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Desobediencia civil contra la esclavitud animal

¡Derechos Animales ya! - Manifestación contra el especismo - Financiar la explotación animalManifestación contra el especismo. La desobediencia civil es una forma de activismo vegano —un deber circunstancial— para cuestionar la existencia de muchas leyes injustas que, por ejemplo, nos obligan a financiar la explotación animal y, en definitiva, la esclavitud animal.

El veganismo y los deberes circunstanciales

La mayoría de los artículos que aparecen en «Derechos Animales ya» se centran en explicar el veganismo, los Derechos Animales y su puesta en práctica. En éste, en cambio, quisiera lanzar algunas reflexiones sobre cómo podemos intentar ser lo más coherentes posibles como veganos en una sociedad no vegana.

El veganismo es un principio ético referido al cese de toda forma de explotación animal. Para ser veganos basta con asumir el principio de igualdad y en rechazar, consecuentemente, toda forma de explotación animal. Sin embargo, un vegano en una sociedad no vegana contrae asimismo algunos deberes circunstanciales.

Esto sucede así porque si un vegano se conforma con no participar en la explotación animal y no hace nada por minimizar la explotación animal cometida por el conjunto de los demás seres humanos, se convierte en cómplice por defecto del entorno en el que vive. Uno de estos deberes circunstanciales es la desobediencia civil, por ejemplo, para no financiar al explotación animal.

Si el veganismo es un deber moral, ello implica forzosamente que todos los agentes morales deberían respetar a los animales. Ésta es la razón de por qué un vegano debiera convertirse también en activista. Cabe señalar, empero, que no se justifica bajo ningún concepto el uso de la coacción o de la violencia para luchar contra la explotación animal. Sin embargo, sí se justifican otras acciones no violentas que, aun siendo legalmente punibles, son éticamente justas.

¡Derechos Animales ya! - Corte administrativa suprema de LeipzigLas leyes no han hecho nunca más justos a los seres humanos. La esclavitud animal es legal y debemos luchar para que deje de serlo mediante activismo educativo y desobediencia civil. No es justo que a los veganos se nos obligue a financiar la explotación animal o a cometer otras atrocidades en nombre del estado.

La legalidad de la esclavitud animal

La esclavitud animal es legal. Los animales están catalogados como «bienes muebles semovientes», por ende, pueden ser creados —criados—, almacenados —hacinados—, acondicionados —coaccionados—, manipulados —violentados— y desechados —exterminados— a nuestro antojo. Hemos llegado a esta situación aberrante como consecuencia de nuestro antropocentrismo, el cual, en referencia a los demás animales, se manifiesta en forma de especismo.

La ética —lo justo— y la legalidad —lo permitido— no van necesariamente de la mano. Recordemos que todas las grandes atrocidades de la historia fueron legales en su momento, como el caso de la esclavitud negra, entre miles de ejemplos enumerables. Las leyes no existen para educar ni para mejorar la sociedad; sino para perpetuar un statu quo y cohibir determinadas acciones según unos estándares ratificados por la sociedad general —si se trata de una democracia— o por un grupo de individuos con intereses propios. Creer que la legalidad ha de imponerse sobre la ética nos llevaría a una estructura social autoritaria —no garantista— en donde se vulnerarían las libertades individuales por intereses ajenos al individuo. Esto es lo opuesto a un sistema de derecho.

Si las leyes han cambiado históricamente es, precisamente, por la sociedad del momento se ha opuesto a ellas. Por tanto, nadie debiera escandalizarse ante el hecho de que yo u otro activista vegano promoviera acciones contra la legalidad vigente en favor de los Derechos Animales.

¡Derechos Animales ya! - Estatua de la justiciaLa justicia debe aspirar a regirse por la exclusivamente ética. Forma parte de nuestros deberes circunstanciales como ciudadanos el oponernos a las leyes injustas que validan la esclavitud animal y que sólo representan los intereses de unos colectivos frente al de otros. Financiar la explotación animal responde, asimismo, a una injusticia de índole socio-económica; pues favorecer a determinadas empresas por intereses económicos.

El veganismo aplicado conlleva desobediencia civil

Apelando a la Wikipedia y a sus respectivas fuentes citadas, la desobediencia civil puede definirse como «cualquier acto o proceso de oposición pública a una ley o una política adoptada por un gobierno establecido, cuando el autor tiene conciencia de que sus actos son ilegales o de discutible legalidad, y es llevada a cabo y mantenida para conseguir unos fines sociales concretos»:

Los actos de desobediencia civil buscan no la afirmación de un principio en la esfera privada, sino una llamada de atención a la opinión pública sobre el hecho de que una ley o política sancionadas por las autoridades están conculcando un principio de índole moral. En adición, «la desobediencia civil se debe dar a conocer a los representantes de orden público de una manera que se sientan identificados sobre la cuestión por la que van a luchar y sus fines deben ser públicos y limitados. Su objetivo manifiesto no puede ser el beneficio particular o económico; debe guardar cierta relación con una concepción de la justicia o del bien común».

La desobediencia civil, al contrario de como a menudo se plasma en los medios de comunicación por razones sospechosas, no es algo que —únicamente— ejerzan ciertos grupos fanáticos, reaccionarios o anarquistas. A lo largo de la historia, grandes pensadores y filósofos han ejercido algún tipo de desobediencia civil para presionar a los gobiernos y presentar a la sociedad unas acciones alternativas más justas que debieran estar referendadas en las leyes. Parémonos un instante a conocer a uno de los mayores pioneros de la desobediencia civil.

Fotografía de Henry David Thoreau - Pionero de la desobediencia civil - Deberes circunstancialesHenry David Thoreau fue un pionero en la argumentación de cómo la desobediencia civil no es sólo un derecho; sino un deber del ciudadano para poner a prueba la salud de una democracia. Si hubiera vivido hasta nuestras días, quizás hubiera ejercido un activismo vegano.

Henry David Thoreau, un modelo de justicia coherentemente defendida

Un magnífico ejemplo que combina ética, justicia, coherencia y defensa ante los débiles lo observamos en Henry David Thoreau. Citando las palabras del activista Luis Tovar en un artículo suyo sobre Thoreau:

Una noción fundamental que encontramos en los escritos de Thoreau es la oposición radical a la esclavitud de los seres humanos. También estaba en contra de que el Estado forzara a sus ciudadanos a cumplir con el servicio militar o a pagar impuestos con los que luego financiaba tanto la esclavitud como la guerra. Es por esto que se considera a Thoreau como un pionero —tanto teórico como activista— del movimiento libertario y la desobediencia civil. Aunque no tenemos que ajustarnos a ninguna doctrina concreta para comprender la universalidad de las nociones morales que encontramos en la filosofía de Thoreau.

[…]

El progreso se consigue en el contexto moral y en nuestras actividades diarias. Esperar justicia por parte de las leyes y los gobernantes, cuando los principios morales no predominan en la propia sociedad civil, es esperar en vano. Las leyes simplemente recogen las costumbres más generalizadas o los intereses de los grupos más poderosos.

Recomiendo leer su artículo completo y los textos de Thoreau como fuente perpetua de inspiración para quienes pretendemos hacer del mundo un lugar mejor. Thoreau fue, sin lugar a dudas, un hombre que trató por todos los medios de ser coherente con su propio pensamiento. Llegó incluso a entrar en prisión por negarse a pagar impuestos con los que, según él, se fomentaba la esclavitud humana y la artificiosa guerra contra México.

Parafraseando ligeramente a Martin Luther King, me atrevería a decir que, de hecho, la mayor causa de las injusticias en el mundo no radica en los actos de la gente mala, sino tanto en la indiferencia como en la falta de coherencia de la gente bienintencionada.

Cartel de Martin Luther King - Defensor de la desobediencia civil - Deberes circunstancialesMartin Luther King fue uno de los máximos exponentes de un activismo educativo basado en la no violencia. El activismo vegano debe enriquecerse de muchas de sus enseñanzas.

La desobediencia civil vegana contra la esclavitud animal

Una vez aclarado el significado y las implicaciones del veganismo en el contexto social actual; mencionada la diferencia entre legalidad y justicia; y citado a unos de sus máximos representantes, llega el turno de proponer algunas medidas de desobediencia civil vegana. Se trata de simples ideas o propuestas que, según el caso, podremos o no realizar con mayor acierto o perjuicio.

El objetivo de la desobediencia civil —como del activismo vegano en general— no es convertirnos en héroes o mártires por la causa —aunque alguno «se apuntaría a un bombardeo» por tal de convertirse en tendencia en las redes sociales, sino en dar a conocer la sociedad una serie de prácticas injustas que están amparadas en las leyes y en presionar a las autoridades para que conozcan nuestro descontento hacia dichas injusticias.

