Archivo por meses: abril 2015

Lagartos y lagartijas típicos de la península ibérica, Baleares y Canarias

Fotografía de un lagarto ocelado - Lagartos típicos de la península ibéricaFotografía de un lagarto ocelado. Uno de los lagartos típicos de la península ibérica.

Una perspectiva global de los lagartos y lagartijas en el ámbito español

La familia Lacertidae (lacértidos) comprende los lagartos y las lagartijas más «típicos», un total de unas 280 especies que se distribuyen por Eurasia y África, y que se clasifican en unos 26-30 géneros repartidos en dos subfamilias denominadas Gallotiinae y Lacertinae.

En la península ibérica, la subfamilia Gallotiinae comprende los lagartos de las Canarias (género Gallotia) y las lagartijas del género Psammodromus (las lagartijas colilarga y cenicientas propias de la fauna peninsular). Tanto los lagartos de las Canarias como las lagartijas Psammodromus emiten sonidos y los machos agarran a las hembras por el cuello durante la cópula, en lugar de por el costado como muchos otros lacértidos.

Los lagartos de las Canarias ocupan todas las islas del archipiélago y algunas especies figuran entre los mayores lacértidos que se conocen. Estos lagartos gigantes, los cuales habían sido abundantes hasta la colonización del archipiélago por los seres humanos y sus animales domesticados, se consideraban ex­tinguidos. Sin embargo, en fechas relativamente recientes se han descubierto pequeñas poblaciones supervi­vientes de tres especies e incluso de una posible aunque muy improbable cuarta especie (el lagarto gigante de La Palma) durante el año 2007. Las siete especies de Gallotia descritas de las Canarias pre­sentan diferencias bastante evidentes entre sí y, dado que en ninguna de las islas coexisten naturalmente más de dos variedades —aunque sí existen intro­ducciones y translocaciones en zonas concretas—, su identificación no suele plantear dificultades.

Las lagartijas colilarga y las cenicientas (género Psammodrornus) pueden distinguirse igualmente con facilidad; pero la diferencia entre los taxones de lagartijas cenicientas es bastante más difícil.

La subfamilia Lacertinae comprende las lagartijas colirroja, de Val­verde y la de Turbera, los lagartos «verdes» (en el sentido de Arnold y Ovenden, 2007: géneros Lacerta y Timon) y las lagartijas de los géneros lberolacerta, Podarcis, Teira y Scelarcis.

La lagartija colirroja, único representante europeo de un género adaptado a las regiones áridas o incluso desérticas, tiene las patas posteriores largas y, lo que es más diagnóstico, carece de escama occipital y sólo tiene dos grandes escamas supraoculares (sobre cada ojo). La lagartija de Valverde, tam­bién muy característica, tiene las escamas del dorso mucho más anchas que las de los costados y su área de distribución es muy poco extensa.

Las lagartijas del género lberolacerta, también con áreas de distribución poco extensas o a menudo muy restringida en la península ibérica, tienen un aspecto más típico, con sus escamas dorsales pequeñas y lisas o muy leve­mente aquilladas y su collar liso. Suelen diferenciarse de las del género Podarcis en que su escama ros­tral está a menudo en contacto con la escama frontonasal (si bien en la lagartija batueca estas escamas están con frecuencia separadas) y casi siempre en contacto en el caso de las Iberolacerta del Pirineo (lagartijas pirenaica, aranesa y pallaresa).

Las lagartijas Podarcis, que se caracterizan por tener la escama ros­tral siempre separada de la escama frontonasal y el collar liso (algunas especies que no son de nuestra fauna lo tienen aserrado), suelen presentar una gran variabilidad intraespecífica, lo que no facilita precisamente la identificación. Por lo demás, en muchas regiones de la Península coexisten dos o más especies de este mismo género, a veces junto con alguna Iberolacerta similar, lo cual constituye un reto adicional para su determinación certera.

En la isla de Menorca, por ejemplo, las dos únicas lagartijas pre­sentes son dos especies introducidas (la lagartija balear sólo habita en los islotes circundantes): la italiana, una Podar­cis de aspecto bastante robusto, y la lagartija de Marruecos (Sce­larcis perspicillata), que se reconoce fácilmente por la ventana transparente de su párpado inferior y por tener diez hileras lon­gitudinales de escamas ventrales en lugar de las seis (rara vez ocho) que presentan las Podarcis.

