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Biología de los reptiles (V): Esqueleto, órganos de los sentidos y otros detalles anatómicos

Tupinambis merianae visto de cabeza sobre piedrecillas - Detalle anatómico en reptiles

Tupinambis merianae visto de cabeza sobre piedrecillas.

El esqueleto de los reptiles

El esqueleto de los reptiles está más osificado que el de los anfibios, aunque su cráneo tampoco se osifica por completo, ni siquiera en la fase adulta. A diferencia del cráneo de los anfibios, el de los reptiles se articula con la primera vértebra mediante un cóndilo occipital único; lo cual le confiere gran movilidad. Por lo demás, y más allá de este rasgo común, existen muchas diferencias entre el cráneo de las tortugas y el de los escamosos. En las primeras, el cráneo es macizo y pesado, mientras que en los escamosos está provisto de grandes ventanas temporales y algunos de sus huesos presentan una movilidad notable, lo que permite una mejor adaptación bucal al tamaño de las presas.

En las serpientes, la movilidad mandibular alcanza su máximo, ya que sus mandíbulas están unidas al cráneo únicamente por músculos, ligamentos y piel, lo que les permite aberturas mandibulares extraordinarias y tragar presas mucho mayores que su propia cavidad bucal [Barbadillo et al., 1999]. Las culebrillas ciegas y otros anfisbenios son un caso aparte dentro de los escamosos, ya que debido a su especializada vida subterránea tienen un cráneo muy robusto que utilizan como ariete para excavar.

Las costillas de los reptiles, más desarrolladas que en los anfibios, pueden ser inmóviles —y entonces sólo sirven de soporte y de protección— o móviles, en cuyo caso intervienen en la locomoción y la respiración. En los tuátaras y algunos lagartos existen costillas abdominales (o gastralia) que no se insertan en ningún otro hueso. En las tortugas, las costillas (a excepción de la primera y la última), las vértebras y las clavículas están íntimamente soldadas con los osteodermos del caparazón [Salvador et al., 1998].

Las extremidades son típicamente de cinco dedos; aunque en algunos grupos existe una fuerte tendencia a la reducción. Las tortugas y los cocodrilos tienen siempre cuatro patas, en tanto que algunos lagartos y todas las serpientes carecen parcial o totalmente de ellas. En los ofidios, excepto en los pitónidos, tropidófidos, tiflópidos y boidos, que conservan vestigios de extremidades posteriores, desaparecen incluso las cinturas escapular y pélvica.

Órganos de los sentidos en reptiles

Los órganos de los sentidos presentan una alta variabilidad en los reptiles. Dentro del cráneo, el cerebro, organizado de un modo similar al de los otros vertebrados, presenta sin embargo dos grandes proyecciones hacia delante en la parte anterior de los hemisferios cerebrales, los lóbulos olfatorios, que tienen una especial importancia en los reptiles [Barbadillo et al., 1999]. En el epitálamo existe otra protuberancia, el cuerpo parietal, que en muchos escamosos atraviesa el cráneo y forma el denominado ojo pineal. Aunque en la mayoría de las especies la parte posterior de esta estructura tiene naturaleza glandular —es la epífisis o glándula pineal—, en algunos lagartos y en los tuátaras posee una especie de retina rudimentaria que actúa como «tercer ojo», ya que es sensible a la luz.

Juvenil de Natrix natrix

A la izquierda: juvenil de Natrix natrix muestra sus ojos con pupilas redondeadas, rasgo de los reptiles diurnos.

Los ojos verdaderos aparecen bien desarrollados, aunque pueden estar muy reducidos o incluso atrofiados por completo en algunas especies subterráneas. Al igual que en los mamíferos, el enfoque (acomodación del cristalino) se realiza mediante modificaciones en su curvatura. La pupila muestra distintas formas que suelen indicar el tipo de vida del animal: redonda en los reptiles diurnos, vertical en muchos nocturnos y más o menos elíptica en las especies intermedias.

En nuestra fauna, en concreto, tienen pupila vertical las salamanquesas y las víboras; pero no las culebras, pese a que algunas de ellas son bastante nocturnas. Varias especies de serpientes arborícolas tienen una pupila alargada en sentido horizontal que muy probablemente les facilita la visión binocular. La pupila vertical, por su parte, es un rasgo de gran importancia en el campo para la diferenciación rápida entre víboras y culebras.

Uroplatus fimbriatus con pupila vertical - Ojos de los reptiles

A la derecha: se ven las pupilas verticales de Uroplatus fimbriatus, rasgo de los reptiles nocturnos.

Los ojos son poco móviles, a excepción de los camaleones, que los mueven en todas direcciones y con independencia uno del otro. Salvo en los ofidios y en algunos lagartos, los cuales tienen los párpados soldados y transparentes, el ojo presenta dos párpados de movimiento vertical y un párpado de movimiento transversal que se denomina membrana nictitante.

El oído está bien desarrollado, por lo general con una membrana timpánica bien visible y dos huesecillos que transmiten sus vibraciones hasta la ventana oval, la columela y la extracolumela. Las serpientes, sin embargo, no poseen tímpano ni trompa de Eustaquio, lo que les impide captar las vibraciones del aire, aunque pueden captar las vibraciones del suelo apoyando la mandíbula, ya que tienen la columela unida al hueso cuadrado. Debido a esta limitación, los ofidios pueden oír sonidos de baja frecuencia pero no los más agudos. De tal forma, por ejemplo, un crótalo no puede oír su propio cascabel.

