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Argumentos a favor de las bridas abiertas en Farming With Horses

Explotación de caballos en arados

Críticas a las anteojeras por Steven Bowers y Marlen Steward.

 

Recientemente conocí el libro «Farming With Horses», escrito por Steven Bowers y Marlen Steward. Ambos autores son unos hombres estadounidenses que se dedican a la doma de caballos destinados al tiro y, en general, a la agricultura por medio de tracción animal. Poseen una gran experiencia en la gestión de caballos y gozan de cierto reconocimiento en el sector. Esta entrada, lejos de guardar fines publicitarios o aspirar a reseñar la obra, tiene el propósito de destacar aquellos escasos puntos en los cuales coincido éticamente con un documento cuyo objetivo no se basa en otro que difundir y propugnar acciones especistas tales como el empleo de caballos en arados, carruajes y diversos deportes para beneficio económico o recreativo del hombre.

En cualquier caso, me alegra que de entre toda una vasta cantidad de información anecdótica y llena de batallitas me haya topado con unos pasajes muy llamativos que sirven para demostrar que hasta quienes son más cerriles y tradicionales en asuntos vinculados al manejo de équidos pueden cambiar su visión de la realidad. ¿A qué materia estoy refiriéndome? Pues al nada conveniente empleo de anteojeras en caballos enganchados, un tema ya tratado con anterioridad en este blog: Explotación hacia los caballos: Anteojeras I y Explotación hacia los caballos: Anteojeras II.

 

Nota del traductor: Me he tomado la libertad de traducir el texto sin ningún tipo de relación con los autores o la editorial. Solamente presento unos fragmentos resumidos con una literalidad moderada. Es decir, si bien he procurado conservar el orden, me he visto obligado a reformular muchas oraciones y a omitir algunas anécdotas superfluas. Supongo que haciendo esto infringo los trillados derechos de autor; sin embargo, no me queda otra opción para allegar la argumentación de estos dos individuos a las personas de habla hispana no bilingües.

 


 

Ver el paisaje entero. Un argumento a favor de las bridas abiertas.

Estuve hablando por teléfono con mi sobrino y le mencioné que ahora estaba conduciendo a la mayoría de nuestros caballos con bridas abiertas y enseñándole a la gente los beneficios de hacerlo de esa manera. Inmediatamente, se puso a echar chispas: «¿Estás loco? Ése es un buen modo de provocar que la gente se haga daño. ¿No eras tú uno de los pasaba muchísimo tiempo ilustrando los beneficios de las anteojeras y cómo colocarlas?».

Podía ver que él no iba a aceptar mi nueva forma de hacer las cosas sin discutir. Su actitud la comparten muchos de quienes nunca han considerado usar bridas abiertas. Si desea que lo miren con completa desconfianza y suspicacia, basta con acercarse virtualmente a cualquier espectáculo de enganches en Estados Unidos manejando un caballo sin anteojeras. La mayoría de los espectadores querría expulsarlo de allí con gran apremio antes de que su caballo se desbocase y destrozara algo.

 

Los carreteros sí usan bridas abiertas

Después de darle a mi sobrino un momento para calmarse, comencé a explicarle mis razones para el gran cambio de «con anteojeras» a «sin anteojeras». Pareció confortarlo el contarle que yo no soy el único en la Tierra que emplea bridas abiertas. En muchos países extranjeros resulta más común ver caballos enganchados sin anteojeras que con ellas. Incluso así ocurre en situaciones altamente complejas con calles atestadas y un tráfico espantoso.

 

Los caballos que no llevan anteojeras exhiben un alto rendimiento

Luego le di a mi sobrino una perspectiva histórica. Hacia los comienzos del siglo XX, antes de la introducción de equipos motorizados contraincendios, se utilizaban caballos para impeler los vehículos imprescindibles para combatir un fuego. Entonces, a todos esos animales se los dirigía sin anteojeras y aun así se mantenían bajo control. Imagine la vergüenza para el cuerpo de bomberos si sus bestias de carga pasaran de largo en cuanto viesen el humo emergiendo por las ventanas. En ninguna imagen antigua he visto jamás un caballo perteneciente a un equipo contra incendios que llevara anteojeras, sólo pueden encontrarse hoy en recreaciones modernas.

Los caballos de artillería que empujaban cañones durante la Primera Guerra Mundial son otro ejemplo de cómo  logran desempeñar estos animales una labor extremadamente exigente (una que excede de sobra cuanto se les exige en la actualidad durante las faenas cotidianas) sin la necesidad de que algo les obstruya el campo de visión. Aquellos equinos estaban entrenados tanto para ser montados en cualquier momento y lugar como para ocupar el emplazamiento que fuese en un carruaje. A veces, para precisar la localización exacta de los cañones enemigos, se los hacía avanzar hasta delimitar la llamada «línea de la muerte» y conseguían su objetivo incluso con los bombardeos a plena vista.

