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El especismo en la ciencia y en las publicaciones académicas

Fragmento especista de Eye of the Crocodile - Publicación académicaEjemplo de especismo en la ciencia o, mejor dicho, en la comunidad científica. El texto corresponde a un fragmento de la parte final del libro «Eye of the Crocodile», el cual trata sobre las relaciones entre «humanos y animales».

Un mero ejemplo del especismo en la ciencia

Cada dos por tres consulto bibliografía con fines académicos y para averiguar qué nuevo se conoce sobre los animales para defender sus derechos. Conviene aprovecharlo para enseñar un ejemplo de cómo los prejuicios especistas todavía campan a sus anchas en la ciencia, y usarlo a su vez para exponer una serie de consideraciones genéricas sobre los argumentos vertidos en las investigaciones del campo de las relaciones humano-animal. Nótese, de antemano, que esta dicotomía inicial centra el asunto en nosotros y reduce todas las especies animales como si no hubiera diferencias entre ellas.

Este campo se conoce a menudo con su nombre en inglés animal studies. En la ciencia, el especismo —como consecuencia del antropocentrismo— todavía campa a sus anchas. Éste puede plasmarse de muchas maneras. Una de las manifestaciones más comunes en nuestros días, ante el germen del debate académico en torno a la figura moral de los animales, es incurrir en peticiones de principio o argumentos que no se derivan de las premisas para justificar la explotación animal.

En documentos variopintos (revistas, artículos, libros de divulgación, etc.) suele acontecer un fenómeno llamativo: el investigador de turno plasma unos razonamientos que no se desligan de las premisas, deforma los argumentos sobre un fenómeno y se lanza a emitir peticiones de principio.

La ciencia debería limitarse a estudiar a los animales sin vulnerar sus intereses inalienables. No son objetos ni elementos del paisaje; son sujetos.

El especismo en la ciencia se reviste de argumentación racional

En este artículo citado, nos encontramos con que la autora se inventa los principios de la termodinámica ecológica para afirmar que, como la práctica del veganismo no tiene por qué ser necesariamente más ecológica en todos los casos —aunque lo sea teóricamente y el especismo nos haya llevado a exterminar a millones de animales sobre la Tierra—, y los humanos también pertenecemos a la red trófica, entonces, dice que no está mal comer animales.

La falacia naturalista

Por supuesto, no hace mención alguna sobre la innecesidad de comer animales ni sobre el hecho contradictorio de que por qué asesinar a un animal no-humano y no asesinar a humanos cuando ambos desean vivir. El estudio promueve el consumo de carne al señalar que los animales también discriminan de manera grupal, así pues, siguiendo su razonamiento basado en la falacia naturalista, entonces estaría bien ser racistas y esclavizar humanos. Observamos el especismo científico en todo su esplendor.

El ensayo de marras tiene parrafadas enteras a cuales más estúpidas que las anteriores. No está refutando estudios científicos ni argumentos éticos; sino su propia invención o interpretación sobre los mismos. Se saca de la manga que los veganos «negamos la cadena alimentaria» y arroja falacias ad naturalis en lugar de entender que la naturaleza no sirve como argumento para legitimar nuestros actos. Al igual que en la naturaleza un animal es comida para otro, también una hembra puede ser sólo un agujero de cópula para el macho de turno y no por ello a nadie se le ocurriría justificar las violaciones entre humanos. Las leyes se inventaron porque la naturaleza no era, precisamente, un arquetipo de ética ni justicia.

El texto es un compendio típico —y sangrante por estar en una editorial prestigiosa— de falacias típicas para justificar el bienestarismo. Básicamente dice que es «natural» explotar a los animales porque los animales se explotan entre ellos y que sólo debemos cuestionar el trato que les damos. Del carácter natural de la acción no se desprende que debamos evitar sufrimiento alguno y precisamente es ahí donde se nota el dogma bienestarista y una cosificación flagrante; pues si uno argumenta ad naturalis debiera justificar todas las acciones que acontecen en la naturaleza —incluso la más perversa de las violencias— en lugar de reducirla al caso de la explotación cárnica y decir que «basta con darles una buena vida».

La falacia del falso mutualismo

Esto incurre en un alegato de un falso mutualismo. Pues no puede haber mutualismo cuando una especie rige la alimentación y reproducción de otra. Comete, por tanto, la petición de principio de que basta con un buen trato y de que un buen trato sea equivalente a «respeto». No puede haber respeto cuando nuestras acciones vulneran los intereses inalienables de un sujeto. Podríamos cambiar la palabra «animal» por «mujer» y estos investigadores notarían su profundo especismo.

