Acercamiento de los Derechos Animales a la agricultura

¡Difunde!

Campos de trigo-1

En esta entrada quisiera cumplir dos objetivos:

1) Sintetizar la coyuntura actual en cuanto a los cultivos de plantas desde el aspecto ideológico y factual.

2) Sugerir cambios necesarios en los años venideros y focos de investigación.

Planteamientos ajenos a la cuestión

Muy a menudo se habla acerca del efecto de la agricultura sobre los animales no humanos. Una de las críticas más trilladas en ese sentido es aquélla que incide en la supuesta inmoralidad o contradicción del veganismo debido a las víctimas indirectas por tales prácticas agrícolas. En lugar de enfocar en este asunto con objetividad y autocrítica, muchos optan por el encegamiento y la creación de un argumento artificial a su medida. Ello puede deberse a una simple ignorancia, autocomplacencia o al beneficio personal a través de ambos fenómenos sociales. Uno de los casos recientes respecto a la última posibilidad ha sido el artículo escrito por Bertonatti. El éxito vírico de un compendio semejante de falacias y tergiversaciones solamente logra explicarse mediante la carencia de conocimientos elementales en ecología o un sesgo de la confirmación deseoso de hallar una excusa para protestar por los vertidos de crudo mientras se engulle con devoción un nohumano descuartizado.

Quienes se muestran prestos para tirar la primera piedra suelen olvidar que la llamada producción secundaria (ganadería) depende estrictamente de la primaria (agricultura). No importa el número de víctimas que se baraje, siempre será superior si hay animales ajenos a nuestra especie esclavizados para comida y otros fines frente al futuro hipotético de que ya no los hubiere. Si existe una posibilidad real de minimizar nuestro impacto y somos conscientes de ello, tenemos el deber moral de actuar en consecuencia.

En su artículo «La confusión de Claudio Bertonatti», el filósofo Luis Tovar expuso holgadamente los tropiezos empíricos y morales de Bertonatti mediante una argumentación prolija y certera. Por mi parte, quisiera esquematizar aquí cuáles fallos argumentales se repiten sin cesar:

  • Falacia del espantapájaros: Los veganos no creemos ciegamente que nuestras acciones sean inocuas. Argumentar a partir de una perfección mítica se resume en un prejuicio concebido. Intentan hacernos ver algo que ya sabemos.
  • Falacia del «¡Y tú más!»: Que dos agentes morales cometan errores no significa que dichos deslices estén al mismo nivel de importancia. Dejando a un lado la ética, hay un abismo cuantitativo entre el impacto de una y otra forma de explotación sobre el medio ambiente.
  • Falacia de la voluntariedad (non-sequitur): Se asume, sin mayor reparo, que una acción voluntaria queda justificada como si fuese involuntaria porque en ambos casos no puedan preverse sus efectos. Si una situación nos fuerza a realizar una acción injusta, de ello no se deriva ninguna legitimidad para aplicarlo a otros contextos.

Conflictos por solventar

En estos debates se no acostumbra a mencionar que gran parte de los dilemas provienen de la sobrepoblación humana. De hecho, incluso dentro del ámbito científico todavía hay pensadores que confían en el desarrollo tecnológico como panacea para superar la barrera física del «espacio finito». Sea como fuere, no existirá una manera viable de seguir habitando este planeta a largo plazo mientras la población continúe en aumento.

La agricultura, en este mundo especista en que vivimos, produce víctimas intencionadas. Por tanto, en un futuro mundo vegano deberemos suprimir todas aquellas prácticas que conduzcan a un desenlace fatídico por constituir una vía rápida. Resultará tremendamente complicado que ningún nohumano perezca; mas ése habrá de ser nuestro compromiso como agentes morales.

Los dos grandes grupos más vulnerables frente a nuestras prácticas agrícolas son los insectos (archiconocidos) y los nematodos (poco populares).

