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Balanza de veganismo frente a especismo

La discriminación moral: historia, sociología y psicología humana

Balanza de veganismo frente a especismoUna discriminación moral es aquélla que nos lleva a pensar que la vida de un individuo tiene un mayor valor que la vida de otro. Y, en consecuencia, las discriminaciones morales son responsables de las mayores aberraciones causadas por la humanidad. La idea de «esclavo natural», un concepto estudiado en filosofía, se ha visto claramente influenciada por el especismo. Los animales son, actualmente, las principales víctimas de la discriminación moral.

¿Qué es una discriminación moral?

Una discriminación moral se define como la diferenciación categórica entre individuos atendiendo al valor que alguien (el discriminante) considera que tiene otro como individuo. La forma de discriminación moral más antigua y arraigada en la historia de la humanidad es el especismo —un término ya reconocido por la RAE— [Ryder, Richard (2010)]: la creencia irracional (prejuicio), proveniente del antropocentrismo, de que los demás animales con quienes compartimos el planeta sólo poseen un valor instrumental para el ser humano, es decir, que sus vidas sólo valen en función del rédito que podamos extraer de ellas.

Evolución de las discriminaciones morales

Desde el Paleolítico hasta nuestros días, ha cambiado enormemente nuestro conocimiento sobre el mundo; pero no nuestra percepción sobre el mismo. Creamos nuestra identidad comparándonos con el otro y nos arrogamos características únicas al tiempo que olvidamos que la propia existencia de nuestros prejuicios es un reflejo de nuestra condición animal; pues los prejuicios, como instintos, se derivan de caracteres heredados genéticamente y vinculados a la selección natural [J. Bouchard, Thomas (2004)]. Nuestra actual relación con los demás animales está basada en pautas y costumbres que hemos heredado desde tiempo remotos y que continuamos por inercia social.

A pesar de que la cultura y el contexto han cambiado profundamente, nuestra actitud para con ellos apenas ha evolucionado desde entonces. Desde la infancia nos inculcan que los animales son «seres inferiores» que existen como meros recursos para nuestro beneficio.

En las fábulas y textos infantiles es un tema recurrente que los animales discutan sobre quién brinda el mejor servicio al ser humano, lo cual forma parte del adoctrinamiento especista y de la cosificación más flagrante. Incluso el sistema educativo actual alienta o exigue que los padres coaccionen o manipulen a sus hijos para que coman animales y perciban como correcta su utilización.

Esta adoctrinación moldea nuestra visión del mundo y ha tenido consecuencias palpables en el devenir de la historia.

¡Derechos Animales ya! - Adoctrinamiento especista - Plumón de oca con animales felices - Esclavo natural animalUna discriminación moral se transmite por inculcación cultural de generación en generación. Desde pequeños nos enseñan que los animales existen en la Tierra para servirnos y que, además, ellos están contentos de ser nuestros esclavos. Ello anula nuestra empatía infantil. Al mismo tiempo, también nos hacen creer que sea necesario ingerir productos de origen animal y que podamos violentar sus cuerpos a base de criarlos y manipularlos artificialmente. De esta manera se vence totalmente nuestra reticencia empática frente a la esclavitud de terceros. 

Factores biológicos de la discriminación moral

Sin embargo, no ha de caerse en el error de creer que el prejuicio especista sólo tenga un origen cultural. ¿Se fundamenta —que no se justifica— biológicamente nuestra necesidad de cosificar a terceros y usarlos como simples medios para nuestros fines? Sí, la biología tiene mucho que decir en este punto.

Juzgar por las apariencias es altamente adaptativo y contribuye a la supervivencia del individuo al intuir de antemano cómo enfrentar o eludir un peligro. En estudios de psicología se ha comprobado que los humanos, sin ser conscientes, juzgamos a los demás por variables estéticas y marcamos preferencias entre individuos sin un criterio racional [Caruso, E. Epley; N. Bazerman, M. H. (2009)].

Y, además, si esos rasgos nos permiten separar al «yo» del «otro» de una manera que no nos afecte emocionalmente y nuestro grupo acepte una diferenciación entre el valor de ese sujeto con respecto al nuestro, surge entonces la cosificación (negación de la voluntad del sujeto) y ésta lleva a la explotación (uso como recurso).

La explotación de un sujeto puede conducir a que miembros del grupo hegemónico —entendido como aquél que cuenta con poder— se sensibilicen con los sujetos cosificados. Así pues, una respuesta lógica del grupo será buscar medios y razones que nieguen la voluntad del sujeto cosificado hasta el punto de que sean incuestionables.

Este fenómeno —la búsqueda de una diferenciación grupal—, unido a una carencia de conocimientos para explicar aquello que las sociedades pasadas —y presentes— no conocían, sería, junto con otras variables, el origen de las creencias religiosas y de los tabúes sociales; a veces tomando a los animales como modelos idealizados de brutalidad, irracionalidad y perversión con que justificar nuestra supremacía.

¡Derechos Animales ya! - Anuncio en un periódico de La Habana, en 1839 - Esclavo naturalDurante la mayor parte de nuestra historia ha habido colectivos humanos que han esclavizado a otros sujetos aprovechándose de su poder para someterlos y que luego han racionalizado sus prejuicios bajo la idea de «esclavo natural». Esto es verdad tanto para la esclavitud negra como para la esclavitud animal.

¿Cuándo se produce una discriminación moral?

La discriminación moral acontece cuando el grupo dominante se aprovecha de individuos más débiles ajenos al grupo y supedita los intereses de éstos a los suyos propios. Tal supeditación conlleva para los miembros alóctonos una consecuencia teórica (cosificación) y otra práctica (explotación).

A estos miembros alóctonos se los utiliza como recursos y dicho paradigma se mantiene gracias a la conveniencia socio-cultural y el sesgo de la confirmación, es decir, persiste porque los miembros del grupo dominante lo encuentran beneficioso y les resulta cómodo creer ciegamente en los motivos que les enseñaron sus antepasados para hacer cuanto hacen e intuir dónde se situarían los límites.

En todos los casos de discriminación moral se produce el mismo fenómeno fundamental: el grupo dominante toma variables biológicas diferenciadoras para justificar, en sí mismas (petitio principii), su opresión sobre otros individuos más débiles:

  • El sexista considera que las diferencias entre hombres y mujeres legitiman la supremacía de un sexo frente al otro.
  • El racista considera que las diferencias entre blancos y negros legitiman la supremacía de una raza frente a la otra.
  • El especista considera que las diferencias entre humanos y no-humanos legitiman la supremacía de una especie frente a otras.

¡Derechos animales ya! - Esclavos negros arando en campo junto a sus amos - Esclavo naturalLa esclavitud se basa no sólo en la idea de que los poderosos tienen legitimidad para para sojuzgar a los débiles; sino en que, además, los débiles poseen rasgos que supuestamente evidencian su inferioridad. La idea de «esclavo natural» ha tomado desde su origen la alteridad del ser humano con otros animales.

