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Entrevista a Manuel Martin Polo (el abuelo vegano)

Manuel Martin Polo junto con su gato de raza esfinge - Abuelo vegano defensor de los animales

Manuel Martin Polo, el «abuelo vegano», es ahora un defensor de los Derechos Animales. En esta fotografía aparece junto con su gato.

Una entrevista a un abuelo vegano

E: Buenas, Manuel. Gracias por aceptar esta entrevista. Su caso es algo excepcional. La mayoría de los veganos somos jóvenes porque, por regla general, no llevamos demasiado tiempo. En cambio, usted se hizo vegano hace 20 años y ya entrado en la madurez. Podría decir que es todo un «abuelo vegano». ¿Le importaría que lo tutease?

M: En absoluto.

E: Cuéntanos un poco sobre ti.

M: Tengo ahora 65 años, me hice vegano con 45. Me crié en Titaguas, un pueblo de Valencia. Soy hijo de ganaderos y creo que mis experiencias desde la niñez pueden ayudar a que la gente conecte con los animales. Desde los 6 a los 12 años, más o menos, me encargaba de abrevar y apacentar a una decena de ovejas. Eran una propiedad comunal y los granjeros nos repartíamos el cuidado de ese rebaño. Tenía que pastorearlas y luego meterlas de nuevo en el establo. Más tarde, mi padre abrió una granja porcina y estuve trabajando con él hasta los 20 años. Entonces me fui al servicio militar y no volví a regresar al pueblo.

E: ¿Por qué decidiste no regresar?

M: Pues por lo que les hacíamos a los animales. Desde pequeño he sentido una fuerte empatía con ellos y las prácticas ganaderas me horrorizaban. Siempre noté en ellos una nobleza inconmensurable, incluso diría que me querían. Si alguno se escapaba o saltaba una valla, iba a buscarlo antes de que se diera cuenta mi padre. Él no era cruel, pero carecía de tacto y a veces se le iba la mano. Yo sufría un verdadero trauma. Era muy triste que aquéllos de nosotros que teníamos la oportunidad de pasar mucho tiempo con los animales y llegábamos a conocerlos bien, éramos los que después les causábamos dolor y muerte con nuestras propias manos.

Lechones echados unos con otros - Castración de animales

Lechones echados unos junto a otros en una granja porcina.

E: ¿Puedes explicarnos qué tenías que hacer y que veías en tu pueblo?

M: Verás. Hacíamos de todo. A los dos meses de nacer, yo sujetaba a los cerditos a media altura para que mi padre los castrara de un tajo con una cuchilla. Todavía recuerdo sus chillidos y la sangre. Entonces, mi padre los tiraba como un bulto y me mandaba a agarrar al siguiente. Teníamos 12 cerdas de vientre que parían todos los años y 150 cerdos de engorde, así que era una práctica muy recurrente. También recuerdo que todos los años veían corredores de animales para regatear y comprarnos cabras y corderos. Lo pasaba muy mal. Cuando cogían a uno, el resto parecía saber lo que pasaría, se resistían y se les caían lágrimas entre balidos. Los capturaban a la fuerza maniatándolos con cuerdas y los subían a un camión. Respecto al pueblo, todo el mundo tenía un cerdo para cebarlo hasta que alcanzase los 120 o 140 kilos. Todos los años se montaba una fiesta alrededor de la matanza. Siete u ocho personas sujetaban al cerdo y una lo degollaba. Aún así, algunos cerdos grandes sacaban tanta fuerza por el horror que conseguían huir media calle mientras se desangraban.

E: ¿Llegaste a decirle a alguien de tu familia lo que te parecían esas acciones?

M: A mí madre le decía que no podía hacerlo porque después me hartaba de llorar. Ella me respondía que era mi trabajo para traer el pan a casa. Yo no era el hermano mayor, pero ejercía como si lo fuera. La mitad de nuestros ingresos venían de la ganadería y la otra mitad de la agricultura. Y, además, en la familia, como en todas, me decían que necesitaba comer carne para crecer y estar sano. Criarlos y matarlos era, por tanto, algo normal y necesario.

Huerta ecológica de Manuel Martin Polo - El abuelo vegano

Huerta ecológica de Manuel Martin Polo.

E: ¿Hacías alguna labor agrícola también?

M: Sí. Yo araba el campo con dos mulas. Eso lo llevaba mejor. Ahora comprendo que es una explotación igualmente, pero no me afectaba tanto porque no las hacía sufrir ni tampoco contábamos con otros medios para hacer las labores más que con nuestros aperos tradicionales de labranza. A las mulas les poníamos alforjas para el transporte de fardos y sacos de forraje. Para la cosecha del trigo, usábamos un carro…

E: Que tiraban las mulas.

M: Que tiraban las mulas, claro. Yo nunca les pegaba ni las trataba mal. Mi padre sí lo hacía en momentos de frustración. Los caminos del pueblo eran pedregosos y si había llovido, el carro se quedaba atrancado por el barro y el lodo. Y las mulas, por mucho que tirasen, pagaban el pato. Pese a todo, la mayoría de mis momentos con ellas fue bueno. Las llevaba a abrevar a mediodía, jugaban conmigo y trotaban con júbilo. Una vez, yendo montado sobre una y llevando a la otra del ramal, perdí el equilibrio y caí de lado. La mula sobre la que iba se detuvo al instante para evitar pisarme, y la de detrás se paró en seco también. Si hubiera avanzado, me habría aplastado con sus cascos. Presenciar eso me marcó de veras, pues me hizo ver la bondad y cómo los animales muestran empatía y entienden mucho más de lo que creemos.

E: ¿Qué pasó cuando regresaste del servicio militar?

M: Me mudé a Valencia capital y estuve una pequeña temporada trabajando en una fábrica de muebles. Para entonces, volvía al pueblo en contadas ocasiones para ayudar a mi padre. Años más tarde monté mi propia empresa de productos naturales que suministraba a herboristerías. Mi relación con el veganismo fue tardía. No tengo todavía muy claro cómo di el paso. Cuando tenía unos 40 años conocí a gente vegetariana en Valencia, hablaba con ellos a menudo y me hice vegetariano. Después, a los 45 años, me hice vegano al contar ya con más información. Jamás pensé en mi salud o en el medio ambiente, sólo me importaban los animales desde mi infancia. Yo viajaba mucho y la verdad es que tenía serias dificultades para encontrar productos veganos y solventar dudas sobre nutrición. Ahora existe internet, antes no era tan fácil y uno podía sentirse realmente solo.