El olfato, muy importante para detectar presas y depredadores, y también para identificar a la pareja, tiene dos modos de funcionamiento diferentes. Uno de ellos, que es el más típico en los vertebrados, es la captación de partículas olorosas en suspensión por medio de los orificios nasales. La otra, más específica de muchos reptiles, los anfibios y algunos mamíferos, es la vomerolfacción, consistente en un análisis más preciso de las partículas olfativas en el denominado órgano vomeronasal o de Jacobson. Este órgano quimiorreceptor inervado por fibras que proceden del bulbo olfatorio secundario se aloja en dos fosas cubiertas de un epitelio sensorial y situadas en el techo bucal. El órgano de Jacobson está presente en los escamosos y en los tuátaras pero no en las tortugas ni en los cocodrilos. En los escamosos, la lengua es ]a que se encarga de captar las partículas olorosas y de conducirlas hasta este órgano; en el tuátara dichas partículas llegan al órgano por difusión aérea.

A diferencia de la olfacción, que parece cumplir una función primaria en la detección de los estímulos olorosos, la vomerolfacción constituiría una modalidad sensorial de discriminación fina de los olores. Por lo demás, esta última tiene una importancia variable en las distintas especies de reptiles, de forma que incluso dentro de una misma familia se observan notables diferencias en la vomerolfacción (Barbadillo et al, 1999). El sistema vomeronasal —y por tanto la vomerolfacción— es vestigial o falta por completo en las tortugas y en los cocodrilos adultos, pero suele estar bien desarrollado en los ofidios y en numerosos lagartos; en el camaleón, en concreto, se halla muy reducido en el adulto pero está bien desarrollado en los embriones y crías recién nacidas.

El tacto está bien desarrollado. La piel, al ser pobre en glándulas, está muy bien dotada de mecanorreceptores que detectan la tensión o presión ejercidas sobre ella. Además de receptores táctiles, la piel posee numerosos sensores de temperatura; en la cabeza de varios grupos de serpientes, entre ellos las boas, los pitones y las víboras, existen unos receptores cutáneos que detectan las radiaciones infrarrojas. Gracias a estos receptores extremadamente precisos, estos ofidios detectan el calor corporal que emiten sus presas endotermas.

Hemorrhois hipocrepis mostrando lengua bífida - Sentidos de los reptiles

Un ejemplar de Hemorrhois hipocrepis saca su lengua bífida para captar partículas olorosas.

El corazón de los reptiles suele ser tricameral, con dos aurículas y un ventrículo, aunque la mezcla de sangre arterial y venosa es menor que en los anfibios porque el ventrículo muestra un inicio de separación y en los cocodrilos llega a estar separado anatómicamente en dos partes comunicables entre sí, aunque no propiamente a través del tabique ventricular. Gracias a estas adaptaciones, en los reptiles puede darse una circulación doble y cerrada, como la de los mamíferos, pero también pueden mezclarse la sangre oxigenada con la sangre pobre venosa en determinadas circunstancias.

Cuando se asolean, para que el calentamiento sea lo más rápido posible, los reptiles consiguen que a la periferia de su cuerpo llegue un gran volumen de sangre desviando parte de la sangre pobre en oxígeno desde el corazón hacia dicha periferia en vez de dirigirla hacia los pulmones; en este proceso tiene lugar una mezcla de sangre oxigenada con sangre pobre en oxígeno a nivel ventricular. Tanto este proceso como, obviamente, el buceo de las especies acuáticas en el que también hay un desvío de sangre a la periferia, implican un periodo de apnea, lo cual es típico de los reptiles, ya que todos ellos alternan estos períodos de suspensión de la respiración con sus ciclos respiratorios.

Adaptación de la obra ANFIBIOS Y REPTILES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, BALEARES Y CANARIAS. Colección Nuevas guías de campo. Ediciones Omega, Barcelona. 2011. Autores: Masó A. & M. Pijoan.

Biología de los reptiles

  1. Biología de los reptiles (I): Características generales
  2. Biología de los reptiles (II): Origen y evolución
  3. Biología de los reptiles (III): Regulación de la temperatura
  4. Biología de los reptiles (IV): Piel, escamas y coloración
  5. Biología de los reptiles (V): Esqueleto, órganos de los sentidos y otros detalles anatómicos
  6. Biología de los reptiles (VI): Reproducción
  7. Biología de los reptiles (VII): La locomoción y sus adaptaciones
  8. Biología de los reptiles (VIII): Locomoción en el medio hipogeo
  9. Biología de los reptiles (IX): Locomoción en el medio arbóreo
  10. Biología de los reptiles (X): Locomoción en el medio acuático
  11. Biología de los reptiles (XI): Alimentación
  12. Biología de los reptiles (XII): Serpientes venenosas
  13. Biología de los reptiles (XIII): Depredadores de reptiles
  14. Biología de los reptiles (XIV): Estrategias defensivas
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Biología de los reptiles (IV): Piel, escamas y coloración

Hemidactylus turcicus en plena muda - Escamas de los reptiles

Salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) durante el proceso de muda.

