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¿Es ética la crianza en cautividad de animales?

¡Derechos Animales ya! - Lince ibérico - Crianza en cautividad de animales para la recuperación de especies en peligro de extinciónEl lince ibérico es una de las especies animales de la Península Ibérica en peligro de extinción. Como se practica con muchas especies vulnerables, el lince ibérico está sometido a programas de crianza en cautividad en centros de recuperación de especies.

La moralidad de la crianza en cautividad de animales

Desde los albores de la civilización humana, nuestra especie se ha autoproclamado con legitimidad para señorear la Tierra, regir a los demás animales e incluso desplazarlos de sus hábitats y exterminarlos conforme nuestra población crecía y lo hacían nuestros intereses antropocéntricos. Hoy, millones de animales están en peligro de extinción y algunos grupos humanos —científicos y organizaciones ecologistas— participan directamente o indirectamente en la crianza en cautividad de animales con el fin de aumentar sus poblaciones previamente mermadas por las acciones humanas y de reintroducirlos en sus hábitats naturales.

Dado que la mayor parte de la humanidad percibe a los animales como objetos —razón por la cual se los ha llevado al borde de la extinción—, no es de extrañar que las medidas tomadas para la recuperación de una especie en peligro de extinción puedan incurrir en injusticias y aberraciones morales iguales o peores a aquéllas cometidas años antes que fueron causantes de que la especie animal en cuestión esté ahora al borde del abismo. Poniendo el dedo en la llaga, cabe analizar el fenómeno de la crianza en cautividad de animales y preguntarnos: ¿es ética?

La crianza en cautividad vulnera los intereses inalienables de los animales

Muchos humanos en la actualidad se oponen a los zoológicos porque implican el encierro de animales inocentes. No obstante, ven perfectamente bien que se los encierre en centros de recuperación de especies y se los someta a programas de crianza en cautividad.

La razón es simple: cuando la mayoría de los humanos rechaza los zoológicos no lo hace porque comprenda que los animales valoran su libertad y merecen vivir libres; sino que se oponen a aquellas formas de encierro que no brindan un «beneficio aceptable» (percepción bienestarista). Para algunos, el hecho de que sus hijos puedan contemplar a un gorila o a un león tras pantallas de metacrilato es un beneficio que justifica la esclavitud de tales animales; mientras que, para otros, sólo se justifica la crianza en cautividad cuando, supuestamente, va en beneficio de los afectados.

Algo similar sucede cuando los consumidores justifican el consumo de explotación animal apelando que el sufrimiento de dichos animales queda justificado por el beneficio que les brinda a ellos mismos. En todos estos casos se evidencia una contradicción flagrante y una actitud negacionista. A los animales se los percibe como «ejemplares» representantes de una especie, no como individuos con intereses propios.

Buite negro (Aegypius monachus) enjaulado en un centro de recuperación de especiesBuite negro (Aegypius monachus) enjaulado en un centro de recuperación de especies.

Los centros de recuperación de especies

Para el caso de animales en peligro de extinción o aquéllos especialmente vulnerables en un contexto determinado, existen centros dedicados a su cuidado y atención. Un «centro de recuperación de especies» es, a menudo, un término bastante vago que puede aludir tanto a una reserva como un zoológico tradicional. Si entendemos que nos referimos a un centro destinado a la atención de animales vulnerables, cabe distinguir si tales animales llegan al centro por razones caprichosas o de fuerza mayor, si son privados de libertad temporal o permanentemente o si se los llega a reproducir artificialmente.

Si el animal llega a un centro porque ha recibido daños por causas humanas y necesita atención para salvar su vida o no comprometer su superveniencia, no es contrario a la ética que allí se lo retenga el tiempo necesario para asegurar que podrá sobrevivir. En este caso, si nosotros hemos sidos los causantes de sus males, tenemos el deber moral de hacer lo posible por salvarles la vida. En cambio, esta situación no es equivalente a la crianza de animales en cautividad y de terceros con el argumento de evitar su extinción. Mi argumentación para justificar esta postura se fundamenta en tres puntos que están íntimamente relacionados con la base argumental expuesta en este artículo del activista Luis Tovar titulado «¿Explotar a otros animales por su propio bien?».

