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¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicos

El fijismo ecologista y otras creencias anticientíficas

¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicosEl fijismo ecologista puede definirse como la creencia entre los ecologistas de que cada animal está o deber estar en un hábitat determinado y cumplir con un rol ecológico determinado. Esta creencia deriva en el exterminio de las mal llamadas «especies invasoras» y en la búsqueda constante de una utilidad para las especies en peligro de extinción.

El ecologismo especista incurre en un fijismo religioso

El fijismo era una interpretación religiosa sobre el origen de las especies que data desde antes de que Darwin propusiera la Teoría de la Evolución. De acuerdo con el fijismo (una creencia derivada del «creacionismo»), todas las especies existentes son inmutables y así debe ser por una fuerza suprema o divina.

La adaptación del fijismo a nuestros días se percibe en la creencia de que cada especie debe ocupar un hábitat específico y que no debe ocupar otro hábitat (o que una especie deber presentar unos rasgos específicos, o que debe alimentarse de esto y no de lo otro, etc.), es decir, se mantiene desde entonces la idea irracional de que el estado conocido de la naturaleza es el que ha tenido y el que debe tener. Se observa que esta creencia irracional y anticientífica está, en nuestros días, demasiado extendida entre individuos y colectivos ecologistas (proteccionistas). Y, por supuesto, conlleva serias repercusiones y perjuicios para los animales.

La responsabilidad humana y los dogmas ecologistas

El ecologismo, en su vertiente especista, considera dogmáticamente que los seres humanos debemos conservar la biodiversidad (número de especies) y la diversidad (distribución de las especies) según patrones observados en la naturaleza. Puede ser racional, desde el punto de vista científico, observar las características de las especies, su distribución y sus roles para entender cómo funciona el ecosistema y por qué nuestras acciones llegan a degradarlos. Hasta aquí, es ciencia. Sin embargo, basarnos en tales hechos para justificar la moralidad de nuestra acciones incurre en la falacia naturalista: la confusión entre el ser y el deber ser, entre lo existente y lo que debiera existir.

Por ejemplo, que en un lago haya una especie dominante de alga nos plantea un interesante estudio acerca de por qué ocurre así, no obstante, creer (sin más) que esa alga debe dominar para que el medio fluya adecuadamente y que tenemos la obligación de favorecer dicho contexto, o bien, por el contrario, que esa alga no debe dominar y que tenemos la obligación de exterminarla, nos dirige a esta falla del raciocinio que llamamos falacia naturalista.

El ecologismo se apoya en lo existente para tomar medidas más allá de la responsabilidad humana (principio de casualidad). Es decir, resulta frecuente que los ecologistas eviten cualquier alteración del medio que pudiera incluso considerarse «natural» (sin intervención humana), por ejemplo, la migración de aves, con el argumento de que todos los medios están alterados a nivel planetario y de que se requiere dicha manipulación para evitar un posible colapso.

Lo irónico del asunto es que si dicho colapso va a causar vidas animales, ellos se encargarán de que tales animales la palmen antes. No les importa esta contradicción porque tienen a los animales cosificados moralmente. El ecologismo especista percibe la naturaleza como un gran «tablero de ajedrez» en que el ser humano, como vicario en la Tierra, tiene que mover las piezas que la componen por el bien de todos.

De esta manera, la falacia naturalista, la cual pudiera deberse a sesgos cognitivos, lleva a un tipo de aplicación concreta que, por las razones históricas mencionadas, se denomina «fijismo». Aunque en primera instancia pudiera parecer coherente el planteamiento fijista («cada animal en su lugar» o «cada animal como debe ser»), no lo es en absoluto.

¿Acaso los humanos hemos dudado en expandirnos y colonizar casi todas las tierras de nuestro planeta? ¿Si nosotros migramos y transformamos el medio está bien («es natural») pero no lo está si lo hacen otras especies? ¿Acaso este criterio no entra en contradicción la Teoría de la Evolución? Se vuelve evidente que aplican una doble vara de medir y que el fijismo nace realmente de su antropocentrismo especista. El ecologismo recoge una creencia antigua en su empeño de devolver la Tierra a un estado hermoso anterior a la aparición del ser humano.

Ampelis americano - Especie invasora para el fijismo ecologistaAmpelis americano. Diversas especies introducidas aparecen catalogadas como «especies invasoras», un eufemismo para referirnos a aquellas especies que están en un lugar no autóctono por nuestra culpa, que perjudican a nuestros intereses y que queremos exterminar.

El dogma fijista en cuanto a animales salvajes y domesticados

Por un lado tenemos a los animales salvajes (exterminados por el ser humano) y, por otro, a los animales domesticados (esclavizados por el ser humano). El ecologismo y su fijismo adoptan ligeras diferencias ideológicas según de la función esperada para los animales.

