la mitad del siglo XX, y, sobre todo, con la aparición ominosa del filósofo Peter Singer, quien continuó los trabajos del filósofo utilitarista Jeremy Bentham (siglo XVIII), empezaron a desarrollarse regulaciones sobre cómo se cría, hacina y asesina a los animales por razones económicas, salubres y de percepción ciudadana. Sus derechos, en un sentido legal, siendo los mismos: cero, ninguno, nada, vacío, 0 grados kelvin, error 404…

Si aún en fechas recientes resultan esperables discriminaciones morales y conflictos internacionales en Oriente Próximo derivados de una ética nula por el control del petróleo y el gas natural, cuando más si nos referimos a unos sujetos absolutamente cosificados como los recursos antes señalados.

La explotación animal constituye, con diferencia, la industria dominante y más versátil de toda la estructura socioeconómica histórica y actual. Una estructura socioeconómica surgida por el especismo, una expresión del antropocentrismo por el cual consideramos que el ser humano es el único ser con derecho a vivir. Pero no debiera ser así.

Con tanto capital en juego y tantos actores interrelacionados que controlan cada pieza del rompecabezas, no es de extrañar que inviertan en asegurar e incrementar beneficios a medio plazo. Dado que actualmente existe una tendencia social hacia una interseccionalidad de la justicia, quizás motivada por una compleja y rápida red de información jamás habida, la defensa de los Derechos Animales ha encontrado un cauce y una fuerza en absoluto desdeñable.

Si los humanos somos capaces de traicionar a individuos de nuestra propia familia, ¿cómo no vamos a vendernos al mejor postor? Si ya desde pequeños fueron enseñándonos que estaba bien utilizarlos como simples medios para nuestros fines, ¿a quién sorprendería que particulares y organizaciones los utilizaran para lucrarse gracias a una creciente preocupación social sin rumbo ni conocimiento?

Estas afirmaciones pasan a ser más que hipótesis cuando uno analiza el rol desempeñado por las distintas instituciones que tratan la cuestión de los animales no humanos. Ensayos como el presentado por James LaVeckoriginal y traducido— señalan evidencias y razones acerca de cómo un activismo centrado en el trato (bienestarismo) consigue una alianza entre el interés particular de los activistas y el incremento de ventas para las compañías responsables.

Manifestación de Anima Naturalis en México - Activismo animalista

Ese cartel refleja dos características comunes del pensamiento bienestarista: se limitan a que debemos minimizar el dolor (no a respetarlos) y fomentan el vegetarianismo aun cuando éste ni siquiera sirve para «reducir el dolor».

El beneficio personal del desconocimiento social

La gente —seres humanos en general— manifiesta una habilidad innata para seguir los moldes preestablecidos y calmar sus conciencias mediante el sesgo de la confirmación, es decir, encontrando a quienes afirmen y justifiquen lo que ellos ya creen y les conviene creer. De modo que su percepción se ve altamente influenciada por una publicidad engañosa que les vende la posibilidad de una «explotación ética», una antítesis.

Esta contra-acción no sólo daña la lucha respecto al pueblo; sino que tales argumentados utilitaristas, al estar avalados por quienes son famosos dentro del el sector, consiguen convencer a otros activistas menos formados o «activistas satélites» —no procesan información ni presentan un juicio crítico, solamente repiten— de que este «nuevo camino» será lo mejor para los afectados y no, casualmente, para el bolsillo de sus organizadores, quienes, por cierto, con independencia de la organización o partido, no dudan en insultar, humillar y tratar de ridiculizar públicamente a quienes les lleven la contraria.

Gran parte del éxito de esta apropiación efectuada por parte del activismo animalista (desviación del movimiento según la conveniencia de las organizaciones animalistas) se debe a la incorporación de neologismos económicos y términos muy mercadotécnicos que favorezcan la dilución de información mediante el sesgo ad verecundiam: creer que cuanto diga un sujeto experimentado (o que así lo parezca) es válido en sí mismo, soltar disparates puede ser eficiente si se cuenta con la elocuencia necesaria.

Una manera de persuadir a los activistas comprometidos consiste en hablarles de nuevos métodos revolucionarios y estudios psicológicos por los cuales se deduce que, milagrosamente, la sociedad respetará a los demás animales o que éstos padecerán menos si vamos «pasito a pasito» cambiando una forma de explotación menos aceptable por otra más aceptable a través de campañas monotemáticas.

Entre ejemplos de tales campañas tenemos las simples grabaciones en mataderos y otras acciones morbosas con que solicitan que las gallinas enjauladas pasen a vivir en el suelo de una nave industrial un año y medio antes de morir por osteoporosis aguda, olvidándose, por supuesto, de que dicha explotación implica siempre el asesinato sistemático de los pollitos macho.

Al mismo tiempo, el activismo animalista, surgido con Peter Singer, se vale de un ensalzamiento sentimental y una apología del narcisismo y del alter ego que fomente la unidad ciega y los haga sentir especiales ante el resto. Lo llamativo del asunto radica en que pocos llegan a percatarse de la consecuencia obvia que tendrá por desconocimiento de la propia historia de los movimientos sociales.

El mayor reto de un activismo animalista realmente centrado en los intereses de las víctinas no-humanas subyace en lograr que una mayoría de individuos vean como un «problema» lo que antes se estimaba un «no-problema». Todo activismo, en el sentido estricto de la palabra, consiste en aportar argumentos coherentes para incentivar un cambio en el comportamiento. Dichos actos únicamente pueden cambiar si las acciones previas se perciben como un problema.

Cuando los activistas que supuestamente defienden los Derechos Animales le transmiten a la gente que basta con cambiar una forma de explotación por otra «menos mala», o que esta misma explotación puede hacerse de una forma «buena», están afirmando específicamente que tal explotación es un «no-problema» y, por tanto, están generando el mismo velo que ellos mismos o sus precedentes lucharon por desmontar.

Las palabras de Peter Singer y su postura son aberrantes - Filósofo utilitarista

Las palabras recogidas de Peter Singer no dejan margen de duda. Él mismo reconoció hace tiempo que tituló su famoso libro como «Liberación Animal» no porque deseara la liberación real de los animales, sino debido a que por entonces estaban de moda los títulos con la palabra «liberación». El activismo animalista actual no desea liberar a los animales de ninguna opresión, sino promover una opresión «compasiva» con que tranquilizar sus propias conciencias mientras participan en las peores de las aberraciones concebibles.