Javi, alias el «Chatarras», rescatando a una oveja para el programa «A cara de perro» - Circo mediático del animalismo

Javi, alias el «Chatarras», haciéndose un ‘selfie’ con una oveja de la «granja de los horrores» de Titaguas para el programa «A cara de perro». A dicho programa bienestarista le dediqué un artículo titulado el circo mediático del animalismo.

E: ¿Haces activismo?

M: Lo intento. Me planteo a diario cómo llegar a la conciencia de la gente sin juzgar a nadie. Sé que la sociedad vive engañada como a mí me engañaron de niño. Es difícil. No tengo una gran habilidad con los dispositivos móviles ni con las redes sociales, pero me las apaño. Trato de explicar los males de la ganadería que ocultan los medios de comunicación y el blanqueo informativo que hacen por dinero, como un caso de hace poco en que hubo una «granja de los horrores». Se trataba de un señor de mi pueblo que cobraba subvenciones por criar ovejas y las tenía hacinadas y muertas entre sus heces. Antes, a las afueras de Valencia, veía campo y montes. Ahora sólo hay macrogranjas, unas 50 granjas para 500 habitantes, y carreteras por las que pasan camiones cargados con balas de paja y heno, y animales metidos dentro para llevarlos al matadero. De chico, veía a lombrices salir de la tierra. Ya no aparece ninguna debido a la contaminación por nitratos causada por los purines de los cerdos. Y los ecologistas sólo mencionan los purines, no a los propios cerdos que están encerrados y que, por ello, se acumulan sus purines. La sociedad humana nunca se ha planteado que esté mal esclavizar a los animales. Lejos de eso, cada vez se crean más campos de concentración para suplir las altas demandas de nuestra sociedad. Comer carne no es justo para ellos. La cantidad de carne que debemos comer es cero porque cero son los animales que deben ser nuestros esclavos. Hablar de «trato humanitario» o condenar el «maltrato animal» perpetúa la esclavitud. Eso sí, reconozco que mi activismo está limitado principalmente por mi escasez de conocimientos. Nunca terminé la escuela porque mi padre me sacó para trabajar el campo. Era lo normal de la época. Ahora, soy un abuelo vegano, me ocupo de cuidar a mi nieto y el tiempo lo tengo ocupado al completo en lecturas de veganismo y salud natural. Doy paseos por la montaña e incluso muchas veces participo en carreras por esta superficie, pues la montaña es una de mis grandes pasiones junto con mi huerto ecológico.

Manuel Martin Polo vestido con la equipación del club deportivo «Unión deportiva vegetariana» - El abuelo vegano

Manuel Martin Polo vestido con la equipación del club deportivo «Unión deportiva vegetariana».

E: Tengo entendido que eres un gran aficionado al atletismo, ¿quieres contarnos algo sobre eso?

M: Claro, me encanta. Por ahí ronda el mito de que un vegano no puede ser deportista y mucho menos de alto rendimiento sin tomar proteínas de origen animal. Por lo que me he documentado y he comprobado yo mismo, es una reverenda estupidez. Corro con un club deportivo que se llama «Unión deportiva vegetariana». Cada uno de los corredores participa en las pruebas populares que desee. A mí me sirve para ir mostrando la enseña del club por donde voy y así desafiar este mito. Además, así puedo conocer a gente vegetariana interesante y hablarle del veganismo. Soy el más mayor en participar. En mi pueblo lo saben y más de una vez he oído comentarios al respecto.

E: ¿Puedes hablarnos de ese gato que vemos en la imagen?

M: Es el único animal que tengo, un gato de raza esfinge al que alimento de forma vegana. Lo llamativo es que por hacerlo recibo un aluvión críticas en internet provenientes de supuestos veganos, a pesar de que los veterinarios aprueban la dieta vegana en perros y gatos. Yo les respondo con que si alguna vez han visto a un gato cazar un atún o una ternera, dos de los animales más presentes en la comida vendida para gatos. Aunque alguien crea ser vegano por no comer animales ni vestirlos, no es vegano si sigue discriminando entre especies y ve a uno como alimento para otros. Es una forma de especismo de preferencias muy arraigada. Hay activistas que engloban esta actitud irracional en lo que denominan «el segundo adoctrinamiento». Por suerte, empieza a haber estudios académicos serios en torno a esta discriminación.

E: ¿Tu mujer e hijos también son veganos?

M: Por desgracia, no. Mi mujer tiene una dieta 100% vegetal pero lo hace por su salud y el medio ambiente. No ha hecho todavía la conexión sobre por qué los animales merecen respeto. Cuando vienen invitados no veganos, como mis hijos, ella les sirve comida especista. Yo no hago excepciones, venga quien venga. Aunque me haya dado el paso al veganismo en una etapa bastante tardía, tengo el propósito de convencer al 80% de mis conocidos. Basta con que los veganos actuales sepamos llevarle el veganismo a un par de decenas de personas para cambiar el mundo. Hay que hacerlo.

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¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicos

El fijismo ecologista y otras creencias anticientíficas

¡Derechos Animales ya! - Ternero mirando delante de molinos eólicosEl fijismo ecologista puede definirse como la creencia entre los ecologistas de que cada animal está o deber estar en un hábitat determinado y cumplir con un rol ecológico determinado. Esta creencia deriva en el exterminio de las mal llamadas «especies invasoras» y en la búsqueda constante de una utilidad para las especies en peligro de extinción.

El ecologismo especista incurre en un fijismo religioso

El fijismo era una interpretación religiosa sobre el origen de las especies que data desde antes de que Darwin propusiera la Teoría de la Evolución. De acuerdo con el fijismo (una creencia derivada del «creacionismo»), todas las especies existentes son inmutables y así debe ser por una fuerza suprema o divina.

