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Definición de veganismo

¿Qué es el veganismo y cómo llevarlo a la práctica?

¡Derechos Animales ya! - Definición de veganismoLa definición de veganismo es sencilla: rechazar toda forma de explotación animal.

¿Qué es el veganismo?

El veganismo es el principio ético que defiende los Derechos Animales, basado en el rechazo hacia toda forma de explotación animal en reconocimiento de que ellos, como nosotros, poseen intereses inalienables como la vida, libertad e integridad. Esto implica no consumir productos de origen animal, no vestirse con sus pieles, no encerrarlos en zoológicos, no divertirse a su costa ni usarlos de ninguna manera como si fuesen objetos, recursos o vehículos para fines de terceros. A pesar de su parecido léxico, no debe confundirse con el vegetarianismo.

El veganismo consiste en la aplicación del principio ético de igualdad hacia todos los demás animales debido a que contamos con la capacidad de sentir, lo cual nos permite desarrollar intereses inalienables. Concretamente, Donald Watson se refirió a éste por vez primera en 1944 cuando explicó que algunos miembros estaban escindiéndose de la organización debido a que ya no se consideraban representados por el término «vegetariano» y sus habituales razones egocéntricas. Posteriormente, apareció definido por Leslie Cross en el año 1951 dentro del primer boletín de la Vegan Society como «la doctrina de que el hombre debe vivir sin explotar a los animales».

Posteriormente, filósofos como Tom Regan y Gary Francione matizaron y postularon aquellas razones filosóficas por las cuales los no-humanos merecen el mismo respeto que los seres humanos. Las obras de ambos pensadores han sido diversas. No obstante, las obras de Francione destacan por su análisis profundo y pormenorizado sobre el estatus adjudicado a animales no humanos y los distintos enfoques sociales respecto a nuestra relación con ellos.

¡Derechos Animales ya! - Todos los animales queremos vivirEl veganismo se fundamenta en la idea básica, sencilla y trivial de que todos los animales merecemos vivir.

Las bases del veganismo

La cultura es una parte integral de lo que somos: forja cada elemento que la biología deja a disposición del medio, marca el idioma con que nos comunicamos, cómo nos relacionamos con los demás y nuestra percepción hacia el mundo físico. No nacemos como una tabula rasa; pues ya desde el vientre materno empezamos a asimilar un «yo» que nos acompañará durante buena parte de nuestra vida. El saber, las experiencias y los traumas moldean nuestra predisposición genética y nos forman una personalidad única y diferente.

Al igual que hace siglos había humanos expuestos a crecer en una atmósfera terriblemente racista, y todavía hay quienes se engendran en un ambiente sexista y homófobo, todos nos criamos en una cultura especista. Es decir, nos inculcan desde pequeños una serie de valores o deberes para con otros animales basados en la utilidad que nos ofrecen (utilitarismo) porque, a pesar de que se muevan y muchos posean un cerebro y sentidos muy desarrollados, consideramos ciegamente que sólo nosotros contamos con individualidad e intereses.

Tomando nuestros propios sentidos como base, la ciencia (aún con dificultad) reconoce que no nos diferenciamos en nada relevante. Si no fuese así, cuanto sabemos de ellos no sería en absoluto aplicable a nuestra especie. La mayor parte del conocimiento científico sobre el Homo sapiens proviene de la observación histórica y, más recientemente, experimentación con otros animales.

La explotación animal es cultural; pues no tenemos ninguna necesidad biológica ni instinto que nos fuerce explotar animales. Todo cuanto les hemos proveído a otros animales a lo largo de la historia ha sido por nuestro provecho y beneficio. La veterinaria, por ejemplo, no existe para salvar la vida de los animales ni tampoco mantenemos una relación mutualista ni son ciertas muchas sandeces pseudocientíficas que todavía se oyen dentro de las facultades de ciencias o se difunden a los cuatro vientos entre asociaciones ecologistas.

El avance científico, en lugar de servir como argumento para la continuación de prácticas antropocéntricas, nos lleva de nuevo a reconocer forzadamente que. si otros animales no son distintos de nosotros, no cabe darles un tratamiento desigual en aquellos parámetros en que coincidamos, ¿verdad? A menudo se señala que si un animal carece de obligaciones no puede tener derechos, lo cual, además de falso, resulta sumamente hipócrita: cuando los explotamos les endilgamos una obligación para con nosotros.

