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La domesticación, la selección artificial y sus efectos

¡Derechos Animales ya! - Buceador junto a una mantarraya - Especismo en la cienciaLa ciencia actual está muy condicionada por el especismo. A través de la domesticación y de la selección artificial hemos esclavizado a los animales. Los pocos animales salvajes que todavía quedan se libran, de refilón, de la endogamia impuesta por el ser humano sobre los animales domesticados.

El especismo científico

Un biólogo investigador, experto en el campo de la domesticación animal, trató de humillarme en Twitter —sin expresar ningún argumento, dejándome a merced de sus seguidores (o palmeros)— ante mi afirmación de que la domesticación podría definirse como «el proceso de endogamia forzada por el cual el ser humano ha seleccionado y manipulado a los demás animales para disponerlos como recursos para sus fines. Es la consecuencia de un fenómeno de cosificación».

Quizás recurrió a la ridiculización y al insulto fácil porque no sabía que yo también era biólogo. Este señor, como doctorado, posee un nivel de conocimientos y de especialización mayor en su área. Sin embargo, eso no lo vuelve inmune de incurrir en el efecto Dunning-Kruger, es decir, sus altos conocimientos no le impiden caer en la creencia irracional de que siempre llevará razón en su campo de estudio o de que tenga suficiente conocimientos para refutar o contraargumentar en otros campos —como en filosofía, antropología, historia o Derechos Animales—.

Los prejuicios morales, junto con los conflictos de intereses personales y colectivos, constituyen uno de los pilares del antropocentrismo. Y una interpretación sesgada de la naturaleza nos lleva a tratar de excusar la explotación animal apelando a la falacia naturalista. La ciencia es objetiva en sí misma. Sin embargo, al estar construida por seres humanos, no queda libre de prejuicios especistas camuflados de objetividad.

Sin más preámbulos, en este artículo quisiera definir y reflexionar acerca de la domesticación desde un punto de vista biológico y filosófico, y ofrecer mis propios juicios sobre la selección artificial y, en sentido amplio, la manipulación humana de animales como fruto del antropocentrismo.

Los animales domesticados son los actuales descendientes de animales salvajes que fueron separados, confinados, manipulados y asesinados por el ser humano. Lejos de conformarnos con esclavizarlos a nivel de «individuo», los hemos esclavizado como «colectivo» o «raza» al condicionar sus caracteres por selección artificial para volverlos dóciles e, hipotéticamente, también menos inteligentes.

¿Qué es la domesticación?

Desde un punto de vista biológico, la domesticación es un proceso artificial —ejercido o condicionado por el ser humano, elemento antrópico— consistente en la selección de animales con unos rasgos biológicos determinados —o, en la actualidad, su inclusión genética— que ingenió nuestra especie desde los albores de la civilización para mejorar e incrementar los beneficios obtenidos por medio de la explotación animal. Desde antaño, tales ganancias se traducen en recursos y dinerobienes materiales y bienes abstractos—. Por ejemplo, seleccionar a aquellas vacas con las ubres más voluminosas y que segregaran más leche aumentaba la producción de dicha sustancia y, a mismo tiempo, el rendimiento económico del ganadero.

El mismo caso aconteció con infinidad de especies animales: cerdos más gordos al nacer y que engordasen más rápido, caballos más pesados o rápidos según a cuál fin se los vinculase, o toros que, supuestamente, fuesen más agresivos de lo esperado para un animal herbívoro con el fin de que los humanos —«la raza superior»— pudiera divertirse mediante la tauromaquia u otros festejos que son una recreación festiva de la dominación humana. Hoy, por fortuna o desgracia de los avances científicos en genética, la selección artificial llega al nivel de que se insertan genes alóctonos y perjudiciales para sus vidas con tal de incrementar la productividad.

La domesticación, por definición, implica la selección de caracteres beneficiosos para el ser humano, no para el animal de turno. La aparición de un fenotipo beneficioso para el ser humano requiere conseguir que los ejemplares sean de «raza pura», es decir, que sean homocigóticos para el carácter deseado. Un animal homocigótico o de «raza pura» para uno o más caracteres es aquél que presenta todos sus alelos —variantes posibles de un gen— iguales para uno o varios caracteres.

Explicado de una manera simple, la domesticación requiere buscar animales que muestren unos caracteres deseados y que, al mismo tiempo, estos caracteres sean la única manifestación génica posible de los parentales para evitar que la aleatoriedad de los cruzamientos —originada por recombinación génica— genere híbridos —animales con más de un alelo diferente para un mismo carácter— sin los caracteres deseados.

Es tal el grado de cosificación, que por boca de ecólogos, he llegado a oír que los animales esclavizados como «ganado» —el propio término despierta connotaciones negativas— constituyen «microhábitats» de la biodiversidad para moscas, tábanos, bacterias y endoparásitos. Yo, en esta fotografía, sólo veo la parte del cuerpo de un animal. Las funciones que pueda desempeñar un animal por su existencia en la naturaleza no deben reducir al animal a ser un mero elemento del paisaje.

Relación entre domesticación y endogamia

Cruzando animales que sean razas puras para los caracteres deseados, el ser humano se asegura de que su descendencia, en teoría —a menos que lo impidan la expresión de otros genes—, manifieste fenotípicamente dichos caracteres deseados. Debido a que la presencia de caracteres homocigóticos aumenta dentro de una población animal seleccionada por el ser humano —como consecuencia de la domesticación— la domesticación conlleva, inherentemente, un incremento de la endogamia —del parecido genético— entre los animales seleccionados y reproducidos con el fin de mantener dichos caracteres.

El concepto de «endogamia», con ligeras variaciones según de la fuente tomada, aparece definida usualmente como «la acción y el efecto del cruzamiento o la reproducción entre individuos con un parentesco genético». En veterinaria abundan los artículos académicos sobre animales esclavizados como ganado en los que analizan sus tasas de endogamia. Por ejemplo, enlazo esta tesis doctoral sobre la tasa de endogamia en la ganadería vacuna mexicana para la raza «beefmaster», nótese que los humanos somos jocosos incluso a la hora de nombrar a nuestros esclavos. Que la domesticación conduce a la endogamia no es un misterio de la ciencia. Por este hecho, los veterinarios cómplices de la industria ganadera deben analizar de cuando en cuando la tasa de endogamia de su ganado esclavizado.

Verdades y mitos sobre la domesticación

La endogamia en animales —como en humanos— genera enfermedades por taras genéticas y los vuelve más susceptibles a otras. La selección artificial ha creado y crea animales deformes y enfermos. Esta razón, unida al hacinamiento o incluso a la introducción intencional de genes dañinos para su salud, hace que los animales esclavizados requieran una gran cantidad de medicamentos.

Por otra parte, existen muchos mitos sociales sobre los efectos de la domesticación. En algunas ocasiones, incluso aparecen divulgados sin pudor en libros académicos de filosofía, derecho o incluso de veterinaria. Se alega a menudo que las especies domesticadas por el ser humano carecen de la capacidad o fortaleza de sobrevivir en la naturaleza aun cuando existen especies asilvestradas de prácticamente de todas las especies domesticadas; las cuales reciben la etiqueta de «plaga» y acaban siendo asesinadas cuando molestan a las poblaciones humanas adyacentes.

A menudo se cree que la docilidad hacia el ser humano implica indefensión frente al medio natural. Que un animal se muestre dócil no significa que, en en condiciones naturales, no sepa sobrevivir o adopte estructuras sociales complejas aunque nunca las haya conocido. Los animales no somos una tabla rasa ni la domesticación es capaz de sobrescribir millones de años de evolución.

En estos casos se observa una dualidad entre ignorancia y racionalización. La sociedad general asume que no pueden vivir sin nosotros con la intención interiorizada de justificar el dominio que ejercemos sobre ellos o, al menos, su tenencia en nuestros hogares porque así nos beneficiamos. Por fortuna, la selección artificial es reversible si obra de nuevo la selección natural, bastan unas pocas generaciones de selección natural para que reviertan la mayor parte de las taras génicas debidas a la endogamia. Esto rompe el mito social —también común entre veganos— de que los animales domesticados siempre serán dependientes de los humanos para sobrevivir.

¡Derechos animales ya! - Vacas esclavizadas como ganado detrás de una verja de espinoHasta la fecha están relativamente bien estudiados aquellos rasgos más característicos en las especies domesticadas y en sus respectivas razas como fruto de la selección artificial. Un ejemplo llamativo de carácter obtenido como consecuencia de la domesticación —y propagado mediante endogamia— reside en la mancha blanca que exhiben los bovinos e incluso en équidos. Se estima que ciertos genes cuya expresión modulan la agresividad también intervienen en la secreción de melanina, al menos, en estas especies. En consecuencia, la selección de aquellos ejemplares —individuos— más dóciles ha causado que éstos también exhiban una mancha blanca sobre sus frentes.

Mi argumentación para definir la domesticación

Mi definición de la domesticación —expuesta al comienzo de este artículo— es una simple inferencia secuencial de proposiciones: Si la domesticación (A) aumenta la presencia de caracteres homocigóticos (B) porque se basa en la selección de parentales con caracteres homocigóticos, y la presencia de caracteres homocigóticos (B) incrementa la tasa de endogamia (C) porque se requiere mantener cruzamientos entre animales con caracteres homocigócitos —con parentesco génico— para la continuidad del fenotipo deseado, ergo, la domesticación (A) conlleva un aumento de la tasa de endogamia (C) dentro la población dada.