Piel, escamas y coloración de los reptiles

En los reptiles, la piel contiene muy pocas glándulas y suele estar bastante queratinizada, por lo que es muy impermeable. Como en los demás vertebrados, consta de una zona interna o dermis, formada sobre todo por tejido conjuntivo, y otra externa o epidermis. La epidermis comprende, a su vez, una capa basal germinativa y otra externa denominada estrato córneo, cuyas células, dispuestas en varias capas, se impregnan de queratina y finalmente mueren. El estrato córneo da lugar a las escamas o placas típicas de los reptiles (A. Salvador et al., 1998), las cuales presentan una gran variedad de tamaños y formas: pueden ser lisas, aquilladas o acanaladas, formar tubérculos o escudetes y estar imbricadas unas sobre otras, yuxtapuestas o separadas. Las escamas se distribuyen en hileras en un número más o menos estable según la especie, y de ahí la utilidad de este carácter (la folidosis) para la identificación [Filella, 2008].

La dermis, por su parte, produce los denominados osteodermos, que están presentes en todos los órdenes aunque no en el infraorden de las serpientes. Dichos osteodermos son diminutas formaciones óseas laminares que se originan en lo más profundo de la dermis y que, al crecer, son empujadas hacia zonas más superficiales. La disposición de estas placas dérmicas es muy variable; en los tuátaras se encuentran en la parte superior de la cola; en los cocodrilos, en cabeza, dorso y cola; en los lagartos pueden estar soldadas a los huesos del cráneo, como sucede en los helodermátidos, o bien distribuidas por todo el cuerpo. En las tortugas, los osteodermos pueden aparecer en las escamas de las extremidades de los ejemplares de edad avanzada. El caparazón de estos animales no guarda relación con los osteodermos —excepto con la tortuga laúd, de caparazón coriáceo— y consta de una parte dorsal o espaldar y otra ventral o peto, siendo el primero de forma más o menos cóncava, y el segundo ligeramente convexo o casi plano.

La piel de los reptiles actúa como una importante barrera contra la pérdida de agua corporal y los protege contra las abrasiones físicas; por lo demás, en las serpientes y en otros escamosos serpentiformes puede tener un papel importante en la locomoción. Para mantenerla en perfecto estado funcional y para compensar su desgaste —y además, para que el individuo pueda crecer—, su estrato córneo ha de renovarse periódicamente. Este proceso, que se denomina muda, tiene lugar en una sola pieza, como en los ofidios y anfisbenios, o en piezas de tamaño variable, como sucede en otros escamosos. La cadencia de las mudas depende del estado metabólico del animal y de su edad, de forma que los animales más jóvenes, cuyo crecimiento es más rápido, mudan con mayor frecuencia que los adultos [Salvador et al., 1998]. En el caparazón de las tortugas, sin embargo, no hay muda, sino un mero crecimiento de una placa más ancha debajo de cada placa para compensar el desgaste; esta superposición de placas da lugar a un reborde que permite calcular la edad en los ejemplares jóvenes.

Cerastes cerastes en suelo arenoso-2

La víbora cornuda del desierto, Cerastes cerastes, realiza homocromía o cripsis cromática con el suelo arenoso.

La coloración de la piel, por su parte, se debe a los melanocitos, que se hallan en la capa basal de la epidermis, y a los cromatóforos, que se distribuyen por la parte más externa de la dermis. Gracias a estas células, la coloración de los reptiles es muy variable y a menudo depende del medio en que viven, ya que muchas especies suelen adaptarse a él por homocromía (cripsis cromática). Así, por ejemplo, muchos reptiles que viven sobre un suelo oscuro o en el barro tienen el mismo color oscuro del sustrato sobre el que se desplazan. Análogamente, muchos lagartos y ofidios que viven en suelos arenosos son de colores ocráceos o pardos pálidos, en tanto que los que viven sobre troncos de árboles tienen la misma coloración jaspeada y pardogrisácea que la corteza. Otros reptiles arbóreos que viven entre las hojas tienen una librea verde que a menudo reproduce las irregularidades y variaciones cromáticas de las hojas.

Otras especies de coloración críptica cambian de color según el sustrato en el que se encuentra en aquel momento. El agama del Cáucaso (Agama caucasica), por ejemplo, suele ser gris como las formaciones rocosas sobre las que habita, pero cuando las rocas son rojizas presenta manchas anaranjadas o de color rojo ladrillo. Y las salamanquesas Tarentola, aparte de tener a menudo una coloración mucho más oscura a pleno sol que por la noche, suelen adoptar una coloración más o menos grisácea, marrón clara o incluso rosácea (sobre todo en los muy variables perinquenes o salamanquesas canarias) según el color del sustrato.

La cripsis cromática supone a menudo un diseño disruptivo, es decir, a base de una serie de manchas que rompen el contorno del animal, descomponiendo su unidad y haciendo que partes de su cuerpo se integren visualmente con los elementos del fondo. Muchas salamanquesas tienen este tipo de coloración, entre ellas las Tarentola y más aún el gimnodáctilo del sureste de Europa. La coloración disruptiva también es típica de muchos vipéridos, entre ellos las víboras de nuestra fauna cuya «librea de patrón clásico» entra dentro de esta categoría. Con todo, los ejemplos más «de manual» a este respecto son sin duda los vipéridos sudamericanos del género Bothrops y el imponente vipérido africana Bitis gabonica.