En la zona de Lisboa, en cambio, la identificación de las lagartijas puede volverse más complicada, ya que allí conviven dos Podarcis (la lagartija ibérica y la de Carbonell) jun­to con la introducida lagartija de Madeira (Teira dugesii); esta úl­tima no siempre fácil de distinguir de las poblaciones locales de lagartija ibérica a menos que pueda observarse la presencia de sus dos escamas postnasales superpuestas (una en Podarcis) y la ausencia de una escama masetérica agrandada.

Por lo que respecta al dimorfismo sexual, los machos de los lacértidos suelen tener la cabeza más grande, el cuerpo más corto (Kaliontzopoulou et al., 2007), los poros femorales (los poros situados en la parte inferior de los muslos) más abulta­dos y desarrollados que las hembras, y la base de la cola a me­nudo dilatada durante el periodo reproductor. Los lacértidos juveniles, por su parte, tienen la cabeza relativamente más lar­ga y redondeada, los ojos proporcionalmente mayores y la cola más corta que los adultos (Arnold y Ovenden, 2007).

Adaptación de la obra ANFIBIOS Y REPTILES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, BALEARES Y CANARIAS. Colección Nuevas guías de campo. Ediciones Omega, Barcelona. 2011. Autores: Masó A. & M. Pijoan.


 

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Salamanquesas de la península ibérica, Baleares y Canarias

Laminillas de los dedos de un geco sobre un cristal - SalamanquesasVista basal de las laminillas digitales de un gecko. Las salamanquesas se caracterizan por su habilidad trepadora.

Una perspectiva global de las salamanquesas en el ámbito español

En fechas muy recientes, las subfamilias de la antigua familia Gekkonidae adquirieron rango de familias, de tal forma que actualmente las salamanquesas y perinquenes del género Tarentola ya no son gecónidos, sino filodactílidos. Según esto, el único gecónido de la fauna española es la salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus).

La antigua familia Gekkonidae —o si se prefiere, la superfamilia Gekkonoidea— comprende en nuestra región dos salamanquesas de la península ibérica y las Baleares, los cuatro perinquenes [1] de las Canarias y el gecko magrebí, una especie citada en la isla almeriense de Alborán aunque no hallada en las últimas prospecciones. Todos estos reptiles son nocturnos y su pupila se torna vertical a la luz brillante. [2] Una de las dos salamanquesas —la común— y las cuatro especies de perinquenes pertenecen al género Tarentola, el cual comprende unas 24 especies en total. Éstas presentan un aspecto robusto, tienen la cabeza y el tronco aplanados y son capaces de trepar por paredes muy lisas e incluso por techos y muros en voladizo. Todas ellas se caracterizan por sus almohadillas —en realidad laminillas— adherentes que se extienden por todo el dedo, tienen las laminillas digitales enteras (no divididas en el centro) y se ensanchan hacia sus extremos; así como por poseer uñas bien desarrolladas sólo en los dedos tercero y cuarto de cada pata.

La salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) tiene en cambio unas laminillas adherentes que no llegan hasta la punta de los dedos -y, a diferencia de las Tarentola, posee uñas bien desarrolladas en todos los dedos- y cuyas laminillas digitales están divididas en el centro. El gecko magrebí (Saurodactylus mauritanicus, de la familia Sphaerodactylidae), por su parte, también tiene uñas en todos los dedos pero en cambio carece de laminillas digitales adhesivas como corresponde a una especie de hábitos terrestres. Además de estos rasgos diagnósticos, el gecko magrebí se diferencia de la salamanquesa común —introducida en la isla de Alborán— por su pequeño tamaño, sus dedos largos y cilíndricos, y sus escamas dorsales pequeñas y redondeadas que no forman tubérculos. Por lo demás, S. mauritanicus también tiene una coloración característica: dorso pardo grisáceo con puntos oscuros y con pequeños ocelos de centro blanco sobre todo en su mitad posterior, y cola a menudo amarillenta o anaranjada con un tenue moteado. Fuera del área de esta guía, el gecko magrebí vive en el noroeste de Argelia, en Marruecos incluidas Melilla y las Chafarinas, y en el norte del Sahara Occidental.

Las laminillas digitales de las salamanquesas y los perinquenes están cubiertas por miles de mi­núsculas sedas (nanoestructuras microscópicas similares a pelos) que suelen estar uni- o multi-rramificadas. Estas sedas entran en contacto con las superficies por las que trepan estos gecónidos, creando fuerzas moleculares que producen una fuerte adherencia que permite al animal escalar paredes verticales resbaladizas y anclarse en techos, incluso caminar boca abajo por sustratos aunque sean tan lisos como una plancha de vidrio pulido. Dicha facultad nada tiene que ver con ventosas ni nada pare­cido, sino que se trata de las fuerzas de Van der Waals: una polarización discrecional de moléculas que crea una adherencia transitoria.