Las formas de desobediencia civil están, a menudo, vinculadas a nuestros trabajos, oficios, cargos y otros desempeños en sociedad. Por ejemplo, un veterinario puede verse en la tesitura de estar obligado legalmente a sacrificar a un animal a causa de las leyes injustas que existen sobre el sacrificio de animales «por el riesgo potencial de que sean un vector infeccioso» aun cuando no hayan mostrado síntomas de ninguna enfermedad. El código deontológico en la profesión veterinaria es una gran falsedad. Que un veterinario se niegue a hacerlo es una forma de desobediencia civil ante unas leyes claramente especistas.

A continuación me limito a citar algunas acciones de desobediencia civil relacionadas con los Derechos Animales:

  • De manera general e indeterminada, negarnos a ejercer cualquier acción contra los Derechos Animales que esté legalizada aun cuando sea nuestro trabajo o responsabilidad ejercerla. Aquí entra el ejemplo anterior del veterinario y otros millones de ejemplos potenciales, desde a un biólogo que, trabajando para el estado, le encarguen realizar un estudio sobre cómo cazar, pescar o capturar animales catalogados como «especie invasora» para asesinarlos hasta a un profesor de escuela secundaria que deba enseñar un temario en donde se diga que «necesitamos consumir productos de origen animal» o que «los humanos somos especiales».
  • Colocar carteles, panfletos y material activista en la propiedad pública (calles, plazas, paredes de edificios gubernamentales, etc.) aun cuando esté prohibido para acabar con la visión romántica de la esclavitud animal aun presente.
  • Manifestarnos en momentos y lugares prohibidos por razones incoherentes contra cualquier forma de explotación animal que se ha ejercido o va a ejercerse en nombre del estado y está sufragado por los contribuyentes.
  • No pagar la parte proporcional de los impuestos que van destinados a la explotación animal. Por ejemplo, aquí se incluyen los festejos taurinos y de otra índole en donde se explotan animales y, por supuesto, las subvenciones a explotaciones ganaderos y productos de origen animal.

Una aclaración acerca del activismo vegano y de la desobediencia civil

La desobediencia civil es moralmente legítima y su alcance público —y a veces mediático— puede ser útil para sacar a la palestra distintas injusticias que padecen los animales. Sin embargo, no debemos olvidar que la desobediencia civil, por sí sola, no constituye una forma de activismo vegano que eduque a la sociedad en el respeto que merecen los animales. La sociedad general no puede entender las bases de los Derechos Animales si sólo nos limitamos a contradecir las leyes.

La desobediencia civil puede ser bastante efectiva cuando ya existe una masa social que cuestiona unas leyes injustas tras haber asumido unos principios éticos determinados. Dado que esa situación todavía no existe en el caso del veganismo, hoy nuestro principal deber circunstancial es el de ser activistas educativos por la abolición de la explotación animal. La desobediencia civil es un extra, por así decirlo.

¡Derechos Animales ya! - Activismo de Anonymous for the voiceless contra la esclavitud animalFotografía del activismo de la organización bienestarista «Anonymous for the voiceless». Aunque no tan aberrante como el caso de otras instituciones, esta organización animalista —como tantas otras— cae en el error de enfocarse en el sufrimiento de los animales esclavizados en lugar de explicar la inmoralidad inherente de la esclavitud animal. En consecuencia, los receptores traducen en compasión en regulaciones sobre el uso de la propiedad en lugar de trasformarla en respeto. El activismo vegano debe centrarse siempre en la injusticia de que los animales sean nuestros esclavos. El trato que se les dé es el resultado de su esclavitud, no el origen.

El bienestarismo sólo sirve para financiar la esclavitud animal

Algún lector de este artículo podría llegar a la errónea conclusión de que las manifestaciones, protestas, marchas y otros actos promovidos por grandes organizaciones animalistas —como PETA— sean una forma de desobediencia civil. En absoluto. Si tomamos el adjetivo «civil», éste solamente cuadraría en este caso posponiéndolo a los sustantivos «fraude», «estafa» o «circo»: fraude civil, estafa civil y circo civil. No hay otra manera de definirlo atendiendo a las pruebas existentes.

Las grandes organizaciones animalistas no defienden los Derechos Animales; sino el bienestarismo. Aunque, claro, esto no lo dicen. De hecho, no explican nada. Sólo repiten mantras y convenciones sociales ya asumidas sobre el bienestar animal y promueven sellos de «carne ética». El bienestarismo, llevado a la práctica, consiste en regular la forma en que explotamos a los animalesla forma en que ejercemos la esclavitud animalpara, según sus proponientes, minimizar el sufrimiento de los animales.

El bienestarismo no implica desobediencia civil por la simple razón de que no se opone de ninguna manera al statu quo. Así ocurre porque los artífices del bienestarismo en la actualidad —las grandes organizaciones animalistas— explotan la existencia de la explotación animal y se lucran de la miseria animal mediante campañas fraudulentas destinadas a recaudar fondos mientras engañan a sus socios y donantes haciéndoles creer que hacen algo en favor de las víctimas. Es imposible defender a los animales mientras se participa en la explotación animal y se perpetúa el sistema que los oprime.

Los bienestaristas, inspirados en el filósofo Peter Singer, no desean el cese de la esclavitud animal; sino que aspiran a regular la esclavitud animal de modo que satisfaga la necesidad de los consumidores de obtener placer y beneficios asociados a la explotación animal sin sentirse culpables por las aberraciones en las que incurren a diario.

¡Derechos Aniamales ya! - Manifestación en Polonia - Desobediencia civilManifestación por la justicia en Polonia. El activismo vegano debe tomar las calles: primero para educar y, después, para presionar a los gobiernos.

Conclusiones generales

El activismo vegano es un deber circunstancial a tenor de la sociedad actual en que vivimos. Si nos importa la justicia hacia los animales, no basta con que únicamente nosotros —a título personal— seamos justos con ellos. La desobediencia civil se convierte en un forma de activismo para elevar a la opinión pública el hecho de que las leyes que rigen nuestros países son especistas y aberrantes contra los animales. Debemos ejercer un activismo educativo que, paulatinamente, pueda combinarse con acciones de desobediencia civil en pro de la justicia. Ante todo, hemos de mantener un ojo pegado a la ética de nuestras acciones para no cometer los mismos errores que condenamos.

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¿Es ética la crianza en cautividad de animales?

¡Derechos Animales ya! - Lince ibérico - Crianza en cautividad de animales para la recuperación de especies en peligro de extinciónEl lince ibérico es una de las especies animales de la Península Ibérica en peligro de extinción. Como se practica con muchas especies vulnerables, el lince ibérico está sometido a programas de crianza en cautividad en centros de recuperación de especies.

La moralidad de la crianza en cautividad de animales

Desde los albores de la civilización humana, nuestra especie se ha autoproclamado con legitimidad para señorear la Tierra, regir a los demás animales e incluso desplazarlos de sus hábitats y exterminarlos conforme nuestra población crecía y lo hacían nuestros intereses antropocéntricos. Hoy, millones de animales están en peligro de extinción y algunos grupos humanos —científicos y organizaciones ecologistas— participan directamente o indirectamente en la crianza en cautividad de animales con el fin de aumentar sus poblaciones previamente mermadas por las acciones humanas y de reintroducirlos en sus hábitats naturales.

Dado que la mayor parte de la humanidad percibe a los animales como objetos —razón por la cual se los ha llevado al borde de la extinción—, no es de extrañar que las medidas tomadas para la recuperación de una especie en peligro de extinción puedan incurrir en injusticias y aberraciones morales iguales o peores a aquéllas cometidas años antes que fueron causantes de que la especie animal en cuestión esté ahora al borde del abismo. Poniendo el dedo en la llaga, cabe analizar el fenómeno de la crianza en cautividad de animales y preguntarnos: ¿es ética?

La crianza en cautividad vulnera los intereses inalienables de los animales

Muchos humanos en la actualidad se oponen a los zoológicos porque implican el encierro de animales inocentes. No obstante, ven perfectamente bien que se los encierre en centros de recuperación de especies y se los someta a programas de crianza en cautividad.

La razón es simple: cuando la mayoría de los humanos rechaza los zoológicos no lo hace porque comprenda que los animales valoran su libertad y merecen vivir libres; sino que se oponen a aquellas formas de encierro que no brindan un «beneficio aceptable» (percepción bienestarista). Para algunos, el hecho de que sus hijos puedan contemplar a un gorila o a un león tras pantallas de metacrilato es un beneficio que justifica la esclavitud de tales animales; mientras que, para otros, sólo se justifica la crianza en cautividad cuando, supuestamente, va en beneficio de los afectados.

Algo similar sucede cuando los consumidores justifican el consumo de explotación animal apelando que el sufrimiento de dichos animales queda justificado por el beneficio que les brinda a ellos mismos. En todos estos casos se evidencia una contradicción flagrante y una actitud negacionista. A los animales se los percibe como «ejemplares» representantes de una especie, no como individuos con intereses propios.