El colofón posmoderno del especismo científico, hijo del típico relativismo moral que pulula en nuestros días, viene al afirmar que los veganos somos elitistas y etnocéntricos al no considerar que otros no pueden ser veganos por su cultura o subsistencia. Algo así como si a alguien se le ocurriera justificar la ablación o lapidación femenina alegando que es normal en determinados países, que es parte de su cultura milenaria o que estaría bien que ciertas culturas comieran humanos si les faltasen recursos económicos. Esta falacia ad misericordiam es, por desgracia, bastante común cuando se busca justificar la explotación animal cometida por colectivos minoritarios u oprimidos.

La falacia de la falsa dicotomía

Llegados a este punto, y pesar de estas falacias tan patentes, la autora se atreve a proponer cuál debería ser el enfoque vegano para con los animales; uno bienestarista, reducetariano y complaciente con la esclavitud animal.

En el párrafo citado, la autora acusa al veganismo de caer en una falsa dicotomía postulando que no todo uso de los animales es malo. Yo matizaría que todo uso no es malo cuando no equivale a explotación (el significado que parece darle). Por ejemplo, pedirle a un perro que se acerque puede ser un «uso» de ese sujeto; pero no conlleva la vulneración de su vida, libertad o integridad.

Toda explotación, en cambio, es injusta en sí misma porque implica usar a un sujeto como medio para un fin ajeno. Es muy cómodo (e hipócrita) asumir que un humano forma parte de la «cadena alimentaria» (usa alternativamente el concepto antiguo con el más reciente de «red trófica») para justificar una forma de explotación sistemática mientras acusa a quienes no la cometen de ser elitistas por rechazarla. Menudo cinismo.

Pinturas rupestres - Especismo en la ciencia - Animales cazadosNuestra percepción hacia los animales no ha cambiado desde el Paleolítico y ello se evidencia en el especismo todavía presente en la ciencia porque la comunidad científica es tan especista como la propia sociedad general. Negamos la inteligencia animal, nos creemos dueños de sus vidas y estamos exterminándolos.

La ciencia no podrá avanzar si no nos despojamos de prejuicios

En fin… Busco señalar que existen muchos «investigadores» que se dedican a intentar tapar con citas continuas unos argumentos que no se sostienen y que necesitan fabular sobre la ciencia y las posturas éticas para procurar racionalizar sus prejuicios.

La omnipresencia del especismo en la ciencia me motiva por un lado a seguir profundizando en el campo de la investigación, y me desalienta por otro al ver un panorama de mediocridad revestido de profundidad filosófica. La mayor parte de los académicos que hoy se dedican a los animal studies no suelen contar con una enorme formación de ciencia (al provenir en su mayoría del terreno la filosofía u otras letras) ni a menudo conocen a figuras eminentes en los Derechos Animales como el difunto Tom Regan o el prestigioso Gary L. Francione.

Artículo referenciado

Plumwood, Val. Eye of the Crocodile, edited by Lorraine Shannon, ANU Press, 2012. ProQuest Ebook Central.
https://ebookcentral.proquest.com/lib/uses/detail.action?docID=4595550.

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El antropocentrismo en la ciencia, ¿un mal inevitable?

Revista investigación y ciencia - Número monográfico que representa el especismo en la ciencia - Antropocentrismo en la cienciaEl antropocentrismo en la ciencia se vuelve patente con casi cada artículo académico o divulgativo que cae en nuestras manos.

Cuando la singularidad se confunde con «extraordinariez»

Las publicaciones académicas están atestadas de antropocentrismo. En noviembre de 2018, la revista «Investigación y ciencia», traducción para el habla hispana de Scientific American, publicaba una monografía especial titulada «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?» referida a aquellas características que supuestamente nos convierten en seres únicos. En una revista de divulgación científica se esperaría, ante todo, un tono objetivo y la exposición de datos y evidencias. Lejos de ello, esta gran sección dedicada a nuestra especie es una especie de manifiesto que parte desde unas investigaciones para justificar una serie de inferencias, epítetos y adjetivos, cuando menos, subjetivos.

El texto comienza con la advertencia previa de que los científicos muestran reticencias a la hora de apoyar abiertamente el antropocentrismo para así adelantarse y contrarrestar posibles críticas ante una evidente petición de principio. Ésta la comete al afirmar, ya desde el titular, que somos una especie extraordinaria, tomando datos o hechos como nuestra extensión geográfica o gran capacidad de comunicación (desarrollo del lenguaje).

