Explotación hacia los caballos: Engalladores y sobrerriendas I

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Hace ya bastante tiempo descubrí por casualidad y desgracia que en ciertas zonas y países del mundo empleaban (y siguen haciéndolo) atalajes barbáricos en todo tipo de coches, carruajes y vehículos propulsados por caballos, ya sea como trabajo propiamente dicho o un empleo lúdico de los mismos. Una reflexión interesante es que el hecho por el cual unos aparejos sean tan cotidianos en unas regiones y prácticamente desconocidos en otras implica que estamos ante un uso regido meramente por la moda y la habituación. Lo mismo puede aplicarse al caso de las anteojeras que, pese ser todavía más comunes, no dejan de compartir el mismo origen.

A continuación, voy a centrarme en un artilugio. Se trata de una rienda «auxiliar» denominada, según el tipo, «engallador» o «sobrerrienda», en inglés, «bearing reins» (en EE.UU: «checkrein»). La cual es, indiscutiblemente, la más inútil y la más mal empleada de todas las de su género.

Para quienes no entiendan de caballos o no conozcan en qué se basan, basta con aclarar que consisten en unas correas, las cuales, fijadas por una parte a un punto de los arneses y, por otra, al caballo; obliga a éste a recoger el cuello y a mantenerlo en una posición artificialmente arqueada. Cuando un caballo está engallado es incapaz de bajar la cabeza ni de colocarla en una posición naturalmente cómoda de acuerdo con su anatomía.

Si considero que deberían estar totalmente prohibido el uso de tales a escala internacional es porque tienen unas consecuencias inhumanas o, simplemente, no deseadas por ningún ser humano:

1) Reduce la capacidad del animal para tirar, lo cual, hace que tenga que realizar un mayor esfuerzo. Sobra decir cuán cruel resulta esto cuando el animal debe cargar muchas personas, equipajes, arrastrar troncos o arar un campo entero.

2) Una utilización continuada y duradera les destroza las mandíbulas, el cuello, les desvía el atlas, les provoca escoliosis por presión de las cervicales contra las vértebras dorsales, les deja el lomo hundido, las patas se les casi vuelven rígidas y las ancas se les quedan con dolores y pérdida permanente de capacidad sensitiva.

3) Al fijar una tensión continua sobre el paladar y las comisuras del caballo, éste se «acostumbra» a la molestia, de modo que el cochero se encuentra en la «necesidad» de emplear un bocado mucho más severo para poder controlarlo. Entonces, el caballo se ve en un dilema sin solución. Si sube la cabeza disminuye el dolor mandibular; pero si el cochero tira de las riendas, éstas le ocasionarán un daño mayor por una mera cuestión de ángulo. Si, por el contrario, lucha incasablemente por bajarla; sólo sentirá más dolor y punzadas provocados por el engalle.

4) Con estos artilugios no se logra la tan ansiada «reunión» con el equino, completamente imposible.  Asimismo, el caballo no exhibe una mejor figura llevándolo: únicamente aparece tieso y con todos los músculos contraídos al extremo.

5) Y muy importante: Desde un punto de vista objetivo, no se requiere en absoluto para manejar carros o análogos. Resulta totalmente contraproducente.

Seguidamente, voy a apoyar mis palabras con unas imágenes sacas de Internet (una imagen vale más que mil palabras), las cuales, para mí, son bochornosas y avergorzantes para la especie humana. Sinceramente, siento asco por las personas responsables de esto:

Caballo de carrera de trotones con sobrerriendas y engalladores

Aquí observamos de cerca las bridas de un caballo con unas sobrerriendas cruzadas. Como las correas le suben desde por detrás del cuello y se enganchan sobre hocico, a éste le resulta prácticamente imposible flexionar la nuca y apenas lograría girar el cuello. Cabe destacar que el engallador se enlaza a un filete especial situado por delante del normal (denominado «filete engallador»), lo cual no solamente insensibiliza la mandíbula superior sino que le impide una correcta entrada de oxígeno. Me resulta increíble que haya gente que se gaste dinero en comprarlos o que tenga escrúpulos de fabricarlos.