La idea de «esclavo natural» se ha visto claramente influenciada por el especismo

Debido a la carestía de una base racional, los miembros del grupo dominante justifican la supremacía mediante falacias (ad consequentiam, ad antiquitatem, etc.). En civilizaciones antiguas, como la Antigua Grecia, filósofos de la envergadura de Aristóteles justificaban la esclavitud apelando al concepto de «esclavo natural», la creencia de que había humanos que nacían para ser esclavos según sus atributos naturales. Esta idea, entre otras culturas, la recogerían posteriormente pensadores del islamismo chií —los «Hermanos de la Pureza»— para justificar la invasión y sometimiento de los pueblos persas durante la edad dorada del califato abasí.

Llama la atención que, desde la concepción de «esclavo natural» hasta la posterior esclavitud negra en la época colonial, la percepción de alteridad siempre se ha basado en el contraste idealizado entre los atributos humanos y los atributos animales. Concebían que los humanos merecedores ser libres eran blancos y apolíneos; frente a aquéllos que merecerían ser siervos: los indios, negros y salvajes.

Podría afirmarse que la identidad forjada por colectivos humanos para distinguirse frente a otros ha tomado a los no-humanos a lo largo de la historia como patrón antitético de alteridad: «menos valor tienen aquellos seres humanos que se parezcan más a los animales porque los animales son los sujetos con menos valor de todos».

Asimismo, la vulnerabilidad —física o psicológica— es una característica esencial para el establecimiento y perpetuación de una discriminación. Los miembros de un grupo se percatan de que pueden hacer algo y convierten el «poder» en «deber». Partiendo desde la idea de «esclavo natural», efectivamente, en épocas pasadas estaba mal visto no sacar rédito o compadecerse de seres humanos de otra etnia (exogrupos).

Si alguien en posición de poder no emplea tal poder, la sociedad lo percibe como «tonto» o «raro». Pareciera, por momentos, contravenir las leyes no escritas de la cordura. Si alguien puede tener esclavos, ¿va a pagarles un salario? ¿Para qué otorgarles concesiones sin motivo ni utilidad? En otra entrada señalé también por qué un comportamiento utilitario puede estar favorecido por la biología.

Por tanto, como animales sociales, no sólo cabe señalar en los humanos el sorprendente rasgo genético que desencadena la indiferencia o abuso hacia los débiles y los diferentes; sino que también cabría estudiar cuáles genes o factores ambientales fomentan la percepción social existente entre la pragmaticidad y la adecuación grupal: entre cómo la simple demostración de un poder incrementa la relación jerárquica de ese miembro opresor ante sus iguales.

Una actitud utilitarista —la práctica del utilitarismo— suele convenir tanto para los propósitos personales del individuo —sus necesidades y placeres— como para ganar «respeto» dentro del grupo.

Aplicado al caso de los animales no humanos, la idea de «esclavo natural» se traslada a la creencia de que los animales sean inferiores a nosotros por «naturaleza» y que merezcan una ética distinta por no ser humanos.

En esta ilustración de la esclavitud negra en Cuba, cualquiera puede comprender la injusticia y el horror que padecían tales víctimas humanas. Hoy, también debemos comprender que los animales explotados por tales amos eran  —y son en la actualidad— igualmente esclavos. Lo mismo cabe recordar de la ilustración anterior en que unos esclavos (negros) aran el campo con otros esclavos (animales).

Nuestros actos están modulados por una balanza mental

Muy a menudo, cuando los humanos señalamos la naturaleza —todo aquello no regido por nuestra especie—hablamos de la «ley del más fuerte». En el medio natural —y en el antrópico— solamente existen las leyes físicas. Aquellas «leyes» que el ser humano dice observar en la naturaleza —como la de «esclavo natural»— son abstracciones humanas que responden a la necesidad de encontrar una explicación o justificación a nuestros propios sesgos cognitivos. Que un guepardo cace un ñu no es mayor «ley» que la desgraciada muerte de un bebé a causa de una infección.

Sin entrar en un contexto específico, la única diferencia entre apelar a la naturaleza para justificar, por ejemplo, la caza de animales frente a apelar a la naturaleza para justificar una negligencia parental reside en que el fenómeno de la depredación resulta útil socialmente para justificar opresiones análogas intra- o interespecíficas —sobre todo si se asocia a la velocidad, el sigilo y otros atributos deseables o valiosos desde el punto de vista humano—; mientras que nadie ve nada emulable en los actos puramente químicos de unas bacterias. En realidad, nos miramos a nosotros mismos y buscamos aquello en que podamos basarnos para otorgarnos la legitimidad hacerlo.

Todas y cada una nuestras pautas nacen de un cálculo interno entre qué nos conviene o no hacer en cada instante. En tal sentido, podríamos decir que todos llevamos un componente innato para justificar acciones según sus resultados. Yo mismo cuando practico activismo pretendo conseguir algo: cambiar la mentalidad de los demás, liberar tensión, sentirme autorrealizado, etc.

No hay nada de malo en perseguir un beneficio —algo que, como explico, es intrínseco a nuestro ser— mientras tales «ganancias» no sean el detrimento de terceros. La clave está en entender la biología y emplear la lógica para lograr que nuestras acciones satisfagan necesidades y apetitos personales sin perjudicar a nadie.

Médico con bata blanca - Discriminación moral basada en el poderLos símbolos de poder sustentan la idea de una jerarquía. Excusamos nuestro dominio sobre los débiles apelando a argumentos sesgados y racionalizaciones de nuestras ideas preconcebidas ante un claro conflicto de intereses. Un conflicto de intereses de origen antropocentrismo puede llevar a cometer auténticas masacres contra otros animales.

Un análisis del poder y el simbolismo en la discriminación moral

Una vez señalado el componente histórico, biológico y social, no debemos olvidar el factor psicológico estudiado en experimentos como los de Milgramla cárcel de Stanford. Ambos experimentos son, hasta la fecha, sumamente relevantes para interpretar el comportamiento humano y, por extensión, componentes genéticos heredados. Ambos estudios sugieren que la existencia de una figura de autoridad y que la cohesión grupal respecto a fin mutuo producen una reducción del sentido de agencia (capacidad de juzgar las acciones propias).

En el experimento de Milgram —la relación superior-inferior—, quizás el sujeto obedece por temor a una reprimenda. Esta hipótesis podría resultar absurda dentro del contexto —el doctor no tiene ningún control real sobre el sujeto opresor—; pero no es nada absurda si se estima que nuestra consideración psicológica de una figura de autoridad viene marcada más por las apariencias que por la experiencia de sucesos pasados.

A modo de ejemplo, los comportamientos agonísticos en animales por la reproducción —u otro recurso importante— se basan en la ritualización de movimientos. Durante la berrea estacional, un ciervo se fija en la envergadura del otro macho y el tamaño de sus cuernas antes de retarlo por una hembra. Apenas importa si conoce o no el alcance de su fuerza, a veces ni lo intenta siquiera.

Los humanos no tenemos cornamenta; pero sí seguimos el mismo patrón y asociamos determinados símbolos con la fuerza. La bata blanca en los médicos, el esmoquín o los pasos militares son maneras humanas de simbolizar el poder y una herramienta para dominar a otros.

Como animales que somos, este fenómeno deriva de la selección natural; pues hay una presión selectiva entre la capacidad de reconocer y aplicar símbolos y un incremento del éxito. Esto explica que los humanos hayamos asumido de que esclavizar a otros humanos y animales está bien y que la idea de «esclavo natural» sea correcta porque nos lo han transmitido figuras de poder a lo largo de la historia. ¿El jefe de un clan? ¿Un emperador? ¿Un afanado filósofo o literato? ¿El Papa? Y las figuras de poder no tienen por qué ser individuos, también pueden ser objetos. ¿La Bíblia? ¿El Corán?

