Caricaturalización de la explotación animal

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Caricatura de caracoles en un bar - Tergiversación de la realidad respecto a la explotación animal

Cuando se frivoliza sobre la opresión y el asesinato

El cinismo de nuestra especie no encuentra límites. Ya sea en libros de textos infantiles, dibujos animados, carteles publicitarios, viñetas u otras formas, a menudo figura que nuestros oprimidos disfrutan de su opresión. Entre tales ejemplos aparecen habitualmente una vaquita feliz por darnos la mejor leche, una gallinita dichosa por darnos los huevos más grandes o un cerdito contento porque nos granjeará un jamón de pata negra una vez lo hayamos descuartizado. Nunca falta tampoco el caballo, mula, buey o burro satisfecho de servirnos o el típico hamster ilusionado por su nueva ruedecita.

Debido a la cosificación moral que padecen los animales no humanos, pocos nos percatamos del sinsentido de estas caricaturas hasta años posteriores. Precisamos primero volvernos veganos para reflexionar sobre cómo la sociedad se retroalimenta del especismo: lo genera, lo adapta a los cambios sociales y lo transmite a las generaciones siguientes.

A partir de la fotografía superior, quisiera ahondar brevemente en la explotación de los caracoles y otros moluscos. En general, los animales invertebrados (filos no-cordados) reciben una atención infinitamente menor que los vertebrados y, entre éstos, prácticamente los mamíferos se llevan todo el protagonismo. Por motivos biológicos resulta comprensible que sintamos mayor empatía por aquellos organismos más cercanos filogenéticamente; sin embargo, el origen de tal diferencia no solamente carece de validez para establecer una discriminación moral, sino que se ve potenciada entre organizaciones animalistas a raíz de que éstas se basan en los sentimientos y sesgos propios de la psicología humana, no defienden el veganismo ni persiguen el cese de la explotación animal.

Caracol visto de perfil

Mi compañera Maraya HG publicó hace unos días el texto inferior acerca del consumo de caracoles, un fenómeno muy común en verano por el sur de España:

¡Claro que sí! Ya hay caracoles otra vez, vienen voluntariamente.

Y vienen voluntariamente porque a ellos les encanta que los aplasten unos contra otros en una red, les encanta llegar por fin a una casa y que muchos de ellos sean ahogados en agua para que los dejen brillantes. También les encanta que los metan en un recipiente enorme durante días sin comer ni beber para que limpien el sistema digestivo, mientras que el borde del recipiente es rociado con limón, sal u otras cosas que les impide salir de él en caso de desesperación y ganas de huida. Si no, siempre aparecerá la mano que le da un golpecito a aquel descarado que intenta salir del recipiente. ¡Cómo se atreve!

Pero que sí, que sigáis comiendo caracoles, que ellos son felices así, lo dicen los carteles y lo dice la tele. Como los cerdos, las vacas y los demás, que están pastando plácidamente en el prado. Os lo han enseñado, por supuesto sin ningún tipo de manipulación en los anuncios de Central Lechera Asturiana. Le ofrecen el cuello voluntariamente a su compañero humano.

Qué cínico es el ser humano.

Para poder revertir esta situación se requiere potenciar la educación e incidir contra la manipulación constante y subrepticia que van implantándonos desde la infancia. Ser vegano, en cierto sentido, significa «despertar».


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