Es indiscutible que los humanos poseemos unas facultades muy desarrolladas y que muchas de nuestras circunstancias son realmente únicas; no por su clase, sino por su grado alcanzado. Sin embargo, el quid de la cuestión viene cuando, por asociación conceptual, asume que el ser humano es extraordinario por el cúmulo de diferencias frente a otros animales —sin considerar que cada especie animal es igualmente desemejante tanto hacia nosotros como hacia otros— para justificar el uso del término «extraordinario» con la no ingenua intención de aprovechar las connotaciones positivas que abrazan dicho concepto.

Cuando la subjetividad se esconde bajo la etiqueta de objetividad

Si bien el texto persigue supuestamente la objetividad científica —como lo hace la propia ciencia a quien representa—, incurre en un claro componente emocional y evidencia un sustrato prejuicioso cuando se vale de datos y hechos científicos determinados, sobre las diferencias entre humanos y otros animales, para justificar la emisión de juicios de valor sobre los resultados cosechados.

No es lo mismo argumentar que los humanos somos una especie muy peculiar a afirmar que, debido a ello, seamos entonces una especie «requetemaravillosa». Y menos aún vale cuando los criterios considerados parecen sesgados; pues ya en las primeras líneas podemos leer una importancia arrogada a la distribución geográfica (entonces las palomas o los delfines estarían a nuestra altura), la cuantía poblacional (entonces los animales domesticados estarían a nuestra altura) o nuestra capacidad de alterar el medio (como si destruir los ecosistemas o causar el cambio climático se trocara en algo virtuoso al evidenciar las posibilidades humanas).

El artículo, según avanza, se observa que éste no trata tanto de analizar qué nos diferencia; sino cómo tales diferencias permitirían inferir conclusiones morales y justificar la superioridad humana frente al resto de las especies. Y, en resumen, todo el contenido de dicha monografía se limita a autoensalzarnos.

El antropocentrismo no es tan peligroso por sí mismo, se vuelve peligroso cuando se camufla de ciencia. Así sucedió a comienzos del siglo XX con el darwinismo social; el cual se empleó para justificar el racismo y nazismo mediante la creencia en la superioridad de la raza aria.

De la misma manera, camuflar el antropocentrismo bajo el gran y respetado manto de la ciencia presenta una vasta influencia social en tiempos modernos, como la tuvo antiguamente bajo el amparo de la religión por medio del mito de la Creación. Una ciencia invadida de antropocentrismo lleva inevitablemente a una percepción especista hacia los demás animales y la asunción de que los animales sólo son seres inferiores que existen para servirnos.

El antropocentrismo en la ciencia se debe a que somos esclavos de los prejuicios

Desde la Antigüedad hasta nuestros días ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Nos arrogamos características únicas mientras parecemos olvidar que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, son caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural.

Pareciera que los humanos tenemos una obsesión instintiva con diferenciarnos del resto para así darle sentido a nuestra existencia, como si nuestro valor como individuo o civilización residiera en cuánto somos capaces de crear o de destruir.

Ser antropocéntrico significa sufrir un sesgo endogrupal basado en la condición de «ser humano» que nos lleva a buscar la existencia de una «otredad» para darle sentido a nuestro «ego». Por ejemplo, las supersticiones podrían considerarse como un consuelo o intento fallido de lógica que se establece cuando nuestro cerebro intenta trazar puntos en la realidad y forjar premoniciones que nos permitan encontrar respuestas a nuestras dudas metafísicas o solventar aquellas tribulaciones más profundas de nuestro ser.

Hoy, por estudios etológicos, se sabe que las supersticiones no son exclusivas de los humanos; sino un producto de la evolución compartido con otras especies. Al mismo tiempo que la ciencia, con la genética a la cabeza, confirma el fiel parecido entre grupos animales aparentemente alejados, otros muchos investigadores sienten la necesidad de seguir hilando más fino para continuar agarrándose a un clavo ardiente con que engrandecerse frente a la otredad.

Todavía se sigue partiendo desde la premisa antropocéntrica de que la inteligencia animal y cualquier comportamiento de éstos siempre debe analizarse como la suma de componentes simples.