 

Caballo azabache enganchado a carruaje amish parado con sobrerriendas y anteojeras

 

Aquí vemos que el hecho de que un caballo no esté trabajando en un momento concreto no significa que pueda descansar. El engallador lo obliga a mantener una postura rígida y le impide estar a gusto incluso cuando no se lo necesita. Estos animales suelen rascarse, estirar y recoger el cuello a menudo cuando están quietos, sobre todo, cuando ya llevan en una misma posición bastante tiempo. Esto, como es evidente, se debe a una mera necesidad fisiológica; no para fastidiar al cochero. Un menester que parecen no comprender quienes justifican el uso de estos instrumentos diciendo que así evitan que el caballo adquiera posturas no «propias del oficio», o lo que es igual, para esta gente (que abunda por todas partes) el equino es como un coche aparcado: ha siempre de mantener su figura esbelta y verse presto para el servicio.

 

Yunta de caballos blancos enganchados a un todoterreno

 

Aquí es visible que a estos pobres animales los usan sin necesidad y, muchas veces por desconocimiento, les está produciendo un sufrimiento más que innecesario y soslayable. Existen medidas más eficaces y menos violentas de evitar que uno de los caballos de una yunta se alcance con la vara.

 

Caballo trotón enganchado durante carrera con sobrerriendas que lo obligan alevantar el cuello

 

Esta imagen muestra un total y completo contrasentido para todos aquellos quienes sepan un poco de física básica. A este caballo lo emplean para competir en carreras (las llamadas «carreras» de trotones, tradicionales en zonas como la ciudad de Menorca, España y en varios países) y lo están obligando a trotar con una correa tensísima cuya finalidad es servir de traba para que el animal no tenga apetencia por galopar (ello conlleva descalificación), la cual le tira hacia atrás la cabeza y le mantiene la nuca inflexionada. Así, es esperable que troten peor en relación a como lo harían estando en su medio natural, incómodos y a menos velocidad (además de que sufren los percances antes descritos). Obsérvese también la tensada martigala que tiene unida a la hociquera, ésta impide, contrariamente, que el caballo eleve la cabeza más de lo que se deseea. Debido a ello, el animal no cuenta con ni siquiera 5 cm de movimiento vertical. ¿Cómo se les ocurre tal demencia? ¿Sólo para obligarlos a ir al trote y que parezcan más «bravos» al tener todos los músculos dolorosamente contraídos? Yo aplicaría con ellos la filosofía de la equidad: si de verdad quieren ponerles engalladores, que primero los prueben el jockey y compañía, a ver si les gusta eso de correr mirando a las estrellas. ¿Habría llegado Usain Bolt a batir la marca mundial de velocidad con una correa tensada que le fuera desde la cintura a la nuca? Este «deporte», ya sea ejercido de forma oficial» o «informal», debería estar prohibido.

 

Yunta de caballos grisáceos con anteojeras y engalladores transportando una muchedumbre

 

Esta imagen da escalofríos. Esos pobres caballos tienen que arrastrar a toda esa gentuza perezosa con el cuello en alto. No soy capaz de imaginarme cuánto ha de dolerles tirar con la cabeza. ¿Por qué no se bajan y lo comprueban ellos mismos?

 

Poni con anteojeras y engalladores enganchado a carro dirigido por niños

 

Ni los ponis (también llamados «caballos miniatura») se libran de que cierta gente, supuestamente profesional en la materia, les haga llevar unas sobrerriendas con el objetivo de que mantengan la cabeza en alto y así, de acuerdo la psicología de esta «colectividad», se vean más chic o atractivos. Aquí, el placer para unos se convierte en tortura para otros. Nótese además el profundo valor educativo que se le inculca a los niños. ¿Por qué goce de unos debe conllevar necesariamente la tortura de otros?