  1. Sólo tenemos la obligación moral de intervenir cuando nosotros, a nivel individual —deber moral— o colectivo —deber circunstancial— somos causantes de los daños sufridos por tales animales debido a que somos responsables morales de sus circunstancias.
  2. Intervenir supone, muchas veces, atentar contra su voluntad, autonomía y someterlos sin su consentimiento a ser dependientes de nosotros. No tenemos legitimidad para intervenir a menos que sea la única opción viable para salvarles la vida cuando nosotros hemos sidos responsable de su suerte.
  3. Toda forma de explotación animal es injusta. Incluso cuando, aparentemente, beneficia al animal. Así ocurre porque un centro de recuperación de especies sólo tiene en cuenta del interés de un animal en vivir o sobrevivir al mismo tiempo que les niega otros intereses inalienables como la libertad o la integridad física. Tenemos la obligación moral toda forma de explotación animal y otras violaciones morales que nosotros cometemos contra los demás animales. Cualquier recurso que dediquemos a otras cosas que no tenemos el deber de hacer se lo estamos quitando a lo que sí debemos hacer.

¡Derechos Animales ya! - Conejos criados en cautividad para favorecer a especies animales en peligro de extinciónConejos criados en cautividad. Muchos animales criados en cautividad tienen el único fin de ser el alimento de otros animales criados en cautividad y favorecer a especies en peligro de extinción. Al mismo tiempo, los humanos nos llenamos la boca diciendo que «preservamos la naturaleza». ¿Cuál naturaleza?

¿Salvar a unos a costa de otros?

Como biólogo, me inculcaron durante la carrera que podíamos desempeñar una labor muy «gratificante» y casi «altruista» al tratar de recuperar especies en peligro de extinción mediante crianza en cautividad. Resulta bastante comprensible que si los humanos hemos sido causantes del desplazamiento y del exterminio de ciertas especies, tenemos la obligación moral circunstancial, como colectivo, de refrenar y de paliar esta situación aun cuando la hayan causado otros humanos y no nosotros a nivel individual. La justificación para ello radica en que, si vivimos en sociedad y participamos en actividades sociales en una sociedad especista, si no actuamos y concienciamos a otros humanos, no lograremos minimizar y evitar que se sigan cometiendo tales daños.

Sin embargo, debido al especismo y nuestra visión cosificadora de la naturaleza, tanto en la ciencia como en la sociedad se evalúa este asunto de la crianza en cautividad a granel o a bulto sin considerar poco más que objetivos y resultados. Un fin no justifica los medios. Tanto los fines como los medios han de ser coherentes y ajustarse al principio de igualdad.

Cuando hoy se establecen medidas legislativas y proyectos para la recuperación de especies en peligro de extinción —en España el caso más popular es el del lince ibérico por ser una especie patria—, se considera a los propios individuos afectados y a terceros como simples piezas de un rompecabezas ecológico que debemos armar para que todo vuelva a fluir como lo hacía antes de que alterásemos el ecosistema. Los científicos y relacionados no tienen en cuenta, en ningún momento, si para recuperar una especie en peligro de extinción van a causar todavía más daño a otros animales igual de inocentes. Esto ocurre, sí o sí, cuando se pretende aumentar artificialmente la población de un animal carnívoro. Como expliqué en un artículo previo titulado «Asesinato de animales como alimento para otros animales», la sociedad humana no parece plantearse la moralidad de asesinar a unos animales con el pretexto de salvar a otros.

Distribución geográfica actual del lince ibérico tras décadas sometido a programas de crianza en cautividad.

El caso práctico de la crianza en cautividad del lince ibérico

En España, desde hace unas décadas, existe un ingente y costoso programa para recuperar el lince ibérico y evitar su extinción. El interés en esta especie, sobre tantas otras —como el quebrantahuesos— que no despiertan tanto furor social, no es initencionado.

Como se observa en las banderas de ciertos países, los humanos tendemos a aplicar nuestros sentimientos grupalistas —regionalistas y nacionalistas— en torno a símbolos que sean característicos, exclusivos y definitorios de nuestra tierra. Si a este fenómeno sociológico le sumamos el hecho de que vemos a los animales como simples objetos y elementos del paisaje, no es de extrañar que los lugareños de un lugar guarden especial interés en «preservar su símbolo», lo que aplicado a un organismo vivo se traduce en evitar su extinción y creernos que ya tiene el futuro resuelto mientras atentamos contra su hábitat y contra todo el planeta en su conjunto. Y si la preservación del símbolo llena centenares de estómagos con proyectos investigadores y una turba de trabajadores subcontratados, el grupo se satisface el doble. Vaya que sí.