Un toro en una plaza, un caballo montado o atalajado, un primate en un zoo, una vaca estabulada, una gallina enjaulada, cerdos, sardinas, palomas, abejas, etc., tales animales están obligados a hacer o permanecer de cierta forma porque los humanos lo hemos decidido. Entonces, ¿dónde quedan sus derechos? También hay quienes caen en el relativismo moral de afirmar que todo es relativo y que los derechos son «invenciones» o «constructos sociales». Si así fuera, ¿alguno de nuestros oyentes o lectores dejaría que otro lo asesinase apelando a que la ética fuese subjetiva? Me temo que no hay nada relativo en que poseamos unos intereses propios. Un derecho es la defensa de un hecho: la defensa de dicho interés.

¡Derechos Animales ya! - Partes de una oveja - El especismo cosifica a los animales como si fuesen trozos o mercancíasEl veganismo conlleva descosificar a los animales domesticados, empezar a verlos como personas y oponernos al propio hecho de que sean esclavizados y coaccionados.

Las razones del veganismo

El veganismo trata de justicia fundamental, ni más ni menos. Y la justicia se consigue cuando se dejan de cometer barbaries y aberraciones. No basta con pedir que se hagan con menos sufrimiento. Del mismo modo en que antes del cese de la esclavitud humana se postularon medidas y propuestas con un fin «amortiguador» entre conflictos de intereses, desde hace décadas existe una respuesta «apagaconciencias»: el bienestarismo. Esta ideología toma la filosofía del utilitarismo moral y la aplica a la explotación animal. La analogía con la esclavitud humana no cobraría sentido si los demás animales fuesen piedras o seres inertes, pero no lo son.

El veganismo, de igual modo al principio abolicionista de la esclavitud negra, argumenta que los animales merecen un reconocimiento moral y legal a tenor de las mismas razones que se emplearon para constituir los Derechos Humanos: la posesión de intereses inalienables (necesidades conscientes) tales como la libertad, integridad y vida; las cuales se derivan de la capacidad de sentir (sintiencia). Si estimamos que dichos intereses son valiosos en sí mismos en nosotros, ¿por qué acaso no van a serlo en tales sujetos? Hasta la más diminuta hormiga pelea por sobrevivir y estima su vida aunque nadie más lo haga. Reducir las acciones no-humanas al instinto, como a menudo se esgrime, es un reduccionismo para obviar el sesgo de que nos cuesta asumir las semejanzas. Pues, si los humanos al final no resultamos ser tan exclusivos ni el sol gira a nuestro alrededor, ¿en qué podemos agarrarnos para darles un sentido a nuestra existencia?

Si hace dos siglos nos encontrábamos con organizaciones que pedían un descanso para los negros el domingo porque era el día del Señor, menos latigazos o la compra conjunta de madres e hijos para evitar la separación filial; en el caso que nos atañe nos topamos con grandes instituciones que exigen mataderos de muerte rápida, huevos de corral (olvidándose de los pollitos triturados) y jaulas algo más grandes para estos esclavos. El fin es el mismo: perpetuar el uso como recurso porque nos beneficia al mismo tiempo que se logra mantener la conciencia tranquila.

Los medios y fines se diluyen ante las apetencias puntuales o permanentes de sus explotadores. Cualquier cosa les vale por tal de vivir gracias a la compasión de sus socios y donantes. Cada explotador, ya hablemos de particulares o la industria, maneja sus «objetos» como le viene en gana. El bienestarismo refuerza la idea de que todo ello sería una «elección personal» mientras no se los hiciere sufrir en exceso para la finalidad a cual se los compele.

Por otro lado, están otro tipo de colectivos y organizaciones animalistas que sólo piden respeto para determinados grupos animales (primates o cetáceos, generalmente) o que promueven algunas formas de explotación animal «compasivas» (que no conducen directamente a la muerte), como el caso de la «doma natural» o de una tauromaquia sin estocadas. Por si los hechos no hablan por sí solos, siempre hay gente valiente que proviene de este mundillo para reconocer sus prácticas.

¡Derechos Animales ya! - Lo relevante no son las diferencias con otros animales sino lo que tenemos en común - La explotación animal es injustaEl veganismo se basa en la sintiencia para reconocer el respeto que merecen los demás animales.

¿Por qué debemos dejar de participar en la explotación animal?