La adaptación del fijismo a nuestros días se percibe en la creencia de que cada especie debe ocupar un hábitat específico y que no debe ocupar otro hábitat (o que una especie deber presentar unos rasgos específicos, o que debe alimentarse de esto y no de lo otro, etc.), es decir, se mantiene desde entonces la idea irracional de que el estado conocido de la naturaleza es el que ha tenido y el que debe tener. Se observa que esta creencia irracional y anticientífica está, en nuestros días, demasiado extendida entre individuos y colectivos ecologistas (proteccionistas). Y, por supuesto, conlleva serias repercusiones y perjuicios para los animales.

La responsabilidad humana y los dogmas ecologistas

El ecologismo, en su vertiente especista, considera dogmáticamente que los seres humanos debemos conservar la biodiversidad (número de especies) y la diversidad (distribución de las especies) según patrones observados en la naturaleza. Puede ser racional, desde el punto de vista científico, observar las características de las especies, su distribución y sus roles para entender cómo funciona el ecosistema y por qué nuestras acciones llegan a degradarlos. Hasta aquí, es ciencia. Sin embargo, basarnos en tales hechos para justificar la moralidad de nuestra acciones incurre en la falacia naturalista: la confusión entre el ser y el deber ser, entre lo existente y lo que debiera existir.

Por ejemplo, que en un lago haya una especie dominante de alga nos plantea un interesante estudio acerca de por qué ocurre así, no obstante, creer (sin más) que esa alga debe dominar para que el medio fluya adecuadamente y que tenemos la obligación de favorecer dicho contexto, o bien, por el contrario, que esa alga no debe dominar y que tenemos la obligación de exterminarla, nos dirige a esta falla del raciocinio que llamamos falacia naturalista.

El ecologismo se apoya en lo existente para tomar medidas más allá de la responsabilidad humana (principio de casualidad). Es decir, resulta frecuente que los ecologistas eviten cualquier alteración del medio que pudiera incluso considerarse «natural» (sin intervención humana), por ejemplo, la migración de aves, con el argumento de que todos los medios están alterados a nivel planetario y de que se requiere dicha manipulación para evitar un posible colapso.

Lo irónico del asunto es que si dicho colapso va a causar vidas animales, ellos se encargarán de que tales animales la palmen antes. No les importa esta contradicción porque tienen a los animales cosificados moralmente. El ecologismo especista percibe la naturaleza como un gran «tablero de ajedrez» en que el ser humano, como vicario en la Tierra, tiene que mover las piezas que la componen por el bien de todos.

De esta manera, la falacia naturalista, la cual pudiera deberse a sesgos cognitivos, lleva a un tipo de aplicación concreta que, por las razones históricas mencionadas, se denomina «fijismo». Aunque en primera instancia pudiera parecer coherente el planteamiento fijista («cada animal en su lugar» o «cada animal como debe ser»), no lo es en absoluto.

¿Acaso los humanos hemos dudado en expandirnos y colonizar casi todas las tierras de nuestro planeta? ¿Si nosotros migramos y transformamos el medio está bien («es natural») pero no lo está si lo hacen otras especies? ¿Acaso este criterio no entra en contradicción la Teoría de la Evolución? Se vuelve evidente que aplican una doble vara de medir y que el fijismo nace realmente de su antropocentrismo especista. El ecologismo recoge una creencia antigua en su empeño de devolver la Tierra a un estado hermoso anterior a la aparición del ser humano.

Ampelis americano - Especie invasora para el fijismo ecologistaAmpelis americano. Diversas especies introducidas aparecen catalogadas como «especies invasoras», un eufemismo para referirnos a aquellas especies que están en un lugar no autóctono por nuestra culpa, que perjudican a nuestros intereses y que queremos exterminar.

El dogma fijista en cuanto a animales salvajes y domesticados

Por un lado tenemos a los animales salvajes (exterminados por el ser humano) y, por otro, a los animales domesticados (esclavizados por el ser humano). El ecologismo y su fijismo adoptan ligeras diferencias ideológicas según de la función esperada para los animales.

Para animales salvajes

Respecto a los animales salvajes, múltiples grupos ecologistas rechazan cualquier transformación del medio ambiente aun cuando pudiera entenderse como «natural» (no debida a acciones antrópicas); pues interpretan que toda desviación de lo conocido es perjudicial, mala o «antinatural». Por ejemplo, si se da el caso de dos especies de aves que cada vez hibridan con mayor frecuencia debido a que han modificado sus ciclos anuales o rutas de migración. Muchos ecologistas buscarán métodos de evitar dicha «mezcla génica» con el argumento de «respetar los fenotipos endémicos».

A veces, tales acciones ecologistas vienen respaldas por un incentivo monetario en la «conservación» de especies autóctonas, con lo que el dogma fijista se mezcla con un sesgo xenófobo. Y no hablamos únicamente de medidas pacíficas para lograr dicho objetivo cuestionable; sino también del asesinato sistemático de cualquier especie (catalogadas como «invasoras») en nombre del ecologismo si éstas atentan al «modelo de perfección ecologista» o convienen diezmarlas por razones meramente económicas (p. ej. turismo, ganadería, etc.).

Las especies alóctonas no se «cargan» la naturaleza; la migración de especies, así como la formación y extinción son procesos naturales que llevan ocurriendo millones de años. La razón de por qué los animales alóctonos pueden afectar gravemente al medio se debe al hecho de que nosotros, al alterar y condicionar su movilidad geográfica, generamos una alteración infinitamente superior a la que, en teoría, habría habido en condiciones normales sin intervención humana.

Cuando, a menudo, se aduce que las especies «invasoras» son un «peligro para el ecosistema», olvidan que la «naturaleza» corresponde a todos los elementos bióticos y abióticos. En estos casos, tales alegatos catastrofistas son eufemismos y calumnias para señalar que perjudican a las actividades humanas como la ganadería, la agricultura, el turismo o los propios asentamientos humanos.

De manera que, como nos perjudican a nosotros (el ecosistema es sólo una excusa), pues entonces nos arrogamos el dignificante papel de «salvadores de la naturaleza» dándoles muerte a unos animales cuyos «daños» causados son infinitamente inferiores a los nuestros mientras permanecemos continuamente propagándonos por la Tierra como una plaga.