Aún nos queda por desmontar demasiados mitos antropocéntricos

Que si el cerebro tripartido y la función del neocórtex, que si los instintos, que si el sistema límbico, que si el efecto de amígdala, que si la imaginación, que si la planificación del futuro, etc., la ciencia está continuamente desechando y creando nuevas hipótesis para justificar el antropocentrismo por la sencilla razón de que los científicos también son humanos y están condicionados por un ambiente que desde pequeños nos inculcan que los demás animales existen para servirnos y que está bien cosificarlos para explotarlos con un fin concreto o para ejercer una violencia ritualizada.

Y todo ello sin entrar, como en otros artículos, de cómo se pretende continuar justificando la experimentación con animales y el abismal autoengaño científico cuando se habla de «bioética» o de «bienestar animal», en éstos y otros campos, al la par que se cometen aberraciones en nombre de la ciencia o del medio ambiente.

Tenemos la obligación científica —y ética— de paliar y enmendar nuestros sesgos naturales para alcanzar una verdadera objetividad. La lógica nos dice que los demás animales con quienes compartimos el planeta también merecen respeto. Si logramos eso, luego verdaderamente podremos estimarnos como únicos.

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El antropocentrismo les negaría derechos a las inteligencias artificiales

Escena de "Yo robot" - Inteligencia artificial y animales - Inteligencias artificiales

Quizás en un futuro no muy lejano el ser humano les niegue un reconocimiento de sus derechos a las inteligencias artificiales de la misma manera en que hoy se les niega a los animales.

Los mismos debates del pasado y presente reaparecerán en el futuro hacia las inteligencias artificiales

A menudo aparecen debates sobre las posibilidades futuras de unas inteligencias artificiales altamente sofisticadas en cuanto a sus capacidades intelectuales y la creación de obras, es decir, ¿podrá un robot del futuro componer poesía?

Tales debates no se centran habitualmente lejos en los aspectos técnicos que pudieran requerir tales proezas (pocos son expertos en ese campo). Más bien, suelen enfocarse en que o bien nunca habrá inteligencias artificiales tan sofisticadas o en que, si ocurriere, nunca pondríamos considerarlos seres humanos en un sentido moral. Para complicar aún más el asunto, la mayor parte de la gente incurre en continuas anfibologías al equiparar consideración biológica y ética.

La mayoría de las veces oigo los alegatos de que una máquina no podría tener derechos por ser una creación humana (artificial), por ser dependientes de los humanos y, básicamente, porque no son humanos. ¿A qué nos sonarán estos argumentos?

Los argumentos que apelan a la pertenencia, la dependencia y las características del sujeto fueron los buques insignia de la esclavitud y del racismo hasta hace apenas unas décadas. Actualmente, argumentos como que los animales nos pertenecen porque nosotros los criamos, que no pueden vivir solos o que no pertenecen a nuestra especie, no son sino el reflejo de una mentalidad antropocéntrica. La humanidad parece empecinada en creer que somos algo especial, único, maravilloso e inigualable. Ello nos lleva a negar o despreciar nuestras semejanzas con otros animales y, en este caso, a condenarlas en sí mismas por muy calcadas estén por estar presentes en una máquina y no en un organismo de carne y hueso.

Las inteligencias artificial serán discriminadas como hoy discriminamos a los animales

Estoy seguro de que esta misma mentalidad antropocéntrica que hoy condena a los animales no humanos llegaría a condenar las vidas de una máquina sintiente y cualesquiera inteligencias artificiales creadas por nuestra especie. ¿Podríamos llamar «artificialismo» a dicho prejuicio como llamamos «especismo» al que padecen los animales no humanos? Por coherencia respecto al principio de igualdad, nuestros derechos no se basan en qué somos; sino en qué sentimos.

Todo ente, ya sea biológico o una inteligencia artificial, que posea una conciencia propia merece y merecerá una consideración moral por el propio hecho de poseerla. Todas las demás variables son arbitrarias y sesgadas para tratar de imponernos o sentirnos especiales frente a nuestras propias creaciones, como si un padre se sintiera incómodo porque su hijo lo supera en facultades. Los humanos, aun cuando no seamos consciente pro nuestro prejuicios, imponemos nuestra medición y juicio sobre el mundo para encorsetar la realidad a una imagen que nos resulte cómoda y utilitaria al mismo tiempo.

La justicia no ha de entender de sexo, raza ni especie. Y, en un futuro más tarde o temprano, tampoco deberá importar si somos producto de la naturaleza o del ingenio de una especie engreída. Si algún día llegamos a diseñar inteligencias artificiales con conciencia, entonces deberemos reconocerles derechos apelando a la misma lógica que rige nuestro sistema de derecho. Para ilustrar esta breve, qué mejor que una escena de la famosa película de «Yo robot», inspirada en la obra homónima de Isaac Asimov.