Peter Singer y los ideólogos neobienestaristas son el mayor cáncer contra los Derechos Animales

Los Derechos Animales no tienen ni necesitan líderes. Su base es ética y, como tal, se fundamenta en la lógica y en los hechos demostrados por la ciencia. Debido a la obra célebre «Liberación Animal», muchos individuos, cercanos o no el activismo animalista, tomaron a Peter Singer como un referente en la causa. Sin embargo, este filósofo no defiende los Derechos Animales, de hecho, considera que los demás animales no debieran poseer ningún derecho.

A continuación se recogen algunas citas sobrecogedoras y lamentables del proclamado «líder» del movimiento por los derechos de los animales:

La cuestión es, por tanto, si las agradables vidas de las gallinas (más el beneficio que nos dan sus huevos) son suficientes para compensar la muerte que forma parte del sistema. La respuesta a esto dependerá de nuestro punto de vista sobre la muerte, diferenciándola del hecho de infligir sufrimiento. Esta discusión se amplia en el capitulo final de este libro. Basándonos en las razones aquí apuntadas, yo no me opongo en principio a la producción de huevos de corral.
Fuente: Liberación animal, página 205; edición Taurus; año 2011.

Peter Singer, tal como dice, considera que el asesinato sistemática de animales está justificado si nosotros obtenemos un gran beneficio por hacerlo.

No como carne. Soy vegetariano desde 1971. Me hice vegano gradualmente. De un modo general soy vegano, pero un vegano flexible. No compro cosas no veganas para mí en el supermercado. Pero, durante mis viajes, o cuando voy a las casas de otros, voy a estar bastante feliz comiendo una comida vegetariana en vez de una vegana.

Fuente: https://www.motherjones.com/poli…/2006/05/chew-right-thing/

Peter Singer ni siquiera conoce la definición de veganismo, desarrollada por Donald Watson y Leslie Cross dos décadas antes de que él escribiese su libro. Para él, el veganismo es una dieta y un mero para reducir el sufrimiento animal mientras los explota por egoísmo y placer.

Cuando haga compras para mí mismo, seré vegano. Pero cuando estoy de viaje y es difícil conseguir comida vegana en algunos lugares o lo que sea, seré vegetariano. No comeré huevos si no hay huevos de campo libre, pero si hay, los comeré. No pediré un plato que sea íntegramente de queso, pero no estaré preocupado, digamos, si un curry vegetal de la India fue cocinado con mantequilla clarificada.

Fuente: https://www.satyamag.com/oct06/singer.html

Peter Singer, como utilitarista, maneja una definición distorsionada de lo que significa «libertad». Para él, «libertad» significa que las condiciones de ese animal son algo mejores que la media de su explotación usual o que no se le causa la muerte directamente por su explotación. Deduce, por arte de birlibirloque, que está bien consumir su cadáver y productos.

Es bastante difícil ser un omnívoro consciente y evitar todos los problemas éticos, pero si uno fuera realmente riguroso en comer sólo animales que han tenido buenas vidas, esto podría ser una posición ética defendible.

Fuente: https://www.theguardian.com/…/sep/08/food.ethicalliving

Al señor Peter Singer también le escasean sus conocimientos de biología al hablar de la omnivoría como si fuese una dieta. La omnivoría es una condición biológica. Todos los humanos, incluidos los veganos, somos omnívoros aunque escojamos voluntariamente no comernos animales ni sus productos derivados.

Que alguien que afirma que matar y comer animales que hayan tenido una «buena vida» podría ser una posición «éticamente defendible» (sin argumentarlo en ningún momento, por descontado) pueda ser considerado el «padre de los derechos de los animales» da a entender el grado de confusión, la hipocresía y la mediocridad presente en el actual movimiento animalista.

Asimismo, no existe tal cosa como la «buena vida» cuando hablamos de que todos los animales esclavizados como ganado, según la especie, son marcados, castrados, descornados, despicados, separados de sus crías, inseminados forzosamente, hormonados, etc. Por ende, Peter Singer entiende como «buena vida» una idealización perversa de la vida real de un ganado y un tipo de vida que jamás admitiría para sí mismo.

Peter Singer y el activismo animalista dicen preocuparse y defender a los animales mientras participan en su explotación y promueven la esclavitud animal.

Peter Singer, el activismo animalista y su mentira del bienestar animal

Cabe destacar, asimismo, que la explotación «menor» que pregona el activismo animalista nunca es tal. El concepto de «maltrato animal» fue un invento de la industria promovido por Peter Singer para centrar la atención en el trato que se les da en lugar de cuestionar la propia legitimidad que tengamos para criarlos, hacinarlos y asesinarlos.

Toda forma de explotación animal implica, inherentemente, la vulneración de la libertad y la integridad (y, en la mayor parte de los casos, también la vida). Darles mayor libertad no convierte a los esclavos en libres ni brindarles un mejor trato significa que se respete su integridad. Ningún animal esclavizado es libre —no puede decidir adónde ir— ni tampoco goza de plena integridad; pues a los explotadores no les conviene que usen su cuerpo para determinadas funciones vitales como la reproducción (apareamiento).

Se trata del clásico juego del poli bueno y el poli malo. Aparentemente, hay una oposición entre los grupos animalistas y la industria de explotación animal. Sin embargo, en la realidad son aliados que están en el mismo bando: a favor de explotar a los demás animales. Sólo difieren levemente en la manera en que se debe llevar a cabo esa explotación.

Todo forma parte de un negocio redondo en el que todos ellos ganan. Los grupos animalistas ganan socios y donaciones por su labor en intentar mejorar «el bienestar de los animales». Los explotadores empresariales aumentan sus ventas gracias a la publicidad que reciben por haber «mejorado las condiciones» de su explotación. Todos ganan. Sólo los animales no humanos pierden.

La estafa es doble y monumental. Entonces… ¿por qué pervierten el activismo? Por un único motivo: ganancia personal en forma de una «unidad simbólica de poder» llamada «dinero». Muchos animales ajenos a nuestra especie cuentan con sus unidades de poder a la hora de desempeñar comportamientos agonísticos, en el caso de la «inteligentísima» especie humana, nosotros vendemos nuestros principios y valores por un instrumento abstracto que permite satisfacer necesidades más o menos impuestas por nuestra biología.