Ningún animal es una «plaga», nosotros lo somos y hemos sobrepoblado todos los ecosistemas con especies domesticadas (esclavizadas) que influyen infinitamente más al medio ambiente que cualquier especie salvaje alóctona. Somos la plaga terrícola que acusa y asesina a otros animales cual chivos expiatorios. Obviar este hecho denota un sesgo y una ignorancia terribles. Hay quienes, ante esta situación, promueven «sacrificios humanitarios» como si hubiera una manera justa de asesinar a un animal inocente de nuestra pésima gestión ambiental.

Pero, claro, el ecologismo institucional es un negocio y parte de su fijismo está movido por el dinero. Por ello, no oiremos a GreenPeace (entre otras organizaciones ecologistas) decirles a sus socios que dejen de comer carne; sino que prefieren «marear la perdiz» mediante protestas de cariz xenófobo a las masacres y a la explotación animal acontecidas en países extranjeros, junto con propuestas estúpidas (como la nueva ocurrencia de rechazar las cañitas del plástico) en lugar de enfocarse en el principal foco de contaminación (la ganadería).

Los ecologistas muestran una hipocresía tremenda al querer salvar animales salvajes (sólo si se hallan en hábitat que les «corresponde») al mismo tiempo que fomentan la tala de bosques y la destrucción del medio para dejarle espacio al «ganado». Total, sus socios y donantes van a seguir a pies juntillas cualquier cosa que suelten. El negocio es el negocio y la pela es la pela. La coherencia, si eso, para otro día.

Si nos despojamos de prejuicios intereses egoístas, la respuesta está clara. Basta con que evitemos la introducción de especies alóctonas, de intervenir en la naturaleza con complejos de dioses y que dejemos en paz a los ya introducidos, en consonancia con el principio de igualdad.

Rebaño de ovejas - Animales domesticadosEl fijismo ecologista, como fruto del propio especismo de los ecologistas, considera que todo animal autóctono de una región debe integrarse con la ganadería o el turismo de una zona para lograr su conservación.

Para animales domesticados

El ecologismo especista y su fijismo incurren en una doble moral con respecto a la mera existencia del ganado esclavizado. Los animales criados por el ser humano se encuentran fuera de su hábitat (a menudo son alóctonos), presentan una población muy superior a su estado salvaje y, por ambas razones, ejercen una fuerte presión sobre los ecosistemas aledaños debido a que los criamos por el beneficio de aprovecharnos de ellos, lo cual no tiene una justificación ética ni ecológica.

Sin embargo, el grueso de los individuos y colectivos ecologistas no se pronuncian contra la explotación animal ni los daños causados a los animales domesticados por la selección artificial, ni siquiera apelando a razones utilitarias como que «perjudican al medio ambiente». Su fijismo sólo los mueve cuando hablamos de animales salvajes que se hallan, por fortuna, «ligeramente» libres de la dominación humana. Como parte del antropocentrismo, el ser humano detesta inconscientemente la mera existencia de animales libres porque son variables que quedan lejos de nuestro control.

El fijismo ecologista, por su influencia antropocéntrica, no percibe a los animales como individuos únicos e irrepetibles; sino cual simples contenedores de genes que deben permanecer inalterados, inmaculados y «perfectos». Este hecho o, mejor dicho, una aplicación de esta creencia, se vuelve especialmente presente en el caso de los animales domesticados. Cuando se refieren a la zootecnia y explotaciones ganaderas, cambian un poco el discurso para justificar o procurar una serie de rasgos biológicos seleccionados que los mantengan en ese estado de «perfección».

En muchas ocasiones se habla de «razas puras» de una manera eufemística y anticientífica. En biología, el concepto de «raza pura» u homocigótico sólo se aplica en referencia al organismo que posee todos sus alelos iguales para un mismo carácter. Dicho concepto se contrapone al de «híbrido» o heterocigótico, el cual presenta diferentes alelos para un mismo carácter. Que un animal sea «raza pura» no significa que presente unos rasgos más adaptativos ni se relaciona con una mejor fisionomía o belleza.

En cambio, el ser humano confunde el sentido biológico con su conveniencia utilitaria al creer que determinados rasgos conforman una «raza pura», aun cuando no cumpla la definición genética del fenómeno. Así ocurre, quizás, por un sesgo relacionado con el fenómeno decimonónico del darwinismo social o ciertas interpretaciones raciales muy anteriores al desarrollo moderno de la biología. Puede ahondar en estos conceptos en el artículo: La domesticación, la selección artificial y sus efectos.

Sea como fuere, hay individuos y colectivos ecologistas que están convencidos de que determinadas razas animales, criadas y manipuladas por el hombre, constituyen un acervo genético que merece «conservación» por su importancia cultural o económica. De esta forma, para ellos, algunos animales domesticados debieran ser «conservados» como los animales salvajes según intereses humanos. En ambos casos, se observa una interpretación anticientífica de la naturaleza que cobra vigencia en nuestros días ante la problemática de las especies en peligro de extinción.

Claro que debemos salvar a los animales, pero no por sus rasgos naturales o seleccionados, sino porque son individuos que sienten y padecen como nosotros. Cuando uno trata de explicar esto, muchos ecologistas saltan con sus prejuicios camuflados de elucubraciones científicas. A menudo alegan falsedades como que las plantas sienten o que «no todo el mundo puede ser vegano», algo así como afirmar que «no todo el mundo puede cumplir la ley» o que «está bien asesinar porque siempre habrá asesinos».

Algo queda claro: mientras el ecologismo actual sea especista y esté influenciado por el dogma fijista, solamente serán actores y cómplices del mismo sistema que lleva a los animales a la extinción y que contamina el planeta.

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Entrevista a Irene Aparicio Estrada (examazona de salto ecuestre)

Irene Aparicio Estrada junto con un jabalí en un albergue para animales en Escocia - Examazona de salto ecuestre y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada, examazona de salto ecuestre y deportista hípica, junto con un jabalí en un albergue de animales rescatados en Escocia.