Si la domesticación, por ende, es un proceso que conduce inevitablemente a la endogamia, y la endogamia no se produce voluntariamente en los animales esclavizados —porque ellos, los parentales, no eligen la pareja por selección natural—, es legítimo entonces añadir el adjetivo o epíteto «endogamia forzada» para indicar así que la domesticación es un proceso de endogamia forzada.

De hecho, me atrevo a afirmar sin reparos que la domesticación es un proceso triplemente forzado:

  1. Forzado porque nosotros —los humanos— imponemos nuestra voluntad e intereses sobre la voluntad e intereses de los animales domesticados.
  2. Forzado porque la reproducción artificial —base de la domesticación—, conlleva el uso inherente de la violencia para sujetar, atar, controlar, inmovilizar, separar o dirigir a los animales sementales y a las hembras destinadas a la procreación, ya sea para una cópula natural o una recogida de semen y posterior inseminación artificial.
  3. Forzado porque los animales parentales no eligen a sus parejas ni ningún otro elemento que altera y modula el desarrollo de sus vidas y de la de su descendencia.

En conclusión, por mucho que este biólogo sea experto en el campo de la domesticación, ha optado por intentar una refutación sin argumentos porque posiblemente no tiene argumentos con que refutar esta argumentación sobre que la domesticación causa endogamia. Quizás le haya sorprendido mi uso intencional de los términos en rechazo al especismo y la vehemencia con que me expreso —eso me comentaron cuando presenté mi TFM—, pero este rasgo —originado en mi caso por una selección natural sin muchos de los filtros naturales— no constituye una incorrección científica.

Lo más grave del comportamiento de muchos «expertos» reside en que su arrogancia convierte su talento potencial en manifestaciones de irracionalidad. En ausencia de contar con los argumentos de este biólogo, considero que lo expuesto hasta el momento en este artículo es coherente y científicamente correcto.

Como ocurre en las plantaciones agrícolas, los animales domesticados deben soportar el hacinamiento por una simple razón de máximo aprovechamiento del espacio. A los humanos nos nos importan sus intereses inalienables y que, a diferencia de las plantas, necesiten moverse. Cuando muchos animalistas dicen luchar para mejorar las condiciones de su crianza y explotación, lo que buscan es calmar su propio sufrimiento causado al ver a tales víctimas como un alter ego. Poco importa si se les deja más espacio —algo que ocurre si el ganadero logra por ello una revalorización del producto—, el asunto fundamental radica en que son nuestros esclavos y no debieran serlo.

¿Una visión filosófica sobre la dominación humana?

Hasta ahora, este artículo ha intentado ahondar en el concepto de domesticación desde un punto de vista biológico. Sin embargo, la propia ciencia se asienta sobre la filosofía para establecer la lógica de sus axiomas. ¿Por qué no verter asimismo algunas reflexiones filosóficas sobre el fenómeno de la domesticación?

Podría comenzar argumentando que la palabra «domesticación» es, en sí, un eufemismo para referirnos a la simple y llana esclavitud, es decir, al estado y proceso por el cual un sujeto queda subyugado a la voluntad de otro. Los animales domesticados son esclavos del ser humano en el sentido estricto del término. Y el concepto de «endogamia forzada» no significaría otra cosa que la selección artificial —control reproductivo— sobre una población sometida a la domesticación.

Cualquier lector podría señalar que la domesticación no es un proceso que ocurra exclusivamente en animales. Y es cierto. No obstante, sólo podemos juzgar —y condenar— moralmente la domesticación ejercida sobre los animales porque únicamente los seres vivos que conformamos dicho clado podemos ser personas a raíz de la posesión de células nerviosas.

Aquellos seres que poseemos células nerviosas llegamos a desarrollar interesesnecesidades conscientes— y conciencia. Las bacterias o las plantas —tan recurrentes cuando hacemos activismo— no poseen intereses ni conciencia. Por tanto, la domesticación es un fenómeno injusto y aberrante: injusto porque quebranta la justicia al hacerles a otros aquello que no quisiéramos para nosotros y aberrante porque el ingenio humano aplicado a ésta conduce a causarles todo tipo de miserias, desgracias, sufrimiento y muerte.

Hipótesis propias sobre la domesticación, la selección artificial y sus efectos

Desde que apenas iniciaba mi formación en el veganismo y los Derechos Animales, se me ocurrieron algunas hipótesis que relacionaban mis estudios en biología con los grandes interrogantes e inquietudes que despierta el conocer que toda nuestra vida nos han mentido al decirnos que está bien explotar a los animales o que necesitamos hacerlo por nuestra salud. A continuación se presentan algunas ellas en lo tocante a la domesticación, la endogamia y sus efectos o consecuencias:

¡Derechos Animales ya! - Oveja con mirada curiosa e interesanteNo nos gusta considerarnos iguales a aquellos que hemos esclavizados y esclavizamos a los animales en un pasado por no considerarlos iguales a nosotros en un sentido moral.

Relación entre domesticación y esclavitud humana

Conforme leía sobre Derechos Animales y el abolicionismo de la esclavitud negra en obras excelentes como «La cabaña del tío Tom» —ahora desdeñada en las universidades de ‘humanidades’ y por los movimientos identitarios de izquierda porque la escribió una autora blanca—, desarrollé la hipótesis de que la domesticación fue uno de los detonantes o auspiciadores de otras prácticas amparadas en prejuicios análogos y formas de discriminaciones morales entre humanos. Aunque en un principio creí que era el único, otros autores ya habían postulado hipótesis y varias pruebas contundentes en sociología y antropología que relacionan el prejuicio moral del especismo con otros prejuicios morales que desembocan en el racismo o en el sexismo.

En referencia al feminismo, la autora Anna Charlton señalaba en su libro «Las mujeres y los animales»:

Se ha mantenido que la subyugación y la domesticación de los animales proporcionó el prototipo para la subyugación de grupos de humanos, ya sea mediante la esclavitud, el sexismo o el prejuicio basado en la raza, la pertenencia a un grupo étnico o la orientación sexual. En la esfera de la discriminación en contra de las mujeres, el reconocimiento de la reciprocidad de la identificación entre las mujeres y los animales ha sido clara.

Y, en referencia al racismo, según explica el autor Charles Patterson, en su recomendadísima obra «Eternal Treblinka» —tendría que citar toda la obra—, el holocausto nazi consistió esencialmente en aplicar a otros humanos aquellos métodos de matanza industrial que empezaban a utilizarse para asesinar masivamente a animales no humanos, a raíz de las crecientes demandas poblacionales que se dispararon en Occidente desde comienzos del siglo XX.

En Eternal Treblinka se argumenta que el supremacismo humano se impuso como ideología dominante desde que los humanos bajamos de los árboles y que, acorde establecíamos una racionalización de la supremacía humana para justificar la explotación animal que ya cometíamos —como previos animales menos racionales—, este argumento endogrupal nos permitió excusar y tranquilizar nuestras propias conciencias al esclavizar también a otros humanos apelando a que sus rasgos se parecían más al de los animales que al nuestro grupo.

A lo largo de sus páginas, Eternal Treblinka lanza un intenso repaso sobre algunos momentos decisivos que han moldeado la civilización humana hasta llegar a la domesticación de los animales y otras formas de violencias institucionalizadas que resultan de la racionalización de discriminaciones morales. Entre el holocausto nazi y el holocausto animal sólo existe una diferencia de especie, una diferencia de especie que convierte a muchos defensores de los Derechos Humanos en negacionistas de un holocausto mayor en cifras y más presente.

A partir de estos autores y de compañeros tan bien formados y eruditos, como Luis Tovar o Igor Sanz, me he sentido a hombros de gigantes. Gracias a ellos y junto con una formación complementaria en literatura, he ido desarrollando una serie de hipótesis entre los prejuicios morales y el fenómeno de la alteridad, la estética en el arte, el concepto de lo sublime y las características del monstruo literario como reflejo de la división categórica entre el «yo», el «grupo» y el «no-grupo» en el contexto de los condicionantes biológicos y culturales de la explotación animal. Puede leer sobre este tema en mi artículo: «La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana».

¡Derechos Animales ya! - Cerdos y gallinas junto a los establos de una granja - DomesticaciónQuizás, si los humanos tuviésemos una esperanza de vida más baja que la de la mayoría de los animales, la domesticación se habría visto limitada por nuestra propia percepción del espacio-tiempo. Poco importa lo bien que podamos tratarlos, su condición y final son siempre los mismos.

Relación entre la esperanza de vida de explotador y explotado

Otro lector podría argumentar que la esclavitud humana no ha conllevado una selección artificial de los individuos esclavizados; pero opino que esto no ha ocurrido por varias razones ajenas al propio fenómeno de la esclavitud. Un punto importante para estudiar la domesticación biológica radica en que los humanos contamos con una larga esperanza de vida en comparación con otros animales.

Por ello, cabe tener en cuenta que el ser humano puede influir y sobrevivir a varias —o incluso decenas de— generaciones de ratas, conejos, perros, caballos y de otros animales; pero no contamos con esta percepción de «omnipresencia temporal» respecto a las vidas de otros humanos. Así pues, por ejemplo, haber seleccionado a los negros más fuertes durante la época colonial habría sido una tarea ardua y sin resultados visibles. Por fortuna, ningún imperio esclavista ha durado lo suficiente como para que una hipotética domesticación humana hubiera llegado a acontecer.