Buite negro (Aegypius monachus) enjaulado en un centro de recuperación de especiesBuite negro (Aegypius monachus) enjaulado en un centro de recuperación de especies.

Los centros de recuperación de especies

Para el caso de animales en peligro de extinción o aquéllos especialmente vulnerables en un contexto determinado, existen centros dedicados a su cuidado y atención. Un «centro de recuperación de especies» es, a menudo, un término bastante vago que puede aludir tanto a una reserva como un zoológico tradicional. Si entendemos que nos referimos a un centro destinado a la atención de animales vulnerables, cabe distinguir si tales animales llegan al centro por razones caprichosas o de fuerza mayor, si son privados de libertad temporal o permanentemente o si se los llega a reproducir artificialmente.

Si el animal llega a un centro porque ha recibido daños por causas humanas y necesita atención para salvar su vida o no comprometer su superveniencia, no es contrario a la ética que allí se lo retenga el tiempo necesario para asegurar que podrá sobrevivir. En este caso, si nosotros hemos sidos los causantes de sus males, tenemos el deber moral de hacer lo posible por salvarles la vida. En cambio, esta situación no es equivalente a la crianza de animales en cautividad y de terceros con el argumento de evitar su extinción. Mi argumentación para justificar esta postura se fundamenta en tres puntos que están íntimamente relacionados con la base argumental expuesta en este artículo del activista Luis Tovar titulado «¿Explotar a otros animales por su propio bien?».

  1. Sólo tenemos la obligación moral de intervenir cuando nosotros, a nivel individual —deber moral— o colectivo —deber circunstancial— somos causantes de los daños sufridos por tales animales debido a que somos responsables morales de sus circunstancias.
  2. Intervenir supone, muchas veces, atentar contra su voluntad, autonomía y someterlos sin su consentimiento a ser dependientes de nosotros. No tenemos legitimidad para intervenir a menos que sea la única opción viable para salvarles la vida cuando nosotros hemos sidos responsable de su suerte.
  3. Toda forma de explotación animal es injusta. Incluso cuando, aparentemente, beneficia al animal. Así ocurre porque un centro de recuperación de especies sólo tiene en cuenta del interés de un animal en vivir o sobrevivir al mismo tiempo que les niega otros intereses inalienables como la libertad o la integridad física. Tenemos la obligación moral toda forma de explotación animal y otras violaciones morales que nosotros cometemos contra los demás animales. Cualquier recurso que dediquemos a otras cosas que no tenemos el deber de hacer se lo estamos quitando a lo que sí debemos hacer.

¡Derechos Animales ya! - Conejos criados en cautividad para favorecer a especies animales en peligro de extinciónConejos criados en cautividad. Muchos animales criados en cautividad tienen el único fin de ser el alimento de otros animales criados en cautividad y favorecer a especies en peligro de extinción. Al mismo tiempo, los humanos nos llenamos la boca diciendo que «preservamos la naturaleza». ¿Cuál naturaleza?

¿Salvar a unos a costa de otros?

Como biólogo, me inculcaron durante la carrera que podíamos desempeñar una labor muy «gratificante» y casi «altruista» al tratar de recuperar especies en peligro de extinción mediante crianza en cautividad. Resulta bastante comprensible que si los humanos hemos sido causantes del desplazamiento y del exterminio de ciertas especies, tenemos la obligación moral circunstancial, como colectivo, de refrenar y de paliar esta situación aun cuando la hayan causado otros humanos y no nosotros a nivel individual. La justificación para ello radica en que, si vivimos en sociedad y participamos en actividades sociales en una sociedad especista, si no actuamos y concienciamos a otros humanos, no lograremos minimizar y evitar que se sigan cometiendo tales daños.

Sin embargo, debido al especismo y nuestra visión cosificadora de la naturaleza, tanto en la ciencia como en la sociedad se evalúa este asunto de la crianza en cautividad a granel o a bulto sin considerar poco más que objetivos y resultados. Un fin no justifica los medios. Tanto los fines como los medios han de ser coherentes y ajustarse al principio de igualdad.

Cuando hoy se establecen medidas legislativas y proyectos para la recuperación de especies en peligro de extinción —en España el caso más popular es el del lince ibérico por ser una especie patria—, se considera a los propios individuos afectados y a terceros como simples piezas de un rompecabezas ecológico que debemos armar para que todo vuelva a fluir como lo hacía antes de que alterásemos el ecosistema. Los científicos y relacionados no tienen en cuenta, en ningún momento, si para recuperar una especie en peligro de extinción van a causar todavía más daño a otros animales igual de inocentes. Esto ocurre, sí o sí, cuando se pretende aumentar artificialmente la población de un animal carnívoro. Como expliqué en un artículo previo titulado «Asesinato de animales como alimento para otros animales», la sociedad humana no parece plantearse la moralidad de asesinar a unos animales con el pretexto de salvar a otros.

Distribución geográfica actual del lince ibérico tras décadas sometido a programas de crianza en cautividad.

El caso práctico de la crianza en cautividad del lince ibérico

En España, desde hace unas décadas, existe un ingente y costoso programa para recuperar el lince ibérico y evitar su extinción. El interés en esta especie, sobre tantas otras —como el quebrantahuesos— que no despiertan tanto furor social, no es initencionado.

Como se observa en las banderas de ciertos países, los humanos tendemos a aplicar nuestros sentimientos grupalistas —regionalistas y nacionalistas— en torno a símbolos que sean característicos, exclusivos y definitorios de nuestra tierra. Si a este fenómeno sociológico le sumamos el hecho de que vemos a los animales como simples objetos y elementos del paisaje, no es de extrañar que los lugareños de un lugar guarden especial interés en «preservar su símbolo», lo que aplicado a un organismo vivo se traduce en evitar su extinción y creernos que ya tiene el futuro resuelto mientras atentamos contra su hábitat y contra todo el planeta en su conjunto. Y si la preservación del símbolo llena centenares de estómagos con proyectos investigadores y una turba de trabajadores subcontratados, el grupo se satisface el doble. Vaya que sí.

El lince ibérico, precariamente repartido en pequeñas poblaciones a lo largo del sur peninsular, requiere una serie de recursos para sobrevivir que, actualmente, vuelven prácticamente inviable su supervivencia sin intervención humana. Al grupo esto le da igual mientras el dinero siga fluyendo, pero a sus víctimas no tanto. La crianza en cautividad del lince ibérico conlleva, al mismo tiempo, la crianza en cautividad del conejo —la presa por excelencia del lince— para así alimentarlos y que así su población crezca. Si bien, a diferencia de en condiciones naturales, aquí no existe una curva de Lotka–Volterra; sino, en términos ecológicos, una inyección artificial de biomasa en consumidores primarios (conejos) para que dicha biomasa pase a los consumidores secundarios (linces) y así crezca su población artificialmente sin quedar supeditada a la capacidad de carga (K) del medio.

¡Derechos Animales ya! - Evolución de la población de lince ibérico en la Península Ibérica - Animal en peligro de extinciónEvolución de la población de lince ibérico en la Península Ibérica desde comienzos del siglo XX.

Conclusiones sobre la crianza en cautividad

Los linces, conejos y otros animales afectados, como ya se ha expresado, son esclavos y cautivos del ser humano. Su libertad es nula o relativa según el momento y las circunstancias. El lince se beneficia tímidamente del ser humano debido a la crianza en cautividad de conejos, al mismo tiempo que él mismo es cautivo de su propia crianza en cautividad y dependencia del ser humano para vivir en libertad. A menudo, la crianza en cautividad, lejos de practicarse por un equivocado convencimiento ético, se ejerce por simples intereses económicos y asociados a la simbología etnocéntrica de un país o región. Los animales criados en cautividad se encuentran en la irónica tesitura de que un aumento de su población no garantiza su pervivencia a largo plazo a tenor de la presión humana sobre el medio. Es decir, de nada les sirve recuperar el «esplendor de antaño» si sólo podrán vivir recluidos porque ya les hemos arrebatado su hábitat.

Utilizar a un animal como recurso para un fin —explotación animalsiempre es injusto con independencia del fin. Incluso si dicho fin es supuestamente beneficioso para sí. En este artículo sólo se han tenido en cuenta los casos de animales que son criados en cautividad con el argumento de «recuperarlos». Lo mismo se aplica cuando los animales predadores y presas son criados en cautividad para su «mantenimiento» con fines comerciales (zoológicos, acuarios, etc.). Que la población de una especie animal aumente no es beneficioso siquiera para el individuo; pues al animal de turno le importa un bledo —ni lo comprende— que su especie vaya a extinguirse en varias décadas. Las especies son un concepto abstracto para permitir el estudio de sus relaciones filogenéticas mediante la cladística. Al lince ibérico, como a los seres humanos, puede importarles sus congéneres por una razón sentimental, pero a ninguno de nosotros nos quita el sueño si dentro de miles o millones de años no existimos sobre este planeta.