De amazona de salto ecuestre a vegana, Irene nos habla de una realidad velada

E: Gracias, Irene, por aceptar mi propuesta de entrevistarte. A menudo se incurre en la falsa creencia de que los veganos somos todos «urbanitas». Y dentro del movimiento animalista se piensa a menudo que los explotadores taurinos, cazadores o ecuestres sean malas personas sin corazón. Habría que acabar con ese mito.

I: Totalmente de acuerdo, yo de urbanita tengo poco.

E: Cuéntanos un poco sobre ti.

I:  Yo vivo en Asturias, tierra de ganadería. Por lo general, en el norte la cultura de la carne está más arraigada. Quizás se halle relacionado con las condiciones climáticas, pero en Asturias es muy corriente ir a un restaurante y que no haya ni un solo plato que no contenga productos de origen animal. Por otro lado, se dice que Asturias es rural, lo que parece que lleva consigo la explotación animal por bandera. Cuanto más rural se considera un sitio, menos lugar hay para la reflexión. Quizás porque en nuestras costumbres norteñas está más arraigado el consumo de carne. Ésa es mi sensación.

E: ¿Tus padres se dedican a la ganadería?

I: No. Mis padres no son ganaderos, pero tienen una casa en el monte, en el pueblo de Villaviciosa, desde que nací. Mi padre tiene algunos animales para consumo propio. No nací en un ambiente ganadero, pero prácticamente todo asturiano es como si lo fuera. Él ha tenido desde cabras, ovejas, gallinas y palomas hasta avestruces, caballos, patos, ocas, y siempre los ha tenido por capricho y, por supuesto, los ha visto como un recurso. Esto te lo digo así ahora, porque para mí, mi padre era un verdadero amante de los animales, para mí eso era querer a los animales. Actualmente tiene siete u ocho gallinas para alimentarse de sus huevos y un par de gallos.

Irene Aparicio Estrada junto con su caballo Tango en el año 2013.

Irene Aparicio Estrada junto con su caballo Tango en el año 2013.

E: ¿Cómo te convertiste en amazona de salto ecuestre?

I: El tema de la hípica surgió porque, cuando yo tenía 3 años, mi padre compró nuestra primera yegua. Venía de una escuela hípica. Al parecer, la habían domado antes de la edad recomendada. Eso le había causado un problema de espalda. Parecía que la tenía combada o algo así. A mi padre le dijeron que seguramente sufría dolencias que se le pasarían. Tenía muchas esterotipias, sobre todo cuando le echaban de comer. Se ponía agresiva a la hora de la comida porque siempre había tenido que pelear por comer al estar junto a caballos más dominantes que ella. Era como una especie de trauma que tenía. Al echarle heno se volvía loca y no dejaba que otros caballos se acercaran por si se lo quitaban. Él me enseñó a montar en mi casa y con esta misma yegua llegué a competir 10 años más tarde. Sobrevino porque mi padre tenía un amigo, cuyo hijo montaba y competía, por lo que me apuntó a clases de hípica con unos 12 o 13 años. Para entonces, él quería apuntarme a clases extraescolares para que fuese una buena estudiante y no me dejara llevar por la «mala vida». De hecho, también estuve en kárate y en gimnasia rítmica. En la familia nos iba bien y llegamos a tener incluso 6 caballos. De ahí en adelante seguí y llegué hasta a competir a nivel nacional, por lo que te puedes imaginar la de cosas que podría contar.

E: ¿Cuáles fueron tus experiencias cuando comenzaste en la hípica?

I: Ya desde pequeña, mi padre había enseñado bastante bien a montar mientras íbamos de rutas con amigos. Así que, cuando empecé en la hípica, hubo cosas que me impresionaron y otras que, por la edad y el contexto, me hicieron ver como normales. Muchos caballos del centro en el que me entrené, y lo mismo cabe decir de otros centros, sufrían un vicio conocido como «tragar aire», entre otras esterotipias y resabios. Lo peor era que los instructores no hacían ni lo más mínimo por ayudarlos. Lo percibían como algo completamente natural. Sabían explicarme por qué sucedía, pero no se le prestaba mucha atención al problema.

Irene Aparicio Estrada durante la competición de la Liga Norte del año 2010 con su yegua Nika For Ever - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante la competición de la Liga Norte de salto ecuestre del año 2010 con su yegua Nika For Ever.

E: ¿Te enseñaban que la hípica era un «binomio», algo mutuo?

I: Sí, pero la hípica no es algo mutuo. Sólo importa que obedezcan. Para someterlos se hacían un montón de cosas que aborrecía. En primer lugar, si el caballo se resistía a ser montado durante la doma, lo normal es darle cuerda hasta «matarlo de cansancio». Así, un día y otro, hasta que pudiéramos subirnos al caballo sin que hiciese por tirarnos. Más tarde, cuando llegaba la hora de entrenarlos para el salto ecuestre, una «técnica» de entrenamiento consistía en meterse en las cuadras y permanecer un rato pegándoles en las patas para que asociaran los golpes con los palos y así siempre los evitasen. Y, cuando llegaba la hora de competir, otra «técnica» usada incluso en alta competición consistía en meterles chinchetas dentro de los protectores de las patas para que se las clavasen si rozaban un palo. De esta manera, el caballo asociaba que no debía nunca rozar uno de los palos que forman las barreras de salto. Ni siquiera llegaban a considerar que aquellas prácticas fuesen «maltrato». Cualquier daño que causáramos en nuestro beneficio era excusable. He estado en dos centros hípicos, uno en Gijón y otro en Oviedo, y esto lo he vivido en persona.

E: ¿Cómo afrontabas estas acciones que veías y te enseñaban a realizar?