Como conclusión, las actuales organizaciones animalistas y prácticamente cualquier grupo grande de activistas que conforman el activismo animalista actual no representan los Derechos Animales y son una lacra para las víctimas. Donarles dinero equivale a ceder nuestra responsabilidad ética y, además, ser cómplices de cómo traicionan a los animales esclavizados.

No vendamos nuestra «alma» al mercado ni se la regalemos a quienes mantienen los ojos pegados al ombligo. Si apenas podemos fiarnos de otros «veganos», imaginemos el caso nefasto de estas instituciones jerarquizadas. Si uno quiere de verdad luchar por los Derechos Animales, debe formarse.

Puede resultar comprensible que antes de la aparición de internet no llegaran ciertas noticias o argumentos al público general; pero hoy sí es un imperativo que todo activista por los Derechos Animales deseche la idealización sobre Singer y dé un paso más. El profesor Gary L. Francione es actualmente una de las mayores eminencia en dicho campo y merece que todo simpatizante por la causa conozca sus obras y estudios académicos.

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Los animales merecen respeto, no necesariamente amor ni compasión

Los animales merecen respeto, no sólo los humanos

Los animales merecen respeto. El respeto va mucho más allá que la compasión.

¿Qué significa respetar a los animales?

Respeto (del latín respectus) significa «miramiento», «atención» o «consideración» hacia algo o alguien. Etimológicamente se refiere a la veneración o el acatamiento que se tiene a alguien. El respeto, en un sentido ético, es el reconocimiento y aceptación moral de que cada individuo posee un valor inherente o intrínseco (en sí mismo), con independencia del valor instrumental que pudiera poseer para terceros. En otras palabras: el respeto moral es el reconocimiento del valor inherente de los individuos.

¿Por qué los animales merecen respeto?

Los defensores de los Derechos Animales argumentamos que cada ser sintiente posee un valor inherente porque, científicamente, todo ser dotado de la capacidad de sentir cuenta con emociones y deseos propios. Cada uno es un individuo único y consciente de sí mismo, al que le importa su propia libertad e integridad. El respeto se refiere exclusivamente al reconocimiento del valor inherente o intrínseco del individuo; no a sus acciones o creencias. Todos actos e ideas son cuestionables y tenemos la obligación, como animales bastante racionales, de ponerlas a la luz de un juicio crítico. A pesar de que lo reiteremos día sí y día también, nunca resulta suficiente.

A veces, erróneamente, se dice que a tal o cual animal (pj: un toro bravo) hay que tenerle «respeto» con el significado manifiesto de mantener la prudencia ante un posible ataque. Tener precaución a la hora de manejar animales o estar cerca de ellos no equivale a respetarlos. Si acaso, lo único que se está respetando ahí es la integridad de uno mismo.

¡Derechos Animales ya! - Por qué respetamos a unos animales pero explotamos a otrosLa compasión hacia los animales no equivale a respetarlos

A menudo, en lugar de promover el respeto que merecen los animales, muchos activistas y organizaciones animalistas usan y promueven otros términos vacíos, irrelevantes, sensacionalistas o meramente inútiles. Entre ellos, quizás el más común es el de «maltrato animal». Otro bastante usual es, sin lugar a dudas, la compasión.

Como explica maravillosamente el activista Luis Tovar en este artículo, la compasión hace referencia simplemente al hecho de sentir pena o tristeza a causa de lo que a otros les ocurre cuando padecen algún sufrimiento. Se trata de una emoción. Aunque no seamos conscientes, queremos que ese alguien deje de sufrir porque contemplar su sufrimiento nos hace sufrir a nosotros. Muchísima gente dice encontrarse fatal tras ver vídeos de «crueldad animal» o  de mataderos pero no se imagina realmente en el lugar de las víctimas. Si lo hicieran, tales espectadores tendrían que verse abocados a querer dejar de participar en la explotación animal. Por desgracia, no ocurre así. La mayoría de quienes se consideran «sensibilizados con el sufrimiento animal» adoptan la postura bienestarista, es decir, la creencia irracional de que está bien hacer daño a los animales si causa el justo para obtener un beneficio. Esta perspectiva, mayoritaria hoy en la sociedad general, tiene como referente actual a filósofos como Peter Singer y su utilitarismo aberrante. La compasión es un fenómeno puramente emotivo del que se lucran por activa y por pasiva las grandes organizaciones animalistas. La compasión, en sí misma, no es un razonamiento sino un proceso emocional. Por tanto, debido a su carácter subjetivo —tanto porque nace en el propio sujeto como porque se limita al propio sujeto— no sirve para entender por qué los animales merecen respeto ni tampoco paras defender sus intereses.

La empatía, por el contrario, se define como la capacidad de imaginarnos o de ponernos en el lugar del otro. Aunque se trata de algo imaginado e igualmente subjetivo, la empatía no se limita al propio sujeto. Permite percibir el sufrimiento del individuo sufriente como algo que éste padece con independencia de que nosotros suframos más o menos al conocer su sufrimiento. La empatía es, a fin de cuentas, una forma de imaginación que nos permite comprender las emociones de los demás animales y actuar en consecuencia. Debemos desarrollar la empatía, pero dirigida hacia el reconocimiento de las razones de por qué los animales merecen respeto, no basta con sentir compasión por el sufrimiento que padecen y conformarse con pedir un «bienestar animal» o donarles dinero a las fraudulentas organizaciones animalistas.

¡Derechos Animales ya! - La palabra respeto incluye a los demás animales

La falacia del respeto

Continuando con el«respeto», este sustantivo brilla por su sonoridad y belleza en la lengua española como por su significado tan profundo. Sin embargo, no todos de quienes utilizan este término llegan a comprender su alcance y trasfondo, y llegan a cometer la llamada «falacia del respeto». Esto se evidencia cuando exclaman «Yo respeto tu forma de comer, «respeto tu opinión», «te respeto lo que comas», «respeto tu causa», «respeto que quieras…», etc., dejando siempre a los animales —las víctimas de sus faltas de respeto— fuera de la ecuación.