Pese a su similitud morfológica, las especies del género Tarentola (perinquenes y salamanquesa co­mún) no constituyen un grupo monofilético; es decir, proceden de líneas filogenéticas distintas. Así, T angustimentalis es más próxima a T mauritanica (la salamanquesa común) que a las otras especies de las Canarias; ambas pertenecerían al subgénero Tarentola. Aparte, existiría otra línea filogenética constituida por T. boettgeri en todas sus formas. Y, finalmente, tendríamos otro grupo formado por el resto de especies de las islas Canarias (T. delalandi y T. gomerensis) y por las Tarentola de las islas de Cabo Verde. Las especies de este último grupo estarían más estrechamente emparentadas entre sí y con Geckonia chazaliae de Marruecos que con las otras Tarentola de las Canarias (T. angustimentalis y T. boettgeri).

[1] Los perinquenes también reciben el nombre de perinquén en todas las islas Canarias, los de perinqué, perinquel, penen­quén y sarimpenque en Gran Canaria, y los de pracan y práquene en La Gomera.

[2] Una singularidad adicional de los Gekkonoidea reside en sus huevos de cáscara rígida y calcificada (Galán, 2009).

Adaptación de la obra ANFIBIOS Y REPTILES DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, BALEARES Y CANARIAS. Colección Nuevas guías de campo. Ediciones Omega, Barcelona. 2011. Autores: Masó A. & M. Pijoan.


 

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El principio de igualdad hacia los animales

Principio de igualdad para defender los Derechos Animales. ¡No deben ser nuestros esclavos o propiedades!En antropocentrismo nos lleva a creer que somos el centro del universo. Aplicar el principio de igualdad para los demás animales significa desechar nuestros prejuicios inmemoriales.

El principio de igualdad hacia los animales es una extensión lógica del principio de igualdad humana.

Los humanos establecimos nuestra Carta de Derechos Humanos al basarnos en los intereses inalienables de todos y cada uno de nosotros de acuerdo con los principios físicos y químicos que rigen nuestra propia existencia. Atendiendo a la biología, podemos determinar que poseemos un sistema nervioso capaz de convertir estímulos en experiencias, un complejo polivalente que nos dota de una visión subjetiva del mundo y nos proporciona una conciencia propia. Esta generalidad expresada, en términos de «ser humano», resulta asimismo aplicable en distintos grados a todas aquellas criaturas poseedoras de un sistema nervioso. Apelando a la ciencia y a la lógica, podemos y debemos aplicar el principio de igualdad hacia todos los animales sintientes.

Tradicional y culturalmente, los seres humanos se han autodesignado superiores a los restantes seres por el mero hecho de no ser como nosotros. De hecho, como se ha estudiado en campos como la sociología o la literatura (p. ej. en la esclavitud humana o en cuanto al tratamiento del monstruo literario), desde antaño nos hemos basado en los rasgos biológicos de los animales para discriminar a otros humanos alegando que se parecen más a ellos que a nosotros. Creamos así nuestra identidad comparándonos con el otro y nos arrogamos características únicas para sentirnos mejor y racionalizar nuestras pretensiones egocéntricas o colectivistas.

Podemos analizar cómo, desde los albores de la civilización, el ser humano forjó una individual y identidad colectiva a través de la percepción de alteridad frente a otros animales y cómo desde entonces se los ha visto como seres inferiores y simples recursos que existen en la Tierra para nuestro uso y disfrute. Nos preguntamos para qué sirven, por qué los dispondría una divinidad ante nuestros ojos o qué nos diferencia para así construir nuestra identidad ante la suya. Se ha tratado, en resumidas cuentas, de un fenómeno de alteridad frente a otros animales, un prejuicio transmitido de generación en generación, con que hemos buscado nuestro lugar en el mundo mediante la racionalización de una serie de creencias y prejuicios supremacistas.

Racismo, sexismo y especismoUna explicación naturalista del especismo

Por estudios de psicología, antropología y etología, se sabe que los humanos y otros animales discriminamos por rasgos identitarios (rasgos biológicos distingibles que permiten una diferenciar a un individuo de otro). Si esos rasgos nos permiten separar al «yo» del «otro» de una manera que no nos afecte emocionalmente y nuestro grupo acepta una diferenciación entre el valor de ese sujeto con respecto al nuestro, surge entonces la cosificación (negación de la voluntad del sujeto) y ésta lleva a la explotación (uso como recurso).