Chelus frimbriatus con algas sobre su caparazón - Escamas duras

En esta fotografía se aprecia un ejemplar de la tortuga matamata (Chelus fimbriatus), que está imitando el sustrato. Además, cuenta con la ayuda de varias algas sobre su caparazón.

La homocromía se combina a veces con la homomorfia o imitación de los objetos inanimados o de los elementos vegetales del medio en el que vive el animal. Varios camaleones, por ejemplo, se parecen tanto a hojas verdes o arrugadas, no sólo por su coloración sino también por su forma, que resulta prácticamente imposible descubrirlos si no se mueven. Numerosos gecónidos (géneros Ptychozoon de Malasia e Indonesia, Uroplatus de Madagascar, etc.) «imitan» de un modo sorprendente las rugosidades y arrugas de la corteza —además de su coloración—, en tanto que las serpientes látigo y otros ofidios muy arborícolas se confunden a la perfección con ramas alargadas o incluso con lianas. En las culebras malgaches del género Langaha, el parecido con objetos vegetales todavía se acentúa más por la existencia de unos extraños apéndices que prolongan el hocico. La homomorfia, en algunos casos, es aún más perfecta gracias al crecimiento de algas sobre el caparazón, como sucede en la tortuga matamata y en el galápago leproso.

En el otro extremo de estos «maestros del camuflaje» se sitúan los reptiles cuya coloración aposemática, brillante y contrastada advierte del veneno que posee o pretende poseer el animal. Este último caso, que se denomina mimetismo batesiano, consiste en imitar a especies peligrosas cuando la imitadora no posee ningún mecanismo defensivo excepto este engaño y la huida; lo utilizan, por ejemplo, las culebras del género Lampropeltis (falsas corales) que imitan a las temibles serpientes coral. Dentro de nuestra fauna, el mimetismo batesiano también se manifiesta en la culebra viperina y las culebras lisas, que muestran diseños dorsales similares a las víboras y a menudo aplastan la cabeza contra el suelo para brindarle una forma triangular semejante a la de estos ofidios venenosos. Esta última pauta, aunada a una postura de ataque que imita la actitud típica de las víboras, también la adoptan las culebras de cogulla, que no muestran un mimetismo batesiano tan acusado como las culebras viperina, lisa europea y lisa meridional en su diseño dorsal.

Otros reptiles, en fin, descubren súbitamente colores vivos y contrastados en alguna parte del cuerpo que por lo general queda oculta. Tal es el caso, por ejemplo, de los dragones voladores (Draco spp.), los cuales exhiben de repente una membrana planeadora aposemática, en brusco contraste con la coloración general del cuerpo; contrariamente ala membrana anaranjada y negra, la coloración corporal de los dragones es muy críptica y los camufla a la perfección sobre la corteza de los árboles. Otros ejemplos de este tipo son el brusco despliegue del gran collar o pechera del clamidosauro (Chlamydosaurus kingii), o la extensión súbita de los pliegues cutáneos de color rosado intenso —por el repentino influjo sanguíneo— que realzan una boca abierta del mismo color en el también agámido Phrynocephalus mystaceus, Sin recurrir a estas prolongaciones dérmicas, muchas especies de lagartos y ofidios tienen la costumbre de abrir ampliamente la boca en presencia de un depredador, y el efecto amenazador de este gesto se acentúa por la coloración brillante de la cavidad bucal. En el lagarto piña (Tiliqua rugosus) de Australia, por ejemplo, el color rojo carmín de la mucosa bucal no sólo contrasta con la librea críptica del animal; sino también con una lengua azul cobalto. En el vipérido estadounidense Agkistrodoíi piscivorus, la cavidad bucal blanca establece un brusco contraste con la coloración pardusca del cuerpo y le vale al ofidio uno de sus nombres vulgares ingleses, el de cottonmouth o boca de algodón.

Juvenil de Iberolacerta monticola con cola verdeazulada - Coloración adaptativa

Numerosas especies de lacértidos, como la lagartija serrana (Iberolacerta monticola), presentan tonos verdosos o azulados en las colas durante la fase juvenil. Se estima que la adapción consiste en atraer los ataques por depredadores a esta extremidad poco vulnerable.

Algunos reptiles cambian de color repentinamente gracias a la actividad de sus cromatóforos, pero este cambio no siempre tiene una finalidad críptica. El cambio de color, en efecto, también se utiliza para transmitir un cierto estado emocional y con frecuencia está relacionado con la exhibición frente a un miembro del otro sexo o con las relaciones jerárquicas y la defensa del territorio. Éste es el caso de muchos camaleones y también de algunos agámidos, cuya librea cambia o se abrillanta bruscamente en presencia de un intruso de la misma especie.

Más a menudo, sin embargo, las disputas territoriales se saldan con la exhibición brusca de una parte coloreada que había quedado oculta. Este comportamiento, que es similar al ya descrito para el dragón volador aunque en un contexto intraespecífico, se observa, por ejemplo, en los lagartos del género Anolis, que despliegan un saco gular de brillantes colores en presencia de un adversario de su misma especie.

Para concluir con el tema del color cabe mencionar que en varias especies de escamosos, y en particular en varias lagartijas de nuestra fauna (Iberolacerta spp. excepto Iberolacerta aranica, Podarcis hispanica sensu stricto, Podarcis bocagei, Podarcis carbonelli, algunas poblaciones de Podarcis lilfordi, Podarcis sicula, Scelarcis perspicillata), la cola de los juveniles tiene una coloración azulada o verdosa, muy llamativa y en contraste con el resto del cuerpo. Se ha sugerido que esta coloración atrae la atención de los depredadores hacia la cola, induciéndolos a dirigir su ataque hacia esta zona poco vulnerable y que puede desprenderse con facilidad [Barbadillo et al. , 1999].