I: Llegué a enfadarme con mi profesor cuando lo vi pegándole a mi yegua a mis espaldas. Su excusa, y la de todos, fue que así es como se les enseña y que así se doma a todos los caballos. «¿Qué crees que hacen los equitadores?», me preguntaba retóricamente. Si quería ganar, tenía que hacerlo y punto. Mi profesor recurría a eso en ciertas ocasiones, sobre todo cuando la competición era importante. El bienestar animal no existe ni en la hípica ni en ninguna forma de explotación animal. Es un cuento para tranquilizar conciencias. Los caballos son objetos. Y digo que son objetos porque se los trataba (y trata) como objetos en todos los sentidos. Por ejemplo, mi yegua se encontraba en régimen de pupilaje y se alojaba en el centro hípico. Yo iba a entrenar cuatro días a la semana, más por sacarla de la cuadra que por necesidad mía. Si, por el contrario, un dueño se desentendía de su caballo, éste se quedaba todo el tiempo en la cuadra. Y lo peor no era eso. Como los caballos son legalmente propiedades, si un propietario deja de pagar la cuota de pupilaje, el caballo es embargado. Y mientras dura el proceso de embargo, que puede ir desde dos meses hasta lo que quiera el tribunal, el centro no puede ni tocarlo siquiera. Normalmente, el centro sigue alimentándolo y abrevándolo, pero imagínate el sufrimiento y las enfermedades que se les provoca.

E: ¿Viste que explotaran yeguas embarazadas o algo respecto a la crianza de caballos?

I: Pues mira, casos de yeguas embarazadas obligadas a competir o entrenar no vi nada, o no lo recuerdo. Pero respecto a las compraventas, aquellos caballos que pasaban de mano en mano acababan usados por niños recién iniciados en la equitación o como caballos para terapias («hipoterapia»), sobre todo, si eran bastante mayores, tenían un carácter noble y tranquilo, y no eran muy altos. Vamos, ni jubilarse tienen permitido. Luego están las famosas paradas, donde propietarios con caballos, famosos por sus resultados en las pruebas o por sus «genes», los llevaban a tal sitio y venían todos los clientes con sus yeguas para que el semental o los sementales de turno las cubriesen. Muchas veces era el propio ejército el que hacía esas paradas con sus sementales. En la hípica, los caballos son mercancías.

Irene Aparicio Estrada durante entrenamientos de salto ecuestre - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre.

E: Aún así seguiste…

I: Te inculcan que todo esto es normal y que, después de todo, «amábamos a los animales» por tratar con ellos, a diferencia de mucha gente que no ve de cerca a un caballo en su vida. Darles de comer por nuestra conveniencia, entrenarlos por nuestra conveniencia y por forzarlos por nuestra conveniencia era una forma de «amor». Al principio me parecía como un juego y cuando me forzaban a hacer ciertos ejercicios, creía que yo misma era una cobarde o una exagerada por preocuparme por el animal. Saltar 0,5 m no es casi nada, pero cuando subí de categoría a 1,1 y 1,2 m, empecé a sentirlo como algo abusivo. Recuerdo que, una vez entrenando, mi profesor se calentó y elevó el salto a 1,3 m, una altura que suponía un gran desgaste para el caballo y que a mí me ponía en riesgo. Sinceramente no sé cómo llegué hasta ahí, porque recuerdo que cuando la hípica se convirtió en un deporte para mí, no me sentía a gusto. A medida que mi nivel de competición iba subiendo, me iba asustando más, sentía de alguna manera que eso me quedaba muy grande y me daba mucho apuro que el caballo hiciera esos esfuerzos. Como te digo, yo pensaba que lo que me pasaba es que no era lo suficientemente valiente, porque todo el mundo lo hacía y yo era la única que tenía miedo, sentía que estaba sometiendo a un animal a algo que realmente no quería hacer, ni él, ni yo. Para prepararme mentalmente, iba con mi padre a ver las competiciones de salto de Las Mestas. Lo pasaba fatal, de veras, al ver que les ponían una burrada de altura para saltar. Dejó incluso de gustarme a ir.

E: E incluso para no gustarte eras buena en salto ecuestre, ¿verdad?

I: En el año 2007 gané el campeonato de Asturias en la categoría ponis D y al año siguiente gané la medalla de bronce a nivel regional. Competí en la Liga Norte y quedé en quinta posición en la clasificación general. Entretanto, gané varias competiciones locales y participé en la liga nacional de España. Entonces, me retiré de un día para otro con 20 años.Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre - Examazona y deportista hípica

Irene Aparicio Estrada durante sus entrenamientos de salto ecuestre.

E: ¿Qué pasó?

I: Sufrí una caída bastante grave. Mis padres se asustaron y me dijeron, literalmente, que no compensaba exponerme a las exigencias del deporte profesional ni tampoco económicamente. Para entonces ya montaba a otra yegua. Y ésta quedó, igualmente, en segundo plano. Respecto a mi primera yegua, mis padres se la «donaron» a un señor que la cuidaría. Ya no tengo contacto con ella, pero sé dónde está y que, al menos, está bien.

E: ¿Y cómo te hiciste vegana?

I: Me habría gustado decir que dejé la hípica por hacerme vegana, pero, como oyes, no fue así. Como ves, el animal siempre dio igual. Me hice vegana hace un año aproximadamente. Mi relación con el veganismo vino porque conocí a un amigo que era vegetariano, y a raíz de hablar con él, me di cuenta de que, si yo siempre había querido a mis animales, ¿cómo podía estar comiéndomelos al mismo tiempo? Entonces di el paso y me hice vegetariana. Luego, a medida que fui concienciándome e informándome, además de ver documentales estremecedores como Earthlings o Hope, di el paso definitivo hacia el veganismo en un mes. Ahora estoy muy contenta de poner mi grano de arena como activista al desarrollar un proyecto fotográfico para reivindicar los Derechos Animales.

E: ¡Vaya! Eso sí que es tener iniciativa. Háblanos de ese proyecto.

I: Se trata de un proyecto fotoperiodístico que he gestado en Escocia, donde trato de mostrar la realidad de muchos individuos no-humanos invisibilizados. Tengo fotografías que visibilizan la explotación animal en todas sus formas y otras para luchar contra el especismo. Mi idea es llevar el proyecto a institutos, exposiciones e impartir charlas al respecto. También voy a cubrir historias de humanos que, a diferencia de mí, tienen una relación especial con un animal diferente de los que solemos ver con un humano. Por ejemplo, está la historia de una chica y una oveja que son inseparables para que la gente vea que podemos romper esa barrera especista y respetar a todos los animales por igual, no solo a los perros y gatos… o a caballos, aquellas pocas veces en que la sociedad se acuerda de ellos.

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Estas fotografías pertenecen al proyecto fotoperiodístico de Irene Aparicio Estrada (Irene Ziel). Se muestran en esta publicación con permiso de la autora. Para información y contacto, visite la página del proyecto.