La explotación de un sujeto puede conducir a que miembros del grupo hegemónico se sensibilicen con los sujetos cosificados. Así pues, una respuesta lógica del grupo será buscar medios y razones que nieguen la voluntad del sujeto cosificado hasta el punto de que sean incuestionables. Este fenómeno —la búsqueda de una diferenciación grupal—, unido a la carencia de conocimientos para explicar aquello que las sociedades pasadas —y presentes— no conocían, sería, junto con otras variables, el origen de las creencias religiosas y de conceptos presentes en múltiples culturas como el «libre albedrío», la «resurrección» o nuestro papel como «vicario» en la Tierra o elegido por una o varias divinidades para señorear a los demás animales.

El ser humano, en estas últimas décadas, ha rechazado mayoritariamente aquellos argumentos supremacistas basados en la raza, la etnia o el sexo. A pesar de ello, nada ha cambiado desde hace milenios en nuestra relación con el resto de los animales y todavía hoy seguimos ejerciendo una discriminación sistemática contra otros animales por razones identitarias como las ya expuestas por unos y otros en esta disputa. Los humanos seguimos viéndonos como el centro del paradigma moral. Nuestra ética hacia ellos sigue siendo tribalista.

De esta manera, para excusar nuestro comportamiento hacia los animales y poder así excluirlos de toda visión ética que pudiera hacernos sentir mal o culpables por nuestros actos, fuimos recurriendo a diferentes argumentos arbitrarios y sesgados. La mayoría de las razones aportadas acerca de la superioridad humana radica en sobrevalorar y encumbrar nuestras capacidades cognitivas. No obstante, quienes comparten este pensamiento no parecieron (o no parecen) percatarse de que ninguna cualidad catalogada como «humana» es realmente exclusiva ni se manifiesta en todos los individuos humanos. La Declaración de Cambridge sobre la conciencia del año 2012 no deja lugar a dudas:

«Evidencia convergente indica que los animales no humanos poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de estados conscientes, así como la capacidad de exhibir comportamientos deliberados. Por consiguiente, el peso de la evidencia indica que los seres humanos no son los únicos que poseen los sustratos neurológicos necesarios para generar conciencia».

Esclavitud animal - El principio de igualdad conlleva que los animales no pudieran ser encerradosNo somos especiales

Científicamente, las diferencias encontradas entre los Homo sapiens y otras especies animales no son de clase, sino de grado. Un detalle al que ya apuntaba Darwin en su obra El origen de las especies. Casi todas las variables que conforman los seres vivos son continuas o de grado. Siempre que nos apoyemos en variables de tal índole (inteligencia, memoria, razonamiento, etc.) caeremos irremediablemente en la arbitrariedad. En consecuencia, sólo una variable discreta (binaria) podría servir para separar entre especímenes. Si vamos bajando desde organismos más «complejos» a menos, descubriremos que una variable trascendental es la capacidad de sentir. Ésta se tiene o no se tiene. Solamente contamos con intereses si sentimos y, para poseerlos, se requiere un sistema nervioso que canalice y analice la información cual nos llegue a partir de los sentidos o a través de nuestro propio cuerpo.

Nosotros defendemos nuestros intereses inalienables en forma de «derecho». Dado que no somos los únicos con intereses, ¿por qué les negamos a otros animales sus derechos (la defensa de sus intereses)?

Hasta la fecha ha habido muy pocos avances en dicho sentido o no se han enfocado en el principio de igualdad. Así, por ejemplo, existe el llamado Proyecto Gran Simio, que defiende la extensión y aplicación de los derechos humanos para aquellos primates más semejantes a nosotros. Sin embargo, este planteamiento no valdrá para solucionar los problemas de estos animales tan listos. La lógica formal se apoya rigurosamente en la analogía para probar la consistencia de un argumento. Defender, pues, que los primates son animales «especiales» por su inteligencia genera inevitablemente otra línea imaginaria entre variables continuas y no discretas. Si supusiéramos que los primates tuviesen un cociente intelectual medio igual a 40 en escala humana y si estableciéramos ahí el límite entre «animal con derechos» y «animal sin derechos» estaríamos, por ende, justificando y legitimando la creación de otras barreras irreales basadas en rasgos catalogados como humanos.

Si separamos según variables continuas estaríamos afirmando análogamente que, por ejemplo, personas humanas con un cociente intelectual de 150 debieran tener más derechos por contar con «rasgos más avanzados y potencialmente desarrollados» que aquellos sujetos «normales» o discapacitados psíquicos; lo cual se manifiesta claramente falso. No hay siquiera una correlación intelectual entre aquellos animales que apreciamos más —perros o gatos— y aquéllos que criamos, explotamos y exterminamos. La explotación animal y su esclavitud es cultural. Ocurre, sencillamente, que todavía la ciencia peca de un enorme antropocentrismo.