Muchos humanos se refieren al «respeto» en un único sentido. Un número copioso de gente, a tenor de los ejemplos diarios, parece creer que se trata un concepto «unilateral» para zanjar un debate antes de siquiera empezarlo. Consideran que sólo los humanos merecemos respeto o que éste solamente cuenta cuando puede ser recíproco. El tema de la reciprocidad y el contractualismo (entre otros alegatos habituales) lo han tratado diversos autores contemporáneos.

De este modo, esgrimen el «respeto» como una petición de principio (una falacia dialéctica) con la cual dan por sentado que no tienen ninguna obligación hacia otros animales porque no son humanos o dicen que no tienen por qué respetar los derechos de los animales porque, supuestamente, no cumplen obligaciones en sociedad. La mayor parte de la sociedad presenta una mentalidad bienestarista como consecuencia de un prejuicio de supremacía —el antropocentrismo—, lo cual desemboca en especismo. Resulta fácil encontrar individuos que acepten el deber de tener compasión hacia las víctimas; pero no las respetan. Los demás animales necesitan respeto; no lástima ni ninguno de sus derivados antropocéntricos. Nosotros no estamos concediéndoles o regalándoles nada. El hecho de dejarlos vivir en paz no es un «obsequio» por nuestra parte; sino un deber moral. Faltaría más, vaya.

Asimismo, cabe recordar que su carácter recíproco no implica ningún perjuicio para los humanos. Aunque para mí resulta descabellado, muy frecuentemente aparecen quienes nos acusan de «discriminar» a los humanos por ponernos a la misma altura que el resto de los animales. El respeto no es algo que unos deban perder para otros ganar. Todos podemos, aquí y ahora, aplicarlo a cualquier sujeto. Por tanto, estimo que arremeten con esa estupidez debido a que se sienten ofendidos por haberlos bajado de su pedestal psicológico inculcado desde la niñez. Por fortuna, todos los que hoy somos veganos podemos dar fe de que los prejuicios pueden superarse mediante la razón. En esta misma web figuran varias entrevistas interesantísimas.

Para ser justos debemos respetar a todos los individuos con independencia de su especie. Ello conlleva, obviamente, rechazar su uso como recurso (medio) para un fin. Los prejuicios, las actitudes y las prácticas basadas en la violencia no merecen respeto. Las personas y sus derechos sí merecen respeto. El especismo y la explotación animal no merecen respeto, pues suponen violar los derechos de las personas nohumanas. Si eliminamos el especismo de nuestras mentes, podremos entender que el respeto implica necesariamente no utilizar a los demás animales para nuestros fines. El respeto implica veganismo.

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La victimización de los explotadores

Los especistas se victimizan cuando hablamos de explotación animal - Victimización de los explotadoresLa victimización de los explotadores es un hecho cotidiano. Aunque habrá a quien le resulta algo ofensivo, esto me viene a la cabeza cuando muchos explotadores de animales se victimizan públicamente como si señalar su especismo supusiera una afrenta o tuviese algún tipo de parangón con las acciones que ellos practican o promueven a diario. Respecto a la viñeta, ha de considerarse que el término «carnista» es innecesario; pues sitúa a quienes comen carne como si fuesen peores explotadores.

La defensa de un no-derecho

Cuando efectuamos nuestro activismo por los Derechos Animales, todos los días recibimos respuestas reaccionarias y defensivas ante nuestras publicaciones y comentarios. Así ocurre porque un sinfín de usuarios y lectores se toman como un ataque personal que se señale sus acciones aunque nadie los aluda a ellos (ni los conocemos). El modus operandi de la victimización de los explotadores siempre es el mismo, de modo que podemos dividir los tipos de comentarios recibidos en tres:

  • Diplomáticos: Nos piden, con suma educación, que retiremos una fotografía, ilustración, viñeta, etc., a causa de que les desagrada. Tras explicarles, con los mismos buenos modales, que condenamos acciones y comportamientos (no individuos) debido a que necesitamos reflejar la realidad de las víctimas, suelen adoptar la actitud del siguiente modelo.
  • Indignados: Claman a los cuatro vientos acerca de cómo hemos tenido la desvergüenza y osadía de atacar a quienes «aman a los animales» (pj: rescatistas, perro-gatistas, explotadores compasivos, etc.) o realizan actos absolutamente legales (se sabe que si algo es legal en alguna parte nadie debe reprochar nada, válgame). Estos sujetos muestran su experticia en ética y argumentación al rechazar cualquier intento de acercamiento o analogía diciendo que sencillamente «no son lo mismo» y mediante molestos alegatos especiales: «no tenéis ni idea de cómo funciona una granja», «no puedes entenderlo», «informaos», y un larguísimo etcétera. En el momento en que se hartan de repetir su mantra de prejuicios o se palpan demasiado cuestionados como para mantenerla, pasan adoptar la disposición inferior; la cual refleja su verdadera naturaleza interior.
  • Agresivos: Estos sujetos renuncian a todo atisbo de modales o raciocinio y se enzarzan en una batalla de burlas y descalificaciones continuas. En la mayor parte de los casos nos vemos obligados a bloquearlos para terminar con la discusión. Si a ellos les parece cansino responder, que se imaginen cuánto resulta para nosotros estar contestando a un centenar de clones de forma consecutiva.

A toda la gente que molesto por ser vegano, no soy yo, es tu conciencia - Victimización de los explotadores

No, Di Caprio no es vegano. El cartel sólo pretende señalar la evidencia de la sociedad general se siente atacada por el mero hecho de saber que hay otra gente con más fuerza de voluntad y principios que ellos para rechazar toda forma de explotación animal.