El lince ibérico, precariamente repartido en pequeñas poblaciones a lo largo del sur peninsular, requiere una serie de recursos para sobrevivir que, actualmente, vuelven prácticamente inviable su supervivencia sin intervención humana. Al grupo esto le da igual mientras el dinero siga fluyendo, pero a sus víctimas no tanto. La crianza en cautividad del lince ibérico conlleva, al mismo tiempo, la crianza en cautividad del conejo —la presa por excelencia del lince— para así alimentarlos y que así su población crezca. Si bien, a diferencia de en condiciones naturales, aquí no existe una curva de Lotka–Volterra; sino, en términos ecológicos, una inyección artificial de biomasa en consumidores primarios (conejos) para que dicha biomasa pase a los consumidores secundarios (linces) y así crezca su población artificialmente sin quedar supeditada a la capacidad de carga (K) del medio.

¡Derechos Animales ya! - Evolución de la población de lince ibérico en la Península Ibérica - Animal en peligro de extinciónEvolución de la población de lince ibérico en la Península Ibérica desde comienzos del siglo XX.

Conclusiones sobre la crianza en cautividad

Los linces, conejos y otros animales afectados, como ya se ha expresado, son esclavos y cautivos del ser humano. Su libertad es nula o relativa según el momento y las circunstancias. El lince se beneficia tímidamente del ser humano debido a la crianza en cautividad de conejos, al mismo tiempo que él mismo es cautivo de su propia crianza en cautividad y dependencia del ser humano para vivir en libertad. A menudo, la crianza en cautividad, lejos de practicarse por un equivocado convencimiento ético, se ejerce por simples intereses económicos y asociados a la simbología etnocéntrica de un país o región. Los animales criados en cautividad se encuentran en la irónica tesitura de que un aumento de su población no garantiza su pervivencia a largo plazo a tenor de la presión humana sobre el medio. Es decir, de nada les sirve recuperar el «esplendor de antaño» si sólo podrán vivir recluidos porque ya les hemos arrebatado su hábitat.

Utilizar a un animal como recurso para un fin —explotación animalsiempre es injusto con independencia del fin. Incluso si dicho fin es supuestamente beneficioso para sí. En este artículo sólo se han tenido en cuenta los casos de animales que son criados en cautividad con el argumento de «recuperarlos». Lo mismo se aplica cuando los animales predadores y presas son criados en cautividad para su «mantenimiento» con fines comerciales (zoológicos, acuarios, etc.). Que la población de una especie animal aumente no es beneficioso siquiera para el individuo; pues al animal de turno le importa un bledo —ni lo comprende— que su especie vaya a extinguirse en varias décadas. Las especies son un concepto abstracto para permitir el estudio de sus relaciones filogenéticas mediante la cladística. Al lince ibérico, como a los seres humanos, puede importarles sus congéneres por una razón sentimental, pero a ninguno de nosotros nos quita el sueño si dentro de miles o millones de años no existimos sobre este planeta.

Las especies ni sienten ni padecen. Sólo existimos los individuos con independencia de que nuestros genes se aproximen más o menos a los genes de terceros. De esto parecen olvidarse muchos biólogos expertos científicos a raíz de un prejuicio fijista casi religioso. Lo que desean los animales es que sus intereses inalienables sean respetados. Solamente los centros de recuperación de especies pueden ser éticos mientras vayan destinados a la recuperación de animales heridos y afectados por causas humanas y no impliquen perjuicio alguno para los intereses de otros animales.

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Masacre de cocodrilos en Indonesia

Masacran a cerca de 300 cocodrilos en Indonesia en venganza por la muerte de un vecino - Animales asesinados por el especismo - Masacre de cocodrilos en Indonesia

Noticia publicada en El Mundo que recogía el suceso de que un grupo de campesinos había cometido una masacre de cocodrilos al asaltar una granja dedicada a la conservación de estos animales en peligro de extinción.

Una masacre de cocodrilos en Indonesia cometida como venganza

El otro día llegaba la noticia, publicada en El Mundo, de que un grupo de campesinos en Papúa Occidental, Indonesia, había asaltado una granja de conservación de cocodrilos en peligro de extinción para exterminar a todos los cocodrilos que allí se encontraban en venganza ante la muerte de un hombre de la localidad que falleció tras haber entrado en dicho recinto.