E: Desde luego, todos nos sorprendemos cuando echamos la mirada hacia atrás. ¿Cómo se lo tomaron tu familia y amigos?

I: Mis padres llevan bien lo de mi alimentación, pero les molesta que les diga que dejen de explotar a los animales y que no compren más. Mi hermana me critica que yo ahora condene aquello que yo misma he estado haciendo durante años. Yo le respondo que todos cambiamos y que los animales necesitan que empecemos a verlos como personas en lugar de como simples objetos. Mis amigos, por su parte, lo «flipan» como mi familia, pero no me he sentido rechazada por ellos. A una chica que conozco, muy sentimental y expresiva, traté de explicarle esto mismo, pero no quiere entenderlo. La sociedad muestra una gran aversión al cambio. Sienten mucho miedo interior.

E: Nadie podría negar que eres muy valiente al contar tus experiencias. Y, además, lo haces con tu nombre y apellidos.

I: Digo sin pudor que ya no volvería a montar a caballo. Y hoy no tendría tampoco ningún reparo en enfrentar la realidad ni de tratar de dialogar con quienes participan en la explotación ecuestre o me enseñaron esas terribles prácticas. Creo que hay mucha gente sensible como yo, pero que simplemente no han hecho la conexión porque les da miedo enjuiciar sus actos. Los animales necesitan que seamos valientes. Y la valentía no está en saltar dos metros a lomos de un caballo, sino en asumir nuestros errores y luchar por enmendarlos. La perseverancia es lo último que espero perder.

Referencias

Ocio caballo

El Comercio

Portal Ecuestre (palmarés de Irene Aparicio Estrada)

Perfil público de Irene Aparicio Estrada (Facebook)

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Festejos con animales: «Rapa das bestas»

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En la «Rapa das bestas» es un festejo con animales en donde cientos de caballos son capturados, hacinados, coaccionados y violentados con el único fin de escenificar la dominación humana mediante un ritual de fuego y sangre.

Cada año acontece en Sabucedo, Pontevedra (España), una fiesta popular llamada Rapa das bestas (El rapado de las bestias), declarada como fiesta de Interés Turístico Internacional. Un acontecimiento en que se saca del campo a caballos y yeguas, y se los agolpa a lo largo de las calles y la plaza de la localidad para proceder a su marcaje a hierro y que conozcan de una vez la razón por las que habían estado viviendo en relativa paz hasta el momento.

Se trata de uno de muchos festejos con animales que, como tantos otros, se reduce a una escenificación o recreación violenta y ritualizada de la dominación del ser humano sobre las «bestias» (cualquier animal cuadrúpedo) porque, injustamente, nos consideramos superiores a los demás animales.

En la práctica, todos pueden participar: desde niños a mayores, ganaderos, criadores, monitores de equitación y cualquier otro individuo que sacaría más provecho a su tiempo (y causaría menos daño) jugando al Candy Crush. Y ahí se los ve: intentando exhibir su hombría comportándose como carvernarios y decenas de adolescentes a los que se les inculca el prejuicio moral del especismo, el prejuicio de que está bien hacerles a otros aquello que no querríamos sufrir si no pertenecen a nuestra especie.

Derechos-Animales-ya-Rapa-das-bestas-Caballos-asustadosLa «Rapa das bestas» es un festejo con animales que constituye una exhibición de la dominación humana.

«Rapa das bestas», un ritual de dominación humana sobre los animales

Como diría un antropólogo, la Rapa das bestas es un acto de dominación humana es real y ritual al mismo tiempo. Se representa el poder y la supremacía humana, y nuestras habilidades y facultades para sobreponernos a la naturaleza mediante la fuerza con el fin de demostrarles nuestro dominio bípedo a unos animales que, hasta entonces, eran ajenos a la esclavitud y no sabían que desde su nacimiento tenían marcado el momento en que pasarían a convertirse en nuestros esclavos.

El ser humano, no ahíto con someter y domar animales para cofinarlos y poder explotarlos, crea un espectáculo festivo en torno a esta aberrante violencia ritualizada. Entre humanos, estas acciones constituirían un ejemplo palmario de esclavización o un proceso de trata de esclavos. Sin embargo, cuando hablamos de no-humanos, estos festejos con animales los denominamos tradicionalmente simple «domesticación» sobre «animales salvajes», como si el hecho de ser «animal» sumado a ser «salvaje» supusiera un combo del Mortal Kombat. Manipulamos subconscientemente el lenguaje para ocultar una misma realidad.

Nuestra cultura está asentada sobre un principio de dominación antropocéntrica que considera a los otros animales como objetos, recursos y propiedades de los seres humanos: el especismo. En nuestra sociedad, a los animales sólo se les reconoce un valor instrumental (bienes muebles semovientes). Aun cuando los animales nos muestran a diario su personalidad e intereses por medio de sus emociones y miedos, no se les reconoce un valor inherente que impediría que atentásemos contra su individualidad e integridad física.

Este festival pertenece a la misma categoría que otras escenificaciones de dominación, desde la caza del león por parte de tribus keniatas y la matanza de cetáceos en las Islas Feroe hasta la castiza tauromaquia. Sin olvidar, por supuesto, otros múltiples festejos con animales típicos en España en que se los explota vilmente a modo de recreación, como las romerías, tirar a una cabra de un campanario o descabezar gansos.

A pesar del carácter festivo, la Rapa das bestas no se trata de un mero entretenimiento o diversión. Aunque los espectadores y practicantes seguramente lo encuentren divertido, el propósito principal de esta fiesta consiste en ensalzar la dominación humana sobre esos pobres caballos para autojustificar nuestra creencia de que seamos superiores a los restantes animales que habitan sobre la Tierra, y que tengamos legitimidad en esclavizarlos en nuestro beneficio.

¿Verían bien los aficionados de la «Rapa das bestas» el hacerles esto mismo a unas jirafas en el Serengueti? ¿O a unos pingüinos en la Antártida? Claro, como ahí no es una «tradición», quizás lo considerarían raro e incluso inmoral. Y posiblemente, estarían dispuestos a firmar peticiones para que esos viles explotadores dejaran de abusar de jirafas y pingüinos. Porque nosotros no lo hacemos… ¿o sí? ¿Y si lo hicieramos a seres humanos de otra raza? ¿Por qué con los no-humanos sí, y con los humanos no?