La victimización de los explotadores es un reflejo de sus conciencias

Llama un montón la atención que quienes participan en la explotación animal —ya sea más directa o indirectamente— se muestran siempre los más susceptibles frente a vídeos e imágenes en donde se aprecia la terrible crueldad con que usamos y tratamos los animales no humanos. O sea, no les importa cuánto sufrió el animal de turno; sino que protestan porque a ellos sí les afecta de una manera sentimental o moral. Muchas veces, los activistas tenemos que cogerlos con pinzas por tal de que no se irriten y comiencen a agredir. Una sensibilidad la mar de convenida…

 

Si cada jornada se repite sin cesar esta especie de algoritmo social, se debe a que ellos mismos se ven como las víctimas. Acontece una victimización de los explotadores por la cual confunden los conceptos de respeto o tolerancia con el hecho de darles el visto bueno para hacerles a los animales cuanto les dé la real gana. Dado que se creen legitimamos para protestar, no dudan en exhibir una completa irracionalidad. Y entre los explotadores no cabe sólo imaginarse a granjeros, ganaderos, taurinos o cazadores a los que les inculcaron desde pequeños cómo someter a los animales; sino que más agresivos y peores son los animalistas rescatistas y los vegetarianos de «salud» y «medio ambiente». Por sorprendente que parezca, he comprobado por mí mismo que tiene más facilidad para hacerse vegano un ganadero con la conciencia intranquila que un animalista que se percibe a sí mismo en un pedestal moral por donar a una organización animalista o por hacerse ‘selfies‘ en la mani de turno.

En nuestra sociedad buenista a menudo se fomenta la creencia de que una sociedad avanzada consista en que cada uno siga su camino sin joder al vecino. Ello, unido al especismo, hace que muchos lectores inesperados de nuestras publicaciones y artículos acostumbran a exigirnos una absoluta indiferencia hacia los demás animales vestida con falsa empatía y comprensión. Para ellos, todo eso se trata de un asunto «privado». Pues no, lo que nuestra civilización practica sistemáticamente con los restantes animales de este planeta no está oculto ni se limita a la conveniencia o decisión de cada uno. En vista de que no pueden negar la lógica de «no les hagas a otros aquello que no te gustaría que te hicieran», este tipo de individuos sólo tienden dos salidas: aceptar nuestros argumentos o no pasar de agredirnos hasta ver satisfecho su ego herido. Nosotros se lo debemos a las víctimas reales y no miraremos hacia otro lado. Por tanto, que se guarden sus quejas y odios, y se miren al espejo.

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Diferencias entre veganismo y vegetarianismo

El vegetarianismo causa víctimas

Estas ilustraciones representan cuáles son las víctimas que distinguen a un vegetariano y de un vegano. Un vegetariano participa en la explotación por leche, miel y huevos.

Una diferencia ética e histórica entre vegetarianismo y veganismo

El veganismo no significa vegetarianismo estricto. El veganismo es un principio ético definido por Leslie Cross y Donald Watson en 1951, quienes se escindieron de la Unión Vegetariana Internacional porque éstos no consideraban aspectos éticos. Éste cuenta con dos preceptos:

1) Rechazar la explotación (uso como recurso) de los animales no humanos.

2) Liberarlos de la dominación por parte de nuestra especie.

Cualquier otra definición que no se base en estos puntos está obviando el fundamento de estos dos pensadores. La veracidad no se halla en la Wikipedia ni en las opiniones mayoritarias; sino en las obras y explicaciones aportadas por sus autores. Así sucede con todos los movimientos o doctrinas políticas y el veganismo no tiene por qué funcionar de manera diferente en este sentido.

Las diferencias entre veganismo y vegetarianismo son evidentes. El vegetarianismo, desde su creación en 1847 hasta hoy, es una dieta que rechaza los tejidos de procedencia animal pero acepta sus secreciones, como los lácteos, huevos y miel.

Hipocresía, desconocimiento e incomprensión

Cuando los veganos señalamos las diferencias entre veganismo y vegetarianismo siempre aparecen individuos ofendidos porque se dejan llevar por sus sentimientos encontrados en lugar de reflexionar sobre el mensaje de la publicación. Hay gente que percibe la imagen superior y nuestras explicaciones como poco menos que un insulto y parecen disfrutar atacándonos al mismo tiempo que se victimizan. Tales reaccionismos se basan en esgrimir una serie de falacias y descalificativos que vuelven imposible un diálogo formal y cortés. A continuación iré plasmando contestaciones habituales para responder cada punto de este tema:

«Faltar al respeto»

Este tipo de falacias de falso ad hominem acontecen por una confusión entre personas e ideas. El respeto se refiere a la integridad de los individuos; no a sus acciones o creencias. Criticar o mostrar los actos injustos de un colectivo no es una falta de respeto en tanto que no atenta contra su integridad. La práctica del vegetarianismo sí es contraria al respeto hacia los demás animales debido a su participación en la explotación animal. Además, las amenazas plasman despotismo e indiferencia hacia ellas.

«No como animales»

En dicha ilustración figuran las víctimas de la explotación por leche, miel y huevos. Todo quien consuma tales productos es directamente responsable de tales hechos y eso se denuncia. Para ser justos debemos rechazar toda forma de explotación animal (uso como recurso) de la misma manera en que todos nos oponemos a la explotación humana. Ésta es la realidad, guste o no guste.

«Todos empezaron como vegetarianos»

Muchos no comenzamos como vegetarianos, un vegetariano no tiene por qué ser un potencial vegano. El vegetarianismo no es un paso hacia los Derechos Animales al igual que asesinar «un poco» no nos conduce a los Derechos Humanos. El vegetarianismo no se considera a sí mismo como «un paso» al veganismo. Eso es una interpretación subjetiva. Estamos de acuerdo en que debemos facilitar el paso a paso. ¡¡¡Eso hacemos todos los días!!! No se critica que la gente necesite una transición al veganismo de forma progresiva; sino el estancamiento y sus justificaciones absurdas. Se puede empezar por eliminar los lácteos, los huevos o la miel. No es imprescindible comenzar por la carne; lo cual muestra un enorme componente cultural.

A la usuaria le falta de información objetiva. Yo mismo he conocido a gente que ha pasado de ser taurino a ser vegano y vegetarianos que han vuelto a comer carne. No hay datos que avalen dicha hipótesis; sino la contraria: la mayoría de los vegetarianos suelen desistir antes de convertirse en veganos porque carecen de los motivos éticos imprescindibles y asumen unas dietas demasiados estrictas.