Para animales salvajes

Respecto a los animales salvajes, múltiples grupos ecologistas rechazan cualquier transformación del medio ambiente aun cuando pudiera entenderse como «natural» (no debida a acciones antrópicas); pues interpretan que toda desviación de lo conocido es perjudicial, mala o «antinatural». Por ejemplo, si se da el caso de dos especies de aves que cada vez hibridan con mayor frecuencia debido a que han modificado sus ciclos anuales o rutas de migración. Muchos ecologistas buscarán métodos de evitar dicha «mezcla génica» con el argumento de «respetar los fenotipos endémicos».

A veces, tales acciones ecologistas vienen respaldas por un incentivo monetario en la «conservación» de especies autóctonas, con lo que el dogma fijista se mezcla con un sesgo xenófobo. Y no hablamos únicamente de medidas pacíficas para lograr dicho objetivo cuestionable; sino también del asesinato sistemático de cualquier especie (catalogadas como «invasoras») en nombre del ecologismo si éstas atentan al «modelo de perfección ecologista» o convienen diezmarlas por razones meramente económicas (p. ej. turismo, ganadería, etc.).

Las especies alóctonas no se «cargan» la naturaleza; la migración de especies, así como la formación y extinción son procesos naturales que llevan ocurriendo millones de años. La razón de por qué los animales alóctonos pueden afectar gravemente al medio se debe al hecho de que nosotros, al alterar y condicionar su movilidad geográfica, generamos una alteración infinitamente superior a la que, en teoría, habría habido en condiciones normales sin intervención humana.

Cuando, a menudo, se aduce que las especies «invasoras» son un «peligro para el ecosistema», olvidan que la «naturaleza» corresponde a todos los elementos bióticos y abióticos. En estos casos, tales alegatos catastrofistas son eufemismos y calumnias para señalar que perjudican a las actividades humanas como la ganadería, la agricultura, el turismo o los propios asentamientos humanos.

De manera que, como nos perjudican a nosotros (el ecosistema es sólo una excusa), pues entonces nos arrogamos el dignificante papel de «salvadores de la naturaleza» dándoles muerte a unos animales cuyos «daños» causados son infinitamente inferiores a los nuestros mientras permanecemos continuamente propagándonos por la Tierra como una plaga.

Ningún animal es una «plaga», nosotros lo somos y hemos sobrepoblado todos los ecosistemas con especies domesticadas (esclavizadas) que influyen infinitamente más al medio ambiente que cualquier especie salvaje alóctona. Somos la plaga terrícola que acusa y asesina a otros animales cual chivos expiatorios. Obviar este hecho denota un sesgo y una ignorancia terribles. Hay quienes, ante esta situación, promueven «sacrificios humanitarios» como si hubiera una manera justa de asesinar a un animal inocente de nuestra pésima gestión ambiental.

Pero, claro, el ecologismo institucional es un negocio y parte de su fijismo está movido por el dinero. Por ello, no oiremos a GreenPeace (entre otras organizaciones ecologistas) decirles a sus socios que dejen de comer carne; sino que prefieren «marear la perdiz» mediante protestas de cariz xenófobo a las masacres y a la explotación animal acontecidas en países extranjeros, junto con propuestas estúpidas (como la nueva ocurrencia de rechazar las cañitas del plástico) en lugar de enfocarse en el principal foco de contaminación (la ganadería).

Los ecologistas muestran una hipocresía tremenda al querer salvar animales salvajes (sólo si se hallan en hábitat que les «corresponde») al mismo tiempo que fomentan la tala de bosques y la destrucción del medio para dejarle espacio al «ganado». Total, sus socios y donantes van a seguir a pies juntillas cualquier cosa que suelten. El negocio es el negocio y la pela es la pela. La coherencia, si eso, para otro día.

Si nos despojamos de prejuicios intereses egoístas, la respuesta está clara. Basta con que evitemos la introducción de especies alóctonas, de intervenir en la naturaleza con complejos de dioses y que dejemos en paz a los ya introducidos, en consonancia con el principio de igualdad.

Rebaño de ovejas - Animales domesticadosEl fijismo ecologista, como fruto del propio especismo de los ecologistas, considera que todo animal autóctono de una región debe integrarse con la ganadería o el turismo de una zona para lograr su conservación.

Para animales domesticados

El ecologismo especista y su fijismo incurren en una doble moral con respecto a la mera existencia del ganado esclavizado. Los animales criados por el ser humano se encuentran fuera de su hábitat (a menudo son alóctonos), presentan una población muy superior a su estado salvaje y, por ambas razones, ejercen una fuerte presión sobre los ecosistemas aledaños debido a que los criamos por el beneficio de aprovecharnos de ellos, lo cual no tiene una justificación ética ni ecológica.

Sin embargo, el grueso de los individuos y colectivos ecologistas no se pronuncian contra la explotación animal ni los daños causados a los animales domesticados por la selección artificial, ni siquiera apelando a razones utilitarias como que «perjudican al medio ambiente». Su fijismo sólo los mueve cuando hablamos de animales salvajes que se hallan, por fortuna, «ligeramente» libres de la dominación humana. Como parte del antropocentrismo, el ser humano detesta inconscientemente la mera existencia de animales libres porque son variables que quedan lejos de nuestro control.