 

¿Cuál es el beneficio de ver?

También expuse un argumento filosófico a favor de las bridas abiertas. No importa cómo las estimes, acortar parte o toda la capacidad que tiene un caballo para estudiar el entorno es una técnica de refreno. No se trata de una técnica relacional, como el uso del bocado dentro de la boca del animal, porque las anteojeras están o no están: no se utilizan para guiar o detener a los animales según algo les cubran los ojos o no. Cuando un carruaje se apresta para salir, las anteojeras se emplazan cuidadosamente con la finalidad de que permanezcan ahí bien puestas durante toda la conducción, no importa cómo esté comportándose el caballo. Así pues, las anteojeras no dependen del comportamiento; lo cual las convierte en un dispositivo de control no relacional.

Dado que los caballos son animales especialmente relacionales, pienso que es mejor un seguir entrenamiento adecuado para demostrarles que uno mismo es igualmente tan «relacional» como ellos.

Metiéndonos un poco más en profundidad, debido a que las anteojeras son unos elementos de contención que no se usan de manera relacional; únicamente sirven para comunicarles psicológicamente al animal que no se confían en él cuando éste dispone de pleno uso de sus facultades: consiste en una sutil pero poderosa forma de decirle al caballo que sólo queremos utilizar su cuerpo sin usar su mente. En otras palabras, las anteojeras le dicen al caballo que usted no se fía ni lo más mínimo de cómo usará su cerebro si pudiera ver enteramente qué estamos haciendo con él.

Una de mis citas favoritas sobre esta materia es: «Si introduces un elemento de desconfianza en una relación, se acaba la comunicación». Una parte importante del lenguaje de la «confianza» está en «ser abierto».

Para muchísima gente, tener a sus caballos haciendo lo que deben sin haber ningún tipo de respeto mutuo llega a ser aparentemente deseable. Uno de los motivos más básicos para que un caballo salga huyendo es el miedo. Muchos carreteros valoran el efecto «restamiedo» de las anteojeras porque son lo único que conocen e incapaces de aplicar otras fórmulas.

La clave está en entrenar mediante tácticas que se basen en el respeto y no en el miedo como factor estimulante; aunque, para ello, se precisa una mentalidad diferente.

 

Las anteojeras y la imaginación.

Mi sobrino parecía entender ahora mi perspectiva, así que añadí mi razón preferida de todos los tiempos para no ponerles anteojeras: incrementar la calma. Si le quitas al animal la capacidad de ver cuanto esté a su alrededor, estás multiplicando las posibilidades de que imagine cosas que realmente no están ahí. A menudo he oído historias de algunos cocheros sobre que sus caballos no se asustan ante perros ladradores cuando éstos se les acercan desde lejos; pero que, tan pronto como las anteojeras ocultan el perro en un lado de la acera, emprenden una enloquecida escapada.

Imaginación, desconfianza e incapacidad de ver pueden causar un pánico repentino en estos animales.

Como iba diciendo, la clave radica en un entrenamiento cuidadoso en el cual logremos desensibilizarlo ante la carga que lleve. Algo que caracteriza a los caballos entrenados en bridas abiertas es la tranquilidad y suavidad con la que actúan. Se les nota así que ha aumentado su comprensión mental. En cambio, aquellos caballos entrenados con anteojeras suelen desbocarse si de repente ven cuanto llevan detrás. Éstas deberían ser razones suficientes para que todo cochero se replanteara su forma de entrenar. Depositar en unos trozos de baqueta la esperanza de que no sucederá una catástrofe no lo veo como un acto prudente ni apetecible.

Si pese a este razonamiento sigue sin tener interés en desterrar las anteojeras, sepa igualmente que algún día puede toparse con otro cochero cuya manera de ejercer sea distinta. Al contrario de la reacción inicial de mi sobrino, ponerles unas bridas abiertas no es algo que nadie haga por un episodio de locura. Quienes así proceden se sienten más seguros. Como le dije a sobrino: en vez de mantener una actitud «ciega» sería mejor que abriera los ojos para contemplar otra cara del mundo.

 


 

Por desgracia, la mayor parte del libro sólo me produce náuseas, sobre todo, cuando realiza referencias puntuales a arreos «de control» durísimos utilizados en entrenamientos o durante las competiciones; sin apreciarse ningún matiz crítico. Es más, ellos mismos deberían aplicar su propio análisis y consideraciones para estar en contra de algunos artilugios, tales como los engalladores y las sobrerriendas, basándose en que son asimismo instrumentos no relacionales (además de increíblemente crueles).