La relación entre la esperanza de vida entre explotador y explotado nos lleva a pensar que si, por el contrario, los humanos tuviéramos una esperanza de vida menor al de otros animales, nuestra limitación espacio-temporal hubiera mermado o anulado el propio surgimiento de la domesticación. Basta con señalar que no existe ningún animal domesticado cuya esperanza de vida sea mayor que la de un ser humano. Si bien, no debemos desdeñar que la esperanza de vida de los animales domesticados quizás haya sufrido una merma considerable respecto a sus contrapartes salvajes como fruto directo o indirecto de la selección artificial.

¡Derechos Animales ya! - Cráneo de búfalo¿Hubiéramos reproducido o dejado reproducirse a algún animal que, por alguna mutación, fuese más inteligente que el resto? La inteligencia otorga poder. Los humanos somos más poderosos que los animales raíz de nuestra cognición. Nunca permitiríamos que ningún otro animal nos igualase y lo impediríamos mediante selección artificial si así ocurriere. Ésta es una de las razones por las cuales el ser humano, por antropocentrismo, se negaría a reconocerles derechos a las inteligencias artificiales.

Relación entre domesticación e inteligencia

Un aspecto que me inquieta, y quizás sea muy difícil de llegar a demostrar científicamente, es si la domesticación ha causado un decremento en la inteligencia de los animales domesticados. Como he argumentado antes, la domesticación consiste en la selección artificial de caracteres en beneficio humano.

Cuando los rasgos se seleccionan mediante selección natural, la inteligencia, como cualquier otro fenotipo, depende de una serie de genes con sus diferentes «jerarquías» y «expresiones epigenéticas» —cambio en la expresión génica modulada por el medio ambiente—. Si se producen algunas mutaciones que afectan a la expresión global de la inteligencia, —ya sea porque alteran la estructura del encéfalo o posibilitan otras modificaciones anatómicas, morfológicas o fisiológicas que causan una «reconfiguración cerebral— y, a su vez, estas mutaciones llegan a fijarse en la población —al situar el éxito reproductor por encima de la media en la población considerada—, una población animal podría ver aumentada su inteligencia a lo largo del tiempo. Para afirmar esto, apenas me he limitado a indicar cómo ha podido desarrollarse algo que ya sabemos que nos ha sucedido a nosotros.

En cambio, en los animales sujetos a la selección artificial, el fenotipo está modulado por los intereses humanos y nuestra especie genera una «presión selectiva» —un filtro, hablando coloquialmente— contraria a aquellos fenotipos que se enfrentan a los intereses humanos. Si consideramos que una mayor inteligencia se expresa en forma de un animal con mayores capacidades para evadir al ser humano y resistirse ante su manipulación y violencia, entonces podríamos aducir que la inteligencia animal se convierte un rasgo seleccionado negativamente bajo selección artificial.

Los propios centros que se dedican a la crianza de animales para la investigación en laboratorios saben que resulta más fácil «operar» con ejemplares más «dóciles». Ocurre que quizás no se han planteado o no quieren plantearse que algunas de aquellas formas de lo que ellos llaman «agresividad» —una simple defensa propia ante la privación de libertad y un atentado sistemático contra su integridad física y mental—, esté tal vez, en algunos casos, motivada por una mayor cognición en lugar de ser el mero resultado de unas respuestas instintivas.

Si deducimos a partir de estas hipótesis, podemos concluir que, desde los albores de la domesticación, aquellos animales con fenotipos más inteligentes irían apareciendo en menor grado hasta quedar relegados, muy posiblemente, a tener alelos recesivos. El antropocentrismo, pues, no causa únicamente el exterminio de cualquier animal salvaje, sino que atenta directamente contra cualquier rasgo que beneficie a los esclavos frente a su dominador y ello se traduce en que los humanos operamos contra una posible evolución positiva de la inteligencia animal por parte de la selección natural.

¡Derechos animales ya! - Vacas esclavizadas como ganado detrás de una verja de espinoLos animales domesticados son esclavos: carecen de libertad y no respetamos su integridad ni sus vidas. Al igual que los esclavos humanos en la historia, están recluidos, encerrados y marcados —etiquetados con un código de barras— como un producto fabricado en serie. A pesar de los males que les causamos con la domesticación, cada uno de ellos sigue siendo un individuo único que muestra personalidad y deseos de libertad.

Conclusiones

La domesticación, mediante la selección artificial, ha reducido a los animales no sólo a la condición de esclavos; sino que los ha convertido en esclavos dóciles y con taras genéticas que pueden llevarlos a sufrir una vida miserable antes de ser asesinados en nombre del consumo o de la ciencia.

Los avances en la veterinaria, la etología y otras ciencias aplicadas demuestran que los animales son algo más de que lo perciben nuestros ojos por culpa del especismo. Hoy, la ciencia va despojándose tímidamente de prejuicios hacia los demás animales de la misma manera en que hace apenas unas décadas tuvo que despojarse masivamente de los prejuicios racistas y sexistas. Aunque me ilusionaría poder aportar como investigador a las ciencias biológicas, si me dedicara al campo de la zoología o de la etología encontraría obstáculos serios a causa de la incompresión y los prejuicios. De hecho, si apenas he escrito artículos sobre investigación científica es porque me siento como un aspirante a intelectual renegado de una ciencia gravemente influenciada por el especismo.

El mensaje vegano y a favor de los Derechos Animales está logrando penetrar en las distintas capas sociales. Pero, entretanto, los intereses particulares y colectivos referidos a la explotación animal luchan a diario por contrarrestar un progreso social inevitable mediante falacias, tergiversaciones, manipulación de la opinión pública y el lucro a través de socios, donaciones y promesas en lo tocante al «bienestar animal» para que el consumidor siga consumiendo con la conciencia tranquila. O bien, proponiendo medidas aberrantes que se basan en la propia cosificación de las víctimas, entre ellas, las castraciones sistemáticas e incluso el sacrificio —asesinato— de animales sanos.

En cada uno de nosotros queda tratar de comportarnos con justicia y ser lo más justos posible con los demás animales con quienes compartimos este planeta. El veganismo es la base de los Derechos Animales y poco a poco puede ir calando en la sociedadsin violencia ni excesos— si transmitimos bien información y argumentos como los aquí contenidos.

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¿Qué es el bienestar animal?

En ciencias aplicadas, el bienestar animal se refiere al estudio empírico del bienestar objetivo (corporal) y subjetivo (mental) de los animales no-humanos esclavizados para intentar asegurar que sus condiciones materiales permiten el buen desarrollo de la explotación y la calidad del producto que se pretende conseguir. Es un área de estudio que se practica dentro de la veterinaria o la zootecnia.

En muchos lugares lo llaman, sin pudor, una «nueva ciencia». Eso es falso. En primer lugar, porque no tiene nada de nuevo aplicar la ciencia a la productividad de una industria; ya hablemos de objetos o seres cosificados. En segundo lugar, porque el fin de la veterinaria, desde su origen en la Antigüedad, siempre ha sido velar por el bienestar animal para permitir o garantizar la explotación de los animales. Y, en tercer lugar, una ciencia pudiera definirse como un campo de estudio realizado mediante una metodología y unas técnicas que buscan recabar y estudiar datos objetivos.

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La mentira del bienestar animal

A diario nos encontramos con anuncios publicitarios que tratan de mostrarnos un supuesto bienestar animal en las granjas, ganaderías y otras explotaciones ganaderas; muchos de los cuales reciben el apoyo, la colaboración y difusión explícitos de organizaciones animalistas (por ejemplo, PETA). Si bien los humanos acostumbramos a criticar supuestos casos de sexismo o racismo en la publicidad, no somos tan conscientes de cuándo nos venden especismo, una mentira para que el consumidor siga financiando un negocio aberrante.

En el caso de la explotación animal, esa mentira reconfortante se llama «bienestar animal». No existe tal cosa como la «ganadería ecológica», la «carne ecológica» o ni tampoco los productos con «garantía del bienestar animal» conllevan ningún tipo de respeto a los animales. El bienestar animal es un fraude para tranquilizar conciencias. En los enlaces que aparecen a lo largo del artículo podrá ahondar en argumentos y casos específicos.

El «bienestar animal», como ocurrió igualmente —aunque con menos tecnología— hace siglos con el «bienestar negro», se presenta con dulces palabras, una sonrisa ante las cámaras, caricias y elementos rimbombantes (danza, música clásica, masajes en el lomo, etc.) que se practican «en favor» del ganado o de otros animales.

La sociedad ha olvidado que, no hace mucho, bien entrado el siglo XIX, se vendía todavía la imagen tranquilizadora, mostrada en periódicos y folletines, de que los negros esclavos en plantaciones de azúcar vivían incluso mejor que la mayoría de los blancos. Eso comentaban nuestros antepasados tan alegremente.

Para entonces, las organizaciones humanitarias asumían el mismo rol depravado que las actuales organizaciones animalistas: colaboraban para perpetuar el statu quo de la industria por motivos económicos. A tenor de que los humanos no suelen aprender de la historia o tan siquiera llegan a conocerla, hoy demasiados consumidores de «carnes ecológicas» creen una vaca «vive bien» porque un supuesto ganadero la acaricia en un anuncio o porque aparece «libre» en un prado verde y lozano, entre innumerables ejemplos similares.

Es para echarse las manos a la cabeza y preguntarle a la sociedad: ¿te gustaría a ti ser un esclavo bien tratado? ¿Qué crees que pensaban los esclavos humanos cuando se vendía esta imagen de ellos mismos en los campos de algodón desde la época colonial?