Ante estos hechos tan atroces cabe plantearse si la humanidad tiene remedio o si alguna vez existirá un futuro más justo para con los demás animales, más allá del infierno que actualmente viven. Quisiera arrojar algunas reflexiones veganas sobre esta masacre de cocodrilos. Pues, la verdad, me desespera ver y leer siempre las mismas reacciones estúpidas, viscerales y faltas de autocrítica —como siempre— y la incapacidad evolutiva humana a nivel social.

Enfoques erróneos y desconocimiento de las causas

Tras esta masacre de cocodrilos en Indonesia, distintos medios de comunicación y particulares se han hecho eco de la noticia para verter sus propias interpretaciones antropocéntricas y especistas sobre los animales:

1) Tenemos a quienes se escandalizan porque han masacrado ejemplares de una especie en extinción (todas las especies de cocodrilo lo están o rozan esa consideración) mientras obvian que estaban metidos en granjas porque, de todos modos, su supervivencia es incierta ante un hábitat ocupado y devastado por los habitantes de la región. La mayoría de éstos se lamenta porque se ha desaprovechado y desaparecido para siempre un acervo genético (como el código de un programa informático, ni más ni menos). Casi nadie piensa en individuos que querían vivir (y libres a ser posible); para la gente culta son genes.

2) Tenemos a quienes justifican el asesinato de estos animales bajo el argumento de posibles precedentes, tales como que los lugareños estuvieran muy hartos o no recibieran atención o apoyo ante sus necesidades. Cuando una injusticia la padecen no-humanos, siempre hay quienes le sacan una justificación debido a que no ven sujetos ni tampoco genes o muebles (sí así fuera entrarían en la categoría anterior), sólo unos objetos molestos y potencialmente peligrosos.

3) Tenemos a quienes se tiran de los pelos porque han matado a estos animales por venganza —nunca se considera algo bueno en ninguna fe— y porque no se les ha dado un uso. Si esta masacre de cocodrilos hubiera sido para comérselos o para subsistir vendiendo sus pieles, este suceso ni siquiera sería noticia. Pues el motivo de la misma que no es que hayan sido asesinados 300 cocodrilos a martillazos, hachas y palos —sus vidas, pensarán, no valen moralmente una mierda—; sino que unos vecinos lo hacen hecho por venganza en contra de ordenanzas estatales. O sea, el enfoque es de carácter cultural y político para analizar la brecha de desarrollo, etc. Y sirve a los medios para ahondar en las mismas estupideces de siempre que son el entretenimiento de unos y otros grupos políticos para hacer campaña.

Juveniles de cocodrilo vistos de perfilJuveniles de cocodrilo vistos de perfil.

4) Tenemos a quienes, en una muestra de compasión y sabiduría, recuerdan que los animales no humanos tienen «derechos legales» apelando a la manida carta de la ONU que data desde hace más de 20 años con un desconocimiento completo de que dicho documento no protege legalmente a nadie; sino que se limita a describir cuáles serían las recomendaciones generales respecto al trato que debemos darles de acuerdo con nuestra propia moral. Es decir, el reconocimiento que hizo la ONU es bienestarista y rechaza el sufrimiento extremo por el simple hecho de que ningún ser humano acepta infringir sufrimiento sin obtener un beneficio a cambio (principio humanitario). No es un logro ni progreso; sino el consenso de una protomoral cuasigenética que va acompañado de beneficios económicos y una tranquilidad social beneficiosa para todos menos para las víctimas.

5) Tenemos a quienes, crédulos e ignorantes, apelan a partidos, organizaciones y otras entidades para que «arreglen» el desaguisado que han causado a los animales, o dialoguen con los lugareños para evitar otra futura masacre de cocodrilos sin entender que, más allá del propio sentimiento de venganza humano que también se expresa contra miembros de nuestra especie, el problema de fondo radica en el antropocentrismo que nos lleva a creer que sus vidas no valen nada por pertenecer a otra especie (especismo).

Por tanto, cuando sucede un accidente en que un animal mata a un humano, nos acordamos de repente de que es un «objeto semoviente» y decidimos quitarlo de en medio porque nos estorba. La solución a este problema moral no viene con los incentivos o con que convenzan a los pueblerinos de que la granja de cocodrilos les generará dinero.