Pese a todo, es de agradecer que individuos tan involucrados en este mundillo tengan capacidad de autocrítica y así lo expongan; aunque resulte insuficiente.

 

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Explotación hacia los caballos: Espuelas

Diferentes tipos de espuelas

Las espuelas se definen comúnmente como una rodaja de espigas metálicas terminadas en punta que, ajustada al talón de un calzado, se emplean para «picar» a la cabalgadura. En esta entrada voy a analizar brevemente los usos de este artilugio de tortura, las malconcepciones (falsas creencias) habidas acerca de su supuesta necesidad y simbolismo, y los efectos sobre el animal.

Usos

Las espuelas suelen emplearse, o incluso a veces vienen impuestas en ciertos campos, con el objetivo de obligar a dicha montura a que «respete» (obedezca) al jinete o se doblegue rápidamente a su voluntad. El «funcionamiento» resulta muy sencillo: dado que las ijadas y la zona alrededor de las caderas son una región corporal ultrasensible en los équidos, cualquier tipo de presión, ya sea mayor o menor, supone una notable molestia para el cuadrúpedo. Éste aprende, a través de una forma negativa y nada excusable al provenir de una autoproclamada especie inteligente, que sufrirá dolor si no responde a los deseos de quien lo cabalga.

Según exponen algunas encuestas realizadas en foros, aproximadamente el 50% de quienes utilizan este instrumento sólo lo hacen como estímulo («refuerzos positivos») y el 50% restante lo usa tanto para estimular como para castigar («refuerzos negativos»).

Personalmente, los conceptos de «refuerzos positivos» y «refuerzos negativos» me parecen grotescos, ridículos, eufemísticos y subjetivos. En términos humanos habría que hablar de «amenazas» y «castigos», respectivamente.

Malconcepciones

No pocos «expertos de la equitación» en no pocas escuelas aconsejan de uno u otro modo la utilización de espuelas. Aluden a que así el caballo responde mejor, que si se avanza más rápido en la doma, que si reunión con el animal, etc. Por una parte, algunos mencionan que no se recomiendan para jinetes novatos o recién iniciados; sino que son una especie de medalla, trofeo o signo de reconocimiento para aquéllos más experimentados: «las espuelas hay que ganárselas» [sic] (no explicado de esta manera tan nimiamente heroica, claro). Otros, por el contrario, enseñan desde primera hora a sus alumnos una «equitación» con espuelas.

¿Se justifica el empleo de espuelas? ¿Se requieren realmente para algo?

La respuesta es NO, un buen jinete sabe que bastan unos suaves toques con las pantorrillas para hacerse entender. Ningún proceso de la doma (entendida en un sentido utópicamente respetuoso: es antinatural de por sí que un animal obedezca a otro animal) precisa instrumento alguno que atente contra la integridad de los individuos. Ésta es simple y llanamente una herramienta de sometimiento; una vía engañosamente fácil de dominar a la «bestia».

Efectos

Empleadas con desafuero, las espuelas pueden causar contusiones, heridas y sarpullidos; cuanto más, un miedo terrible en el animal. En muchas ocasiones reciben espuelazos de jinetes desaprensivos sin ton ni son, lo cual provoca que estos ejemplares queden «inservibles» para los propósitos que las personas les han egoístamente encomendado.

Conclusión

Para ser justos debemos posicionarnos en contra de todas las disciplinas ecuestres y, en definitiva, de toda explotación caballar (animal en general): competición (hípica), crianza (yeguadas), monta, compra-venta (empresas, particulares)… Incluido asimismo los enganches y demás carruajes con finalidad exhibicionista, laboral, religiosa (romerías) u ociosa.

Tampoco debiera aceptarse desde un punto de vista ético acciones especistas tan asentadas y glamurosas como el hecho de pasear a caballo. Jamás resulta ético ninguna acción ni ningún arreo, guarnición o atalaje dispuesto para la explotación y el sufrimiento ajeno.

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«Azabache», de Anna Sewell

Portada libro Azabache (Black Beauty) - Anna Sewell«Azabache» es el título y nombre del protagonista de una novela juvenil que, escrita a finales del siglo XIX por Anna Sewell, se hace eco de las condiciones de la esclavitud de los caballos.

Azabache: las vivencias de un caballo en primera persona

Cita de la autora:

«We call them dumb animals, and so they are, for they cannot tell us how they feel, but they do not suffer less because they have no words».