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¿Es ética la eutanasia en animales?

Perro abandonado, ¿acaso es ético aplicarle la eutanasia?El concepto de «eutanasia», aplicado a animales, se convierte en un eufemismo que esconde el sacrificio —asesinato legal— de animales no humanos. La eutanasia en animales no es ética porque ellos no pueden dar su consentimiento libre e informado.

¿Cómo se define y en qué consiste la eutanasia?

El concepto de eutanasia, entendido en términos humanos, se refiere a la decisión voluntaria, libre e informada de un agente moral (adulto) de terminar con su vida mediante una muerte programada lo más liviana e indolora posible. Habitualmente, esta decisión proviene tras una deliberación y depresión continuadas en el tiempo ante un estado físico afectado por alguna dolencia muy grave, enfermedad crónica o degenerativa. Ante esta definición cabe preguntarse: ¿puede aplicarse el concepto de eutanasia en animales?

La eutanasia es un tema frecuentemente debatido en asuntos sociales debido a que plantea importantes implicaciones morales, políticas y religiosas. En esta entrada pretendemos abordar los aspectos éticos que surgen en los Derechos Animales por la acción de quitar la vida de un animal no humano en circunstancias extremas, o bien, por mero deseo del «propietario» (explotador) o adoptante.

¿Es correcto usar el término «eutanasia» para animales?

El interés más básico de todos los animales —nosotros incluidos— es la perpetuación y defensa de nuestras vidas; lo cual se concluye por observación y estudios científicos. Si reconocemos la importancia de dicho interés para nuestras personas, también debemos asumirla para los restantes sujetos con independencia de su sexo, raza o especie. Por ende, aplicar la muerte es una acción inmoral a menos que las razones lo justifiquen. Sin embargo, ¿cuáles son esas razones?

A tenor de su definición, cabría señalar en primer lugar que dicho término no podría aplicarse en el mismo sentido para los demás animales; pues los humanos con plenas facultades podemos decidir libremente y, en cambio, ellos no alcanzan el grado de conciencia necesario para expresar o conocer los métodos y consecuencias de esta práctica.

No valdría tampoco inferir sobre sus deseos o interpretar sus emociones a modo de prueba y argumento para escoger si dejarlos vivir o provocarles la muerte. La visión de que basta con evitar su sufrimiento es una postura bienestarista que no respeta ni tienen en cuenta los deseos que pudiera tener el animal al respecto.

El consentimiento es un requisito fundamental en la ética para definir la validez o legitimidad para ejecutar una acción. Sin éste, ningún acto contra los intereses inalienables puede ser moralmente aceptable. El concepto de eutanasia no puede aplicarse a otros animales porque ellos no pueden dar su consentimiento libre e informado para poner fin a sus vidas. Por ello, deberíamos denominarlo más bien un «asesinato compasivo» (asesinar significa quitar la vida sin consentimiento de la víctima) motivado por un prejuicio especista. A pesar de que uno pretenda hacerlo por su bienestar, debemos plantearnos la moralidad de nuestras acciones como lo haríamos con seres humanos.

La realidad es que el concepto de «eutanasia», aplicado a animales, se convierte en un eufemismo que esconde el sacrificio —asesinato legal— de animales no humanos.

¡Derechos Animales ya! - Perro con un carrito o silla de ruedas - Sacrificio de animalesLos animales muestran a menudo una capacidad de autosuperación que obnubila al ser humano. Más de uno individuo de nuestra especie hubiera preferido el sacrificio de este perro que va en su «carrito de ruedas» con el argumento falaz y autocomplaciente de que le evitaría sufrimiento.

¿Es legítimo eutanasiar animales?

La veterinaria —como la medicina— es una ciencia experimental basada en el análisis de síntomas y la deducción de un cuadro clínico. Aunque nuestros conocimientos y tecnologías actuales nos brindan múltiples posibilidades en materia de prevención y nos permite tomar decisiones de antemano, ésta no es 100% pronosticante —no existen las bolas de cristal— ni tampoco sus saberes cambian en grado alguno las consideraciones éticas. Asimismo, como en cualquier disciplina, existe un enorme sesgo de subjetividad cuando se baraja el tiempo que vida que nos queda o las condiciones en que pasaremos nuestros últimos días.