Lo que soluciona el asesinato sistemático que padecen todos los animales no humanos es la empatía y comprensión de que sus vidas valen tanto como las nuestras. Sin embargo, para ello se requiere reflexionar y ser capaz de analizar la realidad en su conjunto, no trozos aislados de la misma. En esto son profesionales las organizaciones bienestaristas; pues si enseñaran la base, mucha más gente sumaría 2+2 hasta concluir que directamente se alimentan de un problema (el especismo) que no desean solucionar porque si lo hicieran se les acabaría el negocio gracias a los «animalistas comprometidos» que no tienen ni la menor idea e interés por saber sobre qué demonios defienden ni por qué.

Bienestarismo y proteccionismo, lo mismo de siempre

Debemos apostar por el activismo educativo para enmendar el origen y la actual trayectoria de estas aberraciones sin fin. El veganismo es justicia; pero solamente llegará a serlo si la sociedad humana lo entiende antes de que hayamos exterminado a cada animal sobre la Tierra.

En fin… no veo progreso, solución ni esperanza. O, al menos, no espero llegar a observarlo en vida. Sólo atisbo miseria, ignorancia, maldad y muchos individuos humanos cuya racionalidad roza el cero a pesar de que nos creamos la especie más inteligente sobre la Tierra.

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La biomasa y el exterminio de los animales salvajes

Biomasa de animales terrestres - ¡Derechos Animales ya!

El estudio de la biomasa revela una extinción global

Desde que el ser humano empezó a manipular el medio ambiente por fines utilitarios, ha ido desarrollándose un grave desequilibrio natural que se refleja en la biomasa. Ésta se refiere a la razón cuantitativa de compuestos orgánicos que componen a los seres vivos. A partir del Neolítico, tras el inicio de la ganadería (esclavitud animal), ha llegado a nuestros días una tendencia caracterizada por la crianza de unos animales por los beneficios obtenidos y el exterminio perpetrado contra muchos otros por su aparente falta de utilidad.

Debido a nuestro antropocentrismo, heredado a lo largo de generaciones, la humanidad no piensa que los demás animales tengan siquiera derecho a habitar este planeta y vivir sus propias vidas libremente. Ejercemos contra ellos una discriminación sistemática basada en la especie y creemos dogmáticamente que sus vidas no tengan el mismo valor que las nuestras. Conforme nuestra población crece, construye y se erige sobre sus cadáveres, están cada vez más cercados y comprimidos por la expansión del animal bípedo.

Así ocurre hasta el punto de que ya alrededor del 90% de la biomasa de animales terrestres —a excepción de los insectos— y el 96% de la biomasa de vertebrados pertenece exclusivamente a humanos y animales domesticados. ¿Por qué sucede? Pues porque desde entonces estamos utilizando como recursos el espacio, la desaparición y la propia muerte de unos animales para hacer nuestra vida más fácil, apacible y darles de comer a nuestros esclavos no-humanos.

En pleno siglo XXI existe la creencia de que haya millones de animales no humanos en libertad. Los documentales de la BBC o National Geographic, entre otros, sacan la belleza que todavía queda en la naturaleza a pesar de la destrucción humana. Sin embargo, los animales que aún sobreviven pueden considerarse los últimos supervivientes o víctimas ante el previsible final muy próximo de sus poblaciones y especies en aquellos hábitats en donde moraban antes de que el ser humano bajase de los árboles.

La ciencia ya vaticina que nuestras acciones van a causar la sexta gran extinción planetaria, un cataclismo para la biota tan grave como la que hubo en el periodo Pérmico. Es decir, se calcula que los humanos causaremos la muerte masiva del 97% de todas las especies existentes. Las evidencias respecto a la biomasa revelan una devastación a todos los niveles y estratos con independencia del ecosistema.

Una cifra muy simbólica es el caso de los leones (Panthera leo), quienes han pasado de una población superior al millón hace aproximadamente 2000 años a una de tan sólo 20.000 ejemplares mientras escribo estas líneas. Todos los animales, desde los grandes a los pequeños, han sufrido una hecatombe similar o incluso con cifras más horrorosas.

¡Derechos Animales ya! - Ilustración de vertidos de plásticos y tóxicos al mar - Exterminio de animales debido a la contaminación

El estudio de la biomasa viene a confirmar el  exterminio de la vida y los daños evidentes causados por las acciones humanas. No sólo la contaminación mata a los animales sino, ante todo, el hecho de que a diario los criemos, hacinemos, cacemos y asesinemos para engullir sus cadáveres por placer e indiferencias. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales.