Las especies ni sienten ni padecen. Sólo existimos los individuos con independencia de que nuestros genes se aproximen más o menos a los genes de terceros. De esto parecen olvidarse muchos biólogos expertos científicos a raíz de un prejuicio fijista casi religioso. Lo que desean los animales es que sus intereses inalienables sean respetados. Solamente los centros de recuperación de especies pueden ser éticos mientras vayan destinados a la recuperación de animales heridos y afectados por causas humanas y no impliquen perjuicio alguno para los intereses de otros animales.

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¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicos

El fijismo ecologista y otras creencias anticientíficas

¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicosEl fijismo ecologista puede definirse como la creencia entre los ecologistas de que cada animal está o deber estar en un hábitat determinado y cumplir con un rol ecológico determinado. Esta creencia deriva en el exterminio de las mal llamadas «especies invasoras» y en la búsqueda constante de una utilidad para las especies en peligro de extinción.

El ecologismo especista incurre en un fijismo religioso

El fijismo era una interpretación religiosa sobre el origen de las especies que data desde antes de que Darwin propusiera la Teoría de la Evolución. De acuerdo con el fijismo (una creencia derivada del «creacionismo»), todas las especies existentes son inmutables y así debe ser por una fuerza suprema o divina.

La adaptación del fijismo a nuestros días se percibe en la creencia de que cada especie debe ocupar un hábitat específico y que no debe ocupar otro hábitat (o que una especie deber presentar unos rasgos específicos, o que debe alimentarse de esto y no de lo otro, etc.), es decir, se mantiene desde entonces la idea irracional de que el estado conocido de la naturaleza es el que ha tenido y el que debe tener. Se observa que esta creencia irracional y anticientífica está, en nuestros días, demasiado extendida entre individuos y colectivos ecologistas (proteccionistas). Y, por supuesto, conlleva serias repercusiones y perjuicios para los animales.

La responsabilidad humana y los dogmas ecologistas

El ecologismo, en su vertiente especista, considera dogmáticamente que los seres humanos debemos conservar la biodiversidad (número de especies) y la diversidad (distribución de las especies) según patrones observados en la naturaleza. Puede ser racional, desde el punto de vista científico, observar las características de las especies, su distribución y sus roles para entender cómo funciona el ecosistema y por qué nuestras acciones llegan a degradarlos. Hasta aquí, es ciencia. Sin embargo, basarnos en tales hechos para justificar la moralidad de nuestra acciones incurre en la falacia naturalista: la confusión entre el ser y el deber ser, entre lo existente y lo que debiera existir.

Por ejemplo, que en un lago haya una especie dominante de alga nos plantea un interesante estudio acerca de por qué ocurre así, no obstante, creer (sin más) que esa alga debe dominar para que el medio fluya adecuadamente y que tenemos la obligación de favorecer dicho contexto, o bien, por el contrario, que esa alga no debe dominar y que tenemos la obligación de exterminarla, nos dirige a esta falla del raciocinio que llamamos falacia naturalista.

El ecologismo se apoya en lo existente para tomar medidas más allá de la responsabilidad humana (principio de casualidad). Es decir, resulta frecuente que los ecologistas eviten cualquier alteración del medio que pudiera incluso considerarse «natural» (sin intervención humana), por ejemplo, la migración de aves, con el argumento de que todos los medios están alterados a nivel planetario y de que se requiere dicha manipulación para evitar un posible colapso.

Lo irónico del asunto es que si dicho colapso va a causar vidas animales, ellos se encargarán de que tales animales la palmen antes. No les importa esta contradicción porque tienen a los animales cosificados moralmente. El ecologismo especista percibe la naturaleza como un gran «tablero de ajedrez» en que el ser humano, como vicario en la Tierra, tiene que mover las piezas que la componen por el bien de todos.

De esta manera, la falacia naturalista, la cual pudiera deberse a sesgos cognitivos, lleva a un tipo de aplicación concreta que, por las razones históricas mencionadas, se denomina «fijismo». Aunque en primera instancia pudiera parecer coherente el planteamiento fijista («cada animal en su lugar» o «cada animal como debe ser»), no lo es en absoluto.

¿Acaso los humanos hemos dudado en expandirnos y colonizar casi todas las tierras de nuestro planeta? ¿Si nosotros migramos y transformamos el medio está bien («es natural») pero no lo está si lo hacen otras especies? ¿Acaso este criterio no entra en contradicción la Teoría de la Evolución? Se vuelve evidente que aplican una doble vara de medir y que el fijismo nace realmente de su antropocentrismo especista. El ecologismo recoge una creencia antigua en su empeño de devolver la Tierra a un estado hermoso anterior a la aparición del ser humano.

Ampelis americano - Especie invasora para el fijismo ecologistaAmpelis americano. Diversas especies introducidas aparecen catalogadas como «especies invasoras», un eufemismo para referirnos a aquellas especies que están en un lugar no autóctono por nuestra culpa, que perjudican a nuestros intereses y que queremos exterminar.

El dogma fijista en cuanto a animales salvajes y domesticados

Por un lado tenemos a los animales salvajes (exterminados por el ser humano) y, por otro, a los animales domesticados (esclavizados por el ser humano). El ecologismo y su fijismo adoptan ligeras diferencias ideológicas según de la función esperada para los animales.

Para animales salvajes

Respecto a los animales salvajes, múltiples grupos ecologistas rechazan cualquier transformación del medio ambiente aun cuando pudiera entenderse como «natural» (no debida a acciones antrópicas); pues interpretan que toda desviación de lo conocido es perjudicial, mala o «antinatural». Por ejemplo, si se da el caso de dos especies de aves que cada vez hibridan con mayor frecuencia debido a que han modificado sus ciclos anuales o rutas de migración. Muchos ecologistas buscarán métodos de evitar dicha «mezcla génica» con el argumento de «respetar los fenotipos endémicos».

A veces, tales acciones ecologistas vienen respaldas por un incentivo monetario en la «conservación» de especies autóctonas, con lo que el dogma fijista se mezcla con un sesgo xenófobo. Y no hablamos únicamente de medidas pacíficas para lograr dicho objetivo cuestionable; sino también del asesinato sistemático de cualquier especie (catalogadas como «invasoras») en nombre del ecologismo si éstas atentan al «modelo de perfección ecologista» o convienen diezmarlas por razones meramente económicas (p. ej. turismo, ganadería, etc.).

Las especies alóctonas no se «cargan» la naturaleza; la migración de especies, así como la formación y extinción son procesos naturales que llevan ocurriendo millones de años. La razón de por qué los animales alóctonos pueden afectar gravemente al medio se debe al hecho de que nosotros, al alterar y condicionar su movilidad geográfica, generamos una alteración infinitamente superior a la que, en teoría, habría habido en condiciones normales sin intervención humana.

Cuando, a menudo, se aduce que las especies «invasoras» son un «peligro para el ecosistema», olvidan que la «naturaleza» corresponde a todos los elementos bióticos y abióticos. En estos casos, tales alegatos catastrofistas son eufemismos y calumnias para señalar que perjudican a las actividades humanas como la ganadería, la agricultura, el turismo o los propios asentamientos humanos.

De manera que, como nos perjudican a nosotros (el ecosistema es sólo una excusa), pues entonces nos arrogamos el dignificante papel de «salvadores de la naturaleza» dándoles muerte a unos animales cuyos «daños» causados son infinitamente inferiores a los nuestros mientras permanecemos continuamente propagándonos por la Tierra como una plaga.

Ningún animal es una «plaga», nosotros lo somos y hemos sobrepoblado todos los ecosistemas con especies domesticadas (esclavizadas) que influyen infinitamente más al medio ambiente que cualquier especie salvaje alóctona. Somos la plaga terrícola que acusa y asesina a otros animales cual chivos expiatorios. Obviar este hecho denota un sesgo y una ignorancia terribles. Hay quienes, ante esta situación, promueven «sacrificios humanitarios» como si hubiera una manera justa de asesinar a un animal inocente de nuestra pésima gestión ambiental.

Pero, claro, el ecologismo institucional es un negocio y parte de su fijismo está movido por el dinero. Por ello, no oiremos a GreenPeace (entre otras organizaciones ecologistas) decirles a sus socios que dejen de comer carne; sino que prefieren «marear la perdiz» mediante protestas de cariz xenófobo a las masacres y a la explotación animal acontecidas en países extranjeros, junto con propuestas estúpidas (como la nueva ocurrencia de rechazar las cañitas del plástico) en lugar de enfocarse en el principal foco de contaminación (la ganadería).