En el experimento de la cárcel Stanford —relación igual-igual—, se palpa un notable sesgo psicológico basado en la cantidad de individuos del colectivo que realizan esa misma acción (ad populum). Aquí, la legitimidad psicológica de la acción no reside en acatar un símbolo de poder —un símbolo incentiva la acción—; sino en que el grupo extrae el símbolo a través de la propia acción —la acción genera el símbolo—.

En sociedad, la mayor parte del tiempo no estamos recibiendo órdenes o, al menos, no en cuanto a acciones que afecten a animales no humanos. Por ende, cabría afirmar que actuamos principalmente según nuestros propios símbolos de poder.

Tanto la percepción social como la explicación de por qué tendemos a seguir a los demás (aprovechar el poder) deriva de un simbolismo innato y propiciado por el entorno en el cual extraemos nuestros símbolos de poder imitando al resto.

Lisa Simpson - Discriminación moral - Comer carneSi la idea de «esclavo natural» es incoherente e injusta porque nadie ha nacido ni debe ser esclavo de otro, esta proposición sigue siendo verdadera para el resto de los animales. Ningún animal existe para servirnos ni sus rasgos nos indican servidumbre frente a los nuestros. Esta creencia ha causado tanto su esclavitud como su exterminio.

Podemos superar una discriminación moral

Lo que marca la diferencia cuando vivimos en sociedad es que todos no hacemos lo mismo. Casi todos nuestros comportamientos diarios son la suma entre imitación y aprendizaje. Podemos aprender porque contamos con raciocinio y éste, a su vez, nos invita a sopesar nuestros propios actos. Si uno mismo se da cuenta de que comete acciones injustas, el hecho de modificar su conducta causa un efecto tanto en el propio sujeto como en los demás.

Si razonamos que toda forma de discriminación moral es inaceptable —porque no tiene sentido creer que haya individuos con la categoría de «esclavo natural»— y actuamos en consecuencia, no solamente estaremos obrando bien; sino que obraremos en contra del simbolismo colectivo.

En referencia a los Derechos Animales, cuanta más gente rechace la explotación animal, menor será la inercia social y el apantallamiento moral que causa en los miembros del grupo dominante. Cabe incidir, además, en que ninguna supuesta necesidad humana justifica la explotación animal como tampoco valdría para justificar la esclavitud humana.

Para llegar a vencer la barrera de la discriminación moral, debemos ser veganos y formarnos en el veganismo. Esto es lo mínimo que debemos hacer por los animales si realmente nos importan sus vidas. Y, tras hacerlo, se precisa adoptar un activismo educacional abolicionista y no antropocéntrico.

Si el enfoque activista se centra erróneamente en el trato que reciben durante su explotación y condiciones de esclavitud, la sociedad buscará —ya lo hace— amparar sus actos en el beneficio humano, la importancia socio-cultural y otras ideas utilitaristas de quienes supuestamente los defienden. Dado que tenemos una tendencia biológica hacia la búsqueda del provecho, huelga señalar el resultado.

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La esterilización (castración) de animales

Perritos acurrucados entre síEstos perritos abandonados posiblemente acaben sometidos a una operación de esterilización (castración) porque la sociedad parece empecinada en atacar las consecuencias y no la raíz del problema que asola a todos los animales.

La moralidad de las esterilizaciones

La esterilización o castración de animales, ya sea por particulares o colectivos, es el pan de cada día. Los perros y gatos, entre otros animales domesticados, carecen tanto de hábitat como de protección legal debido a que están cosificados moralmente junto con el resto de animales no humanos debido al prejuicio moral del especismo. En numerosas ocasiones, quedan en tierra de nadie y un voluntario u organización decide asumir su cuidado de forma altruista. Este tema es, sin dudas, uno de los más polémicos en el terreno de los Derechos Animales. Lo mismo sucede con la eutanasia en animales.

Si uno comprende el principio ético de igualdad y reconoce la importancia de respetar a otros sujetos como a nosotros mismos nos gustarían que nos respetasen, está obligado moralmente a buscar los medios y alternativas más éticos al alcance. Esto se refiere a aquellas acciones que coarten y priven menos intereses fundamentales de los afectados. Todos los animales contamos con una serie de intereses, tales como la libertad y el deseo de vivir. A veces nos encontramos que la sociedad, como fruto de la cosificación moral, los ve a modo de «objetos que sufren» (percepción utilitarista). El dolor o sufrimiento no se consideran intereses propiamente dichos; sino medios fisiológicos estrictamente necesarios para la supervivencia.

Los animales no humanos que conviven con miembros de nuestra especie no son libres. Podrán gozar de unas mejores o peores condiciones; pero nunca son libres por el simple hecho de que condicionamos todas las facetas de su vida: vivienda, alimentación, reproducción, etc. En un mundo ideal, todos los animales domesticados deberían vivir en la naturaleza con libertad para así ser coherentes respecto al principio de igualdad; no obstante, el contexto actual dista dramáticamente de este objetivo. En consecuencia, nuestro papel debe resignarse a velar por sus intereses inalienables durante su existencia en la medida de lo posible.

Cartel animalista a favor de la castración de animalesAdaptación de un cartel propagandístico típico de ONG bienestaristas que dicen defender a los animales mientras se lucran promoviendo la mutilación de sus genitales. Nótese que, como razones a favor, señala consecuencias deseables para los seres humanos.

La esterilización es una de las aberraciones normalizadas del utilitarismo

Los responsables de tales animales, ya sea un particular o una organización, no cuentan con medios para mantener una cantidad infinita de éstos. Por tanto, resulta comprensible que traten de evitar la procreación. Cuando se acoge o adopta a un único perro, gato o ambos y del mismo sexo, puede lograrse una convivencia respetuosa con su acogido sin tener que escoger métodos drásticos. Ya no sólo hablamos de la «necesidad» real; sino de nuestra responsabilidad de ser justos y de no aprovecharnos de nuestras habilidades cognitivas para dominarlos por estricta conveniencia.

Dado que los albergues y demás asociaciones están saturados y muchas veces carecen de opciones viables por la coyuntura contextual y económica, tal situación hace «comprensible» —jamás justificable— que se evite la reproducción entre los animales recogidos mediante técnicas contrarias a sus intereses inalienables. Aunque existen varias de control hormonal y bastantes en desarrollo, la más común por diversas razones es la «castración» (extirpación de órganos). Llamarlo «esterilización» es un simple eufemismo; pues en ellos no se persigue únicamente la imposibilidad reproductora; sino la inhibición de todos los comportamientos sexuales involucrados. Esto no suele acontecer habitualmente en humanos salvo cuando se practica la castración química.

Desde el punto de vista de los Derechos Animales, sólo se comprende la esterilización en animales no humanos en casos extremos en que muchos miembros deben convivir juntos. Aunque la eliminación del instinto sexual suele eliminarse sistemáticamente, esto en concreto sólo sería comprensible cuando la especie en cuestión sigue rituales de complejos o ciertas conductas que pueden derivar en daños para otros congéneres o contra las instalaciones.