El fijismo ecologista, por su influencia antropocéntrica, no percibe a los animales como individuos únicos e irrepetibles; sino cual simples contenedores de genes que deben permanecer inalterados, inmaculados y «perfectos». Este hecho o, mejor dicho, una aplicación de esta creencia, se vuelve especialmente presente en el caso de los animales domesticados. Cuando se refieren a la zootecnia y explotaciones ganaderas, cambian un poco el discurso para justificar o procurar una serie de rasgos biológicos seleccionados que los mantengan en ese estado de «perfección».

En muchas ocasiones se habla de «razas puras» de una manera eufemística y anticientífica. En biología, el concepto de «raza pura» u homocigótico sólo se aplica en referencia al organismo que posee todos sus alelos iguales para un mismo carácter. Dicho concepto se contrapone al de «híbrido» o heterocigótico, el cual presenta diferentes alelos para un mismo carácter. Que un animal sea «raza pura» no significa que presente unos rasgos más adaptativos ni se relaciona con una mejor fisionomía o belleza.

En cambio, el ser humano confunde el sentido biológico con su conveniencia utilitaria al creer que determinados rasgos conforman una «raza pura», aun cuando no cumpla la definición genética del fenómeno. Así ocurre, quizás, por un sesgo relacionado con el fenómeno decimonónico del darwinismo social o ciertas interpretaciones raciales muy anteriores al desarrollo moderno de la biología. Puede ahondar en estos conceptos en el artículo: La domesticación, la selección artificial y sus efectos.

Sea como fuere, hay individuos y colectivos ecologistas que están convencidos de que determinadas razas animales, criadas y manipuladas por el hombre, constituyen un acervo genético que merece «conservación» por su importancia cultural o económica. De esta forma, para ellos, algunos animales domesticados debieran ser «conservados» como los animales salvajes según intereses humanos. En ambos casos, se observa una interpretación anticientífica de la naturaleza que cobra vigencia en nuestros días ante la problemática de las especies en peligro de extinción.

Claro que debemos salvar a los animales, pero no por sus rasgos naturales o seleccionados, sino porque son individuos que sienten y padecen como nosotros. Cuando uno trata de explicar esto, muchos ecologistas saltan con sus prejuicios camuflados de elucubraciones científicas. A menudo alegan falsedades como que las plantas sienten o que «no todo el mundo puede ser vegano», algo así como afirmar que «no todo el mundo puede cumplir la ley» o que «está bien asesinar porque siempre habrá asesinos».

Algo queda claro: mientras el ecologismo actual sea especista y esté influenciado por el dogma fijista, solamente serán actores y cómplices del mismo sistema que lleva a los animales a la extinción y que contamina el planeta.

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El especismo en la ciencia y en las publicaciones académicas

Fragmento especista de Eye of the Crocodile - Publicación académicaEjemplo de especismo en la ciencia o, mejor dicho, en la comunidad científica. El texto corresponde a un fragmento de la parte final del libro «Eye of the Crocodile», el cual trata sobre las relaciones entre «humanos y animales».

Un mero ejemplo del especismo en la ciencia

Cada dos por tres consulto bibliografía con fines académicos y para averiguar qué nuevo se conoce sobre los animales para defender sus derechos. Conviene aprovecharlo para enseñar un ejemplo de cómo los prejuicios especistas todavía campan a sus anchas en la ciencia, y usarlo a su vez para exponer una serie de consideraciones genéricas sobre los argumentos vertidos en las investigaciones del campo de las relaciones humano-animal. Nótese, de antemano, que esta dicotomía inicial centra el asunto en nosotros y reduce todas las especies animales como si no hubiera diferencias entre ellas.

Este campo se conoce a menudo con su nombre en inglés animal studies. En la ciencia, el especismo —como consecuencia del antropocentrismo— todavía campa a sus anchas. Éste puede plasmarse de muchas maneras. Una de las manifestaciones más comunes en nuestros días, ante el germen del debate académico en torno a la figura moral de los animales, es incurrir en peticiones de principio o argumentos que no se derivan de las premisas para justificar la explotación animal.

En documentos variopintos (revistas, artículos, libros de divulgación, etc.) suele acontecer un fenómeno llamativo: el investigador de turno plasma unos razonamientos que no se desligan de las premisas, deforma los argumentos sobre un fenómeno y se lanza a emitir peticiones de principio.

La ciencia debería limitarse a estudiar a los animales sin vulnerar sus intereses inalienables. No son objetos ni elementos del paisaje; son sujetos.

El especismo en la ciencia se reviste de argumentación racional

En este artículo citado, nos encontramos con que la autora se inventa los principios de la termodinámica ecológica para afirmar que, como la práctica del veganismo no tiene por qué ser necesariamente más ecológica en todos los casos —aunque lo sea teóricamente y el especismo nos haya llevado a exterminar a millones de animales sobre la Tierra—, y los humanos también pertenecemos a la red trófica, entonces, dice que no está mal comer animales.