Adaptación de la obra ANFIBIOS Y REPTILES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, BALEARES Y CANARIAS. Colección Nuevas guías de campo. Ediciones Omega, Barcelona. 2011. Autores: Masó A. & M. Pijoan.

Biología de los reptiles

  1. Biología de los reptiles (I): Características generales
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  14. Biología de los reptiles (XIV): Estrategias defensivas
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Los derechos de los animales no dependen de sus obligaciones

derechos-y-obligacionesPara gozar de derechos sólo se requiere ser un sujeto

Una de las críticas infundamentadas más frecuentes contra los Derechos Animales es aquélla de que los demás animales no pueden contar con derechos reconocidos porque no tienen obligaciones en sociedad. Otra, derivada de ésta, afirma que no hay razón para respetar a los no humanos debido a que ellos no respetan nuestros derechos. Ambas perspectivas incurren en una serie de omisiones y contradicciones por desconocimiento de las implicaciones de tales términos.

Un derecho es la protección de un interésTodos los animales contamos con intereses inalienables a raíz de la posesión de un sistema nervioso. Puesto que este único requisito basta para reconocer derechos en nuestra especie, resulta contradictorio negarles un amparo jurídico a otras especies animales que también tienen intereses inalienables. Ello implicaría obviar una constatación científica y ya ha habido congresos de juristas que así lo han reconocido. Si propugnamos que el interés de un humano vale más que el de otro animal por el hecho de que no son exactamente como nosotros, incurrimos en un prejuicio discriminatorio. Ningún humano es exactamente igual a otro. Nadie es igual a un segundo. Incluso en los gemelos univitelinos se detectan cambios minúsculos originados por mutaciones posteriores a la separación. Gracias a los avances sociales, actualmente la mayoría de la sociedad acepta sin contemplaciones que nadie puede ningunear nuestros derechos por motivos de sexo (sexismo) o raza (racismo). No obstante, casi todos los humanos del siglo XXI sí rechazan sistemáticamente aceptar o hablar siquiera de Derechos Animales por una cuestión de especie (especismo). La raza es una variable continua (blanco níveo, moreno, negro, etc.). Y la especie lo es asimismo. Ambos se reducen a un concepto subjetivo y arbitrario que sirve para la separación taxonómica en biología; mas no para una distinción moral.

¿Por qué tenemos que respetar a los animales?

Los humanos con plenas facultades somos agentes morales (individuos responsables de sus actos); mientras que los niños y otros animales son seres amorales (individuos no responsables de sus actos). En consecuencia, los restantes animales no respetan nuestros derechos a causa de que no diferencian entre el bien y el mal. Resulta curioso, cuando menos, que muchos se consideren superiores per se a tales miembros mientras simultáneamente comparan sus comportamientos con los propios para tratar de justificar una obra contraria al principio ético de igualdad.

Las personas humanas inmaduras o con algún grado de minusvalía psíquica no adquieren ningún tipo de obligación dentro de nuestra sociedad; sin embargo, a tenor del motivo anterior, sí poseen derechos. Sólo pueden contraer obligaciones en sociedad quienes sean capaces de asumir sus acciones. Paradójicamente, se afirma muy a la ligera que los nohumanos no satisfacen ninguna obligación a pesar de que innumerables formas de explotación se basan en forzarlos a realizar una acción determinada como medio para un fin. ¿Leones en circos? ¿Carruajes de caballos? La esclavitud consiste en someter la voluntad y en obligar a alguien a hacer aquello que no desea. Eso es una obligación implícita. Por ende, bajo este mismo criterio, dichos animales debieran contar con una protección legal. Pero, claro, entonces es cuando se dice que «un animal es un animal» como afirmando que «se le da lo que merece», una postura tan injusta y arbitraria como las de los antiguos negreros.

¿Cuál es el estado legal actual de los animales?

Todos los animales no humanos, sin excepción, se consideran «bienes muebles semovientes» y carecen de derechos legales. La legislación ha venido precedida de una cosificación moral, y ésta se ha derivado de nuestra habilidad cognitiva para intervenir sobre las vidas ajenas. Desde antaño, hemos confundido adrede la capacidad de realizar algo con la legitimidad de efectuarlo. Hemos mezclado el deber con el poder para aprovecharnos de los más débiles y muchos de quienes supuestamente defienden a los animales, sólo buscan hacer creer que intentan cambiar su situación legal para lucrarse por su miseria. Participar en la explotación de otros animales incurre en la misma injusticia por la cual nos reparamos en que sería una atrocidad explotar niños, humanos seniles u otros individuos en condiciones de vulnerabilidad.

Por fortuna, no estamos forzados biológicamente a ingerir productos de origen animal ni a explotar animales de ninguna manera. La explotación animal responde únicamente a una razón cultural transmitida a lo largo de las generaciones. No basta con rechazar el «maltrato animal» ni con exigir regulaciones sobre su explotación. Debemos oponernos a toda forma de explotación animal para luchar contra su injusto estatus de propiedad. Si podemos evitar víctimas tanto en la alimentación como para otros servicios , la pregunta sería: ¿por qué no intentarlo?