 

Yunta de caballos americanos enganchados a un arado con anteojeras y engalladores

 

Los malos tratos hacia los caballos y hacia otros animales en general no es cuestión de zonas o clases sociales; sino que, a mi juicio, se debe al antropocentrismo, la ignorancia y una falta total de empatía. Aquí vemos una imagen lacerante: una familia se fotografía tan dulcemente mientras esos animales (no sé si sean de su propiedad, probablemente sí) sufren en el más estricto silencio de su condición equina. Si hay caballos a los que se los obliga a trajinar y a transportar pasajeros con una finalidad turística y placentera, resulta que, incomprensiblemente, también están aquellas pobres criaturas a las que sus dueños les colocan engalladores a la hora de arar fincas de sol a sol (¿no puede ni tan siquiera relajarse estirando sus cuellos, bajándolos y alzándolos una y otra vez para aliviar la más que segura fatiga muscular?). Supuestamente lo hacen para evitar «forrajeos» inoportunos; sin embargo, yo no comprendo ni jamás comprenderé cómo esta «justificación» está por encima de la lógica; pues hablamos de que estos animales necesitan valerse de todas sus fuerzas más que nunca. Como mencioné antes, si el dueño busca asimismo que los caballos no se rasquen con la vara (algunos temen que se quiten las anteojeras; otra forma de maltrato indirecto), hay formas menos violentas de evitarlo y, desde luego, jamás habría de emplearse una sobrerienda como la de la imagen. Para ser explícito, hay varios detalles graves que merecen resaltarse con palabras simples:

1) El primer caballo que vemos de perfil lleva unas sobrerriendas demasiado tirantes, con la que va junto a la quijada bastaría (aún así sería horrendo); pero, para colmo, hay una por delante del hocico que, a su vez, impide cualquier flexión nucal. Ambas partes del engallador recaen sobre el mismo punto, por lo que tenemos distintas presiones ejerciendo efecto en un área muy sensible.

2) El segundo caballo lleva un bocado, por lo que el engallador está fijado a la parte superior de la barreta. Éste le tira hacia arriba mientras las riendas las tiene sujetas al hueco o nivel más bajo de las camas, el efecto palanca (palanca tipo dos) se vuelve atroz para las mandíbulas del animal. Esto se denomina tortura.

 

Carruaje amish enganchado a caballo pardo con anteojeras y sobrerriendas
Caballo grisáceo enganchado a carruaje amish con anteojeras y sobrerriendas

Si hasta ahora había visto imágenes procedentes de distintos lugares del mundo. Las más sangrantes provienen, sin dudarlo, del pueblo Amish que habita en EE.UU. Esta gente se ha quedado tan atrasada en el tiempo, que tortura a estos bellos animales como en la época Victoriana. ¡Qué brutalidad!

 

Carruaje amish enganchado a caballo pardo de perfil con la lengua fuera por los engalladores y cegado por las anteojeras

 

Ésta es la última imagen que mostraré y, desde luego, es la más cruel, despiadada, sádica, brutal y antinatural (no se me ocurren más adjetivos). La habré mirado unas 30.000, detalla a detalle, y cada vez me resulta más desgarradora. El caballo lleva puesto un «doble engallador». Por un lado, lleva metido un engallador a cada lado que va desde el filete hasta el punto fijo y, por si esto no fuera suficiente para asegurarse de que el caballo no se desbocará ni se encapotará (sólo como fruto de una doma doma pobre, escasa y mal ejercida), también lleva otro engallador superior (sobrerrienda) que se le engancha a un filete especial, como en varios casos anteriores. Si lo miramos detenidamente, llegaremos a las siguientes conclusiones:

El caballo está completamente impedido para voltear el cuello, girarlo, bajarlo o estirarlo. Recibe presiones desde pares de fuerzas contrapuestas: un engallador tira hacia atrás, el otro, hacia arriba, eso genera un efecto palanca (apalancamiento) que le está, poco a poco, fracturándole la nariz, y tirando de los huesos y cartílagos en diferentes direcciones. A ello, se le une lo que ya mencioné antes sobre la «necesidad» de un bocado más fuerte para dominarlo; pues el caballo ya no distingue de dónde le vienen los tirones.  Para colmo, lleva una martingala de hociquera, la cual también se ve (por desgracia) frecuentemente en las categorías de atalajes finos, usadas en una combinación salvaje con una sobre-rienda ajustada. Este bajador evita que el caballo eleve la cabeza en una reacción drástica (y justificada) contra la sobre-rienda. El caballo de arriba está trabado entre la sobre-rienda corta y la martingala, y tiene poco más de un par de centímetros de movimiento vertical disponible para la cabeza. Por último y no menos despreciable, podemos ver que el caballo tiene la lengua fuera de su sitio, en un desesperado intento de entre respirar y contrarrestar el efecto de los filetes.

No me andaré con rodeos, esa gente ignorante merece como mínimo una sacción o incluso ir a la cárcel por maltrato animal y que les coloquen lo mismo que le han puesto a su desgraciado caballo.

Me he quedado sin palabras. Sólo quiero terminar diciendo que, en estos asuntos, siento una enorme vergüenza de ser humano. Si supuestamente somos la especie más inteligente de la Tierra, también somos la más rastrera y pervertida. ¡Triste! ¡Muy triste!

Finalmente, aprovecho para recomendarles una atigua y magnífica novela que trata el tema del derecho de los animales: Black Beauty. Ya está en domino público y podrán descargarla tanto en la versión original inglesa como en español.

 

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3 Comentarios

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    Jose Antonio Raga Almudever Publicado 03/10/2016 17:00

    Todo lo que he leído es una autentica realidad, la causa siempre es la ignorancia y la falta de conocimientos. Practico la monta y el enganche mas de cuarenta años y siempre he sentido la necesidad de encontrar libros que desmitifiquen ciertos rendajes que solo perjudican al pobre animal y al mismo tiempo que enseñaran la correcta colocación de la cara del caballo y los medios para hacerlo, a sabiendas que esta debe estar precedida de su condición morfológica. Hace años en Sevilla me hablaron de un libro que solo hablaba de la posición de la cabeza del caballo, no lo he encontrado y me gustaría tenerlo, si alguien lo sabe que me lo diga.

    • ¡Derechos Animales ya!
      ¡Derechos Animales ya! Publicado 03/10/2016 17:53

      Hola, José Antonio:

      Gracias por su comentario. Esta entrada fue una de las primeras que escribí hace años para denunciar las malas prácticas comunes con que se pretendía forzar a los caballos para obedecer. Aunque se ven con mucha más frecuencia en otros países, en España se usan engalladores y sobrerriendas para las carreras de trotones típicas de Baleares y Cataluña. Prácticamente todos los estudios sobre equinos se enfocan en lesiones y rendimiento deportivo; no en la etología ni en el análisis de los mitos todavía vigentes desde el siglo XVII. Por ello, apenas conozco obras que puedan beneficiarlos en «algo».

      Los elementos de restricción se utilizan por ignorancia y conveniencia. Tanto lo uno como lo otro resulta sumamente perjudicial para el animal. En tal sentido, también incidí en otros artículos acerca de las anteojeras y por qué no debieran usarse (en el encabezamiento se señala un estudio y un libro estadounidense referido a la explotación ecuestre en agricultura):

      Explotación hacia los caballos: Anteojeras I

      Y, en sentido amplio, abarco los aspectos de la monta:

      ¿Resulta ético montar a caballo?