Especismo y bienestarismo - El principio de igualdad conlleva que no deberá haber discriminación moral entre animalesEl negocio animalista contra el principio de igualdad

No todos de quienes dicen defender a los animales lo hacen realmente. Con una frecuencia escalofriante se recurre al bienestarismo para justificar el abuso. Sin embargo, lo ético o inético no reside en lo malo o lo bueno tras la acción, sino en la acción en sí misma. Si tomamos el caso de un hombre inocente encerrado en prisión, donde supongamos que lo tratan de maravilla; nadie en su sano juicio alegaría que, considerando el buen trato, habría de seguir en la cárcel. Un inocente no ha de estar preso; pues bien, todos los animales somos inocentes de antemano y exclusivamente los agentes morales podemos dejar de serlo al vulnerar los derechos de un tercero.

A pesar de ello, las organizaciones animalistas (bienestaristas en su mayoría) adoptan un enfoque perverso y se limitan a condenar el «maltrato animal», a promover el «bienestar animal» y las esterilizaciones masivas, en lugar de cuestionar su estatus de propiedad, para obtener socios y donaciones mediante técnicas de manipulación de gente «compasiva», «sensibilizada» y gustosa de criticar las malas acciones causadas por terceros (masacre de animales o festejos), pero ignorante en Derechos Animales o con poca iniciativa para cambiar sus hábitos, aun cuando éstos causan el mismo daño que condenan.

La justicia no es relativaLos animales son esclavos

Las legislaciones del mundo moderno catalogan a todos los animales no humanos como «bienes muebles semovientes» (objetos con capacidad de movimiento autónomo). El derecho legal separa tres entes según su relación con el propio derecho. Éste es el arquetipo básico aplicable a la totalidad de las naciones:

Sujeto de derechos (humanos). Se divide a su vez en agentes morales (responsables de sus actos) y receptores morales (no conscientes de sus actos). Ambos comparten un derecho intrínseco (inherente al individuo). Son, por tanto, fines en sí mismos.

Objeto de derechos (otros animales): Su valor subyace en aquél que le asigne un sujeto de derecho (humano). Sus derechos son extrínsecos (dependientes de otros). Son, por tanto, legalmente propiedades y esclavos del ser humano: fines en beneficio del hombre.

¿Acaso los demás animales surgieron en la Tierra con el mero propósito de satisfacernos? ¿Hay justicia en esta distinción? Para ambos interrogantes, la respuesta es no. Desde luego que no. Gary Francione, una de las máximas eminencias en el campo de los Derechos Animales, propuso los seis principios del abolicionismo de la esclavitud animal, los cuales toman como base el principio ético de igualdad para argumentar que no existe ninguna razón justificable para discriminar a los demás animales por una razón de especie. La especie, al fin y al cabo, es un concepto biológico para clasificar seres vivos (cladística). Tal concepto carece valor fuera del campo biológico.

Recientemente, en marzo de 2019, se produjo la Declaración de Toulon, una reunión de juristas académicos sobre el tema de la personalidad jurídica del animal celebrada en la universidad homónima. En ésta, los académicos, tomando como base la Declaración de Cambridge y los últimos estudios etología cognitiva, declararon:

Que los animales deben ser considerados universalmente como personas y no como cosas.
Que es urgente poner fin definitivamente al régimen de reificación.
Que, a ojos de la ley, la posición legal del animal cambiará por verse elevado su estatus al de sujeto de derecho.

Nuestro raciocinio nos permite diferenciar el bien del mal y construir una vida con base en la lógica. Si realmente nos estimamos los seres más avanzados cognitivamente, es nuestro compromiso inapelable respetar la naturaleza y liberar a las criaturas sintientes de la esclavitud en cual las hemos sumido. El principio de igualdad se refiere a los animales porque las plantas, bacterias y otros organismos no sienten. Admitamos de una vez que no tenemos justificación ni legitimidad moral para continuar explotando a las restantes especies animales. Los animales merecen respeto en lugar de seguir traicionándolos. Debemos alejarnos del antropocentrismo que lleva dominándonos desde hace miles de años y aceptar el principio de igualdad (no hacerles a otros aquello que no desearíamos para nosotros) en la defensa de los intereses de todos.

El único imperativo ético que defiende los Derechos Animales es el veganismo. Depende de ti.

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