«Los llamamos animales mudos, y así lo son al no podernos contar cómo se sienten; pero no sufren menos porque no tengan palabras».

Título original: Black Beauty (Literalmente: Belleza negra)

Reseña personal

Anna Sewell fue una escritora ingeniosa y muy peculiar; una mujer adinerada que, minusválida, requería constantemente la ayuda de sirvientes para moverse dentro de casa y la explotación de équidos para el transporte por la ciudad. Esta señora, tremendamente idealista, se propuso a una edad ya muy avanzada el escribir una novela juvenil para plasmar sus críticas y experiencias en torno a aquéllos a quienes mejor conocía: los caballos y el trato que les daba la gente, con la ilusión de mejorar el día a día de éstos y su condición de vida.

Esta novela, narrada en primera persona por un caballo, tiene como protagonista a Azabache. Un equino que, de una manera amena y estoica, narra sus vivencias desde que era un simple potrillo hasta la vejez. Cada etapa y cada dueño por los que pasa le servirán para conocer mejor a los humanos, sus manías, caprichos, excentricidades y arraigados convencionalismos.

A sabiendas, Anna Sewell aprovecha al máximo las circunstancias planteadas para hacernos ver qué hacemos los humanos y por qué lo hacemos en una velada actitud removedora de conciencias. Posiblemente, la autora hubiera estado bastante de acuerdo con argumentos similares a los expuestos incluso por actuales explotadores ecuestres.

A través de Azabache, su protagonista y narrador, descubrimos que la postura de la autora es bienestarista. Condena la manera en que la sociedad explotaba —y explota— pero no cuestiona el mero hecho de que sean usados como medios de transporte ni para otros fines. Azabache, en un sentido metaliterario, corresponde a un alter ego de la autora que incurre en el sesgo antropocéntrico y bienestarista al asumir que los caballos y otros animales serían felices con sólo recibir un trato amable.

Recomiendo este clásico de la literatura inglesa por su calidad literatura, temática e impacto social. Es una obra que interesará tanto a jóvenes como a adultos que sientan una especial apego por los Derechos Animales y las acciones humanas sobre la naturaleza. Este libro, al menos, merece el mérito de que logró influir muchísimo en la Inglaterra de finales del siglo XIX y favoreció la supresión de ciertas prácticas hacia los caballos poco comunes en la actualidad.

Quizás, el impacto habría sido mayor si no hubiese estado censurado durante todo el periodo del Apartheid; pues, aunque no se centra en la raza negra ni en la esclavitud humana, las analogías entre las características de ambos fenómenos son más que evidentes.

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Tanto la versión original de «Azabache» —en inglés británico— como la traducción al español están en dominio público.

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Espectáculo de doma ecuestre

¿Resulta ético montar a caballo? ¿Existe una equitación ética?

Espectáculo de doma ecuestre (razas españolas) - Montar a caballo¿Resulta ético montar a caballo? La explotación ecuestre, gracias la invención de un sinfín de aparejos, es una de las formas de explotación animal más antiguas y significativas para la historia de la humanidad. Suena muy ‘documentalesco’ soltar el típico autoensalzamiento de que los caballos nos ayudaron en la guerra y los transportes. En lugar de vanagloriarnos, debemos reconocer que llevamos milenios cometiendo atrocidades contra los caballos y otros equinos.

Montar a caballo implica sometimiento

Montar a caballo es una forma de explotación animal —uso de animales como medio para un fin— antiquísima. Se cree que se remonta a varios milenios entre las tribus nómadas que ocupan la actual Mongolia. En la explotación ecuestre, como en otros casos (la explotación de camellos, elefantes, ganadería, etc.), diversas culturas han aportado y desarrollado mejoras en cuanto a las técnicas de manejo y los aparejos empleados.

Para que un animal ajeno a nuestra especie acepte las posaderas de un ser humano o arrastre cargas, aunque sólo queramos dar un paseo por el campo y no busquemos participar en espectáculos ecuestres o en carreras, se precisa obligatoriamente un proceso de doma. Desde la antigüedad hasta nuestros días han ido cambiando sustancialmente los métodos de «desbrave». Hoy se fomenta, por intereses puramente comerciales, una tipología de doma menos dañina y que considere la etología equina. Sin embargo, con independencia de los métodos empleados para la consecución de este fin, el fundamento sigue manteniéndose igual: convertir un animal indiferente a nuestra especie en uno sumiso ante nosotros.

La doma, un término que en español suele reservarse para la explotación de équidos, se define como el conjunto de acciones humanas encaminadas en obtener la completa sumisión y obediencia del animal para así poder emplearlo a nuestro servicio. En nuestros días, una definición semejante suele acabar tildada de «exagerada» o «animalista». En absoluto, hace apenas un siglo, los manuales de equitación no tenían ningún reparo en definirla de ésta y otras maneras más directas como «obtener la sumisión del bruto».