La falacia naturalista

Por supuesto, no hace mención alguna sobre la innecesidad de comer animales ni sobre el hecho contradictorio de que por qué asesinar a un animal no-humano y no asesinar a humanos cuando ambos desean vivir. El estudio promueve el consumo de carne al señalar que los animales también discriminan de manera grupal, así pues, siguiendo su razonamiento basado en la falacia naturalista, entonces estaría bien ser racistas y esclavizar humanos. Observamos el especismo científico en todo su esplendor.

El ensayo de marras tiene parrafadas enteras a cuales más estúpidas que las anteriores. No está refutando estudios científicos ni argumentos éticos; sino su propia invención o interpretación sobre los mismos. Se saca de la manga que los veganos «negamos la cadena alimentaria» y arroja falacias ad naturalis en lugar de entender que la naturaleza no sirve como argumento para legitimar nuestros actos. Al igual que en la naturaleza un animal es comida para otro, también una hembra puede ser sólo un agujero de cópula para el macho de turno y no por ello a nadie se le ocurriría justificar las violaciones entre humanos. Las leyes se inventaron porque la naturaleza no era, precisamente, un arquetipo de ética ni justicia.

El texto es un compendio típico —y sangrante por estar en una editorial prestigiosa— de falacias típicas para justificar el bienestarismo. Básicamente dice que es «natural» explotar a los animales porque los animales se explotan entre ellos y que sólo debemos cuestionar el trato que les damos. Del carácter natural de la acción no se desprende que debamos evitar sufrimiento alguno y precisamente es ahí donde se nota el dogma bienestarista y una cosificación flagrante; pues si uno argumenta ad naturalis debiera justificar todas las acciones que acontecen en la naturaleza —incluso la más perversa de las violencias— en lugar de reducirla al caso de la explotación cárnica y decir que «basta con darles una buena vida».

La falacia del falso mutualismo

Esto incurre en un alegato de un falso mutualismo. Pues no puede haber mutualismo cuando una especie rige la alimentación y reproducción de otra. Comete, por tanto, la petición de principio de que basta con un buen trato y de que un buen trato sea equivalente a «respeto». No puede haber respeto cuando nuestras acciones vulneran los intereses inalienables de un sujeto. Podríamos cambiar la palabra «animal» por «mujer» y estos investigadores notarían su profundo especismo.

El colofón posmoderno del especismo científico, hijo del típico relativismo moral que pulula en nuestros días, viene al afirmar que los veganos somos elitistas y etnocéntricos al no considerar que otros no pueden ser veganos por su cultura o subsistencia. Algo así como si a alguien se le ocurriera justificar la ablación o lapidación femenina alegando que es normal en determinados países, que es parte de su cultura milenaria o que estaría bien que ciertas culturas comieran humanos si les faltasen recursos económicos. Esta falacia ad misericordiam es, por desgracia, bastante común cuando se busca justificar la explotación animal cometida por colectivos minoritarios u oprimidos.

La falacia de la falsa dicotomía

Llegados a este punto, y pesar de estas falacias tan patentes, la autora se atreve a proponer cuál debería ser el enfoque vegano para con los animales; uno bienestarista, reducetariano y complaciente con la esclavitud animal.

En el párrafo citado, la autora acusa al veganismo de caer en una falsa dicotomía postulando que no todo uso de los animales es malo. Yo matizaría que todo uso no es malo cuando no equivale a explotación (el significado que parece darle). Por ejemplo, pedirle a un perro que se acerque puede ser un «uso» de ese sujeto; pero no conlleva la vulneración de su vida, libertad o integridad.

Toda explotación, en cambio, es injusta en sí misma porque implica usar a un sujeto como medio para un fin ajeno. Es muy cómodo (e hipócrita) asumir que un humano forma parte de la «cadena alimentaria» (usa alternativamente el concepto antiguo con el más reciente de «red trófica») para justificar una forma de explotación sistemática mientras acusa a quienes no la cometen de ser elitistas por rechazarla. Menudo cinismo.

Pinturas rupestres - Especismo en la ciencia - Animales cazadosNuestra percepción hacia los animales no ha cambiado desde el Paleolítico y ello se evidencia en el especismo todavía presente en la ciencia porque la comunidad científica es tan especista como la propia sociedad general. Negamos la inteligencia animal, nos creemos dueños de sus vidas y estamos exterminándolos.

La ciencia no podrá avanzar si no nos despojamos de prejuicios

En fin… Busco señalar que existen muchos «investigadores» que se dedican a intentar tapar con citas continuas unos argumentos que no se sostienen y que necesitan fabular sobre la ciencia y las posturas éticas para procurar racionalizar sus prejuicios.

La omnipresencia del especismo en la ciencia me motiva por un lado a seguir profundizando en el campo de la investigación, y me desalienta por otro al ver un panorama de mediocridad revestido de profundidad filosófica. La mayor parte de los académicos que hoy se dedican a los animal studies no suelen contar con una enorme formación de ciencia (al provenir en su mayoría del terreno la filosofía u otras letras) ni a menudo conocen a figuras eminentes en los Derechos Animales como el difunto Tom Regan o el prestigioso Gary L. Francione.