Cada uno es libre de creer en cuanto desee; pero no de obrar según sus gustos, intereses o apetitos. Si los demás animales valoran sus propios intereses, ningunearlos sería una contradicción respecto al deseo propio de que otros respectasen los nuestros. Por esta inferencia lógica nació históricamente el veganismo: el movimiento social por la abolición de la explotación animal, el cual se confunde constantemente y con dudosa intencionalidad con el vegetarianismo. Una vez tomamos conciencia de una realidad científica (ellos también sienten y padecen) y antropológica (cultural), nos lanzamos a tratar de explicar cómo hemos llegado a esta situación en que millones de animales pertenecientes a otras especies pierden la vida en nuestras manos por razones inverosímiles y el más nimio de los placeres atávicos.

Así, retornamos al punto inicial, nacemos en una cultura que nos inculca nociones incorrectas y sesgadas sobre la naturaleza. Estas fallas, en consonancia con propósitos individuales o colectivos, nos llevó al origen del especismo: la discriminación moral según la especie. Y, más concretamente, la creencia de que una diferencia génica marca la diferencia entre quiénes merecen respeto y quiénes la muerte del mismo modo en que desde los albores de la civilización hemos esclavizado vilmente a otros humanos. Por tanto, nuestro deber es dejar de participar en la explotación animal (uso como recurso) de todos los demás animales de la misma manera en que abogamos por la justicia hacia otros seres humanos.

Por desgracia, el sencillo planteamiento del veganismo se ve expuesto y vapuleado frente al egocentrismo y conveniencias de quienes viven y disfrutan gracias al trabajo de terceros. La creciente preocupación social por el «bienestar animal» ha convertido lo que debiera ser una evolución o progreso humano en un negocio redondo (con audiencia televisiva incluida), en el lucro mediante victorias pregonadas sobre la desgracia ajena y el autoconsuelo de quienes prefieren ceder su arbitrio y agencia moral en aquéllos que, con bellas y rimbombantes palabras, les alivia el sufrimiento de saber que causan un mal evitable (por ejemplo, comer carne) por el hecho de donar para que, milagrosamente, ciertas víctimas sufran una miseria algo menor antes de terminar en sus platos.

El cambio comienza en nosotros mismos; no cabe esperar un mundo más justo mientras seamos parte de la injusticia. En un principio solemos sentirnos asaltados por racionalizaciones peregrinas para no aceptar la realidad (justificación en la tradición, en el supuesto beneficio, etc.). Nadie piensa nunca que está equivocado. Asumir que nuestra cultura causa un holocausto contra otros animales sin ninguna necesidad real nos genera de antemano un fuerte rechazo que motiva el incurrimiento en falacias dialécticas. Una vez abandonamos la visión tan «idílica» (manipulada) de la explotación animal, introducida desde nuestra infancia, entendemos nuestro deber de actuar.

¡Derechos Animales ya! - El aumento exponencial de veganosEl veganismo está expandiéndose más rápido que nunca gracias a los avances en informática.

Algunas consideraciones sobre el veganismo llevado a la práctica

Cambios hacia el interior

El veganismo, llevado a la práctica, implica romper y promover un cambio radical en la forma en que percibimos y tratamos a los animales como consecuencia de nuestra cultura. Parte desde el hecho evidente y argumentado de que todas las culturas humanas participan en explotación animal debido a un fenómeno de cosificación derivado de una discriminación moral (especismo).

Hacerse vegano no tiene ningún misterio. Basta con informarse sobre llevar una dieta variada y evitar cualquier producto o acción que conlleve el uso de animales como recurso. Sin embargo, sí resulta más complicado tener las ideas claras y formarse como activista para promover el respeto que merecen las víctimas no-humanas. A menudo, entre los grupos veganos existen acalorados debates en torno a la acción directa. Salvar víctimas mediante acción directa puede ser una virtud; pero, por desgracia, entrar en una granja, boicotear una corrida de toros o gritarle a la gente en algún sitio no cambia la mentalidad colectiva.

Dado que todas nuestras acciones derivan de la cultura, si no nos esforzamos por transformar el acervo cultural en donde nos hemos criado, ¿cómo evitaremos el statu quo? Es literalmente imposible, por ejemplo, que un pescador deje de ver con buenos ojos el acto de pescar porque exista gente que rescate peces y vuelva a echarlos al agua. Aparte de una sonrisilla entre dientes, no lograremos un cambio en dicha persona. En consecuencia, si el problema es cultural; la solución deberá producirse mediante activismo educativo.

Freedom for animalsEl veganismo propone la emancipación de todos los animales frente al dominio humano.