Es en años recientes, ante el aumento de la sensibilidad hacia los animales, cuando desde particulares y colectivos se buscan eufemismos para camuflar el origen y propósito de sus acciones. Desde un punto de vista biológico, no resulta normal o esperable que una especie obedezca a otra. Y, desde un punto de vista ético, supone la negación de su voluntad y de su libertad por nuestro egoísmo y antropocentrismo.

¡Derechos Animales ya! - Caballo montado en clases de doma con anteojeras - Aparejos para caballosLa explotación ecuestre siempre ha procurado la obediencia del animal y su eficiencia. Para ello pueden emplearse multitud de aparejos. En la fotografía, un chico en clases de equitación monta a un caballo con una brida de doble embocadura, orejeras de doma y anteojeras ligeras que lo hacen obedecer.

Aparejos y consecuencias de la explotación ecuestre

Brida

Para gobernar al animal de turno, el ser humano echa mano a una serie de aparejos o arreos, comúnmente unas bridas con filete o bocado y, a veces, ciertos componentes secundarios como riendas auxiliares, gamarras y anteojeras, principalmente, cuando se destina para arrastrar carruajes o a carreras de trotones. En tal sentido, se han realizado investigaciones sobre aspectos musculares, esqueléticos y también acerca de la visión lateral en caballos que demuestran los daños causados por los atalajes de restricción.

Existen multitud de aparejos según las necesidades y gustos del consumidor, desde todo tipo de cucardas o borlas hasta bolas auditivas (tapones) o lentillas de colores para caballos. Los catálogos son interminables. Basta con realizar una sencilla búsqueda por internet para encontrar centenares de proveedores y nuevos aparejos o inventos «milagrosos» con que domar y manejar caballos. Incluso el más experimentado de los equitadores llegaría a sorprenderse. Así ocurre porque los humanos nos volvemos muy ingeniosos para dominar a otros animales.

Una brida, incluso bien utilizada y puesta, puede incomodar al animal y causarle daños. Ya actúe el filete, bocado o hackamore contra las comisuras, la lengua, el paladar o la nariz con mayor o menor fuerza, este artilugio se localiza en una región altamente sensible del caballo. Al montar a caballo, la presión ejercida por la embocadura y las riendas llega a alterar la epidermis bucal por el rozamiento («mal o afección de la boca dura») y afectar gravemente a la musculatura. En casos extremos, se documenta una inhibición respiratoria por sobrecurvatura del cuello.

El estudio de cómo afectan los aparejos no es algo nuevo, de hecho, se trata de un fenómeno que se ha ido «olvidando» conforme los caballos han ido abandonando la esfera social cotidiana. Los efectos de la brida y de sus añadidos ya lo denunciaban veterinarios (ingleses, sobre todo) a finales del siglo XIX.

Montura

Para que un individuo humano determinado pueda montar a caballo y mantener un mayor equilibrio encima del animal se necesita una montura: la silla de montar y los restantes aparejos. Sea cual fuere la clase empleada, toda silla ejerce un peso extra sobre el cuerpo de equino; si bien esta fatiga se ve resarcida, en parte, ante una protección incrementada frente al ludimiento y las rozaduras.

Cuando un adulto se aúpa sobre un caballo, éste, si está perfectamente sano, no debería padecer ningún perjuicio. Los traumatismos vienen, al igual que con casi todo, con el tiempo y la duración. De acuerdo con ciertos estudios realizados recientemente, el peso del humano medio basta para provocarles hipoxia a los tejidos subcutáneos propios de la región dorsal donde se asienta el jinete apenas unos 20 minutos después de llevar cabalgando. A partir de 25 minutos pueden producirse isquemias y pequeñas roturas de fibras musculares. En consecuencia, el animal comienza a sentir cosquilleos y punzadas crecientes a lo largo de las horas y sí acontece un verdadero sufrimiento en montadas prolongadas.

Hay clases de daños bastante investigados debido a su repercusión económica. Así, por ejemplo, un análisis ultrasonográfico del tendón flexor digital superficial de la región del metacarpo de caballos empleados en polo concluyó que aproximadamente el 50% de estos equinos, sobre todo en los «ejemplares» de alto nivel, presentaba alteraciones tendíneas y cartilaginosas a causa de un tratamiento y detección deficiente durante las temporadas. La ciencia, aún con un patente antropocentrismo, va desentrañando poco a poco cómo afectan nuestras acciones sobre los animales en contra de los intereses de la industria.