«Están discriminando»

Explicar no implica «superioridad», «perfección», «soberbia» ni una mentalidad atrasada con ganas de etiquetar a los demás. Las desgracias a los animales no humanos se inician por no darles el respeto que merecen; un respeto que vulnera la práctica del vegetarianismo al explotarlos (usarlos como recurso) para obtener sus secreciones. En vez de enfadarse con quienes muestran la realidad, deberían cabrearse con las posiciones que promueven su explotación. Aquí no sembramos discordia; discordia siembran quienes prefieren cornear antes que hacer autocrítica. Parece que llaman «imponer» a todas las ideas y acciones que vayan en contra de imponer su explotación a los nohumanos.

«Sé que soy cómplice pero también está bien»

La enorme heterogeneidad de respuestas sin sentido común nos indican lo contrario: se requiere incidir más en esta cuestión para que dichas víctimas puedan estar a salvo. Todo les parece irrespetuoso. Explotar a otros animales eso no les parece nada irrespetuoso. Lo peor radica en que afirman ser conscientes de lo que hay detrás de los huevos y la leche. Vemos que mienten: sólo se miran el ombligo.

«Un trato mejor que incluso en libertad»

Muchos vienen a nuestras páginas sin siquiera saber qué defendemos. No decimos que la explotación animal sea necesariamente «maltrato animal» (concepto bienestarista); nosotros explicamos que la explotación animal es inherentemente injusta debido a que quebranta el principio de igualdad. Nadie querría ser un esclavo bien tratado; sino ser libre. Todos los animales no humanos sienten y padecen, y cuentan con intereses inalienables tales como la libertad, la defensa de su integridad y el deseo de vivir.

No contamos mentiras ni exageraciones. Por el contrario, nos relatan un fantasioso mantra bienestarista que defiende una esclavitud de color rosa. Todos esos animales terminan en el matadero. Los humanos no tenemos ninguna legitimidad para preñar vacas ni hacerles nada. Parece que, para algunos, las vacas debieran estar incluso agradecidas de que sólo las embaracen de vez en cuando.

«No consigo ser vegana por la ideología de sus miembros»

El respeto que merecen las víctimas no depende de cómo a alguien le caigan otros humanos. Es como si se dijera: «no he dado el paso hacia dejar de asesinar porque todos los humanistas son unos elitistas engreídos que no me convencen». Uno no tiene que convencerse, su obligación moral es ser justo tanto con humanos con otros animales y eso no depende de que unos u otros sean de una u otra forma. Si quieren dejar de causar víctimas, entonces háganse veganos. El mensaje es claro. Ocurre que la mayoría prefiere exaltarse antes que entenderlo.

Por otra parte, el veganismo no es una cuestión de grados; sino de justicia. El vegetarianismo sí admite grados; pero el veganismo no es vegetarianismo. Se refiere exclusivamente al cese de la explotación animal. No abarca todos los Derechos Animales. Las acciones sobre el medio ambiente o relativas a humanos no competen al veganismo.

En dicho sentido, uno de los alegatos más frecuentes en la actualidad es el referido al aceite de palma. El vegetarianismo implica explotación animal directa; pues a tales animales se los usa como recursos para nuestros fines. Cuando se consume aceite de palma, el humano no está pagando necesariamente para que exploten orangutanes. Todo lo relacionado con ellos es una consecuencia de una gestión injusta e ineficiente, no culpa de los veganos por causas circunstanciales. Un vegano, por definición, no causa explotación animal directa. No paga para que los orangutanes sean esclavizados y, desde luego, tanto un comelotodo como un vegetariano causan infinitamente más daño cuantitativo a los animales no humanos y al medio ambiente.

La gota que colma el vaso

Qué consideras ofensivo - Vegetarianos

De entre todos los ejemplos cuales presenciamos a diario, hay algunos especialmente sangrantes por el cinismo que denotan sus palabras. A diferencia de otros comentarios, éstos no sugieren ni una muestra de reflexión o atisbo de consideración hacia los animales no humanos. Justo lo contrario, vienen a decirnos cómo nos atrevemos a cuestionar su legitimidad para explotar a las víctimas. Se arrogan una potestad y la reivindican mediante ataques.

«Tengo derecho a explotar porque soy rescatista»

Vegetariana-hipócrita-máxima (nombre omitido)

Estoy-orgullosa-de-ser-vegetariana-y-explotar-vacas (nombre omitido)

Este tipo de comentarios con tantísimos errores conceptuales evidencian que el mayor problema del vegetarianismo es que está conformado por sujetos tan especistas como el resto de la sociedad. No sabe qué significa «explotación». No hay una forma de explotar «con cabeza»; sólo cabezas que se sienten con la conciencia tranquila al pensar que ya son justos y que hacen suficiente. Todo uso de ellos es explotación. No son sus gallinas ni vacas. No son sus esclavos; son productos que pertenecen a tales animales. Los casos personales no constituyen reglas generales. Casi todo el mundo puede ser vegano. No se trata de un problema de metabolismo; sino de mentalidad.

Por si no le hubiese bastado con mostrar su ignorancia, sigue a la carga esgrimiendo los argumentos falaces más trillados e infantiles que uno pudiera imaginar. Comete una falacia ad populum, incurre en una falacia del término medio. No tiene derecho a beneficiarse de ellas. Eso no es «rescate»; sino pasar de que las exploten otros a hacerlo uno mismo. Continúa colgándose medallas como si sólo ella rescatase animales no humanos o trabajara en albergues. Y, ante todo, señala esa razón como argumento para usar vacas y gallinas como sus esclavas. Yo me he dejado cientos de euros aun siendo estudiante y sin trabajo. Sin embargo, no encuentro relevante ir vacilando de ello a los cuatro vientos y, ni muchísimo menos, utilizar esta basa para situarme en un pedestal de cuasiDios.

Si le importan las víctimas, que sea vegana, que no intente justificar sus acciones porque sea una «buena samaritana». Lo cortés no quita lo valiente. O lo que es lo mismo: que haga cosas bien no significa que todo lo que haga resulta correcto o aceptable.

Sin más, aquí termina otra entrada dedicada a señalar la difícil situación en que se hallan los animales no humanos debido a la irracionalidad y egocentrismo de los humanos.

 

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Humanización, animalización y cosificación

Paul de Vos - Pelea de gatos en una despensa. Mediados del siglo XVII. - Humanización de animalesCuadro pintado por Paul de Vos a mediados del siglo XVII, titulado: Pelea de gatos en una despensa. La humanización de los animales es un tema recurrente en nuestra cultura a la par que se los cosifica en la realidad.