      Yo soy biólogo y hace apenas dos años quería dedicarme a la veterinaria equina para doma. Sin embargo, algunas circunstancias personales y fortuitas me llevaron analizar los fundamentos de los Derechos Animales propuestos por Tom Regan y Gary L. Francione. Quisiera aprovechar su preocupación mostrada (la cual interpreto como signo de un valor ético) para explicarle que, como humanos, nuestro error fundamental no reside en que tratemos mal a los caballos o no miremos lo suficiente por otros animales (nosotros somos animales); sino que nuestro error radical está en que nos creamos con legitimidad para regir las vidas de otros animales a la par que propugnamos vigorosamente que nadie debiera gobernar la nuestra.

      Existe un principio ético básico que todos, subconcientemente, aplicamos a otros seres humanos. Se trata del principio de igualdad. Éste se resume en la idea de que todo perjuicio causado a un tercero es injusto por el simple hecho de que, objetivamente, al opresor nunca le agradaría estar en el lugar del oprimido.

      Todo infante de una edad inferior a cinco o seis años aplica inconscientemente este principio hacia todos los animales. Sin embargo, una vez superamos la infancia y llegamos a la edad adulta, asumimos nuestro aparente estatus de supremacía. Acontece una inculcación social por el cual los adultos les transmiten a los más pequeños que nosotros somos superiores a los demás animales y que ellos están en la Tierra simplemente para servirnos de múltiples formas: el perro como compañía o caza; el gato ídem; el caballo para montar o tirar; la vaca para leche, cuero o carne; el cerdo para jamón, etc. Se trata de un prejuicio moral denominado especismo: discriminación moral hacia los restantes animales por el hecho de no ser humanos. Tal discriminación conlleva una cosificación de tales sujetos y la supeditación de sus intereses frente a los nuestros.

      El especismo es un fenómeno análogo al racismo (discriminación por raza) y al sexismo (discriminación por sexo). Ningún ser humano es especista de nacimiento; al igual que ningún ser humano es racista o sexista de nacimiento.

      Considerando estos hechos, me gustaría explicar que el concepto de maltrato, tan típico de las organizaciones animalistas, es éticamente erróneo. No condena las acciones; sino el modo en que alguien las lleva a cabo. Resulta muy sencillo condenar el «maltrato» porque solamente significa rechazar aquel daño que no nos rinde beneficios. En su ejemplo podríamos decir que usted no obtiene ningún beneficio (o no lo considera) que el caballo se sienta torturado al no poder bajar el cuello, por ello, lo rechaza; sin embargo, sí siente beneficios (placer, diversión, etc) al practicar la monta o el tiro, por ende, no ve nada de malo en hacerlo ni en recurrir a elementos que se lo permitan. Aquí le dejo una explicación con mayor profundidad: El concepto de «maltrato animal» es erróneo

      En consecuencia, para ser justos no basta con «tratarlos bien»; sino que debemos rechazar toda forma de explotación animal de la misma manera en que todos nos oponemos y opondríamos a la explotación humana.

      Para terminar, sería ideal que se tomase unos minutos en revisar los enlaces anteriores y en leer esta introducción que escribí sobre los Derechos Animales: El principio de igualdad para otros animales

      Estoy seguro de que le aportarán una visión que jamás había imaginado.

      Un saludo cordial.

  • Adrián López Galera
    Adrián López Galera Publicado 03/10/2016 17:53

    Hola, José Antonio:

    Gracias por su comentario. Esta entrada fue una de las primeras que escribí hace años para denunciar las malas prácticas comunes con que se pretendía forzar a los caballos para obedecer. Aunque se ven con mucha más frecuencia en otros países, en España se usan engalladores y sobrerriendas para las carreras de trotones típicas de Baleares y Cataluña. Prácticamente todos los estudios sobre equinos se enfocan en lesiones y rendimiento deportivo; no en la etología ni en el análisis de los mitos todavía vigentes desde el siglo XVII. Por ello, apenas conozco obras que puedan beneficiarlos en «algo».