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Las organizaciones animalistas intentan asumir el rol de «agencia moral» de los animalistas y entran en complicidad con la industria para tratar de suavizar y manipular la opinión pública para que el consumidor medio mantenga su conciencia tranquila mientras no hace nada o creer salvar animales siendo antitaurinos.

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Mientras esto suceda, las argucias de las organizaciones animalistas seguirán acaparando socios y fieles fanáticos que creen haber descubierto a sus salvadores y la publicidad seguirá triunfando, dichos animales morirán entre cuatro paredes ensangrentadas y, para colmo, los consumidores continuarán valorando un «estándar» de bienestar animal que no aceptarían para sus propias personas ni en la peor de sus pesadillas.

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Como ya se ha explicado, el bienestar animal es un concepto subjetivo y vacío, un aforismo comercial, un reclamo para incautos, crédulos y gente que se necesita encontrar un sentido a sus acciones ególatras y su mentalidad especista cuando participa, trabaja o paga para que un animal sea criado, hacinado, manipulado y asesinado sin sentirse culpable por ello.

Por muy educado y asertivo que uno intente ser, basta con explicar esto mismo en público y siempre saltan vegetarianosu otros hipocritarianos— y veterinarios que se ponen prepotentes y violentos cuando, además, se critica a los zoológicos porque ellos trabajan o quieren especializarse en ellos. A todos ellos les sale su vena irracional y especista por un claro conflicto de intereses.

Resulta desolador que la sociedad general no quiere saber adónde va el dinero que paga y prefiere creer que existe esa entelequia llamada «bienestar animal». No quiere saber si el dinero va destinado a separar familias, a inseminar forzosamente a hembras, a vender crías recién nacidas, a comprar o fabricar herramientas de tortura o asesinato, o a encerrar, electrocutar o descuartizar individuos que querían seguir viviendo y un largo etcétera. No quiere saber que los humanos estamos exterminando a todos los animales sobre la Tierra.

Más lamentable, si cabe, es que muchos de los autodenominados «animalistas» rechazan el «maltrato animal» mientras comen carne (¡y dicen que las plantas sienten!) y participan en otras formas de explotación de animal. Pensar que se puede respetar a un animal cuyo destino final es el matadero equivale a creer que, hace apenas dos siglos, los negros eran tan felices siendo esclavos o que la esclavitud era ética si contaban con el suficiente «bienestar».

En el caso de los demás animales, la mayoría de la gente considera que a ellos les valen las simples caricias cuando su vida se basa en ser un producto de consumo cuya fecha de caducidad está marcada en una oreja desde el nacimiento. Las organizaciones animalistas, ni cortas ni perezosas, se limitan a reforzar este prejuicio para sacar tajada.

No existe una igualdad práctica entre humanos y otros animales porque no existe una asunción de igualdad moral, es decir, es imposible en la práctica que exista un trato igual de justo para un miembro ajeno a nuestra especie porque los humanos consideramos dogmáticamente que sólo los miembros de nuestra especie merecen consideración moral.

Este fenómeno, tan bien descrito por múltiples autores, es el especismo, un prejuicio moral que lleva a la sociedad a pensar que los demás animales sean seres inferiores y que, por ende, no merecen el mismo respeto que aplicamos a otros seres humanos. La analogía con el racismo es evidente.

No a la esclavitud animal. Es hora de evolucionar - ¡Derechos Animales ya!Mucha gente se indigna ante estas «comparaciones odiosas» cuando condenamos el concepto de «bienestar animal» y de «carne ecológica» pero ninguno de tales individuos es capaz de argumentar por qué, según ellos, la esclavitud animal sea excusable. Pensar que existe una ética para nosotros y otra diferente para ellos ha causado las mayores aberraciones de la humanidad. Y, por supuesto, las organizaciones animalistas jamás publicarían un cartel semejante. No sólo porque consideran igualmente que los animales son seres inferiores, sino porque hacer sentir culpable a la gente no da dinero.

Una revisión histórica sobre la esclavitud humana

Comencemos con la historia de la esclavitud humana: evidentemente, los esclavos no hubieran podido por sí mismos abolir su esclavitud si no hubiera habido otras personas que se solidarizaran con su causa. Es cierto que hubo revueltas violentas y acciones políticas; pero éstas no habrían tenido lugar ni efecto hasta nuestros días si un porcentaje de la población no afectada (blancos) no hubiera transformado, en algún un momento, su visión acerca de la moralidad de la esclavitud. Primero, hubo movimientos de divulgación en la sociedad, y esta información caló en un pequeño grupo de gente, el suficiente para, por ejemplo, organizadas jornadas y boicots para la liberación de esclavos, unas liberaciones clandestinas en que participaba gente de raza blanca.

Antes de estos hechos y mientras tanto, también había reformistas que abogaban por solamente mejorar las condiciones de los esclavos negros. Sin embargo, los reformistas no condenaban la injusticia de la explotación y, por ello, no concienciaban a nadie sobre por qué era injusto tener esclavos o aprovecharnos a su costa.

El cambio aconteció cuando se alcanzó un porcentaje poblacional tal que provocó las movilizaciones sociales que propiciaron la abolición de la esclavitud. Aunque hoy en día siga habiendo individuos racistas (y quizás siempre los haya), la sociedad general rechaza de pleno el racismo y la esclavitud, es decir, el prejuicio por el cual una raza se siente superior a otra y el fenómeno por el cual explotamos a otros sujetos por dicho prejuicio.

Lo mismo hacemos los activistas veganos en la actualidad: buscamos crear una masa social que cuestione nuestro prejuicio de supremacía humana (antropocentrismo), el cual genera la creencia de que los demás animales sean inferiores a nosotros (especismo), hasta alcanzar el fin de la esclavitud animal. Según se estima por estudios estadísticos, basta con que el 10 % de una sociedad asuma un principio ético para que éste se convierta en mayoritario.

Cabe señalar que la liberación directa de animales, aunque legítima como el caso de los esclavos negros, es un asunto más complejo y delicado que en el de los humanos porque tales animales, muchas veces, carecen de hábitat o no pueden valerse por sí solos. Por ello, el boicot a las granjas de explotación animal, entre otros, es algo que rechazamos generalmente los activistas educativos porque no sirve para generar esa masa social consciente que se necesita.

¡Derechos Animales ya! - Sello de bienestar animal avalado por ANDA - Las organizaciones animalistas crean sus sellos publicitariosLas grandes organizaciones animalistas son aliadas de la industria o sus «agentes de relaciones públicas» para alentar cambios en el consumo que las enriquezcan a ambos sin cambiar en absoluto la situación de los animales esclavizados. No dudan en crear sus propios sellos con que señalar que el animal de turno tuvo una muerte hipotéticamente menos dolorosa que la media de sus congéneres.

La historia del negocio animalista y su relación con el fraude del bienestar animal

Al igual que durante los largos siglos de la esclavitud negra, las organizaciones animalistas y las empresas de la actualidad afirman seguir unos «estrictos protocolos» de «bienestar animal» basados en «compasión» y «respeto» hacia los animales «para consumo humano», lo cual, cualquiera con estudios en zootecnia sabe que no son sino directrices y regulaciones pertinentes que permiten incrementar la producción animal y los ingresos de venta.

Tales beneficios se producen directa o indirectamente, por un incremento de la productividad, un incremento del valor del producto o de la demanda por parte de consumidores que están dispuestos a pagar más por una pegatina sobre un envoltorio de plástico que les diga que los tejidos descuartizados de ese animal («carne ecológica») están en una bandeja con film porque lo mataron a cosquillas o fue el propio animal el que voluntariamente decidió poner fin a su vida, se subió al camión y avanzó en la línea del matadero sin necesidad de que les dieran con una porra eléctrica en las grupas y nalgas para hacerlo avanzar…

Frecuentemente, las organizaciones animalistas de corte neobienestarista —ya que ninguna actualmente se atreve a asumir públicamente su bienestarismo— abogan por el «bienestar animal» y argumentan que las regulaciones son un medio para conseguir la abolición de la explotación animal.

Otros más escépticos y, por ende, bienestaristas implícitos, se resignan a que nunca llegará el día de la abolición de la explotación de animales no humanos, y por ello, justifican las regulaciones alegando que el «bienestar animal» ayuda a los animales y que es lo mejor y mayor que podemos conseguir por ellos. Ahora bien, ¿hay alguna evidencia histórica que nos señale que regular la explotación de individuos trae como consecuencia la abolición?

Las primeras leyes de bienestar animal datan de 1824 en Inglaterra. En aquella época, se constituyeron asociaciones de bienestar animal que recibían donativos de gente «compasiva» y «sensibilizada» que se dedicaban a detectar formas de «maltrato animal» y denunciarlo. Fueron bastante vehementes, por ejemplo, con la tracción animal y el maltrato a los caballos que entonces se explotaban cotidianamente en las calles de las grandes ciudades. Sin embargo, no condenaban el propio hecho de que se los montase o se los obligase a arrastrar cargas. Hasta hoy, la explotación ecuestre y de otros animales sigue siendo vigente.

¿Se requieren más pruebas para demostrar que los animales seguirán sufriendo injusticias mientras la sociedad participe en su explotación? Si no se promueve un cambio de conciencia, las regulaciones habidas o por haber no solucionarán nada para los animales.

¿Cuál ha sido desde 1824 la aportación más importante del bienestar animal?, ¿jaulas más grandes?, ¿sin jaulas?, ¿asesinatos «humanitarios» para obtener «carne ecológica»? Si dichas organizaciones animalistas hubieran promovido el abolicionismo, como en el caso de la esclavitud negra, ya habría en el mundo un porcentaje mucho mayor de veganos conscientes del problema de la cosificación de los animales no humanos, conscientes de su estatus de propiedad, ante la ley y ante la sociedad, y que estaríamos luchando codo con codo para educar a más y más personas humanas.