En esta entrada realizaré una reflexión general sobre los conceptos de «humanización», «animalización» y «cosificación», sus implicaciones éticas y diferencias categóricas.

Humanización

Denominamos «humanización» a la acción de dotar de características humanas a algún ente (vivo o no) que no lo sea. Este término aparece con frecuencia cuando se refiere al ingenio e inventiva humanos en el campo de las artes: literatura, teatro, pintura, etc. Puede señalar propiedades «humanas» tanto físicas como comportamentales en distintos grados.

Debido a que los atributos comunes o mayoritarios en nuestra especie están juzgados a la luz de nuestros propios ojos, no sólo caemos en el error de considerar como «humanos» aquellos rasgos no necesariamente exclusivos del Homo sapiens; sino que el proceso de humanización implica crear un alter ego o representación del autor con distintas pretensiones según nuestra propia visión de cómo sería la fusión o el resultado de ese ser con la mezcla entre sus caracteres y los nuestros. Asimismo, incurrimos en el sesgo de interpretar las cualidades de los seres no-humanos de un modo que quizás no guarde relación o lógica con su origen, función o utilidad.

En referencia al activismo vegano, muchos activistas han argumentado de forma espléndida la falacia del anacromorfismo, es decir, la acusación infundamentada de que nosotros, los veganos, practicamos una humanización indebida de los animales no humanos con el objetivo de sensibilizar a la gente mediante una fachada inexistente e inválida. Entre muchas explicaciones, me quedo con el ensayo escrito por Igor Sanz y su acuñación de las palabras proferidas por Konrad Lorenz, padre de la etología, a quien también acusaban falazmente de «humanizar a los animales»:

«No trato de humanizar a los animales [nohumanos]. Se ha de comprender que
lo demasiado humano es casi siempre prehumano, y, por tanto, es aquello que
compartimos con los [demás] animales. A fe mía que no proyecto características
humanas en el animal [nohumano]; antes, al contrario, muestro la cantidad de
herencia que persiste en la humanidad».

Los animales poseen rasgos que creemos exclusivos para los humanos

Empíricamente puede observarse que compartimos multitud de cualidades con los animales no humanos. Esto nos motiva a que nos resulte más sencillo empatizar con algunas especies. Sin embargo, justificar el respeto tomando como base nuestra semejanza implica vernos a nosotros mismos como ejemplo de perfección o colofón del proceso evolutivo. Si hemos llegado a construir este sistema de opresión se ha debido a nuestra mentalidad supremacista. Mientras perdure, seguiremos racionalizando un juicio gradualista de la naturaleza que, lejos de sostenerse por la ciencia o la ética, sólo sirve para calmar nuestra conciencia y justificar acciones deseables por estricta conveniencia. Este mismo prejuicio protagoniza formas de utilitarismo que a menudo aparecen bajo el término «veganismo».

Como escribí hace tiempo en este ensayo simplón acerca de la importancia de utilizar historias, cuentos, fábulas, novelas, etc. para combatir el prejuicio especista, toda creación humana es potencialmente enfocable para promover el veganismo y defender los Derechos Animales. A pesar de ello, cabe estimar que tanto si pretendemos humanizarlos (añadir elementos diferenciadores) como si no, nuestras obras nunca plasmarán de modo objetivo la realidad. Para luchar por las víctimas empleamos nuestro raciocinio; pero éste acaba encorsetado por nuestros sentidos y un alcance facultativo (inteligencia y conocimiento) del que dependemos y gracias al cual marcamos nuestros actos.

En consecuencia, aunque uno se propusiese reflejar la explotación animal desde el punto de vista de las víctimas o crear personajes humanizados por simple divertimiento, siempre nos quedará la duda de cuán reales serían si existieran en realidad en éste u otros planetas por haber acontecido una serie determinada de variables físico-químicos, cambios biológicos, etc.

A tenor de lo explicado, podríamos afirmar que la humanización es un proceso cognitivo aplicado sobre nuestro lienzo de la propia existencia. Y no sólo eso; sino además, un fenómeno intrínseco a nuestras condiciones psicológicas e inevitable para el desarrollo de la empatia. Esta reflexión abre la puerta a una interpretación curiosa: ¿tendemos a humanizar a causa nuestra capacidad empática? ¿Otros animales serán capaces de imaginar el comportamiento ajeno y aproximarlo al suyo? No he hablado en ningún momento de «personificación» porque todos los animales somos personas en sí mismos en tanto que tenemos las estructuras necesarias para la realización de una subjetividad. Este planteamiento nos dirige hacia el siguiente concepto.

Caricatura de Charles Darwin en forma de mono - Humanización frente a cosificaciónCaricatura de Charles Darwin con apariencia de mono que dibujaron detractores de su época para burlarse de su Teoría de la Evolución.

Animalización

De manera análoga, se denomina «animalización» a la trasposición de atributos propios de los animales no humanos a otros entes. Justo al contrario que su contraparte anterior, este término alude a acciones desaforadas e impropias de un humano civilizado o que jamás realizaríamos, por lo que presenta matices denigrativos o indeseables. Uno no suele animalizar porque pretenda ensalzar en ellos cualidades o conductas muy diferentes; sino para caricaturizar o incluso repudiar sus particularidades. Acostumbramos a hacerlo bajo la actitud supremacista antes señalada para criticar y condenar tanto aspectos fisiológicos como etológicos por el simple hecho de no estar presentes en nuestro caso.

Si fuésemos más objetivos, podríamos asumir que la atribución de características exclusivas de los animales no humanos quizás sirviese, por ejemplo, para ayudarnos a concebir cuán diferente hubiera sido y sería nuestra civilización si contásemos con otra visión de los colores, otro intervalo de percepción auditiva, otro córtex cerebral y otras mutaciones que hubiesen generado estructuras, órganos, reacciones químicas, etc., que convirtiesen en factible aquello sólo llegamos a soñar. Al igual que la humanización puede ser útil de cara al activismo (si bien ni mucho menos ideal en todos los casos), transferir rasgos no-humanos a personajes humanos permite acercarnos a unas segundas posibilidades que podrían haberse producido si las condiciones y condicionantes hubieran desarrollado con absoluta desemejanza.

Asimismo, ha de destacarse que a menudo se confunden las acciones con la cognición. Cuando animalizamos, solemos creer que ellos hacen algo por simples razones azarosas o totalmente impensables o inimaginables por nosotros debido a la escasa lógica del acto. Así ejemplificado, que los perros decidan olisquear el trasero de otros en lugar de utilizar un lenguaje verbal no implica que ni carezcan de dicha herramienta ni que sean inherentemente menos inteligentes en sentido absoluto.

El intelecto desempeña el papel fundamental de facultarnos a todos para reflexionar sobre cuáles métodos son más adecuados según nuestros instrumentos biológicos y el contexto que nos rodea. Escoger entre uno u otro camino responde a la razón y está supeditado a los sentidos y habilidades del individuo. Esto significa (y nos recuerda a la vez) que las acciones emprendidas por los no-humanos no son necesariamente menos razonadas ni ilógicas que las nuestras. Si nosotros tuviésemos la fisiología de un perro, u otro animal más distante, posiblemente no dudaríamos en marcar nuestro territorio con excrementos si hacerlo fuese lo más apropiado para el fin perseguido, es decir, si así se entendiese mejor el mensaje y quedase constancia un tiempo mayor. Desde luego, si existiera vida «altamente racional» fuera de la Tierra, sería bastante antropocéntrico pensar que dichos organismos se comportasen como nosotros por el simple hecho de ser tan listos cual unos servidores…

Por otra parte, los humanos no somos los únicos animales con cultura. El aprendizaje está supeditado a nuestra forma de percibir el ambiente, ello conlleva que distintas poblaciones generen un acerbo de peculiaridades sociales que las distinguen del resto. Al igual que en los humanos puede verse afectada la razón por los sesgos cognitivos y prejuicios, diversos estudios sobre la transferencia cultural en primates y ballenas (entre otros animales) desechan la idea tradicional de que la cultural sea una característica exclusivamente humana. O sea, puede ocurrir que el comportamiento de un animal (incluidos los humanos) se origine y produzca, simultáneamente, como fruto de su raciocinio, instinto y asimilación cultural.

Sea como fuere, lo único relevante en el terreno ético reside en que unos y otros poseemos intereses inalienables. Si tratamos de combatir nuestros prejuicios, alcanzamos a comprender las atrocidades que se esconden tras el siguiente concepto.

Racismo y especismo - Cosificación de animales

Tanto el racismo como el especismo son discriminaciones morales que implican la cosificación de un sujeto y su trato, coacción y manipulación como si fuese un objeto. No basta con rechazar el maltrato animal para ser justos con los animales.

Cosificación

«Cosificación», como su nombre indica, consiste en atribuir propiedades de los objetos (entes inertes) a aquello que no lo sea. Este fenómeno solamente plantea un conflicto moral respecto a la consideración de los animales no humanos porque ellos, a distinción de otros seres vivos, sí cuentan con intereses inalienables.

A diferencia de los dos conceptos previos, éste no es subjetivo; pues podemos razonar y argumentar si a alguien lo tratamos o no como si fuese un recurso. Además, se distingue con facilidad de la «humanización» y la «animalización» en que no plasmamos en aquellos individuos características propias o ajenas; justo lo opuesto: desconsideramos o negamos sus propios rasgos inherentes. Tampoco se deriva de nuestras facultades cognitivas; sino que, por el contrario, proviene de un prejuicio moral. En cierto sentido, podríamos decir que la cosificación es el antónimo de ambos: usamos la razón para desechar rasgos; no para «otorgarlos» ni «sopesarlos».

Este fenómeno se manifiesta de formas muy variadas y arraigadas en la cultura. Consta de numerosos puntos basales que han estudiado autores como Martha Nussbaum y Carol Adams. Para lograr el tan aludido progreso social resulta imprescindible comprender por qué no debemos tratar como cosas a otros animales al igual que no nos gustaría a nosotros recibir dicho tratamiento.

El lobo es malo y sandwich de jamón - Humanización y cosificaciónSe da la paradoja de que, en las artes, humanizamos a los animales para exponer o condenar comportamientos humanos mientras se incurre en cosificación a la hora de considerarlos como individuos.

Humanización indebida y cosificación aberrante

En este último apartado quisiera poner hincapié en sucesos moralmente contradictorios dentro de la cultura humana. A menudo, cuando se humaniza a animales no humanos en obras cinematográficas, teatrales o literarias ocurre que se enseñan o transmiten mensajes erróneos y bastante dañinos de cara a una interpretación objetiva de la naturaleza. Que todos los animales cuenten con una conciencia (al menos mínima) o razonamiento no ha de confundirse con que ellos puedan responsabilizarse de las implicaciones y consecuencias de sus actos. A rasgos prácticos, asumimos que únicamente los humanos somos agentes morales (sujetos responsables de sus actos). A lo mejor un delfín o ballena pudieran serlo; pero no es de nuestra incumbencia. Por tanto, somos nosotros y no otros animales los que debemos obrar justamente y respetarlos en la medida de lo posible.

Así pues, resulta incorrecto decir que tal o cual animal no humano es malvado, cruel, o cualquier otro adjetivo subjetivo relacionado con su conducta. No contentos con este fallo demasiado común, lo más llamativo es que en muchas ocasiones se los humaniza al mismo tiempo que se los cosifica. Esto se produce, por ejemplo, cuando se narran cuentos infantiles en que los cerdos, las vacas o las aves esclavizadas en el corral exhiben comportamientos y actitudes humanas mientras están contentos con ser esclavos. El pensamiento especista funciona así: si un organismo carece de forma humana, no importa ni siquiera que evidencie todas y cada una de nuestras propiedades.

Para acabar, también señalaré empresas como Disney que se lucran tanto humanizándolos en sus series y películas (según quiénes sean los protagonistas) como cosificándolos en éstas mismas (si no tienen un rol principal) y en sus parques temáticos para niños (pj: caballos que tiran de carruajes durante los desfiles).

Nuestra relación con los demás animales es tan absolutamente heterogénea como discordante que daría para escribir un libro. Como conclusión, hemos de esforzarnos por desechar las confusiones categoriales entre la naturaleza (el ser), la potencialidad (poder ser) y la ética (deber ser).

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