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Biología de los reptiles (III): Regulación de la temperatura

Sauromalus obesus tumidus - Regulación de la temperatura en reptiles

La actividad termorreguladora en los reptiles es elevadísima entre aquéllos que habitan los desiertos del mundo. En la fotografía aparece la especie Sauromalus obesus tumidus.

Regulación de la temperatura en los reptiles

Aparte de las tortugas marinas y otras pocas excepciones —como las pitones, que elevan su temperatura corporal mediante temblores para incubar con mayor eficacia—, la ectotermia es una regla general entre los reptiles. Comparados con los endotérmicos, los animales ectotérmicos tienen escasos requisitos energéticos, ya que no han de emplear la energía obtenida de sus alimentos para mantener elevada y constante su temperatura interna. Gracias a ello, los reptiles sobrellevan sin problemas las situaciones en que los alimentos son muy escasos o intermitentes, y ésta es la razón que explica su actual supervivencia, pese a la competencia de los más sofisticados —aunque limitados por su endotermia— aves y mamíferos [Arnold y Ovenden, 2007].

Esta capacidad que tienen los reptiles de sobrevivir consumiendo muy pocos alimentos también les permite hacer frente, mediante el letargo invernal o la estivación, a los periodos excesivamente fríos o, inversamente, demasiado calurosos y secos. Como contrapartida, cuando hay alimentos disponibles, los reptiles los convierten con gran eficiencia en tejido corporal, ya sea para el crecimiento o para la reproducción. La eficiencia neta de esta conversión es del 50% de la energía asimilada (de promedio), frente al escaso 1,4% para los endotermos (Salvador et al., 1998). Todas estas consideraciones son igualmente aplicables a los anfibios, e incluso con más razón, ya que todos ellos sin excepción son ectotérmicos y la difusión del calor en el agua resulta mucho mayor que en el aire.

Modos de regular la temperatura en los reptiles

La mayoría de los reptiles, y sobre todo los que viven en medios abiertos, regulan activamente su temperatura corporal intercambiando calor con el medio. Cuando están activos, toman el sol para entrar en calor (heliotermia) o absorben calor a partir de la cara inferior de las piedras, en rocas u otros sustratos caldeados por el sol (tigmotermia), o inversamente se refugian a la sombra, bajo piedras, en grietas o en madrigueras cuando el calor se torna excesivo. De este modo, estos reptiles no sólo mantienen su temperatura corporal dentro del rango de unos pocos grados que les permite estar activos —rango de temperatura operativa, que es de 33-38 °C en la mayoría de los lagartos, de 28-34 °C en muchas serpientes y por lo general más bajo en las tortugas—, sino también a menudo dentro de un rango todavía más estrecho de temperaturas óptimas [Salvador at al., 1998].

Python molurus - Regulación de la temperatura en reptiles

Las pitones como Python molurus logran aumentar su temperatura corporal por medio de agitaciones para mantener calientes sus huevos.

Obviamente, esta actividad termorreguladora es mayor en los reptiles de climas templados y en las especies que viven en desiertos u otros ambientes sometidos a grandes diferencias térmicas entre el día y la noche que en los reptiles que habitan en climas tropicales húmedos.

Actividad de los reptiles asociada a la temperatura

En zonas templadas, el período de actividad abarca tan sólo los meses en que la temperatura es suficientemente elevada o el sol brilla lo suficientemente a menudo como para que los animales puedan mantenerse dentro del intervalo térmico adecuado a su actividad. Éste es el caso, en particular, de gran parte del norte peninsular y de las zonas de montaña de la Península y de las islas, donde los reptiles suelen tener un letargo invernal más o menos prolongado: comúnmente entre noviembre y marzo, si bien, puede ser más dilatado en montañas y otras zonas particularmente frías. En las costas mediterráneas, en las zonas meridionales de la Península yen gran parte de las Canarias se observa, en cambio, actividad durante todo el año en muchos reptiles, aunque por lo general es bastante más reducida en invierno.

Así, por ejemplo, mientras el lagarto ágil, o más aún las lagartijas pirenaica, aranesa y pallaresa, que habitan en cotas muy altas de los Pirineos, sólo están activos entre mayo y septiembre o principios de octubre, los perinquenes (salamanquesas canarias), lagartos y eslizones canarios muestran actividad durante todo el año. Este último también es el caso de varias poblaciones del sur y este peninsular de los galápagos europeo y leproso, lagartijas colilarga y cenicienta, lagarto ocelado, lagartijas ibérica y de Carbonell, culebras de herradura, de escalera, lisa meridional, de cogulla occidental y viperina, especies que en zonas más frías siempre pasan por un período de letargo invernal más o menos largo. Curiosamente, mientras las poblaciones costeras de la lagartija de Bocage, un endemismo del noroeste peninsular, presentan actividad durante todo el año, el más meridional camaleón común suele hibernar entre noviembre-diciembre y marzo-abril; aun cuando algunos individuos mantienen su actividad durante todo el año y los demás salen de sus refugios invernales en días cálidos.

Chalcides bedriagai - Tigmotermia en reptiles

Son muy numerosas las especies que se calientan a través del fenónemo de la tigmotermia. En la imagen se muestra un ejemplar de Chalcides bedriagai sobre una roca.