Se esgrime a menudo la excusa de que se practica para evitarles ansiedad y estrés. Pero, ¿qué validez tiene ese argumento? Los animales en época de celo experimentan una serie de reacciones fisiológicas condicionadas por la liberación de hormonas (como ocurre en los humanos). Ni el estrés ni la ansiedad son malas de por sí; sino respuestas necesarias para la vida que forman parte de la conciencia del individuo. Con ese argumento deberíamos atiborrarnos a pastillas para asegurarnos de que jamás tendremos estrés ante un examen, miedo ante un atraco o pena ante un fallecimiento.

Castrar no resulta éticamente correcto porque quebrantamos el principio de igualdad. La integridad que merecen otros sujetos es un derecho inalienable a tenor de que todo animal tiende a proteger su cuerpo.

¿Acaso justificaríamos tales acciones en seres humanos? La sociedad entiende que si alguien nos opera sin nuestro consentimiento, dicha intervención incurre en una absoluta violación de nuestros derechos fundamentales. Sólo cabe tomar una decisión del tal índole cuando no exista ninguna otra alternativa.

Hay quienes argumentan que castrar animales no humanos sea ético apelando al caso del consentimiento subrogado de pacientes humanos con discapacidad mental. Cabe recordar nuevamente que la esterilización animal va más allá del hecho de evitar que tengan descendencia. Ésta repercute en su metabolismo; mientras que la esterilización humana no repercute porque no se extirpa órgano alguno. En el caso de los animales, cometemos el abuso añadido de extirpar órganos para eliminar sus instintos sexuales y hacerlos más fáciles de controlar bajo la falacia de que «es mejor para ellos».

Asociación de mujeres afectadas por las esterilizaciones forzadasEn humanos, la esterilización forzada se considera una de las mayores aberraciones de los regímenes totalitarios. En cambio, no dudamos en excusar tales actos para los animales. Ellos son víctimas de tercera.

Bienestarismo, paternalismo y argumentos propios del nazismo

En lugar de contemplarlo como un mal ineludible, hay quienes lo consideran una correcta en sí misma a tenor de que, potencialmente, puede ofrecer beneficios tanto para los animales castrados como para el ser humano.

Aquí se abre la veda del utilitarismo moral. Por una parte, justifican una acción basándose en las consecuencias (falacia consecuencialista) y, por otra, consideran que ellos mismos entran en la ecuación. Que a un ser humano le convenga que un perro o gato carezcan de libido porque así no se escapan, marcan con orinan, maúllan, etc., no tiene ninguna relevancia respecto a la moralidad de las acciones. Las clínicas veterinarias que así lo publicitan persiguen un claro fin comercial y las organizaciones animalistas que así lo apoyen están fomentando la misma mentalidad que causa los abandonos: el utilitarismo moral.

Para ocultar el aspecto utilitarista del mismo, sus defensores se centran en apelar a las consecuencias aparentemente positivas para perros y gatos, y desdeñan tanto cualquier cuestionamiento ético como los efectos negativos de la intervención.

A continuación enumero los argumentos utilitaristas más frecuentes para tratar de justificar la esterilización:

  1. «Controlar la sobrepoblación»: Eso mismo se podría utilizar para justificar que otros individuos nos castrasen con la excusa de que hay sobrepoblación de seres humanos y de que debemos aportar obligatoriamente nuestro grano de arena como buenos ciudadanos. Incluso asumiendo que uno estuviese de acuerdo con verse sometido a una operación forzada, nada legitima practicarlo contra otros sujetos con independencia de su especie.
  2. «Reducir el sufrimiento»: Este argumento manifiesta dos vertientes, una sobre el propio individuo y otra en relación a su descendencia. Quienes apoyan y practican la castración creen erróneamente que los no humanos en las calles padecen hambre, enfermedades y enfrentan la muerte a tenor de que reproducen. Ello obvia muchos otros factores. Por ejemplo, el abadono viene motivado por una sociedad especista y una fuerte industria detrás que cría miles de ejemplares al año. Por ende, nos encontramos con una falacia non-sequitur, puesto que a partir de la premisa «estar entero» no se deriva «pasar hambre, enfermedades ni la muerte». En sentido inverso, el no tener genitales tampoco evita que no pasen hambre, enfermedades ni la muerte. Cuando además aluden a las posibles crías ni siquiera nacidas ni concebidas, se trata de especulaciones. No son individuos reales. No existen, y como no han llegado a existir, entonces no pueden sentir ni padecer ni nada.
  3. «Para evitarles enfermedades»: El colmo de la confusión categorial entre la realidad y la potencialidad lo hallamos cuando se intenta justificar la castración esgrimiendo que así se los protegen frente a patologías diversas y peligrosísimas (nunca falla que adjunten una fotografía grotesca para demostrarlo). Que extirpar un órgano pudiese prevenir un cáncer, quiste, hipertrofia, etc,. no otorga ninguna legitimidad moral para «jugar a ser Dios» con sus vidas. Defender la castración para evitar enfermedades futuras es tan irremediablemente atroz como justificar el meter a niños en una burbuja para impedir que se lastimen o incluso esclavizarlos en casa para evitar que los secuestren. Nadie en su sano juicio aceptaría este argumento potencial para humanos. Ocurre, simplemente, que quienes los justifican para no humanos siguen observándolos como objetos que sufren y no aplican la misma ética humana. Se observa un modelo flagrante de paternalismo. En cambio, cuando ya se conoce la existencia de una enfermedad o del desarrollo probable de la misma gracias a pruebas o estudios genéticos, entonces sí debemos actuar por el bien de nuestros compañeros.

Estos puntos los explica y otros muchos los explica nuestra compañera veterinaria Mónica Manzanares en un artículo para su blog. Mucho más se explica en este ensayo escrito por Luis Tovar.

Evolución del número de perros abandonadosComo puede observarse en el gráfico, la esterilización no evita ni ha evitado el aumento de abandonos. Los abandonos seguirán acrecentándose mientras la compra-venta fuere legal.

Una tirita para un desangramiento

Todos estos argumentos utilitaristas derivan de una premisa errónea en origen: aplicar la esterilización o castración no cambia ni cambiará en absoluto el grueso del crecimiento poblacional. Aunque queda en nuestros manos contribuir para que disminuya el número de nacimientos y abandonos, ni la castración por ello se convierte en ética ni tampoco sirve para trastocar el panorama.

La mayor parte de los nacimientos son provocados, es decir, existe un mercado de compra-venta de «mascotas» en el cual intervienen tanto particulares como empresas. En este sentido, el animalismo especista fracasa rotundamente. Pretende concienciar a la gente para que no compre ni abandone mientras ellos mismos no asumen las bases de los Derechos Animales ni aceptan sus implicaciones. Son como los ecologistas que condenan el cambio climático mientras participan en la ganadería porque los cadáveres de tales víctimas «están ricos». Las lanzas de hipocresía no clavan en ninguna parte.

No existe ninguna solución mágica para casi ningún problema moral. Sin embargo, eso no les impide creer ciegamente a muchos animalistas que por ir castrando a todos los perros y gatos abandonados en las calles así solucionarán el problema. La castración de animales no es una panacea.