Artículo referenciado

Plumwood, Val. Eye of the Crocodile, edited by Lorraine Shannon, ANU Press, 2012. ProQuest Ebook Central.
https://ebookcentral.proquest.com/lib/uses/detail.action?docID=4595550.

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¡Derechos Animales ya! - Laboratorio de investigación

El antropocentrismo en la ciencia, ¿un mal inevitable?

¡Derechos Animales ya! - Laboratorio de investigación

La ciencia es objetiva; pero los humanos no lo somos. El antropocentrismo en la ciencia se vuelve patente con casi cada artículo académico o divulgativo que cae en nuestras manos.

Los científicos todavía están cargados de mitos antropocéntricos

Las publicaciones académicas están atestadas de antropocentrismo. En noviembre de 2018, la revista «Investigación y ciencia», traducción para el habla hispana de Scientific American, publicaba una monografía especial titulada «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?» referida a aquellas características que supuestamente nos convierten en seres únicos.

En una revista de divulgación científica se esperaría, ante todo, un tono objetivo y la exposición de datos y evidencias. Lejos de ello, esta gran sección dedicada a nuestra especie es una especie de manifiesto que parte desde unas investigaciones para justificar una serie de inferencias, epítetos y adjetivos, cuando menos, subjetivos.

El texto comienza con la advertencia previa de que los científicos muestran reticencias a la hora de apoyar abiertamente el antropocentrismo para así adelantarse y contrarrestar posibles críticas ante una evidente petición de principio. Ésta la comete al afirmar, ya desde el titular, que somos una especie extraordinaria, tomando datos o hechos como nuestra extensión geográfica o gran capacidad de comunicación (desarrollo del lenguaje).

Es indiscutible que los humanos poseemos unas facultades muy desarrolladas y que muchas de nuestras circunstancias son realmente únicas; no por su clase, sino por su grado alcanzado. Sin embargo, el quid de la cuestión viene cuando, por asociación conceptual, asume que el ser humano es extraordinario por el cúmulo de diferencias frente a otros animales —sin considerar que cada especie animal es igualmente desemejante tanto hacia nosotros como hacia otros— para justificar el uso del término «extraordinario» con la no ingenua intención de aprovechar las connotaciones positivas que abrazan dicho concepto.

Revista investigación y ciencia - Número monográfico que representa el especismo en la ciencia - Antropocentrismo en la ciencia

 La monografía titulada «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?», publicada por la revista «Investigación y ciencia», es un ejemplo relevador del antropocentrismo en la ciencia.

Cuando la subjetividad se esconde bajo la etiqueta de objetividad

Si bien el texto persigue supuestamente la objetividad científica —como lo hace la propia ciencia a quien representa—, incurre en un claro componente emocional y evidencia un sustrato prejuicioso cuando se vale de datos y hechos científicos determinados, sobre las diferencias entre humanos y otros animales, para justificar la emisión de juicios de valor sobre los resultados cosechados.

No es lo mismo argumentar que los humanos somos una especie muy peculiar a afirmar que, debido a ello, seamos entonces una especie «maravillosa» y con legitimidad para hacer cuanto queremos con la naturaleza y los animales que comparten el planeta con nosotros.

Y menos aún vale cuando los criterios considerados parecen sesgados; pues ya en las primeras líneas de la monografía «Humanos, ¿por qué somos una especie tan singular?» podemos leer una importancia arrogada a la distribución geográfica (entonces las palomas o los delfines estarían a nuestra altura), la cuantía poblacional (entonces los animales domesticados estarían a nuestra altura) o nuestra capacidad de alterar el medio (como si destruir los ecosistemas o causar el cambio climático se trocara en algo virtuoso porque permite evidenciar las elevadas posibilidades humanas).

El artículo, según avanza, se observa que éste no trata tanto de analizar qué nos diferencia; sino cómo tales diferencias permitirían inferir conclusiones morales y justificar la superioridad humana frente al resto de las especies. Y, en resumen, todo el contenido de dicha monografía se limita a autoensalzarnos.

¡Derechos Animales ya! - Revistas de historia de la IndiaSon innumerables las publicaciones de toda índole que glorifican y veneran la supremacía humana frente al resto de las especies.

El antropocentrismo en la ciencia se debe a que somos esclavos de los prejuicios

Desde la Antigüedad hasta nuestros días ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Nos arrogamos características únicas mientras parecemos olvidar que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, son caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural.

Pareciera que los humanos tenemos una obsesión instintiva con diferenciarnos del resto para así darle sentido a nuestra existencia, como si nuestro valor como individuo o civilización residiera en cuánto somos capaces de crear o de destruir.

Ser antropocéntrico significa sufrir un sesgo endogrupal basado en la condición de «ser humano» que nos lleva a buscar la existencia de una «otredad» para darle sentido a nuestro «ego». Por ejemplo, las supersticiones podrían considerarse como un consuelo o intento fallido de lógica que se establece cuando nuestro cerebro intenta trazar puntos en la realidad y forjar premoniciones que nos permitan encontrar respuestas a nuestras dudas metafísicas o solventar aquellas tribulaciones más profundas de nuestro ser.