Cambios hacia el exterior

Dado que somos seres emocionales, el activismo vegano causa estrés y frustración, tanto por su ejercicio como por nuestra experiencia acerca de los horrores de la explotación animal. Este desasosiego propicia oscilaciones comportamentales que pueden conducirnos hacia la pérdida de nuestros valores tan apreciados. Las prisas por reconvertir la sociedad y las esperanzas vacuas provocan que muchos activistas vuelvan a convertirse en parte del problema al apoyar las medidas que permiten y fomentan la continuidad de la percepción moral causante de todo mal.

Defender medidas y propuestas como el «Lunes sin carne» equivale a reivindicar un «Lunes sin violaciones», implica afirmar que reducir el consumo o las violaciones sea un paso en sí mismo en vez de un deber mientras fomenta otras formas de explotación como los lácteos o los huevos. En el mismo saco se hallan las campañas monotemáticas, propuestas bienestaristas como la carne de laboratorio y el enfoque errado en el «maltrato animal».

Las presiones por parte de instituciones animalistas (empresas de facto que manipulan las bases del veganismo y traicionan a los animales) y los visos todavía presentes del especismo de nuestro anterior «yo», llevan al autoengaño, el «elitismo altruista» (sentido de superioridad a causa de que se hace el bien en un océano de malas conductas), el «elitismo moral» (pensamiento consistente en que los demás no están preparados para cambiar) y la sobrevaloración (especismo de preferencias) de aquellos animales más cercanos (perros, gatos, etc.). Así como la promoción de prácticas que, a pesar de su avala social, son contrarias a los Derechos Animales; tales como la castración sistemática o la eutanasia de animales sanos.

Otros, además, son hedonistas extremos, están profundamente influenciados por sus sentimientos y perciben a los demás animales como un alter ego sobre el cual intervenir sin ninguna clase de coherencia ética; desde la extinción de especies carnívoras y practicar la zoofilia hasta la manipulación genética de animales para «despojarlos del defecto de sufrir».

El veganismo se opone, por definición, a la crianza en cautividad y a cualquier condicionamiento de la vida de los animales contrario a sus intereses inalienables. Quienes promulguen y practican estas barbaridades, como el autor de la página web «Respuestas veganas» (el nombre es ya de por sí una auténtica propiación), no son veganos y únicamente empañan nuestra labor y argumentos para satisfacer traumas y obsesiones personales.

Símbolo del veganismoEs nuestro deber moral dar el paso hacia el veganismo.

Conclusiones

El veganismo, como principio basado en los Derechos Animales, rechaza la actual consideración legal de todos los animales no humanos del planeta. Todos ellos están catalogados como «bienes muebles semovientes». A raíz de que tal denominación responde a una previa consideración moral —el especismo heredado de generación en generación—, de nada sirve luchar contra los términos aplicados (por ejemplo, a través de peticiones por internet).

La transformación social requiere la derogación o abolición de su estatus de propiedad como respuesta intrínseca a una asunción moral en la igualdad. Esto se sintetiza en los seis apartados del principio abolicionista. Sin activismo, no hay avance posible porque nuestros actos proceden de una enseñanza anterior. Para mayor información sobre lecturas recomendadas, puede consultar el apartado de «Novedades».

Si, finalmente, comprendemos el origen de nuestra mentalidad, por qué debemos cambiar y cómo hemos de aplicarnos hacia otros humanos, debemos hacernos veganos para marcar la verdadera diferencia que necesita este mundo; no por nosotros, sino por ellos.

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Contra la cooptación del veganismo y la manipulación mediática

Veganismo - Peligro de cooptación

El veganismo, como cualquier principio ético que alienta un movimiento social, sufrirá un proceso de cooptación conforme vaya proliferando en el marco social.

Todo aquello que mueva masas es alimento para intereses personales

Actualmente, cada vez «cuesta más» encontrar un producto o anuncio publicitario en donde no se haga mención al supuesto trato que dicha compañía les da a los animales esclavizados. Esto sirve de prueba para evidenciar que el veganismo está avanzando y extendiéndose, a pesar de las dificultades, en el terreno académico. Para prueba de ello, tenemos hechos recientes como la Declaración de Toulon. Por ello, vivimos y viviremos el inicio de un periodo (analizado históricamente en otras luchas) que se denomina «cooptación».