Si no se ejerce una concienciación ética de la población, lo único que seguirá interpretando la sociedad es que quizás debiera tratar a sus bienes muebles semovientes un poco mejor de cuanto iba haciéndolo hasta el momento. Si la gente considera que les pertenecen, no consentirán que otros les digan qué hacer con éstos. La práctica y difusión del veganismo son un deber moral y práctico.

Violencia verbal - Palabras que matanLa continuidad y contumacia en el empleo de la violencia es una muestra de quienes defienden las castraciones se rigen únicamente por sus sentimientos y, en muchos casos, por la existencia de un trauma.

Actitudes hostiles y falso altruismo

Ésta es la primera entrada que dedico al tema de las castraciones en este sitio web; mas no la primera vez que participo en redes sociales. Por tanto, conozco perfectamente las reacciones habituales frente a las explicaciones ya expuestas cuando se pone en tela de juicio la de las castraciones. Hasta la fecha he recibido muchísimos insultos, desprecios, descalificaciones y numerosos ataques personales.

Las contestaciones más usuales se resumen en un conjunto variopinto de falacias dialécticas. Acostumbran a comenzar un alegato especial para indicar que uno no tiene potestad para criticar porque no conoce lo suficientemente el asunto ni hace tanto como ellos. De tal forma, desprecian los argumentos ofrecidos con altas dosis de ensalzamiento y vanagloria: «ya te quiero ver haciendo trabajo de rescate», «si tuvieras 50 gatos que cuidar», «lo tuyo es pura retórica», etc. Critican la teoría como si alguien no necesitase reflexionar antes de realizar una acción. ¿Defienden una actuación por mero impulso o inercia?

Asimismo, nos relatan sus proezas, sus logros, lo buenos que son con los animales, las bondades del protocolo CES y continúan enarbolando múltiples falacias. Entre éstas aparecen peticiones de principio («no les importa estar castrados») y apelaciones a la empatía («si visitaras una protectora respetarías lo que hacemos»).

Si nosotros valoramos nuestro cuerpo, podemos inferir que ellos también lo hacen. ¿Qué nos va decir el visitar una protectora de si la castración es moralmente correcta o no? Nada. Absolutamente nada. Igual que si alguien te dijera «vente a un refugio de niños abandonados» para justificar la mutilación genital de niños. Después de entablar conversación con un amplio espectro de gente, he llegado a la conclusión de que muchos obran por puro sentimentalismo. Ven las penurias que padecen los perros y gatos en las calles y asocian ese trauma a cuanto sucede por no castrar.

Así pues, el comportamiento de tales individuos no se basa en que realmente les importen las vidas de tales animales; sino que los usan como alter ego para luchar contra el sufrimiento que les genera el estar al tanto de esta circunstancia. En cualquier caso, poco trasciende si lo hacen por gusto o por ayudar. Aunque nadie niega que haya un problema grave y vigente, la esterilización o castración de animales sigue siendo un atentado contra los Derechos Animales y un acto que jamás debemos justificar mediante consignas del utilitarismo moral como tampoco lo haríamos para con los humanos. Un vegano siempre debe sopesar si sus acciones realmente van encaminadas en favor de los animales o de su propia comodidad y sufrimiento.

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Xenofobia animalista en la explotación animal

Xenofobia en la explotación animal (chinos comen perros)

Este simple cartel señala la xenofobia —una xenofobia animalista— existente en nuestra sociedad especista cuando condena y maldice las formas de explotación animal que comenten otros países y culturas mientras se incurre en otras acciones igual de injusta y aberrantes que intentan camuflarse bajo la mentira del «bienestar animal».

La xenofobia animalista transluce la doble vara de medir de una sociedad especista

Los habitantes de países extranjeros actúan y se comportan de forma malévola, ruin, salvaje, primitiva, atávica, subdesarrollada, irracional, etc., con sus animales, con su fauna y con la naturaleza en general. No como nosotros, poseedores de la mejor educación y habitantes de una cultura superior. ¿Verdad? Esto es lo que aquí llamo la «xenofobia animalista».

Cada año, conforme se acerca y acontece en Oriente alguna forma de explotación animal en específico que no se cometa actualmente —o esté mal vista— en Occidente, aparecen cientos de miles de individuos occidentales indignados e insultivos porque hay gente en otros países lejanos que hace exactamente lo mismo pero con otros animales a los que no acostumbramos a explotar, o bien, no de esa forma…

Por ejemplo, cuando se acerca el Festival de Yulin —un acontecimiento marcado por el asesinato masivo de perros para comida—, una muchedumbre internauta se indigna porque los chinos crían perros en granjas y se los comen, justo y exactamente lo mismo que se hace en Europa y América con cerdos, vacas, gallinas y un sinnúmero de animales. Por no decir, que van mal lo de comerse a los perros, pero no juzgan tan injusto el hecho de lanzarlos al espacio exterior o explotarlos miserablemente para desactivar explosivos, entre otras explotaciones que padecen.

Y esa reacción hostil, hipócrita e irracional también la sufren los japoneses cuando cazan ballenas y esclavizan delfines para los acuarios de todo el mundo, unos acuarios que, por supuesto, se llenan anualmente con las visitas de millones de ciudadanos occidentales. Asimismo, si miramos a Oriente Próximo, les parece que todo el pueblo arabo-musulmán es verdaderamente repugnante porque siguen su rito Halal y degüellan corderos en la vía pública en lugar de hacerlo entre las cuatro paredes impregnadas de sangre coagulada de un matadero. ¡Como tiene que ser! ¡Viva [inserte país]!

Una enormísima masa social se cree con legitimidad para criticar la acciones injustas y bárbaras que cometen otros pueblos humanos sin considerar cuáles atrocidades fomentan ellos mismos. Cuanto menos puntos en común compartan con la nación en cuestión, mayores motivos aparentes encuentran para criticarlos y tacharlos por sus acciones. Este prejuicio se manifiesta tanto en relación a la explotación animal como en cualquier otro ámbito cultural. Pero, ¿por qué sucede así?

Una explicación biológica de la xenofobia animalista

A menudo, la sociedad no tiende a juzgar si unos actos son justos injustos por motivos lógicos y objetivos; sino que encasilla los comportamientos ajenos según si se asemejan en mayor o menor medida a aquello que conocen en su día a día. La xenofobia es un prejuicio moral motivado por razones biológicas.

Desde el punto de vista biológico, se trata de un carácter positivamente seleccionado porque tal rasgo genético permite que las poblaciones prosperen a costa de los intereses ajenos. En animales sociales, la existencia de otras poblaciones de la misma especie suponen una mayor competencia potencial por los recursos —competencia intraespecífica—; pues distintas poblaciones de una misma especie ocupan el mismo nicho ecológico —el mismo espectro multivariable de recursos y condiciones físico-químicas necesarias para su supervivencia—. Por tanto, discriminar entre quiénes son y no son miembros de la manada por sus características sirve para disminuir la compartición del alimento y fomenta la cohesión grupal entre los individuos al unirse con este objetivo.

En última instancia, la existencia de un sesgo discriminatorio entre grupos de la misma especie quizás se relacione con las jerarquías internas y ayude al mantenimiento de un statu quo basado en características asumidas arbitrariamente por el propio clan.