Existen métodos muy diversos y especializados para la captura y asesinato de organismos fitoparásitos según el cultivo. En España cobran especial relevancia la vid, olivos, alcornoques y cítricos respecto a las plantas leñosas.

Los insectos constituyen un grupo extremadamente heterogéneo (dípteros, lepidópteros, coleópteros, ect.) y casi imposible de describir siquiera a rasgos generales. Provocan una serie de daños cuantiosos en diversas partes de la planta y, dependiendo del orden, tales efectos pueden observarse a modo de simples marcas sobre las hojas, horadaciones por dentro del tallo y crecimiento anómalo de las raíces.

Para anularlos se colocan, por ejemplo, varias decenas de cajitas con distintos colores a lo largo de las hileras en que se planta la vid. Cada cajita contiene un atrayente químico (feromonas) dirigido a cada especie herbívora y en el interior hay un adherente cuyo fin es dejar pegado al individuo de turno y dejarlo morir. Estas cajitas están teniendo un «éxito» remarcable y los propios agricultores relatan satisfechos que desde hace años ya apenas sufren quebraderos de cabeza. En términos éticos hablamos de una acción defensiva desproporcionada y, en ecología, de una verdadera catástrofe para la biodiversidad (ésta puede afectar potencialmente a los intereses de las especies animales).

En cuanto a los nematodos, éstos les preocupan más a las explotaciones madereras y productos relacionados con la horticultura, esencias naturales, aromas y papel. Dentro de las familias halladas en dicha clase taxonómica, una veintena son fitopatógenos. A estos últimos se los distingue, en general, por una serie de características: poseen estilete (aguijón para penetrar en el tejido vascular) con sustancias que deshacen las paredes celulares, muestran una longitud media bastante alta y gozan de especializaciones (caracteres adaptativos) para vivir activamente durante un periodo, reproducirse y enquistarse (algunos) para brindarle un espléndido parapeto a la prole.

Se propagan de forma solitaria o mediante un vector de propagación, el cual suele ser un insecto parasitado por el propio nematodo. En las plantaciones de eucaliptos en Portugal se opta por combatir dicho transportador en lugar de al nematodo. Aquí, por añadidura, se perjudica a un animalillo ajeno a la infestación.

En la península ibérica abundan los nematodos «de quiste», entre ellos, el género Heterodera. Otros géneros frecuentes son Globodera y Meloidogyne (inductor de agallas). Los nematólogos identifican las especies por sus «hábitos» (patrones de zigzagueos repetitivos); además de por una enorme gama de caracteres biológicos.

Despierta el interés de los biólogos evolutivos aquella selección de caracteres que perjudican enormemente al individuo en favor de su descendencia. Así, en el caso de ciertas especies, la hembra empieza a acumular huevos en sus ovarios tras el apareamiento. Algunos eclosionan antes y emergen a través de la vulva femenina. Cuando ya ha salido un número determinado, ésta se sella e impide la salida de los restantes. Entonces, la hembra sufre una degeneración orgánica progresiva y sus siguientes crías empiezan a comérsela por dentro. También ocurre que la vulva se atrofie por cambio hormonal después de la cópula.

Hay ciertos nematodos endofitoparásitos en los cuales puede haber hasta cuatro generaciones de adultos y crías unos metidos en las entrañas de otros. Éstas incluso llegan a convertirse en adultas parasitando a su madre, aparearse y ovar mientras aún están dentro de ésta.

La normativa europea establece que si se detectan nematodos fitoparásitos, deben arrancarse de raíz las hileras que estén infectadas y dos filas más hacia las cuatro direcciones cardinales. Luego se calcina toda la tierra, se vierten productos fitosanitarios y se dejan en cuarentena sin plantar nada. Meses posteriores vuelve a aplicarse el mismo procedimiento para matar a los pocos que hayan sobrevivido. A pesar de los estragos, la mayor parte de tales brotes no acontecerían si nuestra especie no propiciara entornos homogéneos.