Los ecologistas muestran una hipocresía tremenda al querer salvar animales salvajes (sólo si se hallan en hábitat que les «corresponde») al mismo tiempo que fomentan la tala de bosques y la destrucción del medio para dejarle espacio al «ganado». Total, sus socios y donantes van a seguir a pies juntillas cualquier cosa que suelten. El negocio es el negocio y la pela es la pela. La coherencia, si eso, para otro día.

Si nos despojamos de prejuicios intereses egoístas, la respuesta está clara. Basta con que evitemos la introducción de especies alóctonas, de intervenir en la naturaleza con complejos de dioses y que dejemos en paz a los ya introducidos, en consonancia con el principio de igualdad.

Rebaño de ovejas - Animales domesticadosEl fijismo ecologista, como fruto del propio especismo de los ecologistas, considera que todo animal autóctono de una región debe integrarse con la ganadería o el turismo de una zona para lograr su conservación.

Para animales domesticados

El ecologismo especista y su fijismo incurren en una doble moral con respecto a la mera existencia del ganado esclavizado. Los animales criados por el ser humano se encuentran fuera de su hábitat (a menudo son alóctonos), presentan una población muy superior a su estado salvaje y, por ambas razones, ejercen una fuerte presión sobre los ecosistemas aledaños debido a que los criamos por el beneficio de aprovecharnos de ellos, lo cual no tiene una justificación ética ni ecológica.

Sin embargo, el grueso de los individuos y colectivos ecologistas no se pronuncian contra la explotación animal ni los daños causados a los animales domesticados por la selección artificial, ni siquiera apelando a razones utilitarias como que «perjudican al medio ambiente». Su fijismo sólo los mueve cuando hablamos de animales salvajes que se hallan, por fortuna, «ligeramente» libres de la dominación humana. Como parte del antropocentrismo, el ser humano detesta inconscientemente la mera existencia de animales libres porque son variables que quedan lejos de nuestro control.

El fijismo ecologista, por su influencia antropocéntrica, no percibe a los animales como individuos únicos e irrepetibles; sino cual simples contenedores de genes que deben permanecer inalterados, inmaculados y «perfectos». Este hecho o, mejor dicho, una aplicación de esta creencia, se vuelve especialmente presente en el caso de los animales domesticados. Cuando se refieren a la zootecnia y explotaciones ganaderas, cambian un poco el discurso para justificar o procurar una serie de rasgos biológicos seleccionados que los mantengan en ese estado de «perfección».

En muchas ocasiones se habla de «razas puras» de una manera eufemística y anticientífica. En biología, el concepto de «raza pura» u homocigótico sólo se aplica en referencia al organismo que posee todos sus alelos iguales para un mismo carácter. Dicho concepto se contrapone al de «híbrido» o heterocigótico, el cual presenta diferentes alelos para un mismo carácter. Que un animal sea «raza pura» no significa que presente unos rasgos más adaptativos ni se relaciona con una mejor fisionomía o belleza.

En cambio, el ser humano confunde el sentido biológico con su conveniencia utilitaria al creer que determinados rasgos conforman una «raza pura», aun cuando no cumpla la definición genética del fenómeno. Así ocurre, quizás, por un sesgo relacionado con el fenómeno decimonónico del darwinismo social o ciertas interpretaciones raciales muy anteriores al desarrollo moderno de la biología. Puede ahondar en estos conceptos en el artículo: La domesticación, la selección artificial y sus efectos.

Sea como fuere, hay individuos y colectivos ecologistas que están convencidos de que determinadas razas animales, criadas y manipuladas por el hombre, constituyen un acervo genético que merece «conservación» por su importancia cultural o económica. De esta forma, para ellos, algunos animales domesticados debieran ser «conservados» como los animales salvajes según intereses humanos. En ambos casos, se observa una interpretación anticientífica de la naturaleza que cobra vigencia en nuestros días ante la problemática de las especies en peligro de extinción.

Claro que debemos salvar a los animales, pero no por sus rasgos naturales o seleccionados, sino porque son individuos que sienten y padecen como nosotros. Cuando uno trata de explicar esto, muchos ecologistas saltan con sus prejuicios camuflados de elucubraciones científicas. A menudo alegan falsedades como que las plantas sienten o que «no todo el mundo puede ser vegano», algo así como afirmar que «no todo el mundo puede cumplir la ley» o que «está bien asesinar porque siempre habrá asesinos».

Algo queda claro: mientras el ecologismo actual sea especista y esté influenciado por el dogma fijista, solamente serán actores y cómplices del mismo sistema que lleva a los animales a la extinción y que contamina el planeta.

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El fraude del bienestar animal y de la carne ecológica

Vaca-marrón-en-el-pradoEl bienestar animal y la carne ecológica son unos conceptos meramente publicitarios y un instrumento lucrativo de las organizaciones animalistas para vender sellos de bienestar animal. Que esta vaca esté en un prado verde no significa ni que sea libre ni que sea feliz. No existe ningún bienestar en ser marcada, inseminada, separada de tus crías y terminar en el matadero. Todos los animales domesticados son esclavos, tanto en un sentido legal como biológico.

¿Qué es el bienestar animal?

En ciencias aplicadas, el bienestar animal se refiere al estudio empírico del bienestar objetivo (corporal) y subjetivo (mental) de los animales no-humanos esclavizados para intentar asegurar que sus condiciones materiales permiten el buen desarrollo de la explotación y la calidad del producto que se pretende conseguir. Es un área de estudio que se practica dentro de la veterinaria o la zootecnia.

En muchos lugares lo llaman, sin pudor, una «nueva ciencia». Eso es falso. En primer lugar, porque no tiene nada de nuevo aplicar la ciencia a la productividad de una industria; ya hablemos de objetos o seres cosificados. En segundo lugar, porque el fin de la veterinaria, desde su origen en la Antigüedad, siempre ha sido velar por el bienestar animal para permitir o garantizar la explotación de los animales. Y, en tercer lugar, una ciencia pudiera definirse como un campo de estudio realizado mediante una metodología y unas técnicas que buscan recabar y estudiar datos objetivos.

El bienestar animal se convierte en una consideración completamente subjetiva cuando se pretenden establecer relaciones entre variables fisiológicas y psicológicas para concluir que el bienestar del animal de turno es bueno o malo.

¿Están afirmando tales «expertos» que conocen una fórmula mágica para evaluar la felicidad animal frente a la esclavitud? ¿En qué se basan? ¿En los niveles de cortisol en sangre? ¿Les dice el cortisol en sangre qué siente la vaca cuando la separan de su cría? ¿Se pondrán a hacer estadísticos multivariantes para tratar de entender qué siente un cerdo en la línea del matadero? ¿Dirá un estudio de hormonas en sangre si la carne obtenida puede denominarse «carne ecológica» o no?

Resulta cuestionable la tendencia, tanto pasada como actual, de aplicar la ciencia a cualquier asunto sin mayor reparo ni pretensión que el lucro sin cuestionar primero la moralidad de nuestras acciones. Una ciencia sin ética va abocada a cometer la peor de las aberraciones.

¡Derechos Animales ya! - La mentira del bienestar animal - Las organizaciones animalistas promueven la carne ecológicaLa industria de la explotación animal y sus aliadas —las organizaciones animalistas— promueven la idea de que existe un paradigma ético en la esclavitud animal y que sea posible explotarlos con cariño, amor y compasión. Todos los animales, con independencia del tipo de crianza, reciben el mismo trato y obtienen el mismo final. Que su cadáver pueda ayudarse «carne ecológica» o no, es una estupidez.

La mentira del bienestar animal

A diario nos encontramos con anuncios publicitarios que tratan de mostrarnos un supuesto bienestar animal en las granjas, ganaderías y otras explotaciones ganaderas; muchos de los cuales reciben el apoyo, la colaboración y difusión explícitos de organizaciones animalistas (por ejemplo, PETA). Si bien los humanos acostumbramos a criticar supuestos casos de sexismo o racismo en la publicidad, no somos tan conscientes de cuándo nos venden especismo, una mentira para que el consumidor siga financiando un negocio aberrante.

En el caso de la explotación animal, esa mentira reconfortante se llama «bienestar animal». No existe tal cosa como la «ganadería ecológica», la «carne ecológica» o ni tampoco los productos con «garantía del bienestar animal» conllevan ningún tipo de respeto a los animales. El bienestar animal es un fraude para tranquilizar conciencias. En los enlaces que aparecen a lo largo del artículo podrá ahondar en argumentos y casos específicos.

El «bienestar animal», como ocurrió igualmente —aunque con menos tecnología— hace siglos con el «bienestar negro», se presenta con dulces palabras, una sonrisa ante las cámaras, caricias y elementos rimbombantes (danza, música clásica, masajes en el lomo, etc.) que se practican «en favor» del ganado o de otros animales.

La sociedad ha olvidado que, no hace mucho, bien entrado el siglo XIX, se vendía todavía la imagen tranquilizadora, mostrada en periódicos y folletines, de que los negros esclavos en plantaciones de azúcar vivían incluso mejor que la mayoría de los blancos. Eso comentaban nuestros antepasados tan alegremente.