Así no ha sucedido porque las organizaciones animalistas obtienen mucho más dinero pactando con la industria y porque, si desaparecieran las injusticias que padecen los animales, se les acabaría el chiringuito. Sólo cuando los seres humanos queramos entender y reconocer el valor de la vida en los demás animales, entonces habrá algún tipo de justicia práctica. El desconocimiento, la fe y la credulidad no son buenas conductas que permitan el progreso social en ningún sentido.

Dado que la práctica depende primero de la ética y ésta depende a su vez de los razonamientos lógicos, no cabe tampoco ese desprecio generalizado entre muchos presuntos activistas hacia la teoría vegana o sus puntos más controvertidos por prejuicios especistas.

Tal desprecio les nace a raíz de que quieren ejercer acciones para salvar vidas sin asumir primero la necesidad de formarse. Los animales esclavizados están desprotegidos por partida doble: quedan a merced de la industria y de activistas que quieren acabar con la injusticia sin siquiera entender conceptos básicos ni conocer el origen de la explotación animal. Los animales no necesitan «héroes», sino a gente con las ideas claras.

Cabra montesa La «ganadería ecológica» es tanto igual de injusta para los animales como menos viable para el medio ambiente. Cabe recordar que la ganadería intensiva surgió para solventar una crisis de productividad a mediados del siglo XX. La carne ecológica no existe, como tampoco un «asesinato justo».

La mentira de la carne ecológica

La última gran maniobra de la industria, dirigida a quienes nos les importan los animales sino si su consumo puede suponer un gran impacto en el medio ambiente, es la propaganda de la mal llamada «carne ecológica». No existe tal cosa por dos razones.

En primer lugar, todo animal criado por el ser humano, incluso cuando el ganadero evita el uso de antibióticos, hormonas y otras sustancias comunes, todos están obligados por ley, o por un sentido de la rentabilidad, a alimentarlos con todo tipo de sustancias que llegan a ser perjudiciales para los consumidores y más, si sabe, cuando se infiltran en las tierras a partir de sus deposiciones. Y, en segundo lugar y más importante, conviene recordar que la FAO hizo hace poco un estudio titulado «La larga sombra del ganado» sobre el impacto de la ganadería y en éste expuso:

En total, a la producción ganadera se destina el 70 por ciento de la superficie agrícola y el 30 por ciento de la superficie terrestre del planeta.

La ganadería intensiva es la culpable directa de más de la mitad de los gases de efecto invernadero, eutrofización de aguas y ocupación de tierras fértiles. Y, para colmo, frente a la publicidad de la «carne ecológica», muestra que la ganadería extensiva y tradicional supone una ocupación todavía mayor de tierras que, dada la población humana, es absolutamente inviable.

Así pues, el fraude es nuevamente doble: ni la ganadería puede ser justa para los animales ni ésta puede ser ecológica, en tanto que siempre conlleva una impacto entre 10 y 100 veces mayor por hectárea que el consumo directo de plantas (organismos productores). Dejemos de alimentar esa antítesis, hermana del «bienestar animal», que han decidido llamar «carne ecológica» por ponerle algún nombre.

¡Derechos Animales ya! - El bienestar animal es como permitirles elegir a los esclavos el tipo de alambrada que los confinaComo trata de representar este cartel activista, el bienestar animal equivale a permitirles elegir a los esclavos el tipo de reja, alambrada o vallas que los mantengan confinados y cautivos.

El bienestar animal y la carne ecológica es la crónica de una muerte anunciada

La industria de la explotación animal tiene miedo. Ha de entenderse que nos endosan su publicidad especista y bienestarista porque palpan un gran temor ante el avance del veganismo y ven peligrar sus intereses egoístas. El veganismo es imparable, les guste o no. Algunas empresas ya está optando por adaptarte ante un cambio inevitable, pero las que no tienen pensado hacerlo darán todavía mucha guerra. Ya ha llegado a la calle y está penetrando también en el debate académico.

El miedo al cambio es una realidad a todos los niveles, ya esté el individuo sujeto a un conflicto de intereses más o menos acusado. Millones de humanos participan en la explotación animal por prejuicio, ignorancia o intereses personales. En ningún caso se justifica el uso de otro concepto erróneo y popular en nuestros días, empleado para condenar el consumo de carne o de quienes promueven la carne ecológica: el carnismo.

A pesar de nuestro pasado, la razón siempre termina imponiéndose y lo hará por nuestras obras. Decenas de miles de familias vivían de la trata de esclavos negros en el siglo XIX. También temían como los que más el cese de la esclavitud negra, pero, por fortuna, la ética está por encima de los intereses de quienes «viven del ganado». Únicamente les quedará cambiar su modelo de negocio a uno que no implique explotar animales o desaparecer.

El veganismo ha llegado para combatir una injusticia histórica. Y esto no lo decimos (argumentamos) «cuatro fanáticos», sino algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Hacerse vegano es dar un paso hacia la justicia universal. No tiene ningún misterio.

Declaración de Cambridge - ¡Derechos Animales ya!

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¿Qué es el especismo?

Derechos-Animales-ya-Viñeta-proteger-a-unos-y-asesinar-a-otros-especismoEsta ilustración tan gráfica representa el especismo: la discriminación moral entre animales según su especie. El especismo se origina por adoctrinamiento e inculcación social.

Definición de especismo

El término «especismo» (speciesism) apareció utilizado por primera vez en el año 1970 en un texto publicado por el psicólogo inglés Richard D. Ryder, titulado Experiments on Animals. En este artículo, el autor no define el concepto o sus implicaciones éticas; sino que se limita a disertar acerca de la experimentación animal y el sufrimiento asociado a dichas prácticas. Es coetáneo del filósofo utilitarista Peter Singer.

Desde 1986, está definido por el Diccionario de Oxford como «La asunción de superioridad humana que lleva a la explotación animal». Hasta la fecha, el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) no recoge dicho vocablo. Ya está también recogida en español. La RAE añadió finalmente el término en la vigesimotercera edición de su diccionario.

Como analogía a los vocablos «racismo» (miembros de una raza que se consideran mejores a los de las restantes) y «sexismo» (miembros de un sexo que se estiman superiores a los del otro), el término «especismo» hace alusión a aquellos individuos de la especie humana que priman sus intereses particulares en contra de los intereses de otras especies. En los tres casos se trata de un prejuicio moral basado en rasgos biológicos.

Se trata, por tanto, de una discriminación moral basada en la especie. La forma de especismo más común es el antropocentrismo, la creencia de que sólo los seres humanos tienen valor moral, o que los intereses de los no-humanos están supeditados a los de sus contrapartes humanos.

El especismo rechaza, por tanto, el valor inherente de las restantes especies animales y solamente se les otorga un simple valor instrumental. El especismo es principalmente cultural, si bien, existen estudios científicos que sugieren una predisposición a esta discriminación, tal como se ha investigado que ocurre con el racismo. Paradójicamente, muchos otros estudios científicos muestran un terrible sesgo especista cuando estudian, por ejemplo, la inteligencia o el comportamiento animal.

Captura texto «Nos sentimos especiales» del libro Valores éticos 1º ESO de la editorial Anaya - Adoctrinamiento especista sobre la superioridad humana respecto a los animalesA pesar de estar supuestamente escrito por profesionales, este texto de la enseñanza reglada de ética para 1º de la ESO alecciona el prejuicio antropocentrista apelando a rasgos biológicos sin argumentar en ningún momento por qué tales atributos pueden establecerse como criterio moral. Si cambiásemos las referencias hacia los animales no humanos por «humanos negros» tendríamos automáticamente un panfleto de adoctrinamiento racista.

¿Por qué discriminamos a los animales no humanos?

Resulta tremendablemente complicado establecer los orígenes biológicos y culturales que han propiciado el surgimiento de prejuicios morales. No obstante, algo está claro: los prejuicios se transmiten de generación en generación por inculcación (adoctrinamiento) de adultos a niños.

Todo infante de una edad cercana a los cinco o seis años aplica el principio protomoral de «no les hagas a otros aquello que no quisieras para ti» hacia todos los animales. Se hecho, a esa edad no resulta extraño que los propios padres eviten que sus hijos les hagan daño a otros animales por placer. Sin embargo, al mismo tiempo les inculcan la falsa creencia de que está bien matar animales para comer (aunque no lo necesitemos ni la necesidad sea una justificación moral).

De esta forma, acontece una inculcación social por el cual los adultos les transmiten a los más pequeños que nosotros somos superiores a los demás animales, pues podemos disponer de sus vidas a nuestro antojo (mientras tengamos una excusa lo suficientemente aceptada en sociedad) y que ellos están en la Tierra para servirnos de múltiples formas. De este modo, una vez superamos la infancia y llegamos a la edad adulta, asumimos nuestro aparente estatus de supremacía.

Cita de Richard Dawkins sobre el especismo - Adoctrinamiento sobre los animalesCada vez más pensadores consolidados en el entorno científico y nuevas figuras están denunciando el especismo y todas las injusticias que conlleva la esclavitud animal y las atrocidades que cometemos contra los animales.