Fustas y espuelas

A los efectos de montar a caballo se le añaden los producidos por otros aparejos o elementos de «ayuda» y castigo. Dentro de estas amonestaciones se halla la utilización de fustas y espuelas. Según algunas encuestas, la mitad de los jinetes, si lo hacen, las usan solamente a modo de «ayuda» o bien como «ayuda» y castigo. Huelga recordar que esta «llamada de atención» responde a un propósito egocéntrico derivado de la cosificación del individuo.

Otros

Aun prescindiendo de bridas, sillas y otros aparejos, el ser humano puede ocasionar diversos malestares y dolencias por montar a caballo o ejercer otras formas de explotación ecuestre. Hasta la fecha existen múltiples documentos que exponen estos datos y muestran gráficamente cuáles métodos perniciosos se emplean en hípica para dominar a los caballos.

¡Derechos Animales ya! - Irene Aparicio Estrada examazona de salto ecuestre - Cierrabocas, aparejos para caballosMucha gente que se ha criado en el mundillo ecuestre llega a darse cuenta de las prácticas injustas y aberrantes que nos enseñan. En la fotografía vemos a Irene Aparicio Estrada, examazona de salto ecuestre que ahora es activista vegana.

Malas prácticas durante la explotación ecuestre

Por desgracia, en el mundo real imperan los malos modos. La triste realidad refleja que los équidos sufren muchísimo durante las fases de la doma, no sólo psicológicamente por los cambios radicales sobre su entorno y costumbres; sino además físicamente debido en gran medida al uso y sobreuso de todo tipo de aparejos cada cual más atroz que la anterior.

En la España profunda, por ejemplo, reinan los bridones y las serretas para dominar hasta el más cerril de los ejemplares: uno que, al fin y al cabo, únicamente pretende seguir a sus aires y actuar con libre albedrío. Sin embargo, no saben que todos ellos existen porque han sido criados a conciencia para obligarlos a servirnos. Si concretamos, también podrían mencionarse distintas técnicas de doma bastante desalmadas como esa de darle cuerda al animal en sitios pedregosos o en carreteras mojadas para que así éste tenga reparos en desobedecer o querer huir.

Hay quienes se suben sobre un animal con demasiada brusquedad y culpan luego a éste por corcovear, quienes se la pasan sacudiendo las riendas y quienes les endosan adornitos, aderezos y floretes para concursos, ferias y romerías que suponen a menudo un estorbo y molestia para el animal. Y, cuando no, también hay quienes directamente les pegan o se les aúpan a lomos con una copa de más.

¡Derechos Animales ya! - Clases de equitaciónMuchos caballos viven en un régimen perpetuo de ejercicios y encierro. Lo único que conocen del mundo exterior es un picadero.

¿Beneficios para los caballos durante su esclavitud?

Quizás, el único beneficio que obtienen estos animales gracias a la compañía humana se resume en la atención veterinaria y la administración de medicamentos cuando enferman. A pesar de ello, un animal cualquiera sólo consigue desarrollar plenamente sus funciones vitales y satisfacer sus propios intereses cuando vive en un medio que no lo restringe. Múltiples pensadores contemporáneos, como el filósofo Henry Salt, ya refutaban en el siglo XIX el argumento de que los «cuidados» o el «amor» que se tenga a un caballo u otro animal justifique su explotación. Hoy hay otros pensadores eminentes, como el profesor Gary L. Francione, que defienden la abolición del estatus de propiedad de todos los animales por razones éticas.

Habría de matizar asimismo por qué se administra alguna medicación. Ya no hablamos exclusivamente de cuando el animal contrae alguna enfermedad o se accidenta; sino de aquéllas veces en que estos fármacos (cremas, pomadas, vendas…) se aplican con el propósito de aliviar ligeramente el agotamiento muscular tras una actividad física intensa o con la intención de doparlo. La veterinaria actual es especista, lo cual implica que no todas las acciones practicadas con los caballos van en su beneficio. El marcaje a fuego o con frío y la castración, entre otras prácticas cotidianas, se realizan en beneficio del propietario, no del animal.

Aspectos éticos de la explotación ecuestre

Caricia a una yegua en la frenteFotografía cedida por Sara Sequeiro Río, una joven que dejó la explotación ecuestre para luchar por los Derechos Animales.