Para entonces, las organizaciones humanitarias asumían el mismo rol depravado que las actuales organizaciones animalistas: colaboraban para perpetuar el statu quo de la industria por motivos económicos. A tenor de que los humanos no suelen aprender de la historia o tan siquiera llegan a conocerla, hoy demasiados consumidores de «carnes ecológicas» creen una vaca «vive bien» porque un supuesto ganadero la acaricia en un anuncio o porque aparece «libre» en un prado verde y lozano, entre innumerables ejemplos similares.

Es para echarse las manos a la cabeza y preguntarle a la sociedad: ¿te gustaría a ti ser un esclavo bien tratado? ¿Qué crees que pensaban los esclavos humanos cuando se vendía esta imagen de ellos mismos en los campos de algodón desde la época colonial?

Los animales con quienes compartimos el planeta están subyugados por nuestra especie y sólo se diferencian de los seres humanos de antaño en que a ellos también los explotamos como alimento. El hecho de que los animales son nuestros esclavos se evidencia en que los usamos como simples medios para nuestros fines, y en que los criamos y asesinamos (fabricar y destruir) como cualquier objeto creado por el ser humano. Entonces, partiendo desde la premisa palpable de que son criados, manipulados (marcados, castrados, descornados, etc.) y asesinados, ¿cómo cabe esperar que entre estas acciones haya un «buen trato»?

Es más, ¿cómo calza eso de un trato ético con que finalmente terminen en el matadero? ¿Forma parte dicho destino final de una «ética humanitaria»? ¿Cómo es posible que las autodenominadas organizaciones animalistas defiendan y promuevan tales aberraciones?

Un anuncio penoso de Leche Pascual con el tema de su campaña «You are so beautiful». No aparecerá, por supuesto, la realidad de su día a día y ni tampoco las organizaciones animalistas mencionarán los múltiples ingenios humanos para coaccionar a los animales. Incluso los medios de comunicación generalistas se están apuntando al carro del sensacionalismo animalista para lucrarse.

La esclavitud humana frente a la de otros animales

Comparar la esclavitud humana y la esclavitud animal no es un capricho de los activistas veganos. El veganismo y los Derechos Animales están basados en los mismos argumentos racionales que forjaron los Derechos Humanos, a saber, que tanto un humano como otro animal valora su vida, defiende su integridad y no quiere ser privado de libertad. En ambos casos se produce que grupos humanos con poder determinan que únicamente los miembros de su grupo tienen derechos.

Todos los humanos, por el simple hecho de contar con unas altas habilidades cognitivas, podemos aprovecharnos de los demás animales. Sin embargo, si no consideramos justo abusar de otros humanos más débiles (p. ej: niños) o con una deficiencia cognitiva, ¿por qué acaso va a estar bien aprovecharnos de de los animales?

La empatía, que motiva y alienta a multitud de animalistas, debiera llevarlos a profundizar en las razones de por qué cometemos tales actos contra otros sujetos por pertenecer a una especie diferente. Cabe basarnos en nuestra propia sintiencia (sensibilidad) para ponernos en su situación y así comprender por qué merecen respeto en lugar de sólo «bienestar». El «bienestar animal» es un paradigma engañoso que pretende mejorar la productividad e imagen pública de la explotación animal.

Las organizaciones animalistas intentan asumir el rol de «agencia moral» de los animalistas y entran en complicidad con la industria para tratar de suavizar y manipular la opinión pública para que el consumidor medio mantenga su conciencia tranquila mientras no hace nada o creer salvar animales siendo antitaurinos.

En consecuencia, nada puede cambiar si la sociedad continúa cerrando los ojos ante aquello que le disgusta o prefiere desconocer para calmar su conciencia ni mientras los animalistas, en su conjunto, no quieren informarse con el fin de respetar a todos los animales por igual y saber defenderlos con conocimiento de causa.

Mientras esto suceda, las argucias de las organizaciones animalistas seguirán acaparando socios y fieles fanáticos que creen haber descubierto a sus salvadores y la publicidad seguirá triunfando, dichos animales morirán entre cuatro paredes ensangrentadas y, para colmo, los consumidores continuarán valorando un «estándar» de bienestar animal que no aceptarían para sus propias personas ni en la peor de sus pesadillas.

Becerro recién nacido - Bienestar animal - Carne ecológicaTernero recién nacido y marcado en la oreja. La mayoría de los machos terminará en el matadero a los pocos meses sin haber probado una gota de la leche de su madre. En la industria del huevo, otro ejemplo típico, los pollitos macho son triturados el mismo día en que eclosionan. Para las organizaciones animalistas, estos hechos no existen o forman parte del «bienestar animal». Los consumidores tratan de tranquilizar sus conciencias pensando que alguno de esto es «natural».

Ignorancia voluntaria y fe en el bienestar de los esclavos

Como ya se ha explicado, el bienestar animal es un concepto subjetivo y vacío, un aforismo comercial, un reclamo para incautos, crédulos y gente que se necesita encontrar un sentido a sus acciones ególatras y su mentalidad especista cuando participa, trabaja o paga para que un animal sea criado, hacinado, manipulado y asesinado sin sentirse culpable por ello.

Por muy educado y asertivo que uno intente ser, basta con explicar esto mismo en público y siempre saltan vegetarianosu otros hipocritarianos— y veterinarios que se ponen prepotentes y violentos cuando, además, se critica a los zoológicos porque ellos trabajan o quieren especializarse en ellos. A todos ellos les sale su vena irracional y especista por un claro conflicto de intereses.

Resulta desolador que la sociedad general no quiere saber adónde va el dinero que paga y prefiere creer que existe esa entelequia llamada «bienestar animal». No quiere saber si el dinero va destinado a separar familias, a inseminar forzosamente a hembras, a vender crías recién nacidas, a comprar o fabricar herramientas de tortura o asesinato, o a encerrar, electrocutar o descuartizar individuos que querían seguir viviendo y un largo etcétera. No quiere saber que los humanos estamos exterminando a todos los animales sobre la Tierra.

Más lamentable, si cabe, es que muchos de los autodenominados «animalistas» rechazan el «maltrato animal» mientras comen carne (¡y dicen que las plantas sienten!) y participan en otras formas de explotación de animal. Pensar que se puede respetar a un animal cuyo destino final es el matadero equivale a creer que, hace apenas dos siglos, los negros eran tan felices siendo esclavos o que la esclavitud era ética si contaban con el suficiente «bienestar».

En el caso de los demás animales, la mayoría de la gente considera que a ellos les valen las simples caricias cuando su vida se basa en ser un producto de consumo cuya fecha de caducidad está marcada en una oreja desde el nacimiento. Las organizaciones animalistas, ni cortas ni perezosas, se limitan a reforzar este prejuicio para sacar tajada.

No existe una igualdad práctica entre humanos y otros animales porque no existe una asunción de igualdad moral, es decir, es imposible en la práctica que exista un trato igual de justo para un miembro ajeno a nuestra especie porque los humanos consideramos dogmáticamente que sólo los miembros de nuestra especie merecen consideración moral.

Este fenómeno, tan bien descrito por múltiples autores, es el especismo, un prejuicio moral que lleva a la sociedad a pensar que los demás animales sean seres inferiores y que, por ende, no merecen el mismo respeto que aplicamos a otros seres humanos. La analogía con el racismo es evidente.

No a la esclavitud animal. Es hora de evolucionar - ¡Derechos Animales ya!Mucha gente se indigna ante estas «comparaciones odiosas» cuando condenamos el concepto de «bienestar animal» y de «carne ecológica» pero ninguno de tales individuos es capaz de argumentar por qué, según ellos, la esclavitud animal sea excusable. Pensar que existe una ética para nosotros y otra diferente para ellos ha causado las mayores aberraciones de la humanidad. Y, por supuesto, las organizaciones animalistas jamás publicarían un cartel semejante. No sólo porque consideran igualmente que los animales son seres inferiores, sino porque hacer sentir culpable a la gente no da dinero.

Una revisión histórica sobre la esclavitud humana

Comencemos con la historia de la esclavitud humana: evidentemente, los esclavos no hubieran podido por sí mismos abolir su esclavitud si no hubiera habido otras personas que se solidarizaran con su causa. Es cierto que hubo revueltas violentas y acciones políticas; pero éstas no habrían tenido lugar ni efecto hasta nuestros días si un porcentaje de la población no afectada (blancos) no hubiera transformado, en algún un momento, su visión acerca de la moralidad de la esclavitud. Primero, hubo movimientos de divulgación en la sociedad, y esta información caló en un pequeño grupo de gente, el suficiente para, por ejemplo, organizadas jornadas y boicots para la liberación de esclavos, unas liberaciones clandestinas en que participaba gente de raza blanca.