El especismo se origina por adoctrinamiento

En línea con el documental señalado, un sistema esclavista no logra mantenerse a lo largo de los siglos sin la ayuda de un constructo ideológico que ofrezca justificaciones basadas en sesgos cognitivos. De tal forma, se evita que un statu quo se vea cuestionado y las víctimas reciban nuestra empatía.

Las diferentes capas sociales se retroalimentan entre sí y aparece un bucle de difícil salida. Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo hallamos en las instituciones, ya fueren estatales o independientes. Existen miles de ejemplos diarios.

Para ilustrarlo, basta citar al activista Luis Tovar con sus críticas a las actitudes adoptadas por la Asociación Española de Pediatría en su entrada «Adoctrinar en el especismo (II)»:

Un ejemplo representativo de esta adoctrinación lo encontramos de la mano de la Asociación Española de Pediatría, quien aconseja a los padres que no cuenten la verdad a sus hijos sobre la procedencia de los productos de origen animal para que así no los rechacen. Se afirma que con los vegetales «no hay ningún problema» pero que con los animales hay que esperar un tiempo «hasta que el niño comprenda cómo funciona la naturaleza [sic]».

Esto es, hasta que la cultura especista haya anulado su empatía y su sentido moral y asimile como normal la idea de que los demás animales existen para que nosotros los explotemos. No es el funcionamiento de la naturaleza la que nos obliga o condiciona a explotar a los demás animales; es la ideología.

Tratamos a los animales como simples, objetos, recursos y mercancías. Todos los animales del mundo son esclavos. No existe ningún romanticismo en la esclavitud.

El antropocentrismo es omnipresente

El antropocentrismo no es algo «natural»; sino una doctrina ideológica que se difunde por adoctrinamiento y cuyo objetivo se basa en cosificar a los otros animales para facilitar su explotación. La naturaleza no nos obliga a explotar a los animales como tampoco nos fuerza a explotar a otros seres humanos.

El adoctrinamiento especista llega a todos los niveles de la sociedad y discriminamos a los animales simplemente porque nos lo han enseñado desde pequeños. Y, una vez de adultos, ese adoctrinamiento continúa por inercia, conformismo y otras estrategias publicitarias que blanquean la explotación animal.

Este prejuicio moral favorece la generación y empleo de palabras como «maltrato» o «abuso» (entre otros eufemismos), las cuales se refieren a cómo se realizan ciertas acciones sobre animales no humanos en lugar de condenar dichos actos en sí mismos. Tales términos son subjetivos, erróneos e irrelevantes; pues la ética juzga las acciones en sí mismas, no cómo éstas se lleven a cabo. El modo, en su caso, constituye un agravante; no un criterio.

A pesar de ello, las organizaciones animalistas los difunden continuamente por intereses particulares. Toda forma de explotación animal es inmoral porque quien la propugna para otros no quisiera padecerla en sus propias carnes. No es justo atentar contra la vida, libertad e integridad de los animales. Traicionamos a los animales cuando aplicamos esta doble vara de medir.

No podemos ser justos con los animales si consideramos que sus derechos no merecen ser tenidos en cuenta. El movimiento animalista que defiende los Derechos Animales es el veganismo. Pues sólo el veganismo contempla a los demás animales como individuos que merecen tanto respeto como los humanos. Si de verdad reconocemos estos hechos y queremos cambiar esta injusticia, debemos actuar en consecuencia. El pensador Gary L. Francione presenta los seis principios básicos del abolicionismo para defender los Derechos Animales.

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Gary Francione y los seis principios del abolicionismo

Gary Francione - ENTREVISTA GLF - Principios del abolicionismoCartel que resume los principios del abolicionismo del enfoque abolicionista. Más información sobre Gary Francione.

Introducción al abolicionismo

Gary Francione es el máximo exponente actual de los Derechos Animales. Estableció los seis apartados que constituyen el denominado «Enfoque Abolicionista». El Enfoque Abolicionista consta de aquellas razones éticas por las cuales debemos cumplir y defender los Derechos Animales para alcanzar la abolición de la explotación animal.

Los Derechos Animales tienen una vertiente ética y legal. A rasgos prácticos, se basan en el reconocimiento de que los demás animales merecen el mismo respeto reconocido a los humanos. De tal forma, el cumplimiento de los Derechos Animales siguiendo los seis puntos del enfoque abolicionista resulta un deber moral tanto para actuar de manera justa hacia las víctimas como para ser consistentes respecto a los demás principios éticos.

A menudo, el término abolicionismo se ve tergiversado, malinterpretado o corrompido por ignorancia o intereses personales o institucionales. El abolicionismo, en Derechos Animales, se define como la acción y efecto de abolir la explotación animal como resultado de una asunción de derechos.

Así, solamente se considera abolición cuando una o más formas de explotación animal quedan abolidas por un reconocimiento de derechos. La prohibición de una práctica sin previa consecución de derechos constituye un acto y maniobra propios del bienestarismo. Existen cientos de organizaciones que se lucran mediante la mentira al prometer una protección legalmente imposible.

En la actualidad, no existe ninguna especie animal ajena a nuestra especie con derechos reconocidos y no podrá haberlas mientras sigan catalogadas como «bienes muebles semovientes» (objetos con movimiento autónomo). Cabe destacar que lo importa no subyace en la denominación; sino en su vinculación legislativa, es decir, poco importa que se los considere seres sintientes; pues sus intereses quedarán igualmente supeditados al de los humanos.

Asimismo, en ética el concepto de especie (biología) carece de validez; pues lo que marca la posesión de derechos (valor inherente) es la posesión de intereses inalienables. Quienes poseen intereses son los sujetos en sí mismos; no los conjuntos abstractos más o menos similares formados por tales individuos. Nuestra sociedad discrimina moralmente según la especie y ello se denomina especismo. Lo mismo se aplica al concepto de «raza» y al racismo.

El enfoque abolicionista rechaza la visión utilitarista de Singer, autor de la famosa obra «Liberación Animal» (la cual, paradójicamente, se opone la liberación animal), y ofrece un razonamiento deontológico similar al de la filosofía de los Derechos Humanos. Se asemeja en algunos aspectos a la teoría de Tom Regan; pero su máxima diferencia radica en que parte del concepto de propiedad (pertenencias) como reflejo de la mentalidad antropocéntrica que debe desaparecer a través del activismo educativo y no violento para la instauración de un nuevo paradigma social.

A continuación se presenta una adaptación de los principios del abolicionismo redactados por Gary Francione en seis puntos o apartados.

Traducción en español

Ensayo original (en inglés)

Derechos AnimalesEl enfoque abolicionista es la puesta en práctica de los Derechos Animales. Los principios del abolicionismo de la esclavitud animal toman su bases en los principios del abolicionismo de la esclavitud humana.

Principios del abolicionismo

Principio primero: oposición al estatus de propiedad

El enfoque abolicionista rechaza el uso de todos animales no humanos como recursos (explotación) para la satisfacción de cualesquiera fines humanos. La base doctrinal para este rechazo se fundamenta en el hecho de que todos los humanos tienen el derecho fundamental y pre-legal de no ser tratados como recursos para terceros. Éste es el derecho que rige la exclusión de la esclavitud de seres humanos. Poseer un valor intrínseco significa que el sujeto merece respeto porque valora su propia existencia aunque nadie más lo haga o hiciere.

Este fundamento continuaría siendo válido para el caso de los demás animales debido a que éstos también valoran su propia existencia según podemos observar empíricamente. Si los animales importan moralmente, no podemos tratarlos como si fuesen recursos y estamos obligados a reconocerles el derecho a no ser propiedad para excluirlos de nuestra explotación.

Incluso asumiendo la postura del relativismo moral, se observa que toda sociedad humana reconoce la injusticia de provocar daño o sufrimiento innecesario a otros individuos. Esta consideración protomoral denominada «principio humanitario» evidencia que la ética se apoya en una lógica inherente derivada de la cognición.

Principio segundo: refutación de las campañas monotemáticas

Las reformas en el «bienestar animal» no funcionan a causa del estatus de los animales no humanos como propiedad. Cuesta dinero proteger los intereses de tales animales y únicamente protegemos los intereses de dichos animales cuando nos reporta un beneficio, el cual casi siempre suele ser económico.

El estatus de propiedad de los demás animales limita los beneficios de la reforma. La mayoría de éstas no hacen otra cosa más que modificar prácticas de manera que, por ejemplo, incrementando los gastos de acondicionamiento se reduzcan los gastos de veterinaria y esto conlleve que se mejore la eficiencia de la producción para los explotadores institucionales. Incluso en situaciones en las que los costes de producción se incrementan, este incremento raramente excede la elasticidad de la demanda en el mercado y el mercado de productos animales no es afectado negativamente.

La reforma bienestarista, por tanto, no hace nada por erradicar el estatus de propiedad de los animales. Más aún, las medidas de bienestar animal consiguen que el público se sienta cómodo participando en la explotación animal (desculpabiliza al consumidor) y esto motiva a continuar con el uso de animales no humanos.

El enfoque abolicionista de los Derechos Animales, además de rehusar las campañas reformistas del bienestar animal, desaprueba las campañas monotemáticas que buscan prohibir determinados usos de animales más que reformar los estándares en sí mismos de la explotación.

Principio tercero: asunción del veganismo

El veganismo debe ser la base moral mínima que guíe el comportamiento humano para poder llegar a ser justos con otros animales. El veganismo es la única respuesta racional a la idea de que los animales tienen un valor moral.

El problema no se debe a que exista gente dedicada a la crianza, hacinamiento y asesinato de animales no humanos; sino al consumo por parte de los habitantes humanos. Dicho consumo valida la explotación animal e impide un reconocimiento de derechos.