¿Cabe alguna esperanza frente al exterminio?

La desproporción encontrada en la biomasa demuestra que estamos aniquilando sistemáticamente a los animales silvestres por falta de ética hacia ellos. Sin embargo, entretanto, los colectivos ecologistas (proteccionistas) se limitan a esgrimir el mismo antropocentrismo que los condena. Hablan de «conservación» y plantean argumentos utilitaristas para tratar de salvarlos: una ingenuidad que alcanza el grado de cinismo cuando muchos participan en el mismo crimen que condenan.

Cometen así el mismo error que las organizaciones animalistas cuando lanzan sus críticas contra el mal llamado «maltrato animal» o promueven sin pudor el fraude del «bienestar animal». Si de verdad queremos detener esta mera consecuencia de la explotación animal, primero deberemos obligatoriamente aceptar la injusticia que supone la crianza de unos y el exterminio de otros.

Un problema intrínseco a nuestra sociedad actual, por su configuración y planteamiento sobre el terreno, radica en que nuestra mera existencia impide, reduce o condiciona la vida de otros animales. A diferencia de quienes aún viven en tribus, somos el único animal que, por su modo de vida, altera con mayor alcance la superficie, área o volumen de espacio que requieren otros animales para vivir o moverse con libertad. Y, cuando no, la única especie que somete y esclaviza genéticamente a otros animales.

Para solucionar el extermino global que estamos causando —incompatible con la vida plena y libre de otros animales— debemos plantear un modelo semejante al de las sociedades tribales pero con las tecnologías y necesidades del mundo desarrollado.

Por ejemplo, a título personal se me ocurre reducir la duplicidad de carreteras, que todas cuenten con medios alternativos para el desplazamiento de animales salvajes a lo largo de sus hábitats, que se permita la vida de animales silvestres en parques con la debida precaución y, en definitiva, que las ciudades no sean recintos cerrados y estancos en expansión que permitan a los demás animales sortear infraestructuras, superarlas y vivir «entremedio» de la sociedad humana sin que les suponga un menoscabo para sus intereses en forma de muerte, agresión o esclavitud.

Hoy por hoy es imposible tanto a nivel moral como legal evitar el exterminio o proteger los intereses inalienables de los animales. Lo que observamos respecto a la biomasa son consecuencias esperables e irresolubles mientras la mentalidad humana siga siendo especista. Se requiere un cambio de paradigma absoluto y difícilmente llegará a lograrse antes de que los daños sean totalmente irreparables.

Lo peor no está en que una u otra especie se extinga (argumento ecologista); sino en que explotemos a tales individuos y éstos desaparezcan de la faz de Tierra sin haber recibido el respeto que merecían por parte de nuestros congéneres. Podemos y debemos vivir sin causarles daño a adrede a otros animales. Ése es el significado del veganismo.

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Mi anécdota con una libélula

Anax imperator - Odonatos - LibélulaFotografía de un Anax imperator, ejemplar de la libélula a la que ayudé.

Salvé la vida de una libélula casi por casualidad

Esta mañana, cuando iba a comprar pan para la familia después de sacar a pasear al perro, me topé con una libélula bastante grande (10 cm) que yacía posada sobre la acera. Al instante me detuve para observarla y me fijé en que se lamía las patas delanteras (tienen tres pares) y se frotaba el ojo derecho con insistencia. Puse mi dedo por delante de ella y no dudó en aferrarse quietamente.

Una vez de cerca, vi que parecía tener una excrecencia alrededor del ojo que cubría además la antena derecha. No sabía si se trataba de un pellejo causado por una herida, un tumor o cualquier otra cosa. Así pues, dubitativo, decidí subirla a mi vivienda por si podía hacer algo.

Le puse la cabeza bajo un leve chorro de agua. La libélula seguía frotándose con insistencia. Se asemejaba a un pobre perrito con una pulga entremetida por encima del hocico.

Estaba preocupado por desconocer si debía o no acompañar sus movimientos e intentar arrancarle aquel pellejo. Temía causarle una infección o que perdiese el ojo. Debido a que el animal no paraba de intentar quitárselo y había un filo ligeramente levantado, decidí atreverme.