Algunos de nuestros «bienes muebles semovientes» merecen más respeto que los vuestros

Los animales no humanos de todo el planeta están catalogados legalmente como «bienes muebles semovientes» porque nuestra sociedad los percibe justo como eso: objetos que se mueven por sí solos. De entre todos los prejuicios discriminatorios, el especismo es probablemente el más antiguo, arraigado y universal. El especismo, unido a la xenofobia ya señalada, desemboca en creencias, actitudes y comportamientos que rozan el dislate.

Cuando un determinado conjunto de humanos protesta a causa de que otros no les dan un buen trato a perros u otros animales aprecidos en Occidente, no están esgrimiendo fundamentos éticos para tal reivindicación. Lo que realmente hacen consiste en indignarse a los cuatro vientos porque en otros lugares desprecian sus posesiones, algo suyo y que simboliza su cultura tan querida. Esto se ve especialmente claro en el movimiento ecologista cuando proponen el exterminio de especies alóctonas o el fijismo genético de las especies autóctonas.

Para un español medio, por ejemplo, un perro es un objeto que alguien honrado debe tratar bien en su casa o finca (aunque lo explote para cazar y termine colgado de un olivo); no un objeto destinado al consumo. Lo mismo se suele pensar sobre los caballos, pero no se le hace asco alguno a hacer una fiesta violenta en torno a su marcaje y doma.

Por ende, al atisbar que en otros rincones del planeta no utilizan este objeto con el mismo propósito, suplen instintivamente su necesidad congénita de confirmar su sesgo endogrupal y enarbolar la bandera supremacista contra otras naciones.

De hecho, este fenómeno resulta ser una herramienta común y muy lucrativa para diversas organizaciones animalistas. Primero tiran una piedra prejuiciosa y luego esconden la mano. En general, como explica un excelente activista, pueden considerarse asesoras de la explotación animal y confeccionan un mensaje según su público objetivo, gracias a que cuentan con psicólogos y otros expertos en plantilla que se aprovechan de sus sesgos y prejuicios.

Muchos ciudadanos asegurarían que no se debe a esto y dirían que los españoles (entre otras culturas occidentales) defienden a los perros, gatos y demás porque les tienen cariño o guardan un principio humanitario hacia éstos. Si así fuese, los humanos no explotarían a aquellos animales para quienes sienten apego y verían la contradicción de hacerles esto a otros animales que sienten y padecen como los perros; pero les cuesta media vida aceptarlo y otra media aplicar la coherencia sus hábitos diarios.

Sello «dolphin safe» en latas de atún - Especismo y xenofobia animalistaEl sello «dolphin safe» («delfines a salvo») es un ejemplo magnífico del especismo y de la xenofobia animalista: se condena a los asiáticos por cazar delfines mientras que en Occidente se cazan atunes y se va a os acuarios a visitar a los mismos delfines que han capturado dichos asiáticos. El sello asegura que sólo se ha pretendido asesinar a los atunes, aunque produzcan otros descartes pesqueros que no les importa a la gente.

La xenofobia ecologista: ¡Nuestra fauna primero!

La xenofobia animalista converge con el especismo y presenta una aplicación peculiar entre aquellos que se autodenominan «ecologistas»: esa gente tan peculiar que llegarían a ponerles tapones en el culo a las vacas para reducir el metano atmosférico mientras paga para que continúen reproduciéndolas.

Siempre que nuestros objetos automovientes se vean amenazados por la presencia de otros objetos automovientes procedentes de otros hábitats (en un 99% de las veces porque los hemos traído nosotros), consideramos que los nuestros han de prevalecer a toda costa. Pues, al fin y al cabo, ninguna otra «manada» tiene derecho a perjudicar nuestras propiedades, ¡faltaría más!

Practicamos una gestión ambiental que discrimina no sólo entre especies animales para su explotación; sino entre animales según si pertenecen a nuestro territorio o nación, aun cuando las fronteras políticas no siguen un patrón ecológico alguno. Si otras especies entran en competencia con las nuestras, las denominamos «especies invasoras» y tratamos de tirarlas a la basura como objetos no deseados. ¡Y listo!

La raíz y la actualidad de la xenofobia animalista

En otras entradas ya se ha tratado que dentro del animalismo existen tres corrientes muy diferentes respecto a la consideración de los demás animales. Dos de estas corrientes se basan en una creencia o doctrina tan vetusta como las civilizaciones humanas: el utilitarismo moral. Éste implica siempre partir de una base antropocéntrica adquirida y una racionalización de la cultura propia.

Quienes se preocupan por el sufrimiento de los animales (bienestaristas) lo hacen en la medida en que ello se percibe como correcto o incorrecto en la sociedad donde se han criado y viven, nada más. Asumen que debemos evitarles daños a sus objetos; pero justificarán al mismo tiempo cualquier daño aceptado dentro de su «manada» y sólo serán algo más objetivos cuando se trate de juzgar las acciones de terceros siempre que no entren en juego los sentimientos.

Y, por su parte, quienes se preocupan por la protección de sus objetos frente a daños que pudieren privarlos de beneficios (proteccionistas) lo hacen en la medida en que ello se percibe como correcto o incorrecto en la sociedad donde se han criado y viven, nada más. Asumen que debemos evitarles daños a sus objetos; pero justificarán al mismo tiempo cualquier daño aceptado dentro de su «manada» contra los objetos de terceros si éstos atentan contra sus propios intereses.

Para ser coherentes, debemos rechazar toda forma de explotación animal en defensa de los Derechos Animales. No hay ninguna razón coherente para criticar o condenar las acciones emprendidas por extranjeros mientras en nuestros respectivos países hacemos lo mismo o cosas parecidas con los mismos u otros animales.

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¡Derechos Animales ya! - Tenencia de animales no equivale a explotación animal

Tenencia de animales no equivale a explotación animal

¡Derechos Animales ya! - Tenencia de animales no equivale a explotación animalLa tenencia de animales se define como el estado o acción de tener a un animal. Los animales no existen en este mundo para servirnos. Si decidimos adoptar y recoger animales, un buen trato no justifica aprovecharnos de ellos.

Tener animales no equivale (ni justifica) explotarlos

Esta entrada breve la dedicaré a aclarar una mención constante que nos dirigen a los activistas veganos cuando intentamos explicar que toda forma de explotación animal es injusta con independencia del trato. En lo tocante a la tenencia de animales, acontecen dos confusiones relacionadas.

Por un lado, la sociedad confunde el hecho de tener animales recogidos con que a éstos se los explote. Y, por otro, cree que la tenencia de animales justifica su explotación como forma de compensación por los cuidados que le brinda al animal.

¡Derechos Animales ya! - Tenencia de animales como mascotas (perritos)En nuestra sociedad actual, la tenencia de animales es especista y cosificadora en casi la totalidad de los casos.

¿Qué es la tenencia de animales?

Para empezar, cabe definir la tenencia de animales como el estado o acción de tener a un animal. Dicha tenencia puede ser ética o no.

Se considera que la tenencia de animales es justa o legítima cuando tenemos a un animal de la misma manera en que tendríamos a un humano recogido, es decir, para cuidarlo y por su propio bien en circunstancias en que no podría valerse por sí mismo o por un impedimento legal.