La solución pasa en primer lugar por reducir la demanda. Para ello, debemos promover el veganismo como base ética que permita a los agentes morales (humanos con plenas capacidades) comprender la inmoralidad de la explotación animal.

Para conseguir la abolición, los activistas han de enfocarse en el activismo vegano creativo y no-violento.

Charla de Gary Francione en donde explica la realidad que padecen los animales y en qué consiste el abolicionismo de la explotación animal. Vídeo subido y subtitulado por la activista Cristina Cubells.

Principio cuarto: negación del gradualismo

El bienestarismo y otras percepciones derivadas del antropocentrismo moral llevan a la población humana a considerar que unos animales valen más que otros según su proximidad genética a los humanos (pj: primates) por motivos de cercanía contextual (pj: perros, gatos, etc.) o por manifestación de una elevado intelecto (pj: cetáceos).

El abolicionismo, al tomar el veganismo como cimiento de nuestra relación con los demás seres sintientes, estima que la mera presencia de la capacidad de sentir es requisito suficiente para poseer derechos debido a que la sintiencia en sí misma conlleva posesión de intereses, deseos y una conciencia, mínima al menos, por la cual el organismo sabe autodiferenciarse del entorno.

Por tanto, todo ser vivo capaz de percibir sensaciones debe contar con derechos. El enfoque abolicionista se centra en la explotación animal porque los animales constituimos el único grupo conocido capaz de sentir.

Principio quinto: coherencia ética

Los Derechos Animales se oponen al especismo porque, al igual que otras formas de discriminación moral, se basa en un criterio irrelevante (la especie) para despreciar y discriminar los intereses de otros seres sintientes. La oposición al especismo tiene sentido sólo como parte de una posición general en contra de todas las formas injustas de discriminación.

Por ende, nuestra oposición al especismo requiere que nos opongamos a toda discriminación moral con independencia de quién sea la víctima.

Principio sexto: rechazo de la violencia

La violencia es un subtipo de explotación por el cual un individuo usa a otro como recurso para desfogar su agresividad (condición biológica). Dado que la violencia sistemática contra otros animales es una consecuencia de su cosificación moral, emplear la violencia contra humanos o propiedades es también resultado de un desprecio hacia su valor moral. Por ello, el enfoque abolicionista condena la violencia como medio para conseguir justicia por los demás animales. El rescate de animales no humanos es legítimo mientras no implique vulnerar los intereses de terceros en cumplimiento del principio de igualdad.

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¿Qué es el veganismo y cómo llevarlo a la práctica?

¡Derechos Animales ya! - Definición de veganismoLa definición de veganismo es sencilla: rechazar toda forma de explotación animal.

¿Qué es el veganismo?

El veganismo es el principio ético que defiende los Derechos Animales, basado en el rechazo hacia toda forma de explotación animal en reconocimiento de que ellos, como nosotros, poseen intereses inalienables como la vida, libertad e integridad. Esto implica no consumir productos de origen animal, no vestirse con sus pieles, no encerrarlos en zoológicos, no divertirse a su costa ni usarlos de ninguna manera como si fuesen objetos, recursos o vehículos para fines de terceros. A pesar de su parecido léxico, no debe confundirse con el vegetarianismo.

El veganismo consiste en la aplicación del principio ético de igualdad hacia todos los demás animales debido a que contamos con la capacidad de sentir, lo cual nos permite desarrollar intereses inalienables. Concretamente, Donald Watson se refirió a éste por vez primera en 1944 cuando explicó que algunos miembros estaban escindiéndose de la organización debido a que ya no se consideraban representados por el término «vegetariano» y sus habituales razones egocéntricas. Posteriormente, apareció definido por Leslie Cross en el año 1951 dentro del primer boletín de la Vegan Society como «la doctrina de que el hombre debe vivir sin explotar a los animales».

Posteriormente, filósofos como Tom Regan y Gary Francione matizaron y postularon aquellas razones filosóficas por las cuales los no-humanos merecen el mismo respeto que los seres humanos. Las obras de ambos pensadores han sido diversas. No obstante, las obras de Francione destacan por su análisis profundo y pormenorizado sobre el estatus adjudicado a animales no humanos y los distintos enfoques sociales respecto a nuestra relación con ellos.

¡Derechos Animales ya! - Todos los animales queremos vivirEl veganismo se fundamenta en la idea básica, sencilla y trivial de que todos los animales merecemos vivir.

Las bases del veganismo

La cultura es una parte integral de lo que somos: forja cada elemento que la biología deja a disposición del medio, marca el idioma con que nos comunicamos, cómo nos relacionamos con los demás y nuestra percepción hacia el mundo físico. No nacemos como una tabula rasa; pues ya desde el vientre materno empezamos a asimilar un «yo» que nos acompañará durante buena parte de nuestra vida. El saber, las experiencias y los traumas moldean nuestra predisposición genética y nos forman una personalidad única y diferente.

Al igual que hace siglos había humanos expuestos a crecer en una atmósfera terriblemente racista, y todavía hay quienes se engendran en un ambiente sexista y homófobo, todos nos criamos en una cultura especista. Es decir, nos inculcan desde pequeños una serie de valores o deberes para con otros animales basados en la utilidad que nos ofrecen (utilitarismo) porque, a pesar de que se muevan y muchos posean un cerebro y sentidos muy desarrollados, consideramos ciegamente que sólo nosotros contamos con individualidad e intereses.

Tomando nuestros propios sentidos como base, la ciencia (aún con dificultad) reconoce que no nos diferenciamos en nada relevante. Si no fuese así, cuanto sabemos de ellos no sería en absoluto aplicable a nuestra especie. La mayor parte del conocimiento científico sobre el Homo sapiens proviene de la observación histórica y, más recientemente, experimentación con otros animales.

La explotación animal es cultural; pues no tenemos ninguna necesidad biológica ni instinto que nos fuerce explotar animales. Todo cuanto les hemos proveído a otros animales a lo largo de la historia ha sido por nuestro provecho y beneficio. La veterinaria, por ejemplo, no existe para salvar la vida de los animales ni tampoco mantenemos una relación mutualista ni son ciertas muchas sandeces pseudocientíficas que todavía se oyen dentro de las facultades de ciencias o se difunden a los cuatro vientos entre asociaciones ecologistas.

El avance científico, en lugar de servir como argumento para la continuación de prácticas antropocéntricas, nos lleva de nuevo a reconocer forzadamente que. si otros animales no son distintos de nosotros, no cabe darles un tratamiento desigual en aquellos parámetros en que coincidamos, ¿verdad? A menudo se señala que si un animal carece de obligaciones no puede tener derechos, lo cual, además de falso, resulta sumamente hipócrita: cuando los explotamos les endilgamos una obligación para con nosotros.

Un toro en una plaza, un caballo montado o atalajado, un primate en un zoo, una vaca estabulada, una gallina enjaulada, cerdos, sardinas, palomas, abejas, etc., tales animales están obligados a hacer o permanecer de cierta forma porque los humanos lo hemos decidido. Entonces, ¿dónde quedan sus derechos? También hay quienes caen en el relativismo moral de afirmar que todo es relativo y que los derechos son «invenciones» o «constructos sociales». Si así fuera, ¿alguno de nuestros oyentes o lectores dejaría que otro lo asesinase apelando a que la ética fuese subjetiva? Me temo que no hay nada relativo en que poseamos unos intereses propios. Un derecho es la defensa de un hecho: la defensa de dicho interés.

¡Derechos Animales ya! - Partes de una oveja - El especismo cosifica a los animales como si fuesen trozos o mercancíasEl veganismo conlleva descosificar a los animales domesticados, empezar a verlos como personas y oponernos al propio hecho de que sean esclavizados y coaccionados.

Las razones del veganismo

El veganismo trata de justicia fundamental, ni más ni menos. Y la justicia se consigue cuando se dejan de cometer barbaries y aberraciones. No basta con pedir que se hagan con menos sufrimiento. Del mismo modo en que antes del cese de la esclavitud humana se postularon medidas y propuestas con un fin «amortiguador» entre conflictos de intereses, desde hace décadas existe una respuesta «apagaconciencias»: el bienestarismo. Esta ideología toma la filosofía del utilitarismo moral y la aplica a la explotación animal. La analogía con la esclavitud humana no cobraría sentido si los demás animales fuesen piedras o seres inertes, pero no lo son.

El veganismo, de igual modo al principio abolicionista de la esclavitud negra, argumenta que los animales merecen un reconocimiento moral y legal a tenor de las mismas razones que se emplearon para constituir los Derechos Humanos: la posesión de intereses inalienables (necesidades conscientes) tales como la libertad, integridad y vida; las cuales se derivan de la capacidad de sentir (sintiencia). Si estimamos que dichos intereses son valiosos en sí mismos en nosotros, ¿por qué acaso no van a serlo en tales sujetos? Hasta la más diminuta hormiga pelea por sobrevivir y estima su vida aunque nadie más lo haga. Reducir las acciones no-humanas al instinto, como a menudo se esgrime, es un reduccionismo para obviar el sesgo de que nos cuesta asumir las semejanzas. Pues, si los humanos al final no resultamos ser tan exclusivos ni el sol gira a nuestro alrededor, ¿en qué podemos agarrarnos para darles un sentido a nuestra existencia?

