Dialéctica concisa sobre el entendimiento de posturas ideológicas

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Si a una persona designada lo más objetivamente posible como «retrasada mental» se le preguntase si se considera «tonta», respondería muy probablemente con un «no».

Si a una persona designada objetivamente como «normal» se le preguntase si se considera «tonta», contestaría seguramente con un «no» rotundo.

Si a una persona designada objetivamente como «superdotada» se le preguntase si se considera «tonta», esbozaría una sonrisilla de «no» con extrema seguridad.

La conclusión que puede extrapolarse por medio de este sencillo experimento empírico yace en que, independientemente de cuáles sean nuestras verdaderas capacidades mentales y de raciocinio, nadie que sepa realmente qué se le está preguntando piensa en sí mismo como algo inferior o incapaz de entender ciertos elementos de la vida.

A la hora de exponer y debatir un tema, las personas pueden adoptar uno u otro «bando» según sus propias enseñanzas, valoraciones, experiencias y, como no, también de acuerdo con el entendimiento hacia las posturas argumentadas.

En consecuencia y dado que ninguno de nosotros se considera «tonto», uno de los mayores problemas con que se topa cualquier contendiente (no necesariamente muy inteligente) es conseguir acercar su ideología de una manera que resulte asimilatoria para el público oyente. Así pues, obviando el hecho de que, contrariamente a la opinión general, no todas las morales son respetables, pues unas pueden sustentarse en doctrinas que agreden contra los derechos inalienables de terceros, por ejemplo, el nacismo; uno de los principales desafíos cotidianos se presenta cuando llega el momento de tratar cambios legislativos y modificaciones en cuanto a tratados y reglas establecidas en «x tiempo» para «x fines».

Una vez definidas todas estas premisas, son multitud las preguntas que asaltan mi mente:

¿Resulta posible la «coherencia ética», entendida como una sociedad en la cual ninguna de sus normas entran en conflicto y aquélla en la que se puede vivir y «progresar» sin afectar la viabilidad de la vida sobre la Tierra, ya no sólo de nosotros los humanos sino de los restantes organismos con cuales malconvivimos, considerando que obligatoriamente se requieren unos altos niveles de discernimiento, criterio propio, empatía, ética y un abandono total a los «defectos humanos» (egoísmo, envidia, celos, etc)?

¿Será que todavía nos falta inteligencia para poder comprendernos a nosotros mismos y al medio y que, a causa de ello, somos incapaces de establecer una verdadera justicia universal?

¿Si supusiésemos que todos los seres humanos sobre la Tierra, o miembros de una especie animal cualquiera con las mismas facultades intelectuales y cognitivas de la especie humana, mostraran exactamente un nivel igual de inteligencia; sería alcanzable la equidad, aunque fuera intraespecie? ¿Qué hay de la equidad interespecie en relación a especies juzgadas como irracionales? ¿Algún día estableceremos diálogo con especies racionales extraterrestres? O, incluso, ¿habrá en un futuro lejano algún diálogo entre diferentes especies inteligentes que dentro de millones de años pueblen la Tierra?


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