Hoy, por estudios etológicos, se sabe que las supersticiones no son exclusivas de los humanos; sino un producto de la evolución compartido con otras especies. Al mismo tiempo que la ciencia, con la genética a la cabeza, confirma el fiel parecido entre grupos animales aparentemente alejados, otros muchos investigadores sienten la necesidad de seguir hilando más fino para continuar agarrándose a un clavo ardiente con que engrandecerse frente a la otredad.

Todavía se sigue partiendo desde la premisa antropocéntrica de que la inteligencia animal y cualquier comportamiento de éstos siempre debe analizarse como la suma de componentes simples.

¡Derechos Animales ya! - Hombre saturado por ecuaciones matemáticasNo cabe negar que los humanos seamos una especie con una elevada cognición media. Sin embargo, esto no conlleva ni justifica que minusvaloremos la inteligencia de otros animales ni que, por ello, los discriminemos. De hecho, nuestra especie no discrimina —injustamente— por un criterio de inteligencia; sino por un criterio de especie. Apelar al intelecto sólo es una excusa que obvia un prejuicio previo.

Aún nos queda por desmontar demasiados mitos antropocéntricos

Que si el cerebro tripartido y la función del neocórtex, que si los instintos, que si el sistema límbico, que si el efecto de amígdala, que si la imaginación, que si la planificación del futuro, etc., la ciencia está continuamente desechando y creando nuevas hipótesis para justificar el antropocentrismo por la sencilla razón de que los científicos también son humanos y están condicionados por un ambiente que desde pequeños nos inculcan que los demás animales existen para servirnos y que está bien cosificarlos para explotarlos con un fin concreto o para ejercer una violencia ritualizada.

Y todo ello sin entrar, como en otros artículos, de cómo se pretende continuar justificando la experimentación con animales y el abismal autoengaño científico cuando se habla de «bioética» o de «bienestar animal», en éstos y otros campos, al la par que se cometen aberraciones en nombre de la ciencia o del medio ambiente.

El antropocentrismo en la ciencia no es tan peligroso por sí mismo, se vuelve peligroso cuando se camufla de verdad absoluta, objetiva e inamovible. Así sucedió a comienzos del siglo XX con el darwinismo social; el cual se empleó para justificar el racismo y nazismo mediante la creencia en la superioridad de la raza aria.

De la misma manera, camuflar el antropocentrismo bajo el gran y respetado manto de la ciencia presenta una vasta influencia social en tiempos modernos, como la tuvo antiguamente bajo el amparo de la religión por medio del mito de la Creación. Una ciencia invadida de antropocentrismo lleva inevitablemente a una percepción especista hacia los demás animales y la asunción de que los animales sólo son seres inferiores que existen para servirnos.

Tenemos la obligación científica —y ética— de paliar y enmendar nuestros sesgos naturales para alcanzar una verdadera objetividad. La lógica nos dice que los demás animales con quienes compartimos el planeta también merecen respeto. Si logramos eso, luego verdaderamente podremos estimarnos como únicos.

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Masacran a cerca de 300 cocodrilos en Indonesia en venganza por la muerte de un vecino - Animales asesinados por el especismo - Masacre de cocodrilos en Indonesia

Noticia publicada en El Mundo que recogía el suceso de que un grupo de campesinos había cometido una masacre de cocodrilos al asaltar una granja dedicada a la conservación de estos animales en peligro de extinción.

Una masacre de cocodrilos en Indonesia cometida como venganza

El otro día llegaba la noticia, publicada en El Mundo, de que un grupo de campesinos en Papúa Occidental, Indonesia, había asaltado una granja de conservación de cocodrilos en peligro de extinción para exterminar a todos los cocodrilos que allí se encontraban en venganza ante la muerte de un hombre de la localidad que falleció tras haber entrado en dicho recinto.

Ante estos hechos tan atroces cabe plantearse si la humanidad tiene remedio o si alguna vez existirá un futuro más justo para con los demás animales, más allá del infierno que actualmente viven. Quisiera arrojar algunas reflexiones veganas sobre esta masacre de cocodrilos. Pues, la verdad, me desespera ver y leer siempre las mismas reacciones estúpidas, viscerales y faltas de autocrítica —como siempre— y la incapacidad evolutiva humana a nivel social.

Enfoques erróneos y desconocimiento de las causas

Tras esta masacre de cocodrilos en Indonesia, distintos medios de comunicación y particulares se han hecho eco de la noticia para verter sus propias interpretaciones antropocéntricas y especistas sobre los animales:

1) Tenemos a quienes se escandalizan porque han masacrado ejemplares de una especie en extinción (todas las especies de cocodrilo lo están o rozan esa consideración) mientras obvian que estaban metidos en granjas porque, de todos modos, su supervivencia es incierta ante un hábitat ocupado y devastado por los habitantes de la región. La mayoría de éstos se lamenta porque se ha desaprovechado y desaparecido para siempre un acervo genético (como el código de un programa informático, ni más ni menos). Casi nadie piensa en individuos que querían vivir (y libres a ser posible); para la gente culta son genes.