El papel de la ecología

La ciencia puede reducir a prácticamente cero las víctimas de cualquier gestión humana no relacionada con la explotación de éstos. Desde luego, no deberíamos practicar jamás el asesinato por la mera circunstancia de que afecten a nuestros intereses. Los propios ecólogos especistas reclaman modificaciones urgentes en la agricultura mundial debido a la pérdida de biodiversidad. Su argumento se basa considerar que dichas «plagas» se reducirían drásticamente si pasáramos de los monocultivos a los pluricultivos.

En ecología existe el llamado «principio de la homogeneidad». Éste establece que un medio homogéneo brinda a las especies consumidoras alta biomasa disponible (incremento de la tasa reproductiva) y rápida colonización (no hay barreras físicas que impidan pasar de una planta a otra).

Bastaría con plantar de manera alternativa y espaciada para reducir infinitamente las ventajas de la homogenidad. En la naturaleza, hay medios altamente homogéneos que no sufren «plagas», ¿por qué? Pues porque los cultivos humanos se distribuyen siempre de manera uniforme con la meta de aprovechar el máximo espacio que se posee. Por el contrario, la distribución típica en medios térreos es la «contagiosa» (manchas de especies a diferentes distancias) y detrás iría la «azarosa». Obviamente, la catalogación depende del grado de acercamiento, es decir, no conlleva lo mismo evaluar la distribución de las especies en una parcela de 50×50 m que estimar la distribución por niveles tróficos o ecosistemas completos.

Otro factor crucial es la fragmentación de hábitats. A corto plazo, debemos procurar la ocupación de espacios cuadrangulares (regulares), dejar correderos y minimizar la manipulación de los cauces fluviales.

Estoy convencido de que, si quisiéramos, nuestra inteligencia nos permitiría no causar damnificados por acción directa o negligencia y no afectar tantísimo a la biodiversidad.

Junto con el imperativo inicial de reducir la población humana, el segundo propósito ideal se resume en lograr cultivos que no sean cultivos, es decir, en extraer alimentos de cada medio sin la necesidad de modificarlo o alterarlo; de un modo análogo a como hacían nuestros antepasados.

La disponibilidad potencial de un recurso concreto no nos legitima intrínsecamente a aprovecharlo hasta el límite. La agricultura, como está concebida en el mundo moderno, implica siempre deforestación y merma de las especies no provechosas. Mi propuesta sintetizada es una apelación al mínimo impacto y a la equidad entre nuestra vida y la de otros seres (sintientes o no) para evitar una huella ecológica superior a cuanto estaríamos forzados por ser seres heterótrofos.


¡Difunde!

2 Comentarios

  • Avatar
    Alvaro Publicado 31/07/2019 14:47

    Me gusta generalmente lo que leo en este blog pero no me parece bien que enlaces al blog de Luis Tovar, un chico muy conocido en el ambiente vegano llamado Respuestas Veganas dice que es un drogadicto y de ideologia ultraderechista.

    • ¡Derechos Animales ya!
      ¡Derechos Animales ya! Publicado 31/07/2019 18:26

      Hola, Álvaro. No sé quién seas, si lo dices por terceros o lanzar aquí un insulto velado. Luis Tovar es de los activistas más serios, cultos y comprometidos que he conocido. El autor de Respuestas Veganas, un tal David Diaz, ni siquiera es vegano, pues él no considera que los animales merezcan respeto, discrimina entre especies, justifica acciones como el encierro, la manipulación genética, y la amputación de órganos para que, según él, los animales no se hagan daño entre ellos. No sé si eres un tercero o un amigote suyo (me da igual), pero no hay nada que demostrar más allá de leer los disparatados artículos de David Diaz y sus comentarios contrarios al veganismo. De hecho, él (menos mal) no se llama vegano públicamente, sino sensocentrista. Su página es una suplantación al veganismo y así debe ser denunciada.

      Un saludo.

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