La cooptación consiste en que las empresas pasarán a tomar parte del mensaje vegano y las bases de los Derechos Animales con el objetivo de acercarse al público y desviartuarlo mediante calumnias y oxímoron. Así acontece porque el público objetivo (ciudadano medio) tiene un conocimiento limitado y un interés mínimo en cambiar sus hábitos si nada lo impulsa a ello. Resulta mucho más sencillo inculcar mentiras y excusas para fomentar el inmovilismo que apremiar con la verdad por delante. De hecho, cuando ya se posee una intención previa, los seres humanos cometen el sesgo de confiar ciegamente en cualquier fuente que corrobore sus creencias y prejuicios. En nuestra sociedad especista, eso se traduce en apoyar cualquier visión antropocéntrica y supremacista.

Aun en el siglo XXI, la percepción ética mayoritaria en los humanos hacia los no-humanos es la del utilitarismo moral, es decir, la realización y justificación de cualquier acción que perjudica a los demás animales por el mero hecho de que obtienen algún placer o beneficio, por mínimo que fuere. El utilitarismo moral, aplicado a los demás animales, lleva al bienestarismo. Este bucle de costumbres, provechos y falta de razonamiento lógico origina un mundo lleno de injusticias que, en el caso de los otros animales, ni siquiera la mayoría reconocen como tales.

Por todo ello, la predisposición poblacional y el poder económico les permite a las empresas un control mayúsculo del pensamiento colectivo sin que éste sea apenas consciente del mismo. Ante un cambio de paradigma (o su agudización) hay que ejercer un activismo más centrado en combatir la cooptación, lo cual implica aclarar por doquier que no existen «animales explotados en libertad» (como dijo un anuncio reciente en televisión) ni tampoco existen huevos de «gallinas felices» o «vacas lecheras libres en el campo». La explotación no causa felicidad y es siempre opuesta a la libertad de los individuos explotados.

Debemos luchar contra la cooptación del veganismo

Estas acciones son los visos de un temor creciente en la industria que debiera trocarse en pesadilla. Así  pues, tratarán de ejercer una cooptación del veganismo para impedirnos ejercer nuestro papel de desengañar a la sociedad, dormida y alelado, sobre la realidad de la explotación animal y sobre por qué merecen respeto. Sin embargo, para conseguirlo, no bastan las buenas intenciones. Se requieren acciones bien encaminadas.

El grueso de los activistas se dedica a combatir las simples ramas de la cosificación moral. El problema es evidente: no llega a enseñarle a la población las razones por las cuales ha de respetar a otros animales y, por tanto, no impide que la rueda de la explotación siga girando. Si deseamos estar a la alturas de las circunstancias, se precisa tanta convicción y seriedad como la de quienes se dedican a lucrarse mediante la crianza, hacinamiento y asesinato de otros sujetos.

¡¡¡Sigamos adelante!!!

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Falacias lingüísticas contra el veganismo, un caso práctico

Invierte tu tiempo en formarte como activista - Falacias lingüísticas

Las falacias lingüísticas son una de las armas preferidas de quienes no tienen argumentos con que refutar el veganismo o las bases de los Derechos Animales.

Cuando se esgrime una supuesta enseñanza para atacar

En artículos anteriores se han tocado levemente aspectos sobre el lenguaje y su relación con la mentalidad ética del pueblo. No obstante, hay artículos en otros blogs que plasman con mayor acierto los diferentes alegatos sin sentido esgrimidos por animalistas.

En los debates sobre el modo de ejercer activismo, antes o después, aparecen falacias lingüísticas con que evadir la discusión. Por ejemplo, resulta habitual que nos respondan a los activistas que está mal decir que los animales sean «personas» (porque no son humanos) y que nos contesten que no podemos decir que matar animales sea un «asesinato» (porque no son humanos). Una de sus formas más comunes es la denominada «falacia de la hipocresía»: una afirmación por la cual si el debatiente comete un error en algún campo o incurre en una aparente contradicción, entonces sus todos argumentos carecen de sentido. Se trata de una falacia (argumento inválido) porque se confunde sistemáticamente la validez de la teoría (racional o no) con la validez de la práctica (moral o no).

De esta guisa, hoy mismo han venido a señalarme que, por haber escrito la expresión de origen taurino «cambiando de tercio» en una publicación de hace meses, incurra en la hipocresía de despreciar a los antitaurinos mientras cometo un comportamiento tan especista como el de quienes participan en la explotación animal. Asimismo, esta persona señaló que quien use expresiones especistas carece legitimidad para condenar cualquier forma de especismo. Un sinsentido, vaya.