Rapa das bestas - Dominación humana - Festejos con animalesUn niño le tira de las crines a un potro en un intento de tumbarlo al suelo para que sus familiares adultos puedan marcarlo a fuego. La «Rapa das bestas» y otros rituales de dominación humana sacan lo peor de nuestra especie contra las víctimas no humanas.

¿Qué se dijo el año pasado acerca del «Rapado de las bestias»?

Todos los años, innumerables animalistas (bienestaristas) critican la Rapa das bestas y otros festejos con animales porque les parece un acto cruel; pero no cuestionan en absoluto la injusta dominación humana ni el prejuicio moral que lo fundamenta: la idea de que los humanos tenemos derecho a someter a terceros por no ser humanos, la idea de que ser un no-humano justifica un trato diferente como instrumentos para fines humanos.

El pasado año, el blog bienestarista El caballo de Nietzsche, el cual pertenece a El Diario, denunciaba exclusivamente la «brutalidad» con que tales explotadores y energúmenos tratan a los caballos. Y, en tierras extranjeras, un reportaje del periódico The New York Times sobre esta celebración recogía la opinión de Laura Duarte, una militante y candidata del partido animalista PACMA:

«No criticamos lo que hacen sino cómo lo hacen, porque causa un terrible estrés a los animales que viven en la naturaleza y no están acostumbrados al contacto humano».

¡No me digas! Llamar «vergonzosas» estas declaraciones, por parte de una candidata que se postula a ocupar un cargo público para defender a los animales, se queda corto. El PACMA condena la tauromaquia y otros festejos con animales cada dos por tres, pero eso de que arrastren caballos en una plaza de toros no les importa tanto. Sólo hablan de «maltrato animal» o de «bienestar animal» y para adelante; pues ellos no defienden los Derechos Animales, sino el bienestarismo.

En la misma línea se sitúan cada año las organizaciones bienestaristas Libera! y la Fundación Franz Weber, las cuales salen de su cueva de tanto en cuando para exigir la regulación de esta violencia ritualizada y clamar conceptos vacuos como «amor» y «compasión». Y, por su parte, el ecologismo especista conformado por organizaciones ecologistas sólo se acordarían de los caballos si fuesen una especie en peligro de extinción. Lo que necesitan no se llama amor ni compasión; sino respeto y justicia.

Derechos-Animales-ya-Rapa-das-bestas-Marcaje-de-caballosFotografía de humanos especistas mientras marcan a fuego a un caballo. El marcaje a fuego es un símbolo con que los humanos marcamos que otros sujetos son nuestros esclavos.

¿Qué se ha dicho este año?

El nivel no ha mejorado para este año; pues tenemos que el Diario Público, marcadamente progresista y antitaurino, presentan a los caballos como «protagonistas» de un espectáculo que consiste en abusar de ellos. ¡Es el colmo del cinismo! O, como lo llama el conocido activista Luis Tovar de Filosofía Vegana, un «blanqueo informativo». Para la mentalidad especista suena mal decir que son víctimas o quizás tal término produzca la indignación colectiva de muchos lectores posmodernos; así que el periodista prefiere llamarlos «protagonistas» y se queda tan pancho.

Siguiendo esta lógica tan hipócrita, los toros entonces no son víctimas de la tauromaquia sino sus «protagonistas», ¿verdad? Protagonista es alguien que participa de manera activa en un acontecimiento, representación, etc. Como salta a la vista, los caballos no participan en la «Rapa das bestas» porque de pronto hayan decidido acercarse a los humanos para sufrir empujones, golpes, latigazos ni para ser lastimados, vejados y torturados de múltiples formas. El especismo los cosifica y parece arrogarles una voluntad que casualmente coincide con la nuestra.

El enfoque bienestarista, mayoritario en el animalismo actual, demuestra por activa y por pasiva su doble moral y la discriminación sistemática que ejercen sobre los animales según su especie y aquello que les convenga por razones políticas o sociales. Se trata de un ejemplo flagrante de que los bienestaristas no cuestionan a la dominación humana sobre los demás animales.

Los bienestaristas no se oponen a la esclavitud animal; sino que pretenden darle un lavado de cara, tranquilizar sus conciencias y vivir de ello si se los deja. Sólo les preocupa las condiciones en que se realiza dicha esclavitud, en tanto que no conlleve, a su juicio utilitarista, un excesivo sufrimiento a los animales. Todo lo demás les resulta secundario o incluso indiferente. En cambio, quienes defendemos los Derechos Animales, apelamos a la completa abolción de su estatus de propiedad.

Derechos-Animales-ya-Rapa-das-bestas-Caballos-siendo-torturadosMás caballos aparecen fotografiados mientras los torturan ante un público jubiloso y con unas copas de más. Todos los festejos con animales existen por diversión y lucro.

Conclusión

Nos comportamos con los animales como si fueran objetos y bienes reemplazables que existen para satisfacer nuestros caprichos. Si estamos de acuerdo en que los animales poseen un valor moral inherente entonces la única respuesta coherente que debemos ofrecer ante la injusticia que representa la dominación humana sobre los demás animales es exigir la abolición (y no la regulación) de la esclavitud que motiva festejos con animales, presentada en este caso por la «Rapa das bestas».

Ningún uso que hacemos de los animales es necesario ni tampoco la necesidad se convierte en una justificación moral. Siempre resulta injusto para el animal y no hay ningún argumento racional para considerar que ellos merezcan ser nuestros esclavos o siervos. La domesticación es un eufemismo para obviar la trata de esclavos no humanos.

Lo mínimo —y no lo máximo— es hacernos veganos. Ser algo menos que vegano significa participar en una violencia gratuita y totalmente injustificable llevada a cabo por placer, comodidad e inercia. No importa si tal violencia es pública a través de un festejo con animales o si ocurre entre las cuatro sucias paredes de un matadero. Los animales serán verdaderos protagonistas cuando la sociedad ampare y defienda sus derechos.

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