Igualmente, si nos trasladamos al ejemplo de un evento fatídico, nadie excepto la víctima puede saber qué estará experimentando después de un accidente o de si preferiría morir indoloramente allí mismo frente a la imposibilidad de una salvación. Con esta premisa, habría que separar entre realidad y posibilidad, si bien, a rasgos prácticos, nuestro papel debiera ser el mismo en cualesquiera circunstancias que para un niño.

La potencialidad no constituye la ética (el cual es un argumento falaz usado a menudo para justificar la amputación de órganos), por ello, al igual que no tiene sentido encerrar a nuestros hijos para que nunca los atropelle un coche, lo mismo cabe decir contra el hecho de que se asesine por compasión a un animal que quiera vivir ante el hecho de que, por ejemplo, le hayan diagnosticado un cáncer que lo matará supuestamente dentro de un año.

A ellos, además, se los priva de la posibilidad de mejoría (al igual que algunos humanos sobreviven a enfermedades mortales) y de su propia autosuperación. Pocos humanos llegan igualar la capacidad de superación que tiene cualquier animal.

Por otro lado, incluso cuando un humano está agonizando, no asumimos que no debemos aplicar ningún tipo de medicamento para causar su muerte instantánea; pues entendemos que nosotros no tenemos legitimidad sobre la vida de terceros. Esto, no obstante, se vulnera asimismo en aquellos países en donde existen la pena muerte; las cuales incumplen la deontología médica.

Con los animales no aplicamos la misma ética que querríamos para nosotros, sino que a menudo se opta por su sacrificio por nuestra propia conveniencia o autoengaño.

¡Derechos Animales ya! - Gato heridoQue un animal sea viejo o esté enfermo no significa que le hagamos un favor quitándole la vida. Cuando apoyamos el sacrificio de animales, plasmamos nuestro propio sufrimiento sobre ellos con independencia de que sufran más o menos.

Para no-humanos suele aplicarse una deontología especista

La mayor parte de los humanos decide muy a la ligera sobre si el animal de turno ha de continuar viviendo o no por el simple hecho de que no sea humano, y lo hace atendiendo a motivaciones utilitarias (beneficio personal). En ciertos sectores, el sacrificio (asesinato) de animales se vuelve sistemático cuando ya no pueden servir para el propósito que se esperaba por su uso como recurso. Esto sucede en perros explotados en servicios civiles, caballos en carreras o exhibición (¿se imaginaría estar condenado por romperse una extremidad?) y miles de casos análogos.

Dejando a un lado las relaciones basadas en la explotación animal, el grueso de los responsables de animales no humanos incurre en una ligereza similar a tenor de la misma mentalidad bienestarista que a todos nos inculcan en sociedad. De hecho, no se libran ni las aclamadas y grandes organizaciones animalistas.

A modo de ejemplo, PETA asesina por «eutanasia» a miles de perros al año porque sus albergues no dan abasto. Así ocurre porque el bienestarismo no valora que los demás animales deseen continuar viviendo. Para dicha ideología, imperante en el animalismo actual, los demás animales son meras máquinas sin proyección de futuro ni capacidad de anticipación. Los bienestaristas solamente rechazan eso que llaman «maltrato animal» cuando el daño lo causan terceros, no ellos mismos.

¿Por qué esta diferencia moral hacia los no-humanos? Consideramos que se debe a la misma razón por la cual se los castra o se defiende la explotación de animales en terapias o rescates: la mayor parte de los humanos no los ve como sujetos independientes; sino como alter ego, es decir, extensiones de sus personas u objetos que sufren. En consecuencia, si el hecho de quitarles la vida de una forma indolora les tranquiliza la conciencia bajo el argumento falaz de que el sufrimiento potencial justifica el asesinato, entonces no dudan en practicarlo.

Por tanto, la única diferencia estriba en que para el explotador ya no sirve y para el adoptante común ya no sufre. Se trata de un autoconsuelo moral convertido en argumento para arrogarnos una legitimidad inexistente.

¡Derechos Animales ya! - Jeringuilla junto a perro enfermo que va a ser eutanasiado o sacrificadoPonerle una inyección a un animal es una forma triste de poner fin a su vida, como bien saben los veterinarios. Incluso más lamentable resulta cuando pueden obligarlos legalmente a eutanasiar a animales sanos.

Un sacrificio legal de animales

Un asunto espinoso que no suele mencionarse a menudo es que los animales están contemplados legalmente como «bienes muebles semovientes» (objetos con movimiento autónomo). Es legal eutasianarlos mientras el «dueño» (propietario) siga el procedimiento legal propio de cada país o región. Y, asimismo, dado que no se tienen en cuenta sus derechos inalienables, cualquier acontecimiento entendido como de «fuerza mayor» (como una epidemia nacional o internacional), implica que el Estado puede quitarles la vida incluso sin el consentimiento del «dueño».