A diferencia del letargo invernal, la estivación es prácticamente inexistente en la mayoría de los reptiles de la fauna española, aunque en el este y centro de la Península la actividad puede decrecer considerablemente en julio y agosto. En términos generales, podría decirse que, en esta área abarcada, los únicos reptiles que estivan realmente son los quelonios. La tortuga mora, por ejemplo, estiva de un modo prolongado e intenso (se entierra profundo), de julio-agosto a principios de octubre en Doñana y en agosto y septiembre en Baleares, mientras que la tortuga mediterránea reduce en gran medida su actividad en julio y agosto —y algo menos en septiembre y octubre—aunque no llega a estivar realmente. El galápago leproso, por su parte, estiva en refugios vegetales o terrestres (a menudo en los fondos lodosos de las charcas y lagunas secas) cuando las temperaturas se tornan muy elevadas o cuando se seca su hábitat acuático, y el galápago europeo hace lo propio enterrándose en el lecho de los ríos o de las lagunas.

Ciclo circadiano asociado a la temperatura

En los lagartos, los cuales tienen temperaturas operativas bastante elevadas —recordemos que su rango es de 33-38 ºC en la mayor parte de las especies—, la actividad prácticamente no se detiene en verano, aunque eso sí, se vuelve netamente bimodal, con máximos de actividad a primeras horas de la mañana y últimas de la tarde y un mínimo en las horas centrales del día. En las serpientes, cuyas temperaturas operativas son algo más bajas (suelen situarse en el rango 28-34 °C, aunque se amplia bastante en la culebra viperina, especie que muestra gran conformidad térmica con su medio acuático), la actividad se torna a menudo crepuscular, o incluso nocturna en verano, y tampoco se detiene. Esto se observa sobre todo en las especies que habitan en las zonas más cálidas, como las culebras bastarda, de herradura y de escalera (esta última, en particular, puede ser muy nocturna en verano); pero también en otras más norteñas como la culebra lisa europea, que se torna netamente nocturna durante los meses más cálidos en varias localidades de montaña.

Al respecto, un caso especial es el de la culebra lisa meridional, cuya actividad es sobre todo crepuscular y nocturna —incluso caza sus presas preferidas, que son las lagartijas, buscándolas en sus escondrijos durante el crepúsculo—; pero que probablemente realiza tigmotermia (absorbe calor del medio circundante) diurna bajo piedras calentadas por el sol. Por lo demás, la tigmotermia no es exclusiva de esta especie, ya que también la practican las salamanquesas, las culebrillas ciegas, la lagartija colirroja, las lagartijas Iberolacerta, el eslizón ibérico, las culebras de cogulla y otros reptiles, que de este modo pueden adquirir la temperatura óptima y entrar cómodamente en actividad sin exponerse a ser depredados.

Agama aculeata - Regulación de la temperatura en reptiles

En los desiertos calurosos sucede lo contrario que en otras regiones: las respectivas especies de reptiles evitan el contacto con las superficies para no sobrecalentarse. En la captura se ve un Agama aculeata (propio del Kalahari, Sudáfrica) erguido lo máximo posible.

La lagartija colirroja, en concreto, adquiere inicialmente su temperatura óptima por encima de los 32 °C sobre todo por tigmotermia, mediante la absorción del calor de la arena dentro de la hura (madriguera), siendo secundario el asoleamiento. Más secundario aún es este comportamiento en el eslizón ibérico, especie que termorregula principalmente bajo la superficie, pasando la mayor parte de su tiempo oculto bajo rocas o en otros escondrijos y muy pocas horas del día expuesto a la vista, sobre la superficie (Pollo, 2009).

Las culebrillas ciegas, por su parte, nunca se calientan en superficie y sólo termorregulan por tigmotermia, por contacto directo con el suelo o colocándose bajo piedras caldeadas. Para mantener fácilmente sus temperaturas preferidas con el menor gasto energético posible, estos reptiles seleccionan rocas de grosor variable según la hora del día y la temperatura disponible debajo de ellas; así pues, en verano utilizan rocas más gruesas o las emplean con menos frecuencia [López, 2003].

En los lacértidos se ha comprobado que para alcanzar su óptimo fisiológico el equilibrio hídrico puede ser tan importante como la temperatura corporal [García-Muñoz et al., 2010].

Adaptación de la obra ANFIBIOS Y REPTILES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, BALEARES Y CANARIAS. Colección Nuevas guías de campo. Ediciones Omega, Barcelona. 2011. Autores: Masó A. & M. Pijoan.

Biología de los reptiles

  1. Biología de los reptiles (I): Características generales
  2. Biología de los reptiles (II): Origen y evolución
  3. Biología de los reptiles (III): Regulación de la temperatura
  4. Biología de los reptiles (IV): Piel, escamas y coloración
  5. Biología de los reptiles (V): Esqueleto, órganos de los sentidos y otros detalles anatómicos
  6. Biología de los reptiles (VI): Reproducción
  7. Biología de los reptiles (VII): La locomoción y sus adaptaciones
  8. Biología de los reptiles (VIII): Locomoción en el medio hipogeo
  9. Biología de los reptiles (IX): Locomoción en el medio arbóreo
  10. Biología de los reptiles (X): Locomoción en el medio acuático
  11. Biología de los reptiles (XI): Alimentación
  12. Biología de los reptiles (XII): Serpientes venenosas
  13. Biología de los reptiles (XIII): Depredadores de reptiles
  14. Biología de los reptiles (XIV): Estrategias defensivas
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¿Resulta caro comer vegano?