Por el contrario, la tenencia de animales es injusta o ilegítima cuando el ser humano tiene a un animal como posesión o mercancía para beneficiarse a su costa.

¡Derechos Animales ya! - Tortugas californianas sobre un tronco en un lagoMuchos veganos tenemos animales que compramos o capturamos antes de serlo. Debemos responsabilizarnos de aquellos animales que no pueden vivir libres, ya sea porque no pueden valerse por sí mismos o pueden perjudicar a otros animales. El ser humano establece el asesinato sistemático de aquellos animales catalogados como plagas o especies invasoras.

Una confusión entre adoptar animales y tener mascotas

La tenencia de un mismo animal puede considerarse «adopción» o «mascotismo» según si existe explotación por parte del ser humano que lo tiene. Un vegano, por definición, puede tener animales recogidos; pero no «mascotas» (término especista para referirnos a animales explotados como un recurso acompañacional), en tanto que no alberga animales explotados como objetos de compañía ni con ningún otro fin.

No hay día de activismo en que no nos topemos con alguien que compare el tener «mascotas» o animales domesticados con el hecho de explotarlos. Esgrimen tal argumento para afirmar, sin más, que quienes tengan animales con su haber son hipócritas por criticar la explotación que cometen.

Suele suceder irremediablemente cuando se condena la explotación por leche y huevos o, también, cuando se habla de tener caballos y excusar el hecho de que se los dome y monte. Considero que así ocurre porque la gente asocia estos actos a unas formas menores o menos importantes de explotación o, incluso, como parte de una relación normal con tales sujetos.

Esto se observa, a menudo, entre individuos que se denominan «veganos», lo cual evidencia un sesgo especista aún presente. El veganismo rechaza toda forma de explotación animal, pero hay quienes, por desconocimiento o moda, dicen ser veganos sin serlo realmente. Algunos activistas lo llaman «el segundo adoctrinamiento». Por suerte, empieza a haber estudios académicos serios en torno a esta discriminación.

¡Derechos Animales ya! - Gato acostado

Adoptar animales es una acción virtuosa. Sin embargo, esto no justifica su explotación. Hay protectoras y organizaciones animalistas que participan en la recogida y adopción de animales a los que luego explotan o vulneran sus intereses inalienables. Asimismo, la tenencia de animales no justifica la explotación de otros animales a la hora de cuidarlos o satosfacer sus necesidades.

El quid de la cuestión sobre los animales recogidos

Velar por perros, gatos, caballos, etc. no es una acción virtuosa en sí misma si implica que el animal deba cumplir obligaciones para con nosotros ni tampoco justifica ninguna forma de explotación como compensación del buen trato supuestamente recibido.

Que alguien no maltrate a un perro que emplee en la caza o a un caballo que utilice para darse un paseo los fines de semana no significa que los respete ni que dicha tenencia justifique su explotación (uso como recurso).

Tenencia de animales no equivale a explotación animal, así como criar a un hijo no equivale a cometer pederastia. Son categorías diferentes. No hay nada injusto en cuidar de animales no humanos mientras se cumplan dos condiciones:

  1. Que no se los explote, es decir, que no se los utilice como recursos para nuestros fines.
  2. Que carezcan de otra alternativa mejor, es decir, no puedan vivir de manera independiente por razones sociales (leyes), económicas o ecológicas.

Debemos evitar esta confusión categorial de justificar una explotación apelando a que tales animales viven con nosotros y de que cuidamos de ellos; pues aquellas acciones que implican usar a un individuo como fin en sí mismo (acciones virtuosas) no legitiman otros comportamientos que usan al individuo como medio para un fin (acciones utilitarias). Todo uso de un animal no humano como recurso incurre en explotación debido a que ellos no pueden otorga un consentimiento libre e informado.

¡Derechos Animales ya! - Arado de bueyes en la IndiaA lo largo de la historia, la tenencia de animales ha estado relacionada con la domesticación y la ganadería. El ser humano ha obligado a otros animales a que vivan con nosotros para utilizarlos en nuestro beneficio. Se incurre en una visión romántica de la esclavitud animal cuando se cree y se justifica que existan maneras correctas de utilizarlos como objetos a nuestro servicio.

Conclusión

Tener animales recogidos no equivale a tener mascotas (animales explotados), ni la tenencia de animales justifica su explotación. Si alguien tiene un perro y no lo emplea en carreras ni apuestas, etc., es legítimo; si tiene un caballo y no lo monta ni lo pone a tirar de carruajes es legítimo; si tiene una gallina y no la reproduce ni le quita sus huevos es legítimo.

La regla para la tenencia de animales siempre es sencilla: no tenemos legitimidad moral para usar a otros individuos como recursos para nuestros fines en tanto que no alcanzan el nivel de conciencia necesario para darnos su consentimiento, entender nuestras intenciones ni comprender las consecuencias de las suyas propias.

Si alguien no concuerda con estos argumentos basados en el principio de igualdad (justamente la misma ética que aplicaríamos a nuestros hijos), no debe tener animales animales. Así de sencillo.

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¿Comer carne es una decisión personal?


¡Derechos Animales ya! - Bovino curiosoLas acciones que perjudican a terceros no son personales. Comer carne significa causar la muerte de terceros por no ser humanos.

¿Qué es una decisión personal?

Por definición, una decisión personal es aquélla que sólo concierne a quien la realiza y no afecta voluntaria ni potencialmente a nadie más. Los demás animales no son arena en el desierto, piedras en un pedregal ni objetos creados por ni para el ser humano. ¡Son personas!

Todos los animales existen en este planeta por sus propios motivos. Son individuos con intereses inalienables, sienten y valoran sus propias vidas como cada uno de nosotros protege la suya. Ello se debe a que compartimos la posesión de células nerviosas y esto nos convierte en seres conscientes de su existencia [→].

«[Los animales nohumanos] en un mundo más antiguo y más completo que el nuestro se mueven acabados y completos. Tienen el don de los sentidos que hemos perdido o que jamás conseguiremos. Viven a merced de voces que nunca escucharemos. No son hermanos, no son subordinados: son otras naciones atrapadas con nosotros en la red de la vida y el tiempo».
HENRY BESTON

La sintiencia es la base de los Derechos Animales, tal como argumenta uno de sus máximos precursores en la actualidad: Gary L. Francione.

¡Derechos Animales ya! - En un matadero no ocurre nada humanitarioDesde su nacimiento, los animales son manipulados de infinitas formas: coaccionados, castrados, descornados y encrotalados para registrar el momento en que irán al matadero. Sin embargo, una sociedad disonante sólo quiere que tengan una muerte indolora para calmar su propia conciencia.

Excusas frecuentes para comer carne

«Comer carne» podría considerarse un eufemismo para decir «ingerir un cadáver». Si el cadáver se halla sobre el suelo lo llamamos «carroña» y si se encuentra encima de una mesa lo llamamos «comida». Los humanos creamos distinciones entre términos tomando una base fenomenológica, nadie niega eso. No obstante, lo que se condena en este caso es que, tras estas diferenciaciones terminológicas, subyace el fenómeno del especismo (no debemos llamarlo carnismo).