Una consideración moral intermedia entre el «ganado» y las «mascotas»

Montar a caballo, una de las forma de explotación ecuestre más usuales, es una actividad que, curiosamente, no despierta tantas pasiones en contra como otras formas de explotación animal. Quizás se debe a que no conduce a la muerte directa del animal (aunque la mayoría termine un matadero) y a razón de que se produce una racionalización moderna de un mito heredado desde antiguo, consistente en la falsa creencia de que los caballos mantienen algún tipo de vínculo especial o mutualista. En el acervo cultural arabo-islámico, por ejemplo, los caballos recibían un trato muy superior al de otras bestias. Sin embargo, obviando conceptos biológicos que no se precisan, en un vínculo mutualista de verdad ambas especies son libres. Este no es el caso de ningún animal que convive con seres humanos porque ellos son nuestras propiedades (nuestros esclavos).

Con vistas al presente, los caballos y las especies análogas reciben una consideración moral muy variable dentro de la sociedad humana. Para unos son amigos incondicionales y para otros, meras herramientas de trabajo o necesarias para subsistir. A diferencia de lo que ocurre con otros animales domesticados, como perros y gatos, el hombre no suele mantener équidos con un propósito «bondadoso» que respete su valor intrínseco.

La mayoría los utilizan para explotarlos en una actividad que les genere recreación o lucro y, en definitiva, mantiene una relación de utilidad. En el pasado la utilidad era la guerra y el transporte; en la actualidad, es el entretenimiento y el lucro por actividades ecuestres asociadas al deporte o al turismo. Hasta ahora me he limitado a mostrar lo que gente acostumbra o no a ver y a sopesar. A muchos, por otra parte, se les despierta un sentimiento de interés e inseguridad por las practicas que realizan a diario y se preguntan si resulta ético montar a caballo. Para extraer conclusiones morales de este asunto debemos apelar al principio de igualdad.

La visible incomodidad de un caballo al llevar las bridas o sus lesiones provocadas por el sobreesfuerzo merecen consideración; sin embargo, ése no es el quid de la cuestión. Aun en el caso hipotético de que no existiera «maltrato» y de que no se provocase daños al animal, incluso así no sería ético montar a caballo o utilizarlos a éstos u otros animales con cualquier fin. La explotación es incompatible con su bienestar.

Si afirmamos que otro individuo no debiera someternos a sus intereses, sería —y es— injusto e incoherente que justificáramos el someter a caballos y otros animales a los nuestros. Ellos tienen intereses inalienables que son para dichos individuos tan valiosos como para nosotros los nuestros. Todos estamos capacitados para sentir y experimentar. ¿Por qué osamos a burlar los suyos en favor de nuestro egocentrismo? Los activistas por los Derechos Animales defendemos sus derechos porque sienten y padecen como nosotros.

A ninguno le gustaría que otro animal, por muy poco que pesase en comparación, se le aupara sobre las espaldas y le indicase adónde ir. Y eso sin mencionar aquellos festejos de dominación en que directamente se los agrede. Todos los animales tendemos a ser dueños de nuestras decisiones. Nos perjudica que otros coarten nuestra libertad.

Nuestro error fundamental no radica en tratarlos mejor o peor; sino en que nos creamos con legitimidad para regir sus vidas al mismo tiempo que propugnamos vigorosamente que nadie debiera gobernar la nuestra. El ser humano controla, somete y restringe su libertad, integridad y reproducción. Por tanto, sólo estamos una relación amo-esclavo como toda las demás formas de explotación animal. Si realmente nos importan los caballos, hagamos acto de conciencia sobre las acciones propias y los hábitos inculcados desde la infancia, desechemos el especismo y abandonemos la hipocresía bienestarista.

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Explotación hacia los caballos: Ferias y romerías

Fotografía de caballos explotados durante romería de la virgen de los remedios

Las ferias y romerías son un vivo ejemplo de cómo y cuándo el disfrute humano se convierte en tortura animal ante la indiferencia y desdén del pueblo. Sitúo a los caballos como protagonistas; pero son diversas las especies involucradas en tales festejos. Yo valoro la suma importancia de preservar una cultura siempre y cuando dicha no atente injustificadamente contra el derecho de terceros, en este caso, a aquellos animales obligados a aguantar los anhelos transitorios de un grupo de Homo sapiens.

 

Partamos desde el principio

Tanto una feria como una romería comparten el fundamento elemental de que un mogollón de gente se agrupa en torno a un lugar más o menos amplio para celebrar alguna ceremonia religiosa o, simplemente, con el fin de beber y departir durante una fecha y tiempo determinados tradicionalmente. Para llegar al mencionado emplazamiento, se recurre en pleno siglo XXI a las mismas fuentes impulsoras de antaño: las «bestias de carga» (tildadas injustamente), para así hacer alarde de tradición. En cualquier caso y, aunque emplear animales con una finalidad lúdica, recreativa y festiva constituye claramente una acción especista; pues la explotación incumple por sí sola el principio de igualdad, mi reivindicación en esta entrada se dirige aquéllos que sólo valoran el cómo y no el qué (bienestaristas).