Sacos de grano - Comer vegano y productos vegetales

¿Resulta caro comer vegano? Para comer de manera 100% vegetal basta con consumir cereales, legumbres, frutas, verduras y productos vegetales de cualquier tipo.

¿Resulta caro comer vegano?

La respuesta corta sería: depende de cuáles productos consideremos. Un producto vegano es aquel que no contiene ninguna sustancia de origen animal en cumplimiento con el imperativo ético del veganismo.

Históricamente, la alimentación humana ha estado fundamentalmente basada en compuestos vegetales. Éstos se hallan bastante disponibles en la práctica totalidad de los ecosistemas y cuentan con cantidades considerables de glúcidos y una cuantía variable de proteínas y grasas. Al día de hoy, los cereales constituyen el mayor aporte nutricional para nuestra especie al componer una ingente cantidad de alimentos. Debido a su producción en gran escala como materia prima, el coste por kilo resulta menor al de aquellos compuestos que se originan tras un proceso de elaboración o manufactura.

Desde el punto de vista ecológico, la agricultura se sirve de la producción primaria terrestre, es decir, aumenta la cantidad de energía electromagnética —solar— fijada en forma de enlaces químicos durante el proceso de fotosíntesis (realizado por plantas y organismo microscópicos). En cambio, la explotación animal que ejercemos los humanos se mal denomina producción secundaria fuera también de ámbito ecológico. Los organismos heterótrofos no producimos nada en términos energéticos; sino que degradamos y reordenamos la materia ingerida para fabricar nuestros propios complejos celulares y tejidos.

A tenor de este hecho, podemos deducir fácilmente dos conclusiones sobre el costo de comer vegano:

  1. Alimentarnos de la producción primaria supone un aprovechamiento superior de la energía química fijada mediante el proceso de fotosíntesis. ¿Cómo puede haber individuos humanos con hambre en el mundo mientras sí hay para alimentar a nohumanos esclavizados?
  2. Al ser nosotros los consumidores directos, obviamos el desembolso económico y el daño ecológico asociado al consumo ganadero.

Precios relativos en un supermercado de Mérida (Venezuela) - Listado de productos vegetales

Tabla de precios relativos en un supermercado de Mérida, Venezuela. Extraído de un estudio nutricional. Obsérvese en el listado que los productos vegetales son más asequibles. Y más eficientes incluso respecto a los nutrientes que contienen.

¿Por qué a veces resulta caro comer vegano?

Sin embargo, esta lógica tan básica entra en conflicto falla con el monopolio económico existente en la producción agrícola internacional. Existen unas pocas multinacionales que controlan la producción agrícola puesta a la venta con el sucio propósito de jugar con el valor bursátil —acciones— a conveniencia del inversor. Este fenómeno, sumado al engorde de esclavos no humanos, explican por qué el aumento neto de la productividad no ha satisfecho las necesidades humanas existentes.

Se concluye, pues, que el precio de los productos vegetales resulta notablemente inferior; pero podría bajar todavía más si no hubiera un «cártel» injusto.

La disimilitud fundamental entre los productos veganos derivados y aquéllos típicos de la explotación animal reside en dos factores: demanda y competencia.

Demanda y competencia

El consumidor tradicional paga proporcionalmente un menor porcentaje de gastos asociados a la manipulación y el transporte. Cuando una empresa produce ingentes cantidades de un producto, ésta establece acuerdos con los proveedores y centros comerciales y, a su vez, los respectivos minoristas ven reducido el costo de traerlos a las tiendas.

Los veganos aún somos una absoluta minoría y ello implica que ninguna compañía va a emitir toneladas ni ningún minorista adquiera un volumen elevado. Por ello, hoy la práctica del veganismo puede ser cara si uno opta por determinados productos con una baja oferta y una demanda poco asentada en el mercado.

En relación a esto, también se adolece de una marcada competencia en el mercado. Si hubiese numerosas compañías dispuestas a satisfacer la creciente demanda vegana, unas y otras se verían abocadas a reducir los importes al consumidor con el objetivo de incrementar sus ventas. Igualmente, un mayor número de consumidores veganos haría que el transporte de los géneros resultase más rentable.

Aunque el actual panorama está a punto de cambiar como resultado del crecimiento exponencial en el número de veganos y del surgido interés por parte de vastos grupos empresariales, esto marca actualmente la diferencia entre comerse una hamburguesa de cerdo por 1€ y gastarse 4€ por dos de tofu, seitán o una mezcolanza entre diversas semillas. Por otra parte, los productos veganos manufacturados suelen ser de importación. Basta con ojear una etiqueta y leer seguidamente Alemania, Suecia, Sudáfrica, etc. Y, dado que los veganos acostumbramos a preocuparnos por el medio ambiente, éstos proceden de una agricultura sin pesticidas ni otros agroquímicos; lo cual encarece aún más el valor total.

Aquí, además, entra en juego que los productos de origen animal están subvencionados por el Estado en algunos países para hacerlos más accesibles a las clases populares. Esto induce generalmente a creer que sea igual de costoso producir un kilo de trigo que un kilo de carne de vacuno. Ambas formas de explotación no tienen parangón ni ética, ni económica ni ecológicamente.

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