Estas apelaciones adolecen de una serie de fallas argumentales. En esta entrada, en concreto, rebatiré profusamente por qué el uso hipotético de palabras o expresiones de origen especista no sirve para desmentir la incorrección ética del movimiento antitaurino. El bienestarismo no pasa a ser algo correcto porque un activista se equivoque al tratar de argumentarlo. Tales activistas, si se consideran veganos, debieran educar en el veganismo mediante activismo educativo de concienciación.

Refutación a falacias lingüísticas

En primer lugar, nadie tiene por qué conocer el origen de una expresión para usarla. Si alguien considera que está mal utilizar una serie de términos por razones éticas, ha de explicarlo con argumentos; no con agresividad ni para tratar de fundamentar una falacia subsiguiente. A menudo afirman que decir algo «transmite sufrimiento a las víctimas o a quienes las rodean». Una palabra no transmite «sufrimiento», ésa es una inferencia mental del mensaje. Uno es responsable de sus acciones, pero no de las reacciones sentimentales que causen sus acciones.

Si bien cabe una argumentación al respecto para valorar la importancia de que los hablantes modulemos nuestro lenguaje en respuesta a un cambio de perspectiva, nunca debe procederse por medio de una generalización semejante ni la justificación consecuencialista con corte empático de que «está mal decir X porque causa sufrimiento», lo cual es una petición de principio además.

En segundo lugar, si alguien entra en el terreno pantanoso de refutar a terceros según el uso de las palabras, otro podría decir responder, por ejemplo, con que ni se le ocurra decir «Adiós». Ésta se trata de una expresión religiosa originaria del cristianismo; religión culpable de la matanza indiscriminada y la represión sexual contra colectivos minoritarios. Mejor no lo diré muy alto, pues puede que a algún posmoderno le estalle la cabeza.

Igualmente, existen miles de expresiones de origen militar que reflejan xenofobia, fascismo, absolutismo u otras acciones que no veríamos correctas en la actualidad. Sin embargo, posiblemente usen éstas de forma cotidiana y nadie les dé la menor importancia. ¿Y esta hipocresía? ¿Seguro que la persona deseaba esgrimir una falacia lingüística?

En tercer lugar, hay que distinguir entre los valores denotativos y los connotativos. Las palabras y expresiones han variado constantemente de matices a lo largo de la historia. Por tanto, para ser coherente con esta premisa, debiera desecharse cualquier término que pudiera ser en el presente o pasado el reflejo de una mentalidad racista, sexista, etc.

Asimismo, también debemos diferenciar matices entre las expresiones que reflejan un comportamiento injusto contra los demás animales de aquéllas que provienen de uno. Decir «matar a dos pájaros de un tiro» es una expresión que enmarca una acción, la cual, aunque figurada, transmite objetivamente una cosificación de dichos animales. En cambio, otras expresiones como la aquí mencionada son el reflejo de acciones especistas; pero no proponen efectuarlas ni cosifican en presente a ninguna víctima no-humana. Así, la expresión «mucha mierda», propia del sector escénico, se refiere a cuando los nobles llegaban en carruaje al teatro. Por ello, mucha mierda (de los caballos explotados) era una manera jocosa de desear un público abundante. ¿Quien use una expresión de origen especista está deslegitimado a hacerlo a causa de su origen? Volveríamos entonces al segundo punto de esta argumentación.

En cuarto lugar, no suelen señalarse estos detalles por un interés genuino en corregir a la otra persona; sino para desacreditar al otro debatientes, justificar ataques personales y presentar calumnias. Las falacias lingüísticas suelen ser un ataque ad hominem sutil Criticar el movimiento antitaurino, o cualquier otro, a causa de su bienestarismo flagrante, no implica ningún tipo de desprecio hacia dichos activistas. Que vengan a repetirlo ad nauseam no otorga ninguna validez a semejante argumento.

En quinto lugar, todos contamos con legitimidad argumentativa para argumentar sobre cuanto concierne en el tema. Ni los toros (ni a otras víctimas) les importa que alguien use una determinada palabra o expresión (hecho contrario a la apelación de que «una expresión determinada provoca sufrimiento»); pero sí les concierne que se luchen por sus derechos. La lucha antitaurina sólo persigue el fin de una práctica; no el reconocimiento de sus intereses inalienables como la vida, la libertad y la integridad. Como ya se ha explicado largo y tendido en otros artículos, si mañana se aboliese la tauromaquia, los toros seguirían yendo al matadero. Por ende, a pesar de los aparentes deslices expresivos, siempre se poseerá una legitimidad moral, e inclusivo un deber, en criticar acciones bienestaristas que no salvarán tales víctimas.

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