 

¿Dónde está la tortura?

Que una recua de bueyes hale una carreta o una caravana con cocina, aseos, televisor, camas con las colchas regaladas por la suegra, tres potos la mar de crecidos y cinco cuadros con el rostro de Joselito puede resultar harto agradable para los ocupantes; pero, sin lugar a dudas, no lo es tanto para un par de cabezas cornudas que deben estar horas y horas bajo el peso de horcates, resistiendo estoicamente un arreón, una picada o un tirón del narigón; ya vayan sobre plano o en cuesta. Son animales naturalmente lentos y paticortos, ¡qué va a hacerle los pobres! Mejor ni hablemos de cuando, por la causa que sea, sucede la mala suerte de que el vehículo se queda trancado en mitad de un camino enfangado: bien conocida la habilidad innata de muchos a la hora de escoger la ruta por seguir. Entonces, a más de un dueño le entra entre ceja y ceja que no hay nada más efectivo para potenciar la desmesurada fuerza de susodichas bestias (las cornudas) que atarles sogas al cuello y tirar para delante. No sé si el remolque acabe saliendo sin recurrir al todoterreno; mas, desde luego, la integridad de tales animales no logra permanecer intacta.

Si pasamos ahora a nuestros amigos équidos, el panorama no es precisamente más halagüeño. Resulta que la inventiva popular siempre ha destacado (por ejemplo, en Andalucía) por su sobresaliencia. Así, cierto día les dio por añadirle a la ya amplia gama de aparejos inútiles para carruajes unos benditos cascabeles a lo largo y ancho de esas bridas ciegas y las lomeras con el propósito de hacerlos parecer más lustroso e ir atrayendo atenciones y, de camino, que esos aburridos y silenciosos animales esbozasen una sonrisilla. Sinceramente, no he tenido el «placer» (todavía) de llevar en el cogote un mechón de flores y sonajeros que se pasen mañana y tarde golpeándome la frente y las mejillas; no obstante, a priori puedo asegurar que no ha de ser demasiado placentero ni cómodo para el animal, por no decir fastidioso, el ir cegado a la par que soportar el continuo runrún a cada paso y junto a los oídos. ¡Como si no tuvieran ya suficiente con la algarabía procedente del gentío! ¿Acaso no saben que a ellos también puede dolerles la cabeza como a los humanos? Basta observarlos horas posteriores, cabizbajos y con las cervicales tiesas para evitar lo máximo el ruido. Huelga comentar que los animales se fijan, antes o después, en el origen autónomo del sonido y tratan de minimizarlo. Otros, por su parte, intentan librarse a la desesperada de esas bridas pomposas mediante bruscas sacudidas laterales, verticales y oblicuas. ¿Qué pueden hacer si no tienen manos con dedos oponibles? Bendita raza humana y sus ágiles  acciones.

 

¿Alguien aludió a la bebida?

¿Qué sería de una fiesta sin el alcohol? Yo realmente lo desconozco por ser abstemio, en cualquier caso, no existe inconveniente alguno para que se den tragos moderados durante las festividades. El problemón viene cuando los animales pueden sufrir el mismo destino que los turismos. Si bebes, no conduzcas; o, aplicado a estos cuadrúpedos, si bebes, no cojas las riendas. Bien conocida es la virtud de los caballos en saber volver a sus cuadras y dejar al amo en el porche de su casa; sin embargo, considero poco conveniente llegar a tales extremos. Si no les importa en absoluto el bienestar del animal (hay quienes rompen espuelas), que piensen al menos en su propia seguridad. Luego sobrevienen los accidentes, con razón, y la familia se echa las manos a la cabeza.

 

Agua, agua, ¿y el agua?

Cuando el niño o el bebé piden agua, con palabras o golpeando el biberón contra lo más próximo, el buen padre o la buena madre acuden en seguida para satisfacer la carencia. Por desgracia, un recurso tan básico se ve a menudo postergado ante las prisas y el desenfreno de la masa y, en consecuencia, todos los años perecen bajo el inexorable calor del sol decenas de «acémilas» víctimas de la dejadez humana: caballos, bueyes y relacionados que, la mayoría de las veces, están totalmente impedidos de movimiento. Permitir que un animal no humano muera de sed resulta tan mezquino, en comparación, como consentirlo con una criaturita bípeda.

Con todo ello, el trato es éticamente irrelevante. La única manera de ser justos con éstos y otros animales consiste en rechazar toda forma de explotación animal.

 

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