Si hace dos siglos nos encontrábamos con organizaciones que pedían un descanso para los negros el domingo porque era el día del Señor, menos latigazos o la compra conjunta de madres e hijos para evitar la separación filial; en el caso que nos atañe nos topamos con grandes instituciones que exigen mataderos de muerte rápida, huevos de corral (olvidándose de los pollitos triturados) y jaulas algo más grandes para estos esclavos. El fin es el mismo: perpetuar el uso como recurso porque nos beneficia al mismo tiempo que se logra mantener la conciencia tranquila.

Los medios y fines se diluyen ante las apetencias puntuales o permanentes de sus explotadores. Cualquier cosa les vale por tal de vivir gracias a la compasión de sus socios y donantes. Cada explotador, ya hablemos de particulares o la industria, maneja sus «objetos» como le viene en gana. El bienestarismo refuerza la idea de que todo ello sería una «elección personal» mientras no se los hiciere sufrir en exceso para la finalidad a cual se los compele.

Por otro lado, están otro tipo de colectivos y organizaciones animalistas que sólo piden respeto para determinados grupos animales (primates o cetáceos, generalmente) o que promueven algunas formas de explotación animal «compasivas» (que no conducen directamente a la muerte), como el caso de la «doma natural» o de una tauromaquia sin estocadas. Por si los hechos no hablan por sí solos, siempre hay gente valiente que proviene de este mundillo para reconocer sus prácticas.

¡Derechos Animales ya! - Lo relevante no son las diferencias con otros animales sino lo que tenemos en común - La explotación animal es injustaEl veganismo se basa en la sintiencia para reconocer el respeto que merecen los demás animales.

¿Por qué debemos dejar de participar en la explotación animal?

Cada uno es libre de creer en cuanto desee; pero no de obrar según sus gustos, intereses o apetitos. Si los demás animales valoran sus propios intereses, ningunearlos sería una contradicción respecto al deseo propio de que otros respectasen los nuestros. Por esta inferencia lógica nació históricamente el veganismo: el movimiento social por la abolición de la explotación animal, el cual se confunde constantemente y con dudosa intencionalidad con el vegetarianismo. Una vez tomamos conciencia de una realidad científica (ellos también sienten y padecen) y antropológica (cultural), nos lanzamos a tratar de explicar cómo hemos llegado a esta situación en que millones de animales pertenecientes a otras especies pierden la vida en nuestras manos por razones inverosímiles y el más nimio de los placeres atávicos.

Así, retornamos al punto inicial, nacemos en una cultura que nos inculca nociones incorrectas y sesgadas sobre la naturaleza. Estas fallas, en consonancia con propósitos individuales o colectivos, nos llevó al origen del especismo: la discriminación moral según la especie. Y, más concretamente, la creencia de que una diferencia génica marca la diferencia entre quiénes merecen respeto y quiénes la muerte del mismo modo en que desde los albores de la civilización hemos esclavizado vilmente a otros humanos. Por tanto, nuestro deber es dejar de participar en la explotación animal (uso como recurso) de todos los demás animales de la misma manera en que abogamos por la justicia hacia otros seres humanos.

Por desgracia, el sencillo planteamiento del veganismo se ve expuesto y vapuleado frente al egocentrismo y conveniencias de quienes viven y disfrutan gracias al trabajo de terceros. La creciente preocupación social por el «bienestar animal» ha convertido lo que debiera ser una evolución o progreso humano en un negocio redondo (con audiencia televisiva incluida), en el lucro mediante victorias pregonadas sobre la desgracia ajena y el autoconsuelo de quienes prefieren ceder su arbitrio y agencia moral en aquéllos que, con bellas y rimbombantes palabras, les alivia el sufrimiento de saber que causan un mal evitable (por ejemplo, comer carne) por el hecho de donar para que, milagrosamente, ciertas víctimas sufran una miseria algo menor antes de terminar en sus platos.

El cambio comienza en nosotros mismos; no cabe esperar un mundo más justo mientras seamos parte de la injusticia. En un principio solemos sentirnos asaltados por racionalizaciones peregrinas para no aceptar la realidad (justificación en la tradición, en el supuesto beneficio, etc.). Nadie piensa nunca que está equivocado. Asumir que nuestra cultura causa un holocausto contra otros animales sin ninguna necesidad real nos genera de antemano un fuerte rechazo que motiva el incurrimiento en falacias dialécticas. Una vez abandonamos la visión tan «idílica» (manipulada) de la explotación animal, introducida desde nuestra infancia, entendemos nuestro deber de actuar.

¡Derechos Animales ya! - El aumento exponencial de veganosEl veganismo está expandiéndose más rápido que nunca gracias a los avances en informática.

Algunas consideraciones sobre el veganismo llevado a la práctica

Cambios hacia el interior

El veganismo, llevado a la práctica, implica romper y promover un cambio radical en la forma en que percibimos y tratamos a los animales como consecuencia de nuestra cultura. Parte desde el hecho evidente y argumentado de que todas las culturas humanas participan en explotación animal debido a un fenómeno de cosificación derivado de una discriminación moral (especismo).

Hacerse vegano no tiene ningún misterio. Basta con informarse sobre llevar una dieta variada y evitar cualquier producto o acción que conlleve el uso de animales como recurso. Sin embargo, sí resulta más complicado tener las ideas claras y formarse como activista para promover el respeto que merecen las víctimas no-humanas. A menudo, entre los grupos veganos existen acalorados debates en torno a la acción directa. Salvar víctimas mediante acción directa puede ser una virtud; pero, por desgracia, entrar en una granja, boicotear una corrida de toros o gritarle a la gente en algún sitio no cambia la mentalidad colectiva.

Dado que todas nuestras acciones derivan de la cultura, si no nos esforzamos por transformar el acervo cultural en donde nos hemos criado, ¿cómo evitaremos el statu quo? Es literalmente imposible, por ejemplo, que un pescador deje de ver con buenos ojos el acto de pescar porque exista gente que rescate peces y vuelva a echarlos al agua. Aparte de una sonrisilla entre dientes, no lograremos un cambio en dicha persona. En consecuencia, si el problema es cultural; la solución deberá producirse mediante activismo educativo.

Freedom for animalsEl veganismo propone la emancipación de todos los animales frente al dominio humano.

Cambios hacia el exterior

Dado que somos seres emocionales, el activismo vegano causa estrés y frustración, tanto por su ejercicio como por nuestra experiencia acerca de los horrores de la explotación animal. Este desasosiego propicia oscilaciones comportamentales que pueden conducirnos hacia la pérdida de nuestros valores tan apreciados. Las prisas por reconvertir la sociedad y las esperanzas vacuas provocan que muchos activistas vuelvan a convertirse en parte del problema al apoyar las medidas que permiten y fomentan la continuidad de la percepción moral causante de todo mal.

Defender medidas y propuestas como el «Lunes sin carne» equivale a reivindicar un «Lunes sin violaciones», implica afirmar que reducir el consumo o las violaciones sea un paso en sí mismo en vez de un deber mientras fomenta otras formas de explotación como los lácteos o los huevos. En el mismo saco se hallan las campañas monotemáticas, propuestas bienestaristas como la carne de laboratorio y el enfoque errado en el «maltrato animal».

Las presiones por parte de instituciones animalistas (empresas de facto que manipulan las bases del veganismo y traicionan a los animales) y los visos todavía presentes del especismo de nuestro anterior «yo», llevan al autoengaño, el «elitismo altruista» (sentido de superioridad a causa de que se hace el bien en un océano de malas conductas), el «elitismo moral» (pensamiento consistente en que los demás no están preparados para cambiar) y la sobrevaloración (especismo de preferencias) de aquellos animales más cercanos (perros, gatos, etc.). Así como la promoción de prácticas que, a pesar de su avala social, son contrarias a los Derechos Animales; tales como la castración sistemática o la eutanasia de animales sanos.

Otros, además, son hedonistas extremos, están profundamente influenciados por sus sentimientos y perciben a los demás animales como un alter ego sobre el cual intervenir sin ninguna clase de coherencia ética; desde la extinción de especies carnívoras y practicar la zoofilia hasta la manipulación genética de animales para «despojarlos del defecto de sufrir».

El veganismo se opone, por definición, a la crianza en cautividad y a cualquier condicionamiento de la vida de los animales contrario a sus intereses inalienables. Quienes promulguen y practican estas barbaridades, como el autor de la página web «Respuestas veganas» (el nombre es ya de por sí una auténtica propiación), no son veganos y únicamente empañan nuestra labor y argumentos para satisfacer traumas y obsesiones personales.

Símbolo del veganismoEs nuestro deber moral dar el paso hacia el veganismo.

Conclusiones

El veganismo, como principio basado en los Derechos Animales, rechaza la actual consideración legal de todos los animales no humanos del planeta. Todos ellos están catalogados como «bienes muebles semovientes». A raíz de que tal denominación responde a una previa consideración moral —el especismo heredado de generación en generación—, de nada sirve luchar contra los términos aplicados (por ejemplo, a través de peticiones por internet).

La transformación social requiere la derogación o abolición de su estatus de propiedad como respuesta intrínseca a una asunción moral en la igualdad. Esto se sintetiza en los seis apartados del principio abolicionista. Sin activismo, no hay avance posible porque nuestros actos proceden de una enseñanza anterior. Para mayor información sobre lecturas recomendadas, puede consultar el apartado de «Novedades».

Si, finalmente, comprendemos el origen de nuestra mentalidad, por qué debemos cambiar y cómo hemos de aplicarnos hacia otros humanos, debemos hacernos veganos para marcar la verdadera diferencia que necesita este mundo; no por nosotros, sino por ellos.

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