2) Tenemos a quienes justifican el asesinato de estos animales bajo el argumento de posibles precedentes, tales como que los lugareños estuvieran muy hartos o no recibieran atención o apoyo ante sus necesidades. Cuando una injusticia la padecen no-humanos, siempre hay quienes le sacan una justificación debido a que no ven sujetos ni tampoco genes o muebles (sí así fuera entrarían en la categoría anterior), sólo unos objetos molestos y potencialmente peligrosos.

3) Tenemos a quienes se tiran de los pelos porque han matado a estos animales por venganza —nunca se considera algo bueno en ninguna fe— y porque no se les ha dado un uso. Si esta masacre de cocodrilos hubiera sido para comérselos o para subsistir vendiendo sus pieles, este suceso ni siquiera sería noticia. Pues el motivo de la misma que no es que hayan sido asesinados 300 cocodrilos a martillazos, hachas y palos —sus vidas, pensarán, no valen moralmente una mierda—; sino que unos vecinos lo hacen hecho por venganza en contra de ordenanzas estatales. O sea, el enfoque es de carácter cultural y político para analizar la brecha de desarrollo, etc. Y sirve a los medios para ahondar en las mismas estupideces de siempre que son el entretenimiento de unos y otros grupos políticos para hacer campaña.

Juveniles de cocodrilo vistos de perfilJuveniles de cocodrilo vistos de perfil.

4) Tenemos a quienes, en una muestra de compasión y sabiduría, recuerdan que los animales no humanos tienen «derechos legales» apelando a la manida carta de la ONU que data desde hace más de 20 años con un desconocimiento completo de que dicho documento no protege legalmente a nadie; sino que se limita a describir cuáles serían las recomendaciones generales respecto al trato que debemos darles de acuerdo con nuestra propia moral. Es decir, el reconocimiento que hizo la ONU es bienestarista y rechaza el sufrimiento extremo por el simple hecho de que ningún ser humano acepta infringir sufrimiento sin obtener un beneficio a cambio (principio humanitario). No es un logro ni progreso; sino el consenso de una protomoral cuasigenética que va acompañado de beneficios económicos y una tranquilidad social beneficiosa para todos menos para las víctimas.

5) Tenemos a quienes, crédulos e ignorantes, apelan a partidos, organizaciones y otras entidades para que «arreglen» el desaguisado que han causado a los animales, o dialoguen con los lugareños para evitar otra futura masacre de cocodrilos sin entender que, más allá del propio sentimiento de venganza humano que también se expresa contra miembros de nuestra especie, el problema de fondo radica en el antropocentrismo que nos lleva a creer que sus vidas no valen nada por pertenecer a otra especie (especismo).

Por tanto, cuando sucede un accidente en que un animal mata a un humano, nos acordamos de repente de que es un «objeto semoviente» y decidimos quitarlo de en medio porque nos estorba. La solución a este problema moral no viene con los incentivos o con que convenzan a los pueblerinos de que la granja de cocodrilos les generará dinero.

Lo que soluciona el asesinato sistemático que padecen todos los animales no humanos es la empatía y comprensión de que sus vidas valen tanto como las nuestras. Sin embargo, para ello se requiere reflexionar y ser capaz de analizar la realidad en su conjunto, no trozos aislados de la misma. En esto son profesionales las organizaciones bienestaristas; pues si enseñaran la base, mucha más gente sumaría 2+2 hasta concluir que directamente se alimentan de un problema (el especismo) que no desean solucionar porque si lo hicieran se les acabaría el negocio gracias a los «animalistas comprometidos» que no tienen ni la menor idea e interés por saber sobre qué demonios defienden ni por qué.

Bienestarismo y proteccionismo, lo mismo de siempre

Debemos apostar por el activismo educativo para enmendar el origen y la actual trayectoria de estas aberraciones sin fin. El veganismo es justicia; pero solamente llegará a serlo si la sociedad humana lo entiende antes de que hayamos exterminado a cada animal sobre la Tierra.

En fin… no veo progreso, solución ni esperanza. O, al menos, no espero llegar a observarlo en vida. Sólo atisbo miseria, ignorancia, maldad y muchos individuos humanos cuya racionalidad roza el cero a pesar de que nos creamos la especie más inteligente sobre la Tierra.

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Biomasa de animales terrestres - ¡Derechos Animales ya!

El estudio de la biomasa revela una extinción global

Desde que el ser humano empezó a manipular el medio ambiente por fines utilitarios, ha ido desarrollándose un grave desequilibrio natural que se refleja en la biomasa. Ésta se refiere a la razón cuantitativa de compuestos orgánicos que componen a los seres vivos. A partir del Neolítico, tras el inicio de la ganadería (esclavitud animal), ha llegado a nuestros días una tendencia caracterizada por la crianza de unos animales por los beneficios obtenidos y el exterminio perpetrado contra muchos otros por su aparente falta de utilidad.