Antes de estos hechos y mientras tanto, también había reformistas que abogaban por solamente mejorar las condiciones de los esclavos negros. Sin embargo, los reformistas no condenaban la injusticia de la explotación y, por ello, no concienciaban a nadie sobre por qué era injusto tener esclavos o aprovecharnos a su costa.

El cambio aconteció cuando se alcanzó un porcentaje poblacional tal que provocó las movilizaciones sociales que propiciaron la abolición de la esclavitud. Aunque hoy en día siga habiendo individuos racistas (y quizás siempre los haya), la sociedad general rechaza de pleno el racismo y la esclavitud, es decir, el prejuicio por el cual una raza se siente superior a otra y el fenómeno por el cual explotamos a otros sujetos por dicho prejuicio.

Lo mismo hacemos los activistas veganos en la actualidad: buscamos crear una masa social que cuestione nuestro prejuicio de supremacía humana (antropocentrismo), el cual genera la creencia de que los demás animales sean inferiores a nosotros (especismo), hasta alcanzar el fin de la esclavitud animal. Según se estima por estudios estadísticos, basta con que el 10 % de una sociedad asuma un principio ético para que éste se convierta en mayoritario.

Cabe señalar que la liberación directa de animales, aunque legítima como el caso de los esclavos negros, es un asunto más complejo y delicado que en el de los humanos porque tales animales, muchas veces, carecen de hábitat o no pueden valerse por sí solos. Por ello, el boicot a las granjas de explotación animal, entre otros, es algo que rechazamos generalmente los activistas educativos porque no sirve para generar esa masa social consciente que se necesita.

¡Derechos Animales ya! - Sello de bienestar animal avalado por ANDA - Las organizaciones animalistas crean sus sellos publicitariosLas grandes organizaciones animalistas son aliadas de la industria o sus «agentes de relaciones públicas» para alentar cambios en el consumo que las enriquezcan a ambos sin cambiar en absoluto la situación de los animales esclavizados. No dudan en crear sus propios sellos con que señalar que el animal de turno tuvo una muerte hipotéticamente menos dolorosa que la media de sus congéneres.

La historia del negocio animalista y su relación con el fraude del bienestar animal

Al igual que durante los largos siglos de la esclavitud negra, las organizaciones animalistas y las empresas de la actualidad afirman seguir unos «estrictos protocolos» de «bienestar animal» basados en «compasión» y «respeto» hacia los animales «para consumo humano», lo cual, cualquiera con estudios en zootecnia sabe que no son sino directrices y regulaciones pertinentes que permiten incrementar la producción animal y los ingresos de venta.

Tales beneficios se producen directa o indirectamente, por un incremento de la productividad, un incremento del valor del producto o de la demanda por parte de consumidores que están dispuestos a pagar más por una pegatina sobre un envoltorio de plástico que les diga que los tejidos descuartizados de ese animal («carne ecológica») están en una bandeja con film porque lo mataron a cosquillas o fue el propio animal el que voluntariamente decidió poner fin a su vida, se subió al camión y avanzó en la línea del matadero sin necesidad de que les dieran con una porra eléctrica en las grupas y nalgas para hacerlo avanzar…

Frecuentemente, las organizaciones animalistas de corte neobienestarista —ya que ninguna actualmente se atreve a asumir públicamente su bienestarismo— abogan por el «bienestar animal» y argumentan que las regulaciones son un medio para conseguir la abolición de la explotación animal.

Otros más escépticos y, por ende, bienestaristas implícitos, se resignan a que nunca llegará el día de la abolición de la explotación de animales no humanos, y por ello, justifican las regulaciones alegando que el «bienestar animal» ayuda a los animales y que es lo mejor y mayor que podemos conseguir por ellos. Ahora bien, ¿hay alguna evidencia histórica que nos señale que regular la explotación de individuos trae como consecuencia la abolición?

Las primeras leyes de bienestar animal datan de 1824 en Inglaterra. En aquella época, se constituyeron asociaciones de bienestar animal que recibían donativos de gente «compasiva» y «sensibilizada» que se dedicaban a detectar formas de «maltrato animal» y denunciarlo. Fueron bastante vehementes, por ejemplo, con la tracción animal y el maltrato a los caballos que entonces se explotaban cotidianamente en las calles de las grandes ciudades. Sin embargo, no condenaban el propio hecho de que se los montase o se los obligase a arrastrar cargas. Hasta hoy, la explotación ecuestre y de otros animales sigue siendo vigente.

¿Se requieren más pruebas para demostrar que los animales seguirán sufriendo injusticias mientras la sociedad participe en su explotación? Si no se promueve un cambio de conciencia, las regulaciones habidas o por haber no solucionarán nada para los animales.

¿Cuál ha sido desde 1824 la aportación más importante del bienestar animal?, ¿jaulas más grandes?, ¿sin jaulas?, ¿asesinatos «humanitarios» para obtener «carne ecológica»? Si dichas organizaciones animalistas hubieran promovido el abolicionismo, como en el caso de la esclavitud negra, ya habría en el mundo un porcentaje mucho mayor de veganos conscientes del problema de la cosificación de los animales no humanos, conscientes de su estatus de propiedad, ante la ley y ante la sociedad, y que estaríamos luchando codo con codo para educar a más y más personas humanas.

Así no ha sucedido porque las organizaciones animalistas obtienen mucho más dinero pactando con la industria y porque, si desaparecieran las injusticias que padecen los animales, se les acabaría el chiringuito. Sólo cuando los seres humanos queramos entender y reconocer el valor de la vida en los demás animales, entonces habrá algún tipo de justicia práctica. El desconocimiento, la fe y la credulidad no son buenas conductas que permitan el progreso social en ningún sentido.

Dado que la práctica depende primero de la ética y ésta depende a su vez de los razonamientos lógicos, no cabe tampoco ese desprecio generalizado entre muchos presuntos activistas hacia la teoría vegana o sus puntos más controvertidos por prejuicios especistas.

Tal desprecio les nace a raíz de que quieren ejercer acciones para salvar vidas sin asumir primero la necesidad de formarse. Los animales esclavizados están desprotegidos por partida doble: quedan a merced de la industria y de activistas que quieren acabar con la injusticia sin siquiera entender conceptos básicos ni conocer el origen de la explotación animal. Los animales no necesitan «héroes», sino a gente con las ideas claras.

Cabra montesa La «ganadería ecológica» es tanto igual de injusta para los animales como menos viable para el medio ambiente. Cabe recordar que la ganadería intensiva surgió para solventar una crisis de productividad a mediados del siglo XX. La carne ecológica no existe, como tampoco un «asesinato justo».

La mentira de la carne ecológica

La última gran maniobra de la industria, dirigida a quienes nos les importan los animales sino si su consumo puede suponer un gran impacto en el medio ambiente, es la propaganda de la mal llamada «carne ecológica». No existe tal cosa por dos razones.

En primer lugar, todo animal criado por el ser humano, incluso cuando el ganadero evita el uso de antibióticos, hormonas y otras sustancias comunes, todos están obligados por ley, o por un sentido de la rentabilidad, a alimentarlos con todo tipo de sustancias que llegan a ser perjudiciales para los consumidores y más, si sabe, cuando se infiltran en las tierras a partir de sus deposiciones. Y, en segundo lugar y más importante, conviene recordar que la FAO hizo hace poco un estudio titulado «La larga sombra del ganado» sobre el impacto de la ganadería y en éste expuso:

En total, a la producción ganadera se destina el 70 por ciento de la superficie agrícola y el 30 por ciento de la superficie terrestre del planeta.

La ganadería intensiva es la culpable directa de más de la mitad de los gases de efecto invernadero, eutrofización de aguas y ocupación de tierras fértiles. Y, para colmo, frente a la publicidad de la «carne ecológica», muestra que la ganadería extensiva y tradicional supone una ocupación todavía mayor de tierras que, dada la población humana, es absolutamente inviable.

Así pues, el fraude es nuevamente doble: ni la ganadería puede ser justa para los animales ni ésta puede ser ecológica, en tanto que siempre conlleva una impacto entre 10 y 100 veces mayor por hectárea que el consumo directo de plantas (organismos productores). Dejemos de alimentar esa antítesis, hermana del «bienestar animal», que han decidido llamar «carne ecológica» por ponerle algún nombre.

¡Derechos Animales ya! - El bienestar animal es como permitirles elegir a los esclavos el tipo de alambrada que los confinaComo trata de representar este cartel activista, el bienestar animal equivale a permitirles elegir a los esclavos el tipo de reja, alambrada o vallas que los mantengan confinados y cautivos.

El bienestar animal y la carne ecológica es la crónica de una muerte anunciada

La industria de la explotación animal tiene miedo. Ha de entenderse que nos endosan su publicidad especista y bienestarista porque palpan un gran temor ante el avance del veganismo y ven peligrar sus intereses egoístas. El veganismo es imparable, les guste o no. Algunas empresas ya está optando por adaptarte ante un cambio inevitable, pero las que no tienen pensado hacerlo darán todavía mucha guerra. Ya ha llegado a la calle y está penetrando también en el debate académico.