Se evidencia, por tanto, que las leyes no los protegen —ni podrán protegerlos mientras sean legalmente objetos— y que los veterinarios no aplican el mismo código deontológico que los médicos para humanos. Para cambiarlo, debemos empezar por tomar consciencia de esta realidad y empezar a respetar a todos los animales como se merecen.

Si está mal el sacrificio de animales, ¿qué deberíamos hacer entonces?

Como cuidadores, debemos velar siempre por el respeto hacia los intereses de nuestros recogidos cuanto quede en nuestra mano. Para no arrogarnos elecciones o decisiones que no nos corresponden (ni tampoco a los veterinarios), sólo se les debería aplicar cuidados paliativos en la medida en que garanticen o ayuden a mantener su vida, libertad e integridad.

En conclusión, no podemos hablar de «eutanasia» aplicada a otros animales y es reprobable porque no considera los requisitos morales —voluntariedad y elección— que sí cumple para los humanos con plenas facultades. La veterinaria actual no encuentra objeciones porque su código deontológico es bienestarista y se halla muy alejado de la ética hacia los animales.

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¿Qué es el especismo?

Derechos-Animales-ya-Viñeta-proteger-a-unos-y-asesinar-a-otros-especismoEsta ilustración tan gráfica representa el especismo: la discriminación moral entre animales según su especie. El especismo se origina por adoctrinamiento e inculcación social.

Definición de especismo

El término «especismo» (speciesism) apareció utilizado por primera vez en el año 1970 en un texto publicado por el psicólogo inglés Richard D. Ryder, titulado Experiments on Animals. En este artículo, el autor no define el concepto o sus implicaciones éticas; sino que se limita a disertar acerca de la experimentación animal y el sufrimiento asociado a dichas prácticas. Es coetáneo del filósofo utilitarista Peter Singer.

Desde 1986, está definido por el Diccionario de Oxford como «La asunción de superioridad humana que lleva a la explotación animal». Hasta la fecha, el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) no recoge dicho vocablo. Ya está también recogida en español. La RAE añadió finalmente el término en la vigesimotercera edición de su diccionario.

Como analogía a los vocablos «racismo» (miembros de una raza que se consideran mejores a los de las restantes) y «sexismo» (miembros de un sexo que se estiman superiores a los del otro), el término «especismo» hace alusión a aquellos individuos de la especie humana que priman sus intereses particulares en contra de los intereses de otras especies. En los tres casos se trata de un prejuicio moral basado en rasgos biológicos.

Se trata, por tanto, de una discriminación moral basada en la especie. La forma de especismo más común es el antropocentrismo, la creencia de que sólo los seres humanos tienen valor moral, o que los intereses de los no-humanos están supeditados a los de sus contrapartes humanos.

El especismo rechaza, por tanto, el valor inherente de las restantes especies animales y solamente se les otorga un simple valor instrumental. El especismo es principalmente cultural, si bien, existen estudios científicos que sugieren una predisposición a esta discriminación, tal como se ha investigado que ocurre con el racismo. Paradójicamente, muchos otros estudios científicos muestran un terrible sesgo especista cuando estudian, por ejemplo, la inteligencia o el comportamiento animal.

Captura texto «Nos sentimos especiales» del libro Valores éticos 1º ESO de la editorial Anaya - Adoctrinamiento especista sobre la superioridad humana respecto a los animalesA pesar de estar supuestamente escrito por profesionales, este texto de la enseñanza reglada de ética para 1º de la ESO alecciona el prejuicio antropocentrista apelando a rasgos biológicos sin argumentar en ningún momento por qué tales atributos pueden establecerse como criterio moral. Si cambiásemos las referencias hacia los animales no humanos por «humanos negros» tendríamos automáticamente un panfleto de adoctrinamiento racista.

¿Por qué discriminamos a los animales no humanos?

Resulta tremendablemente complicado establecer los orígenes biológicos y culturales que han propiciado el surgimiento de prejuicios morales. No obstante, algo está claro: los prejuicios se transmiten de generación en generación por inculcación (adoctrinamiento) de adultos a niños.