Con pulso, desinfecté con alcohol una aguja y, mientras se aferraba a mi índice con sus seis patas, introduje la punta de la aguja entremedio del ojo y la excrecencia, y fui tirando hacia fuera con cuidado. Me percaté entonces de que se trataba de algún material firmemente pegado, pudiera ser hojarasca tignada de barro reseco.

Con decisión, rebañé los bordes del pellejo y se lo arranqué entero. La antena que permanecía cubierta volvió a situarse simétricamente con su homóloga izquierda y el ojo del animal estaba casi limpio. Le coloqué de nuevo la cabeza bajo un suave chorro de agua y, tras comprobar que tenía buen aspecto, salí de casa para llevarla a un parquecillo cercano que se sitúa junto a la dársena del río Guadalquivir, en Sevilla capital.

Me preocupé por buscarle en un lugar relativamente seguro frente a aves y roedores. Busqué un sitio con sombra entre algunos arbustillos y traté de dejarla sobre una ramita. La verdad es que no quería separarse de mí, pues mientras deslizaba mis dedos volvía a trepar por mi mano en vez de quedarse sobre la rama. Finalmente, me alejé con calma y continué con mis labores.

Ahora que escribo esto, dos horas más tarde, espero haberla ayudado y que pueda continuar con su vida normalmente. Estos hechos hubieran quedado mejor retratados con alguna fotografía de la libélula salvada o con un ‘selfie’ junto a ella. Pues somos una generación influenciada por los medios audiovisuales y todo nos entra mejor por la vista. Sin embargo, mi prioridad distaba mucho de ponerme a hacer fotos como si fuese un mero objeto. No me gusta el postureo.

Con esta experiencia deseo denunciar la creencia generalizada de que los insectos no sientan o sean muy diferentes a los animales vertebrados. No cabe explicar por qué mucha gente piensa que son como autómatas. Basta con observarlos con empatía y conocer hechos científicos para entender que tratan de defender su integridad y vida como cualquiera de nosotros. Por ello, no nos olvidemos de estos animales, los más vilipendiados de entre todos y asesinados en cantidades incontables para nuestros cálculos.

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Cocodrilo siamés o de Siam (Crocodylus siamensis)

Cocodrilo siamés - Cocodrilo de Siam - Crocodylus siamensisCocodrilo siamés o cocodrilo de Siam (Crocodylus siamensis).

Descripción del cocodrilo siamés

El cocodrilo siamés o de Siam era abundante antiguamente en pantanos de agua dulce y otros cauces a lo largo de Tailandia, Camboya, Vietnam, partes de Indonesia y la península malaya. Hoy en día, las poblaciones salvajes de esta especie de cocodrilo han caído hasta apenas quedar reductos mermados y remanentes en diversos puntos de su distribución por el sureste asiático y las islas de Borneo y Java.

El cocodrilo siamés está actualmente en peligro crítico de extinción y ya extinto en países donde ha habitado durante miles de años. Entre las causas principales de su declive se encuentran el asesinato de individuos por nuestra especie y la expansión continua de la demografía humana a través de zonas pantanosas. Permanecen vivas algunas manadas salvajes en Camboya, si bien, sus condiciones son inciertas. Las granjas de cocodrilos presentes en la región albergan cientos de ejemplares de cocodrilo siamés, lo cual pudiera permitir una reintrodución futura.

Se conoce bastante poco sobre la biología de los cocodrilos siameses en su medio natural. Morfológicamente, se observa que poseen una cabeza grande respecto al cuerpo. El torso exhibe un diseño de rayas alternas con una escamación oliva y pardo. Los bordes laterales de la plataforma craneal tienden a ser más erectos que en otras especies cocodrilianas.

El cocodrilo siamés cuenta con un hocico relativamente ancho, lo cual sugiere una estrategia alimenticia de tipo generalista. Los adultos son de tamaño mediano y crecen hasta los 3 o 4 metros de longitud como mucho. Alcanzan la madurez sexual en torno a los 10 o 12 años. En la naturaleza, los cocodrilos siameses construyen sus nidos entre abril y mayo, y depositan desde 20 a 50 huevos en montículos de hojarasca. En cautividad se ha visto que hibrida fácilmente con especies semejantes, como los cocodrilos de aguas saladas y el cocodrilo cubano.

Traducción y adaptación de la obra CROCODILES: INSIDE OUT. A Guide to the Crocodilians and Their Functional Morphology. Autores: K. C. Richardson, G. J. W. Webb y S. C. Manolis.

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