    Los elementos de restricción se utilizan por ignorancia y conveniencia. Tanto lo uno como lo otro resulta sumamente perjudicial para el animal. En tal sentido, también incidí en otros artículos acerca de las anteojeras y por qué no debieran usarse (en el encabezamiento se señala un estudio y un libro estadounidense referido a la explotación ecuestre en agricultura):

    Explotación hacia los caballos: Anteojeras I

    Y, en sentido amplio, abarco los aspectos de la monta:

    ¿Resulta ético montar a caballo?

    Yo soy biólogo y hace apenas dos años quería dedicarme a la veterinaria equina para doma. Sin embargo, algunas circunstancias personales y fortuitas me llevaron analizar los fundamentos de los Derechos Animales propuestos por Tom Regan y Gary L. Francione. Quisiera aprovechar su preocupación mostrada (la cual interpreto como signo de un valor ético) para explicarle que, como humanos, nuestro error fundamental no reside en que tratemos mal a los caballos o no miremos lo suficiente por otros animales (nosotros somos animales); sino que nuestro error radical está en que nos creamos con legitimidad para regir las vidas de otros animales a la par que propugnamos vigorosamente que nadie debiera gobernar la nuestra.

    Existe un principio ético básico que todos, subconcientemente, aplicamos a otros seres humanos. Se trata del principio de igualdad. Éste se resume en la idea de que todo perjuicio causado a un tercero es injusto por el simple hecho de que, objetivamente, al opresor nunca le agradaría estar en el lugar del oprimido.

    Todo infante de una edad inferior a cinco o seis años aplica inconscientemente este principio hacia todos los animales. Sin embargo, una vez superamos la infancia y llegamos a la edad adulta, asumimos nuestro aparente estatus de supremacía. Acontece una inculcación social por el cual los adultos les transmiten a los más pequeños que nosotros somos superiores a los demás animales y que ellos están en la Tierra simplemente para servirnos de múltiples formas: el perro como compañía o caza; el gato ídem; el caballo para montar o tirar; la vaca para leche, cuero o carne; el cerdo para jamón, etc. Se trata de un prejuicio moral denominado especismo: discriminación moral hacia los restantes animales por el hecho de no ser humanos. Tal discriminación conlleva una cosificación de tales sujetos y la supeditación de sus intereses frente a los nuestros.

    El especismo es un fenómeno análogo al racismo (discriminación por raza) y al sexismo (discriminación por sexo). Ningún ser humano es especista de nacimiento; al igual que ningún ser humano es racista o sexista de nacimiento.

    Considerando estos hechos, me gustaría explicar que el concepto de maltrato, tan típico de las organizaciones animalistas, es éticamente erróneo. No condena las acciones; sino el modo en que alguien las lleva a cabo. Resulta muy sencillo condenar el «maltrato» porque solamente significa rechazar aquel daño que no nos rinde beneficios. En su ejemplo podríamos decir que usted no obtiene ningún beneficio (o no lo considera) que el caballo se sienta torturado al no poder bajar el cuello, por ello, lo rechaza; sin embargo, sí siente beneficios (placer, diversión, etc) al practicar la monta o el tiro, por ende, no ve nada de malo en hacerlo ni en recurrir a elementos que se lo permitan. Aquí le dejo una explicación con mayor profundidad: El concepto de «maltrato animal» es erróneo

    En consecuencia, para ser justos no basta con «tratarlos bien»; sino que debemos rechazar toda forma de explotación animal de la misma manera en que todos nos oponemos y opondríamos a la explotación humana.

    Para terminar, sería ideal que se tomase unos minutos en revisar los enlaces anteriores y en leer esta introducción que escribí sobre los Derechos Animales: El principio de igualdad para otros animales

    Estoy seguro de que le aportarán una visión que jamás había imaginado.

    Un saludo cordial.

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