Al emplear la expresión «comer carne» parecemos omitir que engloba el proceso de criar, hacinar y explotar a un animal no-humano hasta finalmente asesinarlo —forma última de explotación— en un matadero tradicional o en un matadero móvil. Ninguna de estas acciones es personal por el simple hecho de que afectan íntegramente a otros sujetos.

La sociedad general trata de justificar el consumo de animales mediante cinco falacias típicas:

1) «La ética es relativa». Si uno mismo no considera que sufrir un daño o vulneración de sus propios intereses sea algo correcto en caso de que un tercero piense igualmente que la ética sea relativa. Incurre en contradicción aseverar que también explotar animales no humanos porque lo justo o injusto dependa de cada uno. Esta refutación se basa en la aplicación del principio de igualdad.

2) «Los animales están para eso». Las animales existen en este mundo por sus propias razones. Nadie los puso a nuestro servicio y no necesitamos comer carne para vivir. Antes de que el ser humano se irguiese a dos patas, los distintos animales vivían en libertad. Nosotros nos hemos aprovechado de nuestra inteligencia para dominarlos, subyugarlos y aprovecharnos de ellos de todas las formas posibles.

A menos que alguien justifique del mismo modo la esclavitud negra o el holocausto nazi, habrá de reconocer que ni el conocimiento ni la fuerza legitiman acciones que vulneran los intereses ajenos. Se nos acusa a los activistas de que estemos «humanizando» a los animales mientras, paradójicamente, el emisor se basa en dogmas, prejuicios e ignorancia para creerse único, especial y superior a los demás animales. De hecho, esta falacia incluso la sueltan gente que se autodenomina «animalista». No resulta extraño que ocurra en la sociedad general, pues en el antropocentrismo todavía domina en la ciencia.

3) «No sabemos si los animales quieren vivir». No lo sabrás tú, me temo. Tener que recopilar estudios y artículos de fisiología animal y etología para demostrar cada vez lo absurdo de esta afirmación es casi como hacer lo mismo para demostrar el ciclo del agua. Continuamente, los activistas nos vemos acorralados por una profunda vara de medir irrelevante.

Nadie necesita conocer el grado de conciencia de un recién nacido para concluir que deben respetarlos; sin embargo, sí parecen necesitar todas las posibles facultades intelectuales de un cerdo, una vaca o un delfín —así como hasta el más nimio detalle biológico— para sopesar que, tal vez, cometer atrocidades contra ellos no fuese del todo correcto.

4) «Si nos los comiésemos, se extinguirían». Este argumento incurre en dos falacias simultáneamente. En primer lugar, asume como cierto algo que no demuestra quien lo arguye ni acepta la ciencia (petitio principii) y, en segundo lugar, justifica la acción de explotarlos debido a tal supuesta consecuencia (ad consequentiam). Existen muchos mitos sobre la domesticación.

Si no se introducen genes alóctonos, la selección genética de tales animales está dentro del espectro fenotípico de la especie. Un estudio basado en la liberación de ratas Wistar (que sí son una «creación genética») en los bosques de Oxford demostró que esta raza modificada alcanza un grado de supervivencia análogo al de sus contrapartes salvajes a pesar de ser ciegas y casi sordas. En un principio, si se parte de una cuantía poblacional por encima del umbral de la endogamia (el verdadero problema de los animales domesticados), podrían habitar y prosperar en ambientes adecuados para su fisiología.

Incluso asumiendo que las condiciones socio-económicas o ecológicas imposibilitasen esto, resulta ridículo defender que sigamos trayendo al mundo a más esclavos para asesinarlos después. A pesar de estos hechos, abundan las publicaciones académicas cuyas conclusiones se dirigen hacia el bienestarismo por el miedo al cambio y la inflexibilidad mental de los investigadores.

Siempre que salen estas réplicas infundadas nos invade la misma sensación: el ser humano busca todas las excusas posibles y se agarraría a un clavo ardiente con suma hipocresía altruista —en el caso de apelar a la lamentable extinción de especies— por tal de seguir haciendo cuanto practica con la conciencia tranquila.

¡Derechos Animales ya! - Mamá crees que los humanos me dejarán vivir si ladroResulta paradójico que la sociedad discrimina entre animales según su especie. A la sociedad occidental le da asco comer carne de perro mientras no tiene ningún reparo en enviar a otros animales al matadero por no ser perros. Incluso se da el caso de que unos veterinarios salvan la vida de perros mientras oros trabajan en la línea de un matadero.

La apelación al bienestarismo

El quinto punto es tan frecuentísimo y dolorosamente contradictorio que merece una mención especial.

Nadie —y cuando digo nadie es nadie— estaría de acuerdo con ser un esclavo a cambio de un buen trato. Nadie quisiera que un tercero eligiese dónde hubiese de vivir, qué comiera, con quiénes estuviera ni si sus hijos (prole) debieran permanecer con ellos o terminar vendidos, marcados, castrados y asesinados días u horas después de su nacimiento.

El bienestarismo es el monstruo del utilitarismo moral aplicado a los animales no humanos debido a eso mismo: porque no son humanos. Consiste en la creencia o consideración de que los demás animales sólo desean no sufrir y que, por tanto, nuestra única obligación para con ellos es darles un trato lo más agradable posible durante su explotación y hasta su asesinato. La gente, influenciada y manipulada por el negocio de las organizaciones animalistas, se empecina en llamarlo «sacrificio» y añade adjetivos como «humanitario» con el objetivo de restarle importancia y carga moral.

No obstante, los animales esclavizados (no son animales «de granja») por nuestra especie no cuentan únicamente con un interés en no sufrir; sino en ser libres y en vivir su vidas en paz. ¿Qué hay de esos intereses? La sociedad asume una actitud consecuencialista —el fin justifica los medios— y los supedita a su conveniencia, placer, rentabilidad e inercia social.

¡Derechos Animales ya! - Bovino echado sobre la hierbaComer carne significa cosificar a un sujeto como si fuese un simple objeto al servicio de un fin. Podemos alimentarnos perfectamente y más sano mediante productos de origen vegetal.

¿La solución?

A diario intentamos explicar que nuestro error fundamental no reside en que tratemos mal a otros animales; sino en que nos creamos con legitimidad para regir sus vidas al mismo tiempo que propugnamos vigorosamente que nadie debe regir la nuestra. Rechazar el «maltrato» sólo significa oponerse a aquel daño que no nos beneficia. Comer carne es una acción injusta en sí misma porque implica usar a un sujeto como si fuese un objeto.

No existe una «muerte humanitaria», pues no existe forma «digna» o «humanitaria» de asesinar a quien no quiere morir como tampoco existe un modo «digno» o «humanitario» de asesinar a un ser humano que no desea sufrir tal percance. La solución tampoco reside en el vegetarianismo, pues éste también causa víctimas e implica la crianza y asesinato de animales para obtener sus secreciones y otros productos derivados.

Podemos —y debemos— alimentarnos de plantas, hongos, etc., los cuales a diferencia de los animales, carecen de intereses y conciencia. Debemos rechazar la explotación animal las mismas razones por las cuales no nos alimentamos de seres humanos. Ése es el significado del veganismo. Si nosotros valoramos nuestras vidas con independencia de que lo hagan los demás; hemos de valorar las vidas de otros sujetos con independencia de que lo hicieren los demás.

Referencias, consejos y cuadros nutricionales

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