Todo infante de una edad cercana a los cinco o seis años aplica el principio protomoral de «no les hagas a otros aquello que no quisieras para ti» hacia todos los animales. Se hecho, a esa edad no resulta extraño que los propios padres eviten que sus hijos les hagan daño a otros animales por placer. Sin embargo, al mismo tiempo les inculcan la falsa creencia de que está bien matar animales para comer (aunque no lo necesitemos ni la necesidad sea una justificación moral).

De esta forma, acontece una inculcación social por el cual los adultos les transmiten a los más pequeños que nosotros somos superiores a los demás animales, pues podemos disponer de sus vidas a nuestro antojo (mientras tengamos una excusa lo suficientemente aceptada en sociedad) y que ellos están en la Tierra para servirnos de múltiples formas. De este modo, una vez superamos la infancia y llegamos a la edad adulta, asumimos nuestro aparente estatus de supremacía.

Cita de Richard Dawkins sobre el especismo - Adoctrinamiento sobre los animalesCada vez más pensadores consolidados en el entorno científico y nuevas figuras están denunciando el especismo y todas las injusticias que conlleva la esclavitud animal y las atrocidades que cometemos contra los animales.

El especismo se origina por adoctrinamiento

En línea con el documental señalado, un sistema esclavista no logra mantenerse a lo largo de los siglos sin la ayuda de un constructo ideológico que ofrezca justificaciones basadas en sesgos cognitivos. De tal forma, se evita que un statu quo se vea cuestionado y las víctimas reciban nuestra empatía.

Las diferentes capas sociales se retroalimentan entre sí y aparece un bucle de difícil salida. Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo hallamos en las instituciones, ya fueren estatales o independientes. Existen miles de ejemplos diarios.

Para ilustrarlo, basta citar al activista Luis Tovar con sus críticas a las actitudes adoptadas por la Asociación Española de Pediatría en su entrada «Adoctrinar en el especismo (II)»:

Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo encontramos de la mano de la Asociación Española de Pediatría, quien aconseja a los padres que no cuenten la verdad a sus hijos sobre la procedencia de los productos de origen animal para que así no los rechacen. Se afirma que con los vegetales «no hay ningún problema» pero que con los animales hay que esperar un tiempo «hasta que el niño comprenda cómo funciona la naturaleza [sic]».

Esto es, hasta que la cultura especista haya anulado su empatía y su sentido moral y asimile como normal la idea de que los demás animales existen para que nosotros los explotemos. No es el funcionamiento de la naturaleza la que nos obliga o condiciona a explotar a los demás animales; es la ideología.

Tratamos a los animales como simples, objetos, recursos y mercancías. Todos los animales del mundo son esclavos. No existe ningún romanticismo en la esclavitud.

El antropocentrismo es omnipresente

El antropocentrismo no es algo «natural»; sino una doctrina ideológica que se difunde por adoctrinamiento y cuyo objetivo se basa en cosificar a los otros animales para facilitar su explotación. La naturaleza no nos obliga a explotar a los animales como tampoco nos fuerza a explotar a otros seres humanos.

El adoctrinamiento especista llega a todos los niveles de la sociedad y discriminamos a los animales simplemente porque nos lo han enseñado desde pequeños. Y, una vez de adultos, ese adoctrinamiento continúa por inercia, conformismo y otras estrategias publicitarias que blanquean la explotación animal.

Este prejuicio moral favorece la generación y empleo de palabras como «maltrato» o «abuso» (entre otros eufemismos), las cuales se refieren a cómo se realizan ciertas acciones sobre animales no humanos en lugar de condenar dichos actos en sí mismos. Tales términos son subjetivos, erróneos e irrelevantes; pues la ética juzga las acciones en sí mismas, no cómo éstas se lleven a cabo. El modo, en su caso, constituye un agravante; no un criterio.

A pesar de ello, las organizaciones animalistas los difunden continuamente por intereses particulares. Toda forma de explotación animal es inmoral porque quien la propugna para otros no quisiera padecerla en sus propias carnes. No es justo atentar contra la vida, libertad e integridad de los animales. Traicionamos a los animales cuando aplicamos esta doble vara de medir.

No podemos ser justos con los animales si consideramos que sus derechos no merecen ser tenidos en cuenta. El movimiento animalista que defiende los Derechos Animales es el veganismo. Pues sólo el veganismo contempla a los demás animales como individuos que merecen tanto respeto como los humanos. Si de verdad reconocemos estos hechos y queremos cambiar esta injusticia, debemos actuar en consecuencia. El pensador Gary L. Francione presenta los seis principios básicos del abolicionismo para defender los Derechos Animales.

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