Debido a nuestro antropocentrismo, heredado a lo largo de generaciones, la humanidad no piensa que los demás animales tengan siquiera derecho a habitar este planeta y vivir sus propias vidas libremente. Ejercemos contra ellos una discriminación sistemática basada en la especie y creemos dogmáticamente que sus vidas no tengan el mismo valor que las nuestras. Conforme nuestra población crece, construye y se erige sobre sus cadáveres, están cada vez más cercados y comprimidos por la expansión del animal bípedo.

Así ocurre hasta el punto de que ya alrededor del 90% de la biomasa de animales terrestres —a excepción de los insectos— y el 96% de la biomasa de vertebrados pertenece exclusivamente a humanos y animales domesticados. ¿Por qué sucede? Pues porque desde entonces estamos utilizando como recursos el espacio, la desaparición y la propia muerte de unos animales para hacer nuestra vida más fácil, apacible y darles de comer a nuestros esclavos no-humanos.

En pleno siglo XXI existe la creencia de que haya millones de animales no humanos en libertad. Los documentales de la BBC o National Geographic, entre otros, sacan la belleza que todavía queda en la naturaleza a pesar de la destrucción humana. Sin embargo, los animales que aún sobreviven pueden considerarse los últimos supervivientes o víctimas ante el previsible final muy próximo de sus poblaciones y especies en aquellos hábitats en donde moraban antes de que el ser humano bajase de los árboles.

La ciencia ya vaticina que nuestras acciones van a causar la sexta gran extinción planetaria, un cataclismo para la biota tan grave como la que hubo en el periodo Pérmico. Es decir, se calcula que los humanos causaremos la muerte masiva del 97% de todas las especies existentes. Las evidencias respecto a la biomasa revelan una devastación a todos los niveles y estratos con independencia del ecosistema.

Una cifra muy simbólica es el caso de los leones (Panthera leo), quienes han pasado de una población superior al millón hace aproximadamente 2000 años a una de tan sólo 20.000 ejemplares mientras escribo estas líneas. Todos los animales, desde los grandes a los pequeños, han sufrido una hecatombe similar o incluso con cifras más horrorosas.

¡Derechos Animales ya! - Ilustración de vertidos de plásticos y tóxicos al mar - Exterminio de animales debido a la contaminación

El estudio de la biomasa viene a confirmar el  exterminio de la vida y los daños evidentes causados por las acciones humanas. No sólo la contaminación mata a los animales sino, ante todo, el hecho de que a diario los criemos, hacinemos, cacemos y asesinemos para engullir sus cadáveres por placer e indiferencias. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales.

¿Cabe alguna esperanza frente al exterminio?

La desproporción encontrada en la biomasa demuestra que estamos aniquilando sistemáticamente a los animales silvestres por falta de ética hacia ellos. Sin embargo, entretanto, los colectivos ecologistas (proteccionistas) se limitan a esgrimir el mismo antropocentrismo que los condena. Hablan de «conservación» y plantean argumentos utilitaristas para tratar de salvarlos: una ingenuidad que alcanza el grado de cinismo cuando muchos participan en el mismo crimen que condenan.

Cometen así el mismo error que las organizaciones animalistas cuando lanzan sus críticas contra el mal llamado «maltrato animal» o promueven sin pudor el fraude del «bienestar animal». Si de verdad queremos detener esta mera consecuencia de la explotación animal, primero deberemos obligatoriamente aceptar la injusticia que supone la crianza de unos y el exterminio de otros.

Un problema intrínseco a nuestra sociedad actual, por su configuración y planteamiento sobre el terreno, radica en que nuestra mera existencia impide, reduce o condiciona la vida de otros animales. A diferencia de quienes aún viven en tribus, somos el único animal que, por su modo de vida, altera con mayor alcance la superficie, área o volumen de espacio que requieren otros animales para vivir o moverse con libertad. Y, cuando no, la única especie que somete y esclaviza genéticamente a otros animales.

Para solucionar el extermino global que estamos causando —incompatible con la vida plena y libre de otros animales— debemos plantear un modelo semejante al de las sociedades tribales pero con las tecnologías y necesidades del mundo desarrollado.

Por ejemplo, a título personal se me ocurre reducir la duplicidad de carreteras, que todas cuenten con medios alternativos para el desplazamiento de animales salvajes a lo largo de sus hábitats, que se permita la vida de animales silvestres en parques con la debida precaución y, en definitiva, que las ciudades no sean recintos cerrados y estancos en expansión que permitan a los demás animales sortear infraestructuras, superarlas y vivir «entremedio» de la sociedad humana sin que les suponga un menoscabo para sus intereses en forma de muerte, agresión o esclavitud.

Hoy por hoy es imposible tanto a nivel moral como legal evitar el exterminio o proteger los intereses inalienables de los animales. Lo que observamos respecto a la biomasa son consecuencias esperables e irresolubles mientras la mentalidad humana siga siendo especista. Se requiere un cambio de paradigma absoluto y difícilmente llegará a lograrse antes de que los daños sean totalmente irreparables.

Lo peor no está en que una u otra especie se extinga (argumento ecologista); sino en que explotemos a tales individuos y éstos desaparezcan de la faz de Tierra sin haber recibido el respeto que merecían por parte de nuestros congéneres. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales. Ése es el significado del veganismo.

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