El miedo al cambio es una realidad a todos los niveles, ya esté el individuo sujeto a un conflicto de intereses más o menos acusado. Millones de humanos participan en la explotación animal por prejuicio, ignorancia o intereses personales. En ningún caso se justifica el uso de otro concepto erróneo y popular en nuestros días, empleado para condenar el consumo de carne o de quienes promueven la carne ecológica: el carnismo.

A pesar de nuestro pasado, la razón siempre termina imponiéndose y lo hará por nuestras obras. Decenas de miles de familias vivían de la trata de esclavos negros en el siglo XIX. También temían como los que más el cese de la esclavitud negra, pero, por fortuna, la ética está por encima de los intereses de quienes «viven del ganado». Únicamente les quedará cambiar su modelo de negocio a uno que no implique explotar animales o desaparecer.

El veganismo ha llegado para combatir una injusticia histórica. Y esto no lo decimos (argumentamos) «cuatro fanáticos», sino algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Hacerse vegano es dar un paso hacia la justicia universal. No tiene ningún misterio.

Declaración de Cambridge - ¡Derechos Animales ya!

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¿Qué es el especismo?

Derechos-Animales-ya-Viñeta-proteger-a-unos-y-asesinar-a-otros-especismoEsta ilustración tan gráfica representa el especismo: la discriminación moral entre animales según su especie. El especismo se origina por adoctrinamiento e inculcación social.

Definición de especismo

El término «especismo» (speciesism) apareció utilizado por primera vez en el año 1970 en un texto publicado por el psicólogo inglés Richard D. Ryder, titulado Experiments on Animals. En este artículo, el autor no define el concepto o sus implicaciones éticas; sino que se limita a disertar acerca de la experimentación animal y el sufrimiento asociado a dichas prácticas. Es coetáneo del filósofo utilitarista Peter Singer.

Desde 1986, está definido por el Diccionario de Oxford como «La asunción de superioridad humana que lleva a la explotación animal». Hasta la fecha, el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) no recoge dicho vocablo. Ya está también recogida en español. La RAE añadió finalmente el término en la vigesimotercera edición de su diccionario.

Como analogía a los vocablos «racismo» (miembros de una raza que se consideran mejores a los de las restantes) y «sexismo» (miembros de un sexo que se estiman superiores a los del otro), el término «especismo» hace alusión a aquellos individuos de la especie humana que priman sus intereses particulares en contra de los intereses de otras especies. En los tres casos se trata de un prejuicio moral basado en rasgos biológicos.

Se trata, por tanto, de una discriminación moral basada en la especie. La forma de especismo más común es el antropocentrismo, la creencia de que sólo los seres humanos tienen valor moral, o que los intereses de los no-humanos están supeditados a los de sus contrapartes humanos.

El especismo rechaza, por tanto, el valor inherente de las restantes especies animales y solamente se les otorga un simple valor instrumental. El especismo es principalmente cultural, si bien, existen estudios científicos que sugieren una predisposición a esta discriminación, tal como se ha investigado que ocurre con el racismo. Paradójicamente, muchos otros estudios científicos muestran un terrible sesgo especista cuando estudian, por ejemplo, la inteligencia o el comportamiento animal.

Captura texto «Nos sentimos especiales» del libro Valores éticos 1º ESO de la editorial Anaya - Adoctrinamiento especista sobre la superioridad humana respecto a los animalesA pesar de estar supuestamente escrito por profesionales, este texto de la enseñanza reglada de ética para 1º de la ESO alecciona el prejuicio antropocentrista apelando a rasgos biológicos sin argumentar en ningún momento por qué tales atributos pueden establecerse como criterio moral. Si cambiásemos las referencias hacia los animales no humanos por «humanos negros» tendríamos automáticamente un panfleto de adoctrinamiento racista.

¿Por qué discriminamos a los animales no humanos?

Resulta tremendablemente complicado establecer los orígenes biológicos y culturales que han propiciado el surgimiento de prejuicios morales. No obstante, algo está claro: los prejuicios se transmiten de generación en generación por inculcación (adoctrinamiento) de adultos a niños.

Todo infante de una edad cercana a los cinco o seis años aplica el principio protomoral de «no les hagas a otros aquello que no quisieras para ti» hacia todos los animales. Se hecho, a esa edad no resulta extraño que los propios padres eviten que sus hijos les hagan daño a otros animales por placer. Sin embargo, al mismo tiempo les inculcan la falsa creencia de que está bien matar animales para comer (aunque no lo necesitemos ni la necesidad sea una justificación moral).

De esta forma, acontece una inculcación social por el cual los adultos les transmiten a los más pequeños que nosotros somos superiores a los demás animales, pues podemos disponer de sus vidas a nuestro antojo (mientras tengamos una excusa lo suficientemente aceptada en sociedad) y que ellos están en la Tierra para servirnos de múltiples formas. De este modo, una vez superamos la infancia y llegamos a la edad adulta, asumimos nuestro aparente estatus de supremacía.

Cita de Richard Dawkins sobre el especismo - Adoctrinamiento sobre los animalesCada vez más pensadores consolidados en el entorno científico y nuevas figuras están denunciando el especismo y todas las injusticias que conlleva la esclavitud animal y las atrocidades que cometemos contra los animales.

El especismo se origina por adoctrinamiento

En línea con el documental señalado, un sistema esclavista no logra mantenerse a lo largo de los siglos sin la ayuda de un constructo ideológico que ofrezca justificaciones basadas en sesgos cognitivos. De tal forma, se evita que un statu quo se vea cuestionado y las víctimas reciban nuestra empatía.

Las diferentes capas sociales se retroalimentan entre sí y aparece un bucle de difícil salida. Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo hallamos en las instituciones, ya fueren estatales o independientes. Existen miles de ejemplos diarios.

Para ilustrarlo, basta citar al activista Luis Tovar con sus críticas a las actitudes adoptadas por la Asociación Española de Pediatría en su entrada «Adoctrinar en el especismo (II)»:

Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo encontramos de la mano de la Asociación Española de Pediatría, quien aconseja a los padres que no cuenten la verdad a sus hijos sobre la procedencia de los productos de origen animal para que así no los rechacen. Se afirma que con los vegetales «no hay ningún problema» pero que con los animales hay que esperar un tiempo «hasta que el niño comprenda cómo funciona la naturaleza [sic]».

Esto es, hasta que la cultura especista haya anulado su empatía y su sentido moral y asimile como normal la idea de que los demás animales existen para que nosotros los explotemos. No es el funcionamiento de la naturaleza la que nos obliga o condiciona a explotar a los demás animales; es la ideología.

Tratamos a los animales como simples, objetos, recursos y mercancías. Todos los animales del mundo son esclavos. No existe ningún romanticismo en la esclavitud.

El antropocentrismo es omnipresente

El antropocentrismo no es algo «natural»; sino una doctrina ideológica que se difunde por adoctrinamiento y cuyo objetivo se basa en cosificar a los otros animales para facilitar su explotación. La naturaleza no nos obliga a explotar a los animales como tampoco nos fuerza a explotar a otros seres humanos.

El adoctrinamiento especista llega a todos los niveles de la sociedad y discriminamos a los animales simplemente porque nos lo han enseñado desde pequeños. Y, una vez de adultos, ese adoctrinamiento continúa por inercia, conformismo y otras estrategias publicitarias que blanquean la explotación animal.

Este prejuicio moral favorece la generación y empleo de palabras como «maltrato» o «abuso» (entre otros eufemismos), las cuales se refieren a cómo se realizan ciertas acciones sobre animales no humanos en lugar de condenar dichos actos en sí mismos. Tales términos son subjetivos, erróneos e irrelevantes; pues la ética juzga las acciones en sí mismas, no cómo éstas se lleven a cabo. El modo, en su caso, constituye un agravante; no un criterio.

A pesar de ello, las organizaciones animalistas los difunden continuamente por intereses particulares. Toda forma de explotación animal es inmoral porque quien la propugna para otros no quisiera padecerla en sus propias carnes. No es justo atentar contra la vida, libertad e integridad de los animales. Traicionamos a los animales cuando aplicamos esta doble vara de medir.

No podemos ser justos con los animales si consideramos que sus derechos no merecen ser tenidos en cuenta. El movimiento animalista que defiende los Derechos Animales es el veganismo. Pues sólo el veganismo contempla a los demás animales como individuos que merecen tanto respeto como los humanos. Si de verdad reconocemos estos hechos y queremos cambiar esta injusticia, debemos actuar en consecuencia. El pensador Gary L. Francione presenta los seis principios básicos del abolicionismo para defender los Derechos Animales.

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