Falacias lingüísticas contra el veganismo, un caso práctico

Las falacias lingüísticas son una de las armas preferidas de quienes no tienen argumentos con que refutar el veganismo o las bases de los Derechos Animales.

Cuando se esgrime una supuesta enseñanza para atacar

En artículos anteriores se han tocado levemente aspectos sobre el lenguaje y su relación con la mentalidad ética del pueblo. No obstante, hay artículos en otros blogs que plasman con mayor acierto los diferentes alegatos sin sentido esgrimidos por animalistas.

En los debates sobre el modo de ejercer activismo, antes o después, aparecen falacias lingüísticas con que evadir la discusión. Por ejemplo, resulta habitual que nos respondan a los activistas que está mal decir que los animales sean «personas» (porque no son humanos) y que nos contesten que no podemos decir que matar animales sea un «asesinato» (porque no son humanos). Una de sus formas más comunes es la denominada «falacia de la hipocresía»: una afirmación por la cual si el debatiente comete un error en algún campo o incurre en una aparente contradicción, entonces sus todos argumentos carecen de sentido. Se trata de una falacia (argumento inválido) porque se confunde sistemáticamente la validez de la teoría (racional o no) con la validez de la práctica (moral o no).

De esta guisa, hoy mismo han venido a señalarme que, por haber escrito la expresión de origen taurino «cambiando de tercio» en una publicación de hace meses, incurra en la hipocresía de despreciar a los antitaurinos mientras cometo un comportamiento tan especista como el de quienes participan en la explotación animal. Asimismo, esta persona señaló que quien use expresiones especistas carece legitimidad para condenar cualquier forma de especismo. Un sinsentido, vaya.

Estas apelaciones adolecen de una serie de fallas argumentales. En esta entrada, en concreto, rebatiré profusamente por qué el uso hipotético de palabras o expresiones de origen especista no sirve para desmentir la incorrección ética del movimiento antitaurino. El bienestarismo no pasa a ser algo correcto porque un activista se equivoque al tratar de argumentarlo. Tales activistas, si se consideran veganos, debieran educar en el veganismo mediante activismo educativo de concienciación.

Refutación a falacias lingüísticas

En primer lugar, nadie tiene por qué conocer el origen de una expresión para usarla. Si alguien considera que está mal utilizar una serie de términos por razones éticas, ha de explicarlo con argumentos; no con agresividad ni para tratar de fundamentar una falacia subsiguiente. A menudo afirman que decir algo «transmite sufrimiento a las víctimas o a quienes las rodean». Una palabra no transmite «sufrimiento», ésa es una inferencia mental del mensaje. Uno es responsable de sus acciones, pero no de las reacciones sentimentales que causen sus acciones.

Si bien cabe una argumentación al respecto para valorar la importancia de que los hablantes modulemos nuestro lenguaje en respuesta a un cambio de perspectiva, nunca debe procederse por medio de una generalización semejante ni la justificación consecuencialista con corte empático de que «está mal decir X porque causa sufrimiento», lo cual es una petición de principio además.

En segundo lugar, si alguien entra en el terreno pantanoso de refutar a terceros según el uso de las palabras, otro podría decir responder, por ejemplo, con que ni se le ocurra decir «Adiós». Ésta se trata de una expresión religiosa originaria del cristianismo; religión culpable de la matanza indiscriminada y la represión sexual contra colectivos minoritarios. Mejor no lo diré muy alto, pues puede que a algún posmoderno le estalle la cabeza.

Igualmente, existen miles de expresiones de origen militar que reflejan xenofobia, fascismo, absolutismo u otras acciones que no veríamos correctas en la actualidad. Sin embargo, posiblemente usen éstas de forma cotidiana y nadie les dé la menor importancia. ¿Y esta hipocresía? ¿Seguro que la persona deseaba esgrimir una falacia lingüística?

En tercer lugar, hay que distinguir entre los valores denotativos y los connotativos. Las palabras y expresiones han variado constantemente de matices a lo largo de la historia. Por tanto, para ser coherente con esta premisa, debiera desecharse cualquier término que pudiera ser en el presente o pasado el reflejo de una mentalidad racista, sexista, etc.

Asimismo, también debemos diferenciar matices entre las expresiones que reflejan un comportamiento injusto contra los demás animales de aquéllas que provienen de uno. Decir «matar a dos pájaros de un tiro» es una expresión que enmarca una acción, la cual, aunque figurada, transmite objetivamente una cosificación de dichos animales. En cambio, otras expresiones como la aquí mencionada son el reflejo de acciones especistas; pero no proponen efectuarlas ni cosifican en presente a ninguna víctima no-humana. Así, la expresión «mucha mierda», propia del sector escénico, se refiere a cuando los nobles llegaban en carruaje al teatro. Por ello, mucha mierda (de los caballos explotados) era una manera jocosa de desear un público abundante. ¿Quien use una expresión de origen especista está deslegitimado a hacerlo a causa de su origen? Volveríamos entonces al segundo punto de esta argumentación.

En cuarto lugar, no suelen señalarse estos detalles por un interés genuino en corregir a la otra persona; sino para desacreditar al otro debatientes, justificar ataques personales y presentar calumnias. Las falacias lingüísticas suelen ser un ataque ad hominem sutil Criticar el movimiento antitaurino, o cualquier otro, a causa de su bienestarismo flagrante, no implica ningún tipo de desprecio hacia dichos activistas. Que vengan a repetirlo ad nauseam no otorga ninguna validez a semejante argumento.

En quinto lugar, todos contamos con legitimidad argumentativa para argumentar sobre cuanto concierne en el tema. Ni los toros (ni a otras víctimas) les importa que alguien use una determinada palabra o expresión (hecho contrario a la apelación de que «una expresión determinada provoca sufrimiento»); pero sí les concierne que se luchen por sus derechos. La lucha antitaurina sólo persigue el fin de una práctica; no el reconocimiento de sus intereses inalienables como la vida, la libertad y la integridad. Como ya se ha explicado largo y tendido en otros artículos, si mañana se aboliese la tauromaquia, los toros seguirían yendo al matadero. Por ende, a pesar de los aparentes deslices expresivos, siempre se poseerá una legitimidad moral, e inclusivo un deber, en criticar acciones bienestaristas